IX.- Un rezagado

Al principio de otoño y comienzo del curso siguiente, Luisito, el hermano menor, cayó enfermo con fiebres.
Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo y huraño. El chico le preocupaba de una manera patológica, le parecía que los elementos todos se conjuraban contra él.
Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente de Julio, y a los pocos días indicó que se trataba de una fiebre tifoidea.
Andrés pasó momentos angustiosos; leía con desesperación en los libros de
Patología de descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.
El doctor Aracil a todo decía que no.
—Es una enfermedad que no tiene tratamiento específico —aseguraba—; bañarle, alimentarle y esperar, nada más.

Andrés era el encargado de preparar el baño y tomar la temperatura a Luisito.
El enfermo tuvo días de fiebre muy alta.
Por las mañanas, cuando bajaