VI.- La sala de disección

El curso siguiente, de menos asignaturas, era algo más fácil, no había tantas cosas que retener en la cabeza.
A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba para poner a prueba la memoria mejor organizada. Unos meses después del principio de curso, en el tiempo frío, se comenzaba la clase de disección.
Los cincuenta o sesenta alumnos se repartían en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada una.
Se reunieron en la misma mesa, Montaner, Aracil y Hurtado, y otros dos a quien ellos consideraban como extraños a su pequeño círculo.
Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que en el curso anterior se sentían hostiles
se hicieron muy amigos en el siguiente.
Andrés le pidió a su hermana Margarita que le cosiera una blusa para la clase de disección; una blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos.
Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada limpias, porque en las mangas, sobre todo, se pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no se veían.

La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de disección y hundir el escalpelo en los cadáveres, como si les quedara un fondo atávico de crueldad primitiva.
En todos ellos se producía un alarde de indiferencia y de jovialidad al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que llegaban allá.

Dentro de la clase de disección, los estudiantes gustaban de encontrar grotesca la muerte; a un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o un sombrero de papel.
Se contaba de un estudiante de segundo año que había embromado a un amigo
suyo, que sabía era un poco aprensivo, de este modo: cogió el brazo de un muerto, se embozó en la capa y se acercó a saludar a su amigo.

— ¿Hola, qué tal? — le dijo sacando por debajo de la capa la mano del cadáver

—. Bien y tú, contestó el otro. El amigo estrechó la mano, se estremeció al notar su frialdad y quedó horrorizado al ver que por debajo de la capa salía el brazo de un cadáver.

De otro caso sucedido por entonces, se habló mucho entre los alumnos. Uno de los médicos del hospital, especialista en enfermedades nerviosas, había dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le llevara a su casa. El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio del médico. La criada de la casa, al ver el paquete, creyó que eran sesos de vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los sirvió a la familia.

Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con verdadera fruición. Existía entre los estudiantes de Medicina una tendencia al espíritu de clase, consistente en un común desdén por la muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirúrgica, y en un gran desprecio por la sensibilidad.

Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad que los otros; no le hacía tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.
Lo que sí le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del carro en donde los traían del depósito del hospital. Los mozos cogían estos cadáveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y los echaban al suelo.
Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, como momias.
Al dar en la piedra, hacían un ruido desagradable, extraño, como de algo sin elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los muertos, uno a uno, por los pies y arrastrándolos por el suelo; y al pasar unas escaleras que había para bajar a un patio donde estaba el depósito de la sala, las cabezas iban dando lúgubremente en los escalones de piedra.

La impresión era terrible; aquello parecía el final de una batalla prehistórica, o de un combate de circo romano, en que los vencedores fueran arrastrando a los vencidos.
Hurtado imitaba a los héroes de las novelas leídas por él, y reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las madres de aquellos desgraciados que iban al “spoliarium”, hubiesen vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado seguramente parirlos muertos.

Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver después de hechas las disecciones, cómo metían todos los pedazos sobrantes en unas calderas cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía una mano entre un hígado, y un trozo de masa encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio del tejido pulmonar.
A pesar de la repugnancia que le inspiraban tales cosas, no le preocupaban; la anatomía y la disección le producían interés. Esta curiosidad por sorprender la vida; este instinto de inquisición tan humano, lo experimentaba él como casi todos los alumnos. Uno de los que lo sentían con más fuerza, era un catalán amigo de Aracil, que aún estudiaba en el Instituto.
Jaime Massó así se llamaba, tenía la cabeza pequeña, el pelo negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la mandíbula prognata. Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por el funcionamiento de los órganos, que si podía se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto, para disecarlos a su gusto.

Con las piltrafas, según decía, abonaba unos tiestos o los echaba al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.

Massó, especial en todo, tenía los estigmas de un degenerado. Era muy
supersticioso; andaba por en medio de las calles y nunca por las aceras; decía medio en broma, medio en serio, que al pasar iba dejando como rastro, un hilo invisible que no debía romperse. Así, cuando iba a un café o al teatro salía por la misma puerta por donde había entrado para ir recogiendo el misterioso hilo.

Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo entusiasta e intransigente que contrastaba con la indiferencia musical de Aracil, de Hurtado y de los demás.

Aracil había formado a su alrededor una camarilla de amigos a quienes dominaba y
mortificaba, y entre éstos se contaba Massó; le daba grandes plantones, se burlaba de él, lo tenía como a un payaso.
Aracil demostraba casi siempre una crueldad desdeñosa, sin brutalidad, de un carácter femenino.
Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos que vivían en Madrid, se reunían poco con los estudiantes provincianos; sentían por ellos un gran desprecio; todas esas historias del casino del pueblo, de la novia y de las calaveradas en el lugarón de la
Mancha o de Extremadura, les parecían cosas plebeyas, buenas para gente de calidad inferior.
Esta misma tendencia aristocrática, más grande sobre todo en Aracil y en Montaner que en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de lo vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por aquellas chirlatas en donde los estudiantes de provincias perdían curso tras curso, estúpidamente jugando al billar o al dominó.

A pesar de la influencia de sus amigos, que le inducían a aceptar las ideas y la vida de un señorito madrileño de buena sociedad, Hurtado se resistía.
Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos, y de los libros, Andrés iba formando su espíritu con el aporte de conocimientos y datos un poco heterogéneos.
Su biblioteca aumentaba con desechos; varios libros ya antiguos de Medicina y de
Biología, le dio su tío Iturrioz; otros, en su mayoría folletines y novelas, los encontró en casa; algunos los fue comprando en las librerías de lance. Una señora vieja, amiga de la familia, le regaló unas ilustraciones y la historia de la Revolución francesa, de Thiers.

Este libro, que comenzó treinta veces y treinta veces lo dejó aburrido, llegó a leerlo y a preocuparle.
Después de la historia de Thiers, leyó los “Girondinos” de Lamartine.
Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el tipo más grande de la Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en las primeras páginas en blanco, escribió el nombre de su héroe, y lo rodeó como a un sol de rayos.
Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; no quiso comunicárselo a sus amigos.
Sus cariños y sus odios revolucionarios, se los reservaba, no salían fuera de su cuarto.

De esta manera, Andrés Hurtado se sentía distinto cuando hablaba con sus
condiscípulos en los pasillos de San Carlos y cuando soñaba en la soledad de su cuartucho.
Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de tarde en tarde. Con ellos debatía las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía así apreciar y comparar sus puntos de vista.
De estos amigos, compañeros de Instituto, el uno, estudiaba para ingeniero, y se llamaba Rafael Sañudo; el otro era un chico enfermo, Fermín Ibarra.
A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la noche en un café de la calle Mayor,
que se llamaba Café del Siglo.
A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado cómo divergía en gustos y en ideas de su amigo Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba tan de acuerdo. Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en el café más que de música; de las óperas del Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la ciencia, la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado de la música de Wagner. Wagner era el Mesías,
Beethoven y Mozart los precursores. Había algunos beethovenianos que no querían aceptar a Wagner, no ya como el Mesías, ni aun siquiera como un continuador digno de sus antecesores, y no hablaban más que de la quinta y de la novena, en éxtasis. A Hurtado, que no le preocupaba la música, estas conversaciones le impacientaban.
Empezó a creer que esa idea general y vulgar de que el gusto por la música significa espiritualidad, era inexacta. Por lo menos en los casos que él veía, la espiritualidad no se confirmaba.
Entre aquellos estudiantes amigos de Sañudo, muy filarmónicos, había muchos, casi todos, mezquinos, mal intencionados, envidiosos. Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo todo, la vaguedad de la música hace que los envidiosos y los canallas, al oír las melodías de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen con delicia de la acritud interna que les producen sus malos sentimientos, como un hiperclorhídrico al ingerir una sustancia neutra.

En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo, el público en su mayoría era de
estudiantes; había también algunos grupos de familia, de esos que se atornillan en una mesa, con gran desesperación del mozo, y unas cuantas muchachas de aire equívoco.
Entre ellas llamaba la atención una rubia muy guapa, acompañada de su madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido, y la mirada de jabalí.

 

Se conocía su historia; después de vivir con un sargento, el padre de la muchacha, se había casado con un relojero alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su mujer, la había echado de su casa a puntapiés.

Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del sábado hablando mal de todo el
mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del café, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minué de Mozart. Hurtado comprendió que aquél no era su centro y dejó de ir por allí.

Varias noches, Andrés entraba en algún café cantante con su tablado para las cantadoras y bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el canto también cuando era
sencillo; pero aquellos especialistas de café, hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban a dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían repugnantes.

La imaginación de Andrés le hacía ver peligros imaginarios que por un esfuerzo de voluntad intentaba desafiar y vencer.

