PÍO BAROJA
El árbol de la ciencia

Primera parte: La vida de un estudiante en Madrid

I.- Andrés Hurtado comienza la carrera

Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de
Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase.

De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban.
Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.
La clase de química general del año preparatorio de medicina y farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y éste tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura.

La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél primer día de curso y del comienzo de la carrera.
Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida ha de cambiar.
Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían que pasar.
Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la entrada de un teatro. Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del brazo y le decían:
— ¡Hola, chico! Hurtado se volvió y se encontró con su compañero de Instituto Julio Aracil. Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero Andrés hacía tiempo que no veía a Julio. Éste había estudiado el último año del bachillerato, según dijo, en provincias.

— ¿Qué, tú también vienes aquí? —le preguntó Aracil.
—Ya ves.
— ¿Qué estudias?
—Medicina.
— ¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.
Aracil se encontraba en compañía de un muchacho de más edad que él, a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros. Este muchacho y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdén de los demás estudiantes, en su mayoría palurdos provincianos, que manifestaban la alegría y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas.

Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose y apretándose como si fueran a ver un espectáculo entretenido, comenzaron a pasar.

—Habrá que ver cómo entran dentro de unos días —dijo Aracil burlonamente.

—Tendrán la misma prisa para salir que ahora tienen para entrar —repuso el otro.

Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua capilla del
Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuitas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas y en el centro una porción de figuras y escenas bíblicas.

Desde el suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero de un teatro.
Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta arriba; no estaba aún el catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos, alguno comenzó a dar
golpecitos en el suelo con el bastón; otros muchos le imitaron, y se produjo una furiosa algarabía.
De pronto se abrió una puertecilla del fondo de la tribuna, y apareció un señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.
Aquella aparición teatral del profesor y de los ayudantes provocó grandes murmullos; alguno de los alumnos más atrevido comenzó a aplaudir, y viendo que el viejo catedrático no sólo no se incomodaba, sino que saludaba como reconocido, aplaudieron aún más.

—Esto es una ridiculez —dijo Hurtado.

—A él no le debe parecer eso —replicó Aracil riéndose—; pero si es tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.

El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estudiado en París y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francés petulante.
El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la Ciencia, del microscopio...

Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda, que le temblaba al
hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de un padre severo de drama, y
alguno de los estudiantes que encontró este parecido, recitó en voz alta y cavernosa los versos de Don Diego Tenorio cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama de Zorrilla:

 

Que un hombre de mi linaje
Descienda a tan ruin mansión.
Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso se echaron a reír, y los demás estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.
- ¿Qué es eso? ¿Qué pasa? — dijo el profesor poniéndose los lentes y acercándose al barandado de la tribuna

—. ¿Es que alguno ha perdido la herradura por ahí? Yo suplico a los que están al lado de ese asno que rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben ser mortales de necesidad.
Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dio por terminada la clase retirándose, haciendo un saludo ceremonioso y los chicos aplaudieron a rabiar.
Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la barba
rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica.
En esta última los estudiantes intentaron repetir el escándalo de la clase de Química; pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.

De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado marcharon hacia el centro.
Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante antipatía, aunque en algunas cosas le reconocía cierta superioridad; pero sintió aún mayor aversión por Montaner.

Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables. Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, sin duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó varias veces bruscamente.
Los dos condiscípulos se encontraron en esta primera conversación completamente en desacuerdo.
Hurtado era republicano, Montaner defensor de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía, Montaner partidario de la clase rica y de la aristocracia.
—Dejad esas cosas —dijo varias veces Julio Aracil—; tan estúpido es ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La
cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése —y señalaba uno— y una mujer como aquélla.
La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía se manifestó delante del escaparate de una librería. Hurtado, era partidario de los escritores naturalistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado, era entusiasta de Espronceda; Montaner, de Zorrilla; no se entendían en nada.

Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jerónimo.
—Bueno, yo me voy a casa —dijo Hurtado.
— ¿Dónde vives? —le preguntó Aracil.
—En la calle de Atocha.
—Pues los tres vivimos cerca.
Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy poca afabilidad.

