II.- Los estudiantes

En esta época era todavía Madrid una de las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico. Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral.

Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.
El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas.

En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años.
Otras ciudades españolas se habían dado alguna cuenta de la necesidad de
transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad, sin deseo de cambio. El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.

Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la
religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir.
llevando a sangre y a fuego amores y desafíos.
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía.
La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a
cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia
general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional.

 

Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de
ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Canovas, Echegaray...

España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo.
Todo lo español era lo mejor.
Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aísla, contribuía al estancamiento, a la fosilización de las ideas.
Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.
Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.

Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase con el fin de retirarse entre aplausos como un prestidigitador.

Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones. En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dio dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fue un problema echarlo.

Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias; gritaban, rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo preguntaban.
—Usted —decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le temblaba la perilla por la cólera—, ¿cómo se llama usted?
— ¿Quién? ¿Yo?
—Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted? —añadía el profesor, mirando la lista.
—Salvador Sánchez.
—Alias Frascuelo —decía alguno, entendido con él.
—Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame así, y si hay alguno que le importe, que lo diga —replicaba el estudiante, mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose el incomodado.

— ¡Vaya usted a paseo! —replicaba el otro.
— ¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral! —gritaban varias voces.
—Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted —decía el profesor, temiendo las consecuencias de estos altercados.
El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia, dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.
Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro. Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo
tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación para la Ciencia no podía ser más desdichada.

 

II.- Die Studenten

Zu jener Zeit war Madrid immer noch eine der wenigen Städte, die den romantischen Geist pflegte. Alle Völker haben, ohne Zweifel, eine Reihe von praktischen Formeln für das Leben, Konsequenz der Rasse, der Geschichte, des physischen und moralischen Milieus. Diese Formeln, diese spezielle Form der Sicht, machen einen nützlichen Pragmatismus, Vereinfacher, Inbegriff aus. Der nationale Pragmatismus erfüllt seine Mission, indem er der Realität freien Lauf gewährt, aber wenn man diesen Zugang schliesst, ändert sich die Normalität eines Volkes, die Atmosphäre verschlechtert sich, die Ideen und die Taten schlagen falsche Richtungen ein.
Madrid lebte seit Jahren in einer Umgebung von Vorspiegelungen, zugemüllt mit altem Pragmatismus und ohne Erneuerung. Andere spanische Städte hatten die Notwendigkeit, sich zu wandeln und zu ändern, bemerkt; Madrid blieb unbeweglich, ohne Wissbegier, ohne Wunsch nach Änderung. Der Student aus Madrid, vor allem der aus der Provinz kommende, kam in Madrid (la corte) mit dem Geiste eines Don Juan an, mit der Idee, sich zu vergnügen, zu spielen, den Frauen hinterherzulaufen, er dachte, wie der Chemieprofessor mit seiner gewohnten Förmlichkeit sagte, in einer zu sauerstoffhaltigen Umgebung bald vom Feuer verzehrt zu werden.
Die Mehrheit hatte weder den Sinn für Religiöses, noch beschäftigte sie sich gross mit Religion; die Studenten gegen Ende des XIX Jahrhunderts kamen mit der Tatkraft eines Studenten des XVII Jahrhunderts nach Madrid, mit der Vorstellung, nach Möglichkeit Don Juan Tenorio zu imitieren und wie er zu leben.
Sie brachten Blut und Liebesfeuer und Herausforderung mit.
Obwohl der kultivierte Student die Dinge innerhalb der Realität sehen wollte und versuchte, eine klare Vorstellung seines Landes und der Rolle, die es in der Welt spielte, zu erlangen, konnte er es nicht.
Die Wirkung der europäischen Kultur in Spanien war tatsächlich beschränkt und auf technische Fragen begrenzt, die Zeitungen gaben ein unvollständiges Bild des Ganzen wieder; die allgemeine Tendenz bestand darin, die Leute glauben zu lassen, dass das, was Spanien zum Ruhm gereichte, außerhalb Spaniens, gewissermaßen bedingt durch eine missgünstige internationale Haltung, als verächtlich erachtet würde und umgekehrt.
Wenn sie in Frankreich oder Deutschland nicht oder im Scherz von Spaniens Angelegenheiten sprachen, war das, weil sie uns hassten, wir hatten hier grosse Männer, die den Neid der anderen Länder hervorriefen: Castelar, Canovas, Echegaray...
Ganz Spanien, und vor allem Madrid, lebte in einer widersinnig optimistischen Umwelt. Alles Spanische war das Beste. Diese selbstverständliche Tendenz zur Lüge, zur Illusion des armen Landes, das sich abgrenzt, wirkte bei der Versteinerung der Ideen mit.
Diese Umgebung der Unbeweglichkeit, der Falschheit widerspiegelte sich in den Lehrstühlen. Andrés Hurtado konnte es feststellen, als er begann, Medizin zu studieren. Die Professoren des Vorbereitungskurses waren uralt; es gab einige, die schon nahezu fünfzig Jahre lang lehrten. Ohne Zweifel versetzte man sie wegen ihres Einflusses und wegen dieser Sympathie und Achtung für das Unnütze, die es in Spanien schon immer gegeben hat, nicht in den Ruhestand.
Vor allem jene Chemiestunde in der alten Kapelle des Instituto de San Isidro war skandalös. Der alte Professor erinnerte an die Vorträge berühmter Chemiker des Instituto de Francia und glaubte ohne Zweifel, dass er eine Entdeckung machen würde, wenn er die Gewinnung von Stickstoff und Chlor erklärte, und ihm gefiel es, wenn man ihm Beifall zollte. Es befriedigte seine kindliche Eitelkeit, wenn er seine spektakulären Experimente für die Schlussfolgerung der Klasse mit dem Ziel wegliess, sich wie ein Zauberer unter Applaus zurückzuziehen.
Die Studenten applaudierten ihm laut lachend. Manchmal kam irgend einer der Schüler mitten in der Stunde auf die Idee, zu gehen, er erhob sich und ging. Beim Hinuntergehen der Gallerietreppe verursachten die Schritte des Flüchtigen grosses Gepolter, und die übrigen sitzenden Burschen hielten den Takt, indem sie mit den Füssen und den Stöcken klopften. Man redete, rauchte, las Romane während der Stunde, niemand folgte den Erläuterungen; irgendeiner schaffte es, mit einem Jagdhorn zu erscheinen, und wenn der Professor sich anschickte, ein Stück Kalium in ein Wasserglas zu werfen, gab er zwei Warnsignale; ein anderer brachte einen streunenden Hund mit und es war ein Problem, ihn hinauszuwerfen.
Es gab unverschämte Studenten, die sich die grössten Anmassungen erlaubten; sie schrieen, iahten, unterbrachen den Professor. Einer der Witze dieser Studenten war der, einen falschen Namen anzugeben, wenn man ihn danach fragte.
„Sie“, sagte der Professor und zeigte mit dem Finger auf ihn, während der Spitzbart vor Wut zitterte, „wie heissen Sie?“

„Wer? Ich?“
„Ja, mein Herr, Sie, Sie! Wie heissen Sie?“, fügte der Professor bei, während er auf die Liste schaute.
„Salvador Sánchez.”
„Alias Frascuelo”, sagte irgendeiner, der sich mit ihm verstand.
„Ich heisse Salvador Sánchez; ich weiss nicht, wen das etwas angeht, dass ich so heisse, und wenn es irgendeinen gibt, für den das wichtig ist, so sage er es“, erwiderte der Student, schaute zu dem Ort, wo die Stimme herkam und mimte den Belästigten.
„Gehen Sie hinaus!“, erwiderte der andere.
„He, he, raus, auf den Hof!“, schrieen einige Stimmen.
„Also gut, in Ordnung. Es ist gut. Gehen Sie“, sagte der Professor und fürchtete die Konsequenzen dieser Wortwechsel.
Der Bursche ging, und ein paar Tage später wiederholte er den Witz und gab den Namen irgendeines berühmten Politikers oder Toreros als seinen an.
Während der ersten Schultage kam Andrés Hurtado nicht aus dem Staunen heraus. All dies war zu absurd. Er hätte lieber eine härtere und gleichzeitig herzlichere Disziplin vorgefunden, und er fand eine groteske Klasse vor, in der sich die Schüler über den Professor lustig machten. Seine Vorbereitung auf die Wissenschaft konnte nicht erbärmlicher sein.