IV.- En el aislamiento

La madre de Andrés, navarra fanática, había llevado a los nueve o diez años a sus hijos a confesarse. Andrés, de chico sintió mucho miedo, sólo con la idea de acercarse al confesionario.

Llevaba en la memoria el día de la primera confesión, como una cosa trascendental, la lista de todos sus pecados; pero aquel día, sin duda el cura tenía prisa y le despachó sin dar gran importancia a sus pequeñas transgresiones morales.
Esta primera confesión fue para él un chorro de agua fría; su hermano Pedro le dijo que él se había confesado ya varias veces, pero que nunca se tomaba el trabajo de recordar sus pecados.

A la segunda confesión, Andrés fue dispuesto a no decir al cura más que cuatro cosas para salir del paso.

A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin confesarse sin el menor escrúpulo.
Después, cuando murió su madre, en algunas ocasiones su padre y su hermana le preguntaban si había cumplido con Pascua, a lo cual él contestaba que sí indiferentemente.
Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, habían estudiado en un colegio mientras cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno a Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron al chico al Instituto de San Isidro y allí estudió un tanto abandonado. Aquel abandono y el andar con los chicos de la calle despabilaron a Andrés.

Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad le hizo reconcentrado y triste. No le gustaba ir a los paseos donde hubiera gente, como a su hermano Pedro; prefería meterse en su cuarto y leer novelas. Su imaginación galopaba, lo consumía todo de antemano.

Haré esto y luego esto — pensaba—. ¿Y después? Y resolvía este después y se le presentaba otro y otro.
Cuando concluyó el bachillerato se decidió a estudiar Medicina sin consultar a nadie. Su padre se lo había indicado muchas veces: Estudia lo que quieras; eso es cosa tuya.
A pesar de decírselo y de recomendárselo el que su hijo siguiese sus inclinaciones sin consultárselo a nadie, interiormente le indignaba.
Don Pedro estaba constantemente predispuesto contra aquel hijo, que él consideraba díscolo y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba derecho suyo, y se plantaba contra su padre y su hermano mayor con una terquedad violenta y agresiva.

Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre concluían marchándose Andrés a su cuarto o a la calle. Las discusiones comenzaban por la cosa más insignificante; el desacuerdo entre padre e hijo no necesitaba un motivo especial para manifestarse, era absoluto y completo; cualquier punto que se tocara bastaba para hacer brotar la hostilidad, no se cambiaba entre ellos una palabra amable.

Generalmente el motivo de las discusiones era político; don Pedro se burlaba de los revolucionarios, a quien dirigía todos sus desprecios e invectivas, y Andrés contestaba insultando a la burguesía, a los curas y al ejército.

Don Pedro aseguraba que una persona decente no podía ser más que conservador.
En los partidos avanzados tenía que haber necesariamente gentuza, según él.
Para don Pedro el hombre rico era el hombre por excelencia; tendía a considerar la riqueza, no como una casualidad, sino como una virtud; además suponía que con el dinero se podía todo.

Andrés recordaba el caso frecuente de muchachos imbéciles, hijos de familias ricas, y demostraba que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones del Banco de Inglaterra en una isla desierta no podría hacer nada; pero su padre no se dignaba atender estos argumentos.

Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban invertidas en el piso de arriba entre un señor catalán y su hijo. En casa del catalán, el padre era el liberal y el hijo el conservador; ahora que el padre era un liberal cándido y que hablaba mal el castellano, y el hijo un conservador muy burlón y mal intencionado. Muchas veces se oía llegar desde el patio una voz de trueno con acento catalán, que decía:
—Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su camino, ya se hubiera visto lo que era
España.

Y poco después la voz del hijo, que gritaba burlonamente.
— ¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!
— ¡Qué estúpidas discusiones! — decía Margarita con un mohín de desprecio, dirigiéndose a su hermano Andrés —.
¡Como si por lo que vosotros habléis se fueran a resolver las cosas!
A medida que Andrés se hacía hombre, la hostilidad entre él y su padre aumentaba. El hijo no le pedía nunca dinero; quería considerar a don Pedro como a un extraño.

 