Había algunos cafés cantantes y casas de juego, muy cerrados, que a Hurtado se le
antojaban peligrosos; uno de ellos, era el café del Brillante, donde se formaban grupos de chulos, camareras y bailadoras; el otro, un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas por cortinas verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar aquí; y entraba temblando de miedo.

Estos miedos variaban en él.
Durante algún tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros sombreados de oscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.
Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a temblar. Un día la oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror desapareció.
Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a casa de su condiscípulo Fermín Ibarra.
Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tenía como a un niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.

Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de la clase de disección, de los cafés cantantes, de la vida de Madrid de noche. Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.
¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El sentirse sano y fuerte cerca del impedido y del débil? Fuera de aquellos momentos, en los demás, el estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el espíritu.

La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable.

 

VI.- Der Seziersaal

Der nächste Kurs, mit weniger Fächern, war etwas leichter, es gab nicht so viele Sachen im Kopf zu behalten.
Trotzdem genügte allein die Anatomie, um das best organisierte Gedächtnis auf die Probe zu stellen. Einige Monate nach Beginn des Kurses, während der kalten Zeit, begann der Unterricht im Sezieren.
Die fünfzig oder sechzig Schüler verteilten sich auf zehn oder zwölf Tische und um jeden gruppierten sich je fünf und fünf. Sie versammelten sich am gleichen Tisch, Montaner, Aracil und Hurtado und zwei andere, die sie wie Fremde in ihrem kleinen Kreis betrachteten.
Ohne zu wissen warum, freundeten sich im Folgenden Hurtado und Montaner, die sich im vergangenen Kurs feindselig gesinnt waren, sehr an. Andrés bat seine Schwester Margarita, dass sie ihm für den Sezierunterricht eine Bluse nähe, eine schwarze Bluse mit Ärmeln aus Wachstuch und mit gelben Biesen. Margarita machte sie ihm. Diese Blusen waren nicht sauber, weil vor allem in den Ärmeln Fleischabfälle, die trockneten und die man nicht sah, haften blieben.
Die Mehrheit der Studenten ersehnte es, in den Seziersaal zu kommen und das Skalpell in die Leichen zu stecken, so als ob in ihnen noch ein längst überholter Grund von primitiver Grausamkeit vorhanden wäre. Bei allen stellte sich eine Zurschaustellung der Gleichgültigkeit und der Heiterkeit ein, wenn sie sich dem Tod gegenüber befanden, so als ob es eine vergnügliche und fröhliche Sache wäre, die Körper der Unglücklichen, die dort ankamen, aufzuschlitzen und zu zerschneiden.
Es gefiel den Studenten, den Tod während der Sezierstunde grotesk zu finden; sie steckten einem Leichnam eine Papiertüte in den Mund oder setzten ihm einen Papierhut auf.
Man erzählte sich von einem Studenten des zweiten Jahres, dass er einen seiner Freunde, von dem er wusste, dass er etwas überängstlich war, auf diese Weise verulkt hatte: Er nahm den Arm eines Toten, hüllte sich in den Umhang und näherte sich seinem Freund, um ihn zu begrüssen.
„Hallo, wie geht es dir?“, sagte er zu ihm und holte die Hand des Leichnams unter dem Umhang hervor.
„Gut, und dir?“, antwortete der andere. Der Freund streckte die Hand aus, erschauerte, als er die Kälte bemerkte und wurde mit Entsetzen erfüllt, als er sah, dass unter dem Umhang der Arm eines Toten hervorkam.
Unter den Studenten sprach man auch viel von einem andern damals passierten Fall. Einer der Ärzte des Krankenhauses, Spezialist von Krankheiten des Nervensystems, hatte befohlen, dass man die Autopsie eines seiner Kranken mache,
