III.- Andrés Hurtado y su familia

En casi todos los momentos de su vida Andrés experimentaba la sensación de sentirse solo y abandonado.
La muerte de su madre le había dejado un gran vacío en el alma y una inclinación por la tristeza.
La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba formada por el padre y cinco hermanos. El padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco, elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.
De un egoísmo frenético, se consideraba el meta-centro del mundo.
Tenía una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos aristocráticos y plebeyos insoportable. Su manera de ser se revelaba de una manera insólita e inesperada.

Dirigía la casa despóticamente, con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio.

Varias veces, al oír a don Pedro quejarse del cuidado que le proporcionaba el manejo de la casa, sus hijos le dijeron que lo dejara en manos de Margarita. Margarita contaba ya veinte años, y sabía atender a las necesidades familiares mejor que el padre; pero don Pedro no quería.

A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera que en su casa se necesitaban para algo imprescindible.

Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa interior fina, no podía utilizar pañuelos de algodón como todos los demás de la familia, sino de hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con gente de posición y con algunos aristócratas, y administraba la casa de la calle de Atocha, donde vivían.

Su mujer, Fermina Iturrioz, fue una víctima; pasó la existencia creyendo que sufrir era el destino natural de la mujer. Después de muerta, don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta de reconocer sus grandes virtudes.
—No os parecéis a vuestra madre —decía a sus hijos—; aquélla fue una santa.
A Andrés le molestaba que don Pedro hablara tanto de su madre, y a veces le contestó violentamente, diciéndole que dejara en paz a los muertos.

De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro y Luis, eran los favoritos del padre.
Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Más inútil y egoísta aún, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el sueldo.
Alejandro daba espectáculos bochornosos en casa; volvía a las altas horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el mundo.
Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años.
Era una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta.

Pedro venía tras ella en edad y representaba la indiferencia filosófica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y salía bien por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada.
Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente.

El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud.
La disposición espiritual de la familia era un tanto original. Don Pedro prefería a
Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi odiaba a Andrés, porque no se sometía a su voluntad.
Hubiera habido que profundizar mucho para encontrar en él algún afecto paternal.

Alejandro sentía dentro de la casa las mismas simpatías que el padre; Margarita quería más que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés y respetaba a su padre.
Pedro era un poco indiferente; experimentaba algún cariño por Margarita y por Luisito y una gran admiración por Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre; no le podía soportar, le encontraba petulante, egoísta, necio, pagado de sí mismo.
Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa, no podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para que el otro tomara la posición contraria.

 

III.- Andrés Hurtado und seine Familie

In beinahe allen Augenblicken seines Lebens erlebte Andrés das Gefühl, allein und verlassen zu sein.
Der Tod seiner Mutter hatte in seiner Seele eine grosse Leere und eine Neigung zur Traurigkeit hinterlassen.
Die Familie von Andrés, sehr kinderreich,
wurde vom Vater und fünf Geschwistern gebildet. Der Vater, Don Pedro Hurtado, war ein grosser, hagerer, eleganter Herr und in seiner Jugend ein fescher Windhund. Er hatte ein gesundes Ego und hielt er sich für das Metazentrum der Welt. Er hatte einen verwirrend wankelmütigen Charakter, eine unerträgliche Mischung aristokratischer und pöbelhafter Regungen. Sein Wesen kam in einer ungewohnten und unverhofften Art an den Tag.
Tyrannisch leitete er das Haus, mit einer Mischung aus Zudringlichkeit und Vernachlässigung, Despotismus und Eigenmächtigkeit, die Andrés aus dem Häuschen brachte.
Seine Kinder sagten mehrmals zu Don Pedro, wenn sie ihn über die Sorge, die ihm das Führen des Hauses verursachte, jammern hörten, er solle es in Margaritas Hände legen. Margarita war nun zwanzig Jahre alt und wusste die familiären Notwendigkeiten besser wahrzunehmen als der Vater, aber Don Pedro wollte nicht. Ihm gefiel es, über das Geld zu verfügen, für ihn galt die Regel, ab und zu zwanzig oder dreissig Duros (ein Duro = 5 Peseten) für seine Launen auszugeben, auch wenn er wusste, dass man sie in seinem Haus für etwas Unumgängliches brauchte. Don Pedro bewohnte das beste Zimmer, benützte Unterwäsche bester Qualität, er konnte keine baumwollenen Taschentücher, wie alle andern der Familie, verwenden, sondern leinene und seidene. Er war Mitglied in zwei Kasinos, pflegte Freundschaften mit Leuten von Rang und mit einigen Aristokraten, und er verwaltete das Haus an der Calle de Atocha, wo sie wohnten.
Seine Frau, Fermina Iturrioz, war ein Opfer; sie verbrachte ihr Leben im Glauben, Leiden wäre das natürliche Schicksal der Frau. Nach dem Tod erwies Don Pedro Hurtado der Verstorbenen die Ehre, ihre grossen Vorzüge anzuerkennen.
„Ihr gleicht eurer Mutter nicht“, sagte er zu seinen Kindern, „jene war eine Heilige.“ Andrés ärgerte es, dass Don Pedro so viel über seine Mutter redete, und manchmal antwortete er ihm aufbrausend und sagte ihm, er solle die Toten in Frieden lassen.
Von den Kindern waren der Älteste und der Kleine die Bevorzugten des Vaters.

Alejandro war Don Pedros verkommenes Ebenbild. Noch mehr Taugenichts und Egoist, nie wollte er etwas machen, weder studieren noch arbeiten, und sie hatten ihn in einem Büro des Staates untergebracht, wo er nur hinging, um den Lohn zu kassieren. Alejandro machte zu Hause peinliche Szenen, er kehrte spät nachts aus den Spelunken zurück, er betrank und erbrach sich und er belästigte alle.
Als Andrés sein Studium begann, war Margarita in den Zwanzigern.
Sie war eine energische, ein wenig trockene junge Frau, herrschsüchtig und egoistisch.
Pedro kam altersmässig nach ihr und representierte die philosophische Gleichgültigkeit und das gute Geld. Er studierte Jura, und wegen Empfehlungen kam er immer gut davon, aber er kümmerte sich überhaupt nicht um seine Laufbahn. Er ging ins Theater, kleidete sich elegant, hatte jeden Monat eine neue Freundin. Fröhlich genoss er das Leben innerhalb seiner Vermögensverhältnisse.
Der kleine Bruder, Luisito, vier oder fünf Jahre alt, war nicht gesund.
Die geistige Veranlagung der Familie war etwas sonderbar. Don Pedro bevorzugte Alejandro und Luis, behandelte Margarita, als ob sie erwachsen wäre, sein Sohn Pedro war ihm gleichgültig und Andrés hasste er beinahe, weil er sich seinem Willen nicht unterwarf.
Man hätte ziemlich graben müssen, um in ihm etwas väterliche Zuneigung zu entdecken.
Alejandro spürte im Haus die gleichen Sympathien wie der Vater; Margarita liebte Pedro und Luisito mehr als jemand aderen, sie schätzte Andrés und respektierte ihren Vater.
Pedro war etwas gleichgültig; er empfand etwas Zuneigung für Margarita und Luisito und grosse Bewunderung für Andrés. Was diesen letzten betrifft, der liebte den kleinen Bruder abgöttisch, war Pedro und Margarita gewogen, obwohl er sich mit dieser ständig stritt, er verabscheute Alejandro und seinen Vater hasste er beinahe; er konnte ihn nicht ertragen, er fand ihn anmassend, egoistisch, albern, eingebildet.
Zwischen Vater und Sohn existierte eine absolut vollständige Unverträglichkeit, sie konnten in nichts übereinstimmen. Es reichte, dass einer eine Sache bejahte, damit andere die gegenteilige Stellung bezog.