IV.- In der Abgeschiedenheit

Die Mutter von Andrés, eine fanatische Navarresin, hatte ihre Kinder mit neun oder zehn Jahren dazugebracht, zur Beichte zu gehen. Als Kind hatte Andrés grosse Angst, nur schon, wenn er daran dachte, sich dem Beichtstuhl zu nähern.
Den Tag der ersten Beichte, die Liste all seiner Sünden, trug er wie eine folgenschwere Sache in seinem Gedächtnis mit sich herum; aber der Pfarrer hatte es an jenem Tag ohne Zweifel eilig und er fertigte ihn ab, ohne seinen kleinen moralischen Übertretungen grosse Bedeutung beizumessen. Diese erste Beichte war für ihn eine kalte Dusche; sein Bruder Pedro sagte zu ihm, dass er nun schon mehrere Male gebeichtet hätte, dass er sich aber nie die Mühe gemacht hätte, sich seiner Sünden zu erinnern. Zur zweiten Beichte ging Andrés mit dem Vorsatz, dem Pfarrer nicht mehr als vier Sachen zu sagen, um sich aus der Affäre zu ziehen.
Das dritte oder vierte Mal empfing er das Abendmahl ohne den geringsten Skrupel, ohne zu beichten. Nachher, als seine Mutter starb, fragten ihn sein Vater und seine Schwester gelegentlich, ob er die Osterpflicht erfüllt hätte, worauf er mit teilnahmslosem Ja antwortete.
Die zwei älteren Brüder, Alejandro und Pedro, hatten während ihrer Gymnasiumszeit in einem Kollegium studiert; aber als die Reihe an Andrés war, sagte der Vater, das wären grosse Ausgaben, und sie brachten den Jungen zum Instituto de San Isidro und dort studierte er etwas einsam. Jener Verzicht und das Verkehren mit den Strassenjungen rüttelten Andrés auf.
Er fühlte sich von der Familie abgesondert, ohne Mutter, ganz allein, und die Einsamkeit machte ihn zurückhaltend und traurig. Er begab sich nicht gerne, so wie sein Bruder Pedro, auf die Promenade, wo es Leute hatte; er zog es vor, sich in sein Zimmer zu begeben und Romane zu lesen. Seine Einbildungskraft galoppierte, er verzehrte alles im Voraus. Ich werde dies machen und später das, dachte er. Und nachher? Er löste dieses nachher, und es tauchte ein anderes und noch eins auf. Als er das Gymnasium beendete, beschloss er, ohne jemanden um Rat zu fragen, Medizin zu studieren. Sein Vater hatte ihn viele Male darauf hingewiesen: Studiere was du willst; das ist deine Sache. Obwohl er seinem Sohn gesagt und empfohlen hatte, seinen Neigungen zu folgen, ohne jemanden zu fragen, empörte ihn dies innerlich.
Don Pedro war dauernd gegen jenen Sohn voreingenommen, den er für widerspenstig und rebellisch hielt. Andrés verzichtete auf nichts, was er als sein Recht betrachtete, und er widersetzte sich seinem Vater und seinem älteren Bruder mit einem heftigen und agressiven Starrsinn.
Margarita musste bei diesen Streitereien eingreifen, die fast immer damit endeten, dass Andrés in sein Zimmer oder auf die Strasse ging. Die Diskussionen begannen wegen der unbedeutendsten Sache; die Meinungsverschiedenheit zwischen Vater und Sohn benötigte kein spezielles Motiv, um sich zu manifestieren, sie war absolut und komplett; irgendein Thema, das man berührte, reichte aus, um die Feindseligkeit spriessen zu lassen, zwischen ihnen wurde kein liebenswürdiges Wort gewechselt.
Für gewöhnlich war das Motiv der Streitereien politischer Natur; Don Pedro machte sich über die Revolutionäre lustig, für die er nur seine Verachtung und Beleidigungen übrig hatte, und Andrés antwortete, indem er die Bourgeoisie, die Pfarrer und die Armee beleidigte.
Don Pedro versicherte, dass eine ehrbare Person nur konservativ sein konnte.

In den fortschrittlichen Parteien musste es, gemäss ihm, notwendigerweise Gesindel geben. Für Don Pedro war der reiche Mann der Mann im wahrsten Sinne des Wortes; er strebte danach, den Reichtum hoch zu achten, nicht wie eine Zufälligkeit, sondern wie eine Tugend; zudem nahm er an, dass man mit Geld alles machen konnte.
Andrés erinnerte sich an den häufigen Fall der schwachsinnigen Burschen, Söhne reicher Familien, und er bewies, dass ein Mann mit einer Truhe voll Gold und einigen Millionen der Englischen Bank auf einer Wüsteninsel nichts machen könnte; aber sein Vater geruhte nicht, diese Argumente zu berücksichtigen.
Die Streitereien im Hause Hurtado widerspiegelten sich in umgekehrter Weise im oberen Geschoss zwischen einem Katalanen und seinem Sohn. Im Hause des Katalanen war der Vater der Liberale und der Sohn der Konservative, so war jetzt der Vater ein einfältiger Liberaler, der schlecht Spanisch sprach, und der Sohn ein sehr spöttischer und böswilliger Konservativer. Oft hörte man vom Hof her eine Donnerstimme mit katalanischem Akzent, die sagte:“Wäre der Ruhmreiche nicht auf seinem Weg geblieben, hätte man gesehen, was Spanien war.“
Und kurz darauf die Stimme des Sohnes, die spöttisch rief:“Der Ruhmreiche! Eine schöne Witzfigur!“
„Welch blödsinnige Streitereien!“, sagte Margarita mit einer geringschätzigen Grimasse, indem sie sich an ihren Bruder Andrés wandte. „Als ob sich dadurch die Sachen klären würden!“
In dem Masse wie Andrés erwachsen wurde, erhöhte sich die Feindseligkeit zwischen ihm und seinem Vater. Der Sohn fragte ihn nie um Geld; er wollte Don Pedro wie einen Fremden betrachten.