 

PÍO BAROJA
Der Baum der Wissenschaft

Erster Teil: Das Leben eines Studenten in Madrid

I.- Andrés Hurtado beginnt das Studium

Es mag so gegen zehn Uhr morgens eines Oktobertages gewesen sein. Im Hof der Schule für Architektur warteten Gruppen von Studenten auf den Beginn der Vorlesung.
Durch das Tor an der Calle de los Estudios, das zu diesem Hof führte, traten junge Burschen ein, die sich begrüssten, lachten und redeten, als sie sich trafen. Wegen einer dieser klassischen Anomalien Spaniens waren diese Studenten, die im Hof der Architekturschule warteten, nicht angehende Architekten, sondern zukünftige Ärzte und Apotheker.
Der allgemeine Chemieunterricht des medizinischen und pharmazeutischen Vorbereitungsjahres wurde zu dieser Zeit im Instituto San Isidro, das seinen Eingang durch die Architekturschule hatte, in einer alten Kapelle, die in einen Klassenraum umgestaltet worden war, abgehalten. Die Menge der Studenten und die Ungeduld, die sie an den Tag legten, um in die Aula einzutreten, erklärte sich damit, dass es jener erste Tag des Unterrichts und Studienbeginns war. Dieser Schritt vom Gymnasium zum Fakultätsstudium weckt im Studenten immer gewisse Erwartungen, lässt ihn glauben, er sei erwachsener, sein Leben müsse sich ändern. Andrés Hurtado, etwas überrascht, sich inmitten so vieler Kollegen zu sehen, schaute aufmerksam, angelehnt an die Wand, zur Tür einer Ecke des Hofes, wo sie durchgehen mussten. Die Burschen versammelten sich vor jener Türe wie das Publikum vor dem Eingang eines Theaters. Andrés blieb an die Wand angelehnt, als er fühlte, dass sie ihn am Arm packten und zu ihm sagten: „Hallo Kumpel.“ Hurtado drehte sich um und traf mit Julio Aracil, seinem Kollegen aus dem Instituto zusammen. Sie waren im San Isidro Schulfreunde gewesen, aber seit geraumer Zeit hatte Andrés Julio nicht mehr gesehen. Dieser hatte das letzte Jahr des Gymnasiums in der Provinz studiert, wie er sagte.
„Was, auch du kommst hierher?“, fragte ihn Aracil.
„Nun, siehst du ja.“
„Was studierst du?“
„Medizin.“
„Mensch, ich auch! Wir werden zusammen studieren.“
Aracil befand sich in Gesellschaft eines Burschen mit blondem Haar und hellen Augen,der, seinem Aussehen nach zu urteilen, älter war als er. Dieser Bursche und Aracil, die zwei Untadeligen, sprachen geringschätzig über die andern Studenten, mehrheitlich unwissende Provinzler, die die Freude und die Überraschung über ihr Zusammentreffen mit Schreien und Gelächter ausdrückten. Das Klassenzimmer wurde geöffnet, und die Studenten drängelten und beeilten sich hineinzukommen, so, als ob sie ein unterhaltsames Schauspiel anschauen gehen würden.
„Es bleibt abzuwarten, wie sie binnen einiger Tage hineingehen“, sagte Aracil spöttisch.
„Sie werden es genau so wenig abwarten können rauszugehen, wie sie jetzt eintreten“, entgegnete der andere.
Aracil, sein Freund und Hurtado setzten sich zusammen. Das Klassenzimmer war die alte Kapelle des Instituto San Isidro, als dieses noch den Jesuiten gehörte. Die Decke war mit grossen Figuren, im Stil von Jordaens bemalt; in den Ecken der Hohlkehle die vier Evangelisten und im Zentrum eine Menge biblischer Figuren und Szenen.
Vom Boden bis nahe zur Decke erhoben sich sehr steile Stufenreihen aus Holz mit einer zentralen Treppe, was dem Klassenraum das Aussehen der Galerie eines Theaters verlieh.
Die Studenten füllten die Bänke beinahe bis hinauf; der Professor war noch nicht da, und weil viele Störenfriede unter den Studenten waren, begann jemand, mit dem Stock auf den Boden zu klopfen; viele andere imitierten ihn und es entstand ein tobendes Durcheinander.
Plötzlich öffnete sich ein Türchen am Ende der Tribüne und es erschien ein alter, sehr aufgetakelter Mann, von zwei jungen Assistenten gefolgt.
Dieses theatralische Erscheinen des Professors und der Assistenten löste starkes Gemurmel aus; irgendeiner der frechsten Schüler begann zu applaudieren, und als sie sahen, dass der alte Professor sich nicht nur nicht ärgerte, sondern wie ein Anerkannter grüsste, applaudierten sie noch mehr.
„Dies ist eine Lachnummer“, sagte Hurtado.
„Ihm dürfte es nicht so erscheinen“, entgegnete Aracil lachend, “aber wenn er so dumm ist, dass es ihm gefällt, wenn sie ihm applaudieren, dann werden wir ihm Beifall zollen.“
Der Professor war ein armer Mann, eingebildet, lächerlich. Er hatte in Paris studiert und sich die Gebärden und die Haltung eines eitlen Franzosen angeeignet. Der gute Mann begann mit einer sehr eindringlichen und hochtrabenden Begrüssungsrede an seine Schüler, die einen gewisse sentimentalen Hauch hatte. Er sprach von seinem Lehrer Liebig, seinem Freund Pasteur, seinem Kameraden Berthelot, der Wissenschaft, dem Mikroskop…
Seine blonde Mähne, sein gewichster Schnurrbart, sein spitzer Kinnbart, der zitterte, wenn er sprach, seine hohle und feierliche Stimme, verliehen seinem Erscheinungsbild das Aussehen eines ernsten Familienvaters, wie man ihn aus Dramen kennt und einer der Studenten, dem sich diese Ähnlichkeit aufdrängte, rezitierte mit einer Stimme wie aus dem Jenseits die Verse des Don Diego Tenorio im Drama von Zorrilla, als er das Gasthaus des Laurel betritt.
Dass ein Mann meiner Abstammung in einer so schäben Unterkunft absteigt.
Jene, die an der Seite des respektlosen Rezitators waren, begannen zu lachen und die andern Studenten schauten zur Gruppe der Aufwiegler.
„Was ist das? Was geschieht?“, sagte der Professor, während er sich die Brille aufsetzte und sich dem Geländer der Rednerbühne näherte.
„Hat irgendeiner dort das Hufeisen verloren? Ich ersuche jene, die an der Seite dieses Esels sind, der mit solcher Perfektion iaht, sich von ihm zu entfernen, weil seine Fusstritte unbedingt tödlich sein müssen.“
Die Studenten lachten mit grosser Begeisterung, der Professor beendete die Stunde, zog sich mit einem förmlichen Gruss zurück und die jungen Männer applaudierten wie wahnsinnig.
Andrés Hurtado ging mit Aracil hinaus, und die zwei, in Begleitung des Jungen mit dem blonden Schnurrbart, der Montaner hiess, machten sie sich auf den Weg zum Hauptgebäude der Universidad, wo der Zoologie- und Botanikunterricht stattfand. Im Letzteren versuchten die Studenten, den Tumult der Chemiestunde zu wiederholen; aber der Professor, ein trockenes und schlecht gelauntes altes Männlein, trat vor sie hin und sagte zu ihnen, dass weder jemand über ihn lache, noch ihm applaudiere, als wäre er ein Hanswurst.
Von der Universität aus gingen Montaner, Aracil und Hurtado Richtung Zentrum. Andrés empfand für Julio Aracil ziemliche Antipathie, obwohl er ihm in einigen Dingen eine gewisse Überlegenheit zusprach; aber noch grössere Abneigung fühlte er für Montaner.
Die ersten Worte zwischen Montaner und Hurtado waren wenig freundlich. Montaner sprach mit einer etwas beleidigenden Sicherheit über alles; er sah sich zweifelsohne als Mann von Welt. Brüsk widersprach ihm Hurtado mehrere Male. Die zwei Mitschüler waren sich in diesem ersten Gespräch komplett uneinig.

Hurtado war Republikaner, Montaner Verteidiger der königlichen Familie; Hurtado war ein Feind der Bourgeoisie, Montaner Anhänger der oberen Zehntausend und der Aristokratie.
„Lasst diese Dinge“, sagte Julio Aracil mehrere Male, „es ist genau so stupid, Monarchist wie Republikaner zu sein; genau so blöd, die Armen wie die Reichen zu verteidigen. Die Frage ist, Geld zu haben, einen Wagen wie diesen“, und er zeigte auf einen, „und eine Frau wie jene.“ Die Feindseligkeit zwischen Hurtado und Montaner äusserte sich auch noch vor dem Schaufenster einer Buchhandlung. Hurtado war Anhänger der naturalistischen Schriftsteller, die Montaner nicht gefielen; Hurtado war von Espronceda begeistert, Montaner von Zorrilla; sie verstanden sich in nichts.
Sie erreichten die Puerta del Sol und und gingen zur Carrera de San Jerónimo.
„Gut, ich gehe nach Hause“, sagte Hurtado.
„Wo wohnst du?“, fragte ihn Aracil.
„An der Calle de Atocha.“
„Nun, wir drei wir wohnen in der Nähe.“
Sie gingen zusammen zum Platz von Antón Martín, und dort trennten sie sich mit äausserst wenig Freundlichkeit.