der in seinem Saal verstorben war, und dass man ihm das Gehirn entnehme und es ihm nach Hause bringe. Der Assistenzarzt entnahm das Gehirn und schickte es durch einen Burschen zum Haus des Arztes. Als das Dienstmädchen das Paket sah, meinte es, es sei Kuhhirn, trug es in die Küche, bereitete es zu und servierte es der Familie.
Genüsslich erzählte man sich viele solcher Geschichten, ob sie nun der Wahrheit entsprachen oder nicht. Unter den Medizinstudenten existierte eine Tendenz zum Klassengeist, der in der gemeinsamen Gleichgültigkeit für den Tod, in einer gewissen Begeisterung für die chirurgische Brutalität und in einer grossen Verachtung für die Sensibilität bestand. Andrés Hurtado legte nicht mehr Sensibilität an den Tag als andere; es machte ihm auch keinen Eindruck zu sehen, wie man eine Leiche aufschnitt und vierteilte. Was ihn wirklich störte, war die Prozedur, wie man die Toten vom Karren nahm, auf welchem sie von der Leichenhalle des Krankenhauses hergebracht wurden. Die Burschen nahmen diese Leichen, der eine an den Armen, der andere an den Füssen, hoben sie hoch und warfen sie auf den Boden. Es waren fast immer spindeldürre, gelbe Körper, wie Mumien. Wenn sie auf den Stein klatschten, machten sie ein unangenehmes, fremdes Geräusch, wie von etwas ohne Elastizität, das sich über den Boden ergiesst; später holten die Burschen die Toten, einen nach dem andern, und schleiften sie an den Füssen über den Boden; und wenn sie die Treppen hinunterstiegen, die zum Hof führten, wo die Leichenhalle war, schlugen die Köpfe düster auf den Steinstufen auf. Der Eindruck war schrecklich, dies schien das Ende einer prähistorischen Schlacht oder der Schluss eines Kampfes in der römischen Arena zu sein, wo die Sieger die Besiegten wegschleiften. Hurtado imitierte die Helden der Romane, die er gelesenen hatte und dachte über das Leben und den Tod nach; er dachte, dass wenn die Mütter dieser Unglücklichen ins Spolarium gehen würden, hätten sie das schreckliche Ende ihrer Söhne gerade noch sehen können, sie hätten sich sicher gewünscht, sie tot geboren zu haben.
Eine andere unangenehme Sache für Andrés war, zu sehen, wie sie nach dem Sezieren die übrig gebliebenen Teile in zylindrische rote Kessel schmissen, wo eine Hand zwischen einer Leber und einem Stück Gehirnmasse und ein trübes undurchsichtiges Auge mitten im Lungengewebe erschien.
Trotz des Widerwillens, die ihm solche Sachen verursachten, beunruhigten sie ihn nicht; die Anatomie und das Sezieren interessierten ihn. Diese Neugierde bezüglich des Lebens, diesen so menschlichen Instinkt der Nachforschung probierte er wie fast alle Studenten aus. Einer derjenigen, die stärker litten, war ein katalanischer Freund Aracils, der immer noch am Gymnasium studierte.
Jaime Massó, so hiess er, hatte einen kleinen Kopf, schwarzes, sehr feines Haar, einen weissgelblichen Teint und einen vorstehenden Unterkiefer. Ohne intelligent zu sein, verspürte er gewisse Neugier bezüglich der Funktion der Organe, so dass er sich die Hand oder den Arm eines Toten mit nach Hause nahm, wenn er konnte, um sie ganz nach seinem Belieben zu sezieren.
Mit dem Fleischabfall bezahlte er einige widerliche Kerle, wie er sagte, oder warf sie auf den Balkon eines Aristokraten der Nachbarschaft, den er hasste.
Massó hatte in allem die Stigmata eines verkommenen Subjekts. Er war sehr abergläubisch, ging in der Mitte der Strasse und nie auf den Gehsteigen, sagte halb im Spass, halb im Ernst, beim Gehen hinterlasse er so etwas wie eine Spur, einen unsichtbaren Faden, der nicht zerrissen werden sollte. Wenn er in ein Café oder Theater ging, verliess er es durch die gleiche Türe und nahm diesen geheimnisvollen Faden wieder auf.
Eine andere Sache charakterisierte Massó; seine schwärmerische und unnachgiebige Verehrung von Wagner, die ihn von Aracils und Hurtados musikalischer Gleichgültigkeit und der, der andern unterschied. Aracil hatte um sich herum eine Clique von Freunden gebildet, welche er beherrschte und quälte, und Massó gehörte dazu; er versetzte ihn oft, machte sich über ihn lustig, behandelte ihn wie einen Hanswurst. Aracil legte fast immer eine verächtliche Grausamkeit an den Tag, ohne Brutalität, mit einem femininen Charakter. Aracil, Montaner und Hurtado, wie Burschen, die in Madrid lebten, trafen sich wenig mit den Studenten aus der Provinz; sie empfanden grosse Verachtung für sie; alle diese Geschichten des Dorfklubs, der Freundin und der Eskapaden in der Mancha oder der Extremadura schienen ihnen pöbelhafte Sachen, gut für Leute niederen Ranges.
Dieselbe aristokratische Tendenz, grösser vor allem bei Aracil und Montaner als bei Andrés, liess sie vor dem Lärmenden, dem Vulgären, dem Niedrigen fliehen; sie fühlten Widerwillen gegen jene Spielhöllen, wo die Studenten der Provinz Kurs über Kurs verloren, weil sie unsinnigerweise Billiard oder Domino spielten.
Trotz des Einflusses seiner Freunde, die ihn anstifteten, die Ideen und das Leben eines Madrider Herrensöhnchens guter Herkunft zu akzeptieren, widerstand Hurtado. Dem Einfluss der Familie, seiner Schulfreunde und der Bücher verpflichtet, formte Andrés seinen Geist mit dem etwas uneinheiheitlichen Anteil an Wissen und Daten.
Seine Bibliothek vergrösserte sich mit ausgemusterten Büchern; verschiedene schon alte Medizin- und Biologiebücher gab ihm sein Onkel Iturrioz; andere, in der Mehrheit Feuilletons und Romane, fand er zu Hause; einige kaufte er in den Antiquariaten. Eine alte Frau, Freundin der Familie, schenkte ihm einige illustrierte Werke und die Geschichte der Französischen Revolution von Thiers. Dieses Buch, das er dreissig Mal begann und dreissig Mal gelangweilt beiseite legte, begann er nun endlich zu lesen und es beschäftigte ihn. Nach der Geschichte von Thiers las er die Girondisten von Lamartine. Mit der etwas geradlinigen Logik des jungen Mannes begann er zu glauben, dass der grösste Typ der Revolution Saint Just war. In vielen Büchern schrieb er den Namen seines Helden auf die ersten leeren Seiten und umrahmte ihn wie eine Sonne mit Strahlen. Diese absurde Begeisterung hielt er geheim; er wollte seinen Freunden nichts davon erzählen.
Seine Sehnsüchte und und seinen revolutionären Hass hielt er zurück, sie gingen nicht aus seinem Zimmer heraus. Auf diese Weise fühlte sich Andrés Hurtado anders, wenn er in den Gängen des San Carlos mit seinen Mitschülern sprach und wenn er in der Einsamkeit seiner Bude träumte.
Hurtado hatte zwei Freunde, die er immer abends sah. Mit ihnen debattierte er die gleichen Fragen wie mit Aracil und Montaner, und so konnte er seine Standpunkte beurteilen und vergleichen.
Von diesen Freunden, Kameraden des Gymnasiums, studierte der eine Ingenieur und er hiess Rafael Sañudo; der andere war ein kranker Junge, Fermín Ibarra. Andrés sah Sañudo samstagabends in einem Café an der Calle Mayor, das Cafe del Siglo hiess.
In dem Masse wie die Zeit verstrich, sah Hurtado, wie er punkto Vorlieben und Ideen von denen von Sañudo abwich, mit dem er sich vorher, als Junge, so einig war. Sañudo und seine Mitschüler sprachen in dem Café nur über Musik; über die königlichen Opern und vor allem über die von Wagner. Die Wissenschaft, die Politik, die Revolution, Spanien, nichts war für sie von Wichtigkeit neben der Musik von Wagner. Wagner war der Messias, Beethoven und Mozart die Vorläufer. Es gab einige Beethovenianer, die Wagner nicht akzeptieren wollten, nicht nur als Messias, nicht einmal als würdigen Nachfolger seiner Vorgänger, und sprachen in Ekstase nur über die Fünfte und die Neunte. Hurtado, den die Musik nicht so beschäftigte, machten solche Gespräche ungeduldig. Er begann zu glauben, diese allgemeine und gewöhnliche Idee, dass die Freude für die Musik Spiritualität bedeute, wäre ungenau. Wenigstens in den Fällen, die er sah, bestätigte sich die Spiritualität nicht. Zwischen diesen philharmonischen Studentenfreunden von Sañudo gab es viele, fast alle, Bedeutungslose, Böswillige, Eifersüchtige. Ohne Zweifel dachte Hurtado, der Gefallen daran fand, den Dingen auf den Grund zu gehen, die Unbestimmtheit der Musik bewirke in den Neiderfüllten und Niederträchtigen, dass sie, wenn sie die Melodien von Mozart oder Wagner hören, sich mit Wonne von der inneren Schärfe, die die bösen Gefühle in ihnen hervorbringt, erholen, wie einer, der an Übersäuerung des Magens leidet, durch eine neutralisierende Substanz.
In jenem Café del Siglo, wo Sañudo hinging, waren die Leute mehrheitlich
Studenten; es gab auch ein paar Familiengruppen, von der Sorte, die sich, zur grossen Verzweiflung des Kellners, um einen Tisch drängen und auch einige zweifelhafte Mädchen.
Unter ihnen zog eine sehr hübsche Blonde, die in Begleitung ihrer Mutter war, die Aufmerksamkeit auf sich. Die Mutter war dick, ihre Nase platt wie eine Schweineschnauze, sie war sehr durchtrieben und hatte den Blick eines Wildschweines.
Man kannte ihre Geschichte; nachdem sie mit einem Unteroffizier gelebt hatte, dem Vater des Mädchens, hatte sie einen deutschen Uhrmacher geheiratet, bis dieser die Gaunerei seiner Frau satt hatte und sie mit einem Fusstritt aus dem Haus geworfen hatte.
Am Samstag verbrachten Sañudo und seine Freunde die ganze Nacht miteinander und redeten schlecht über die ganze Welt, und später sprachen sie mit dem Pianisten und dem Geiger des Cafes über die Schönheiten einer Sonate von Beethoven oder eines Menuetts von Mozart. Hurtado verstand, dass jenes nicht sein Mittelpunkt war und ging nicht mehr dorthin.
Verschiedene Nächte betrat Andrés irgendein Tanzcafé mit seinem Podium für die Sängerinnen und Tänzerinnen. Der Flamenco gefiel ihm und auch der Gesang, wenn er einfach war, aber jene Spezialisten des Cafes, dicke Männer, die sich mit einem Stöcklein auf einen Stuhl setzten und begannen, Schreie auszustossen und eine traurige Miene aufzusetzen, erschienen ihm abstossend. Die Einbildungskraft liess Andrés gefährliche Gedankenwelten sehen, denen er mit Willenskraft zu trotzen und die er zu besiegen versuchte.
Es gab einige sehr geschlossene Tanzcafes und Spielhäuser, die Hurtado gefährlich vorkamen; eines von ihnen war das Cafe Brillante, wo sich Gruppen von Chulos, Kellnerinnen und Tänzerinnen bildeten; das andere, eine Spielhölle in der Calle de la Magdalena, mit Fenstern, die mit grünen Vorhängen verdeckt waren. Andrés sagte sich: Nichts, hier muss eingetreten werden; und zitternd vor Angst, trat er ein.
Diese Ängste in ihm wechselten. Eine Zeit lang hielt er eine Strassendirne der Calle del Candil, mit schwarzen, dunklen Lidschatten um die Augen und einem Lächeln, das ihre weissen Zähne zeigte,
für eine merkwürdige Frau. Als Andrés sie sah, erschauderte er und begann zu zittern. Eines Tages hörte er sie mit galizischem Akzent sprechen, und ohne zu wissen warum, verschwand sein ganzes Entsetzen. An vielen Sonntagabenden ging Andrés zu seinem Schulfreund Fermín Ibarra nach Hause. Fermín war an einer Gelenkentzündung erkrankt und verbrachte sein Leben mit Lesen von unterhaltsamen wissenschaftichen Büchern. Seine Mutter hielt ihn wie ein Kind und kaufte ihm mechanische Spielsachen, die ihn aufheiterten.
Hurtado erzählte ihm, was er machte, er sprach vom Sezierunterricht, den Tanzcafes, vom Madrider Nachtleben. Fermín, resigniert, hörte ihm mit grosser Neugier zu. Eine absurde Sache; beim Verlassen des Hauses des armen Kranken, hatte Andrés eine angenehme Vorstellung von seinem Leben. War es ein böses Gefühl des Gegensatzes? Sich in der Nähe des Körperbehinderten und des Schwachen gesund und stark zu fühlen? Das Studium, die Gespräche, das Haus, die Freunde, seine Abenteuer, also all dies, vermischt mit seinen Gedanken, hinterliess in seiner Seele, ausser in jenen Augenblicken, in den anderen, einen Eindruck des Schmerzes, der Bitterkeit. Das Leben im Allgemeinen, und vor allem das seine, erschien ihm eine hässliche, trübe, schmerzhafte und unbezwingbare Sache zu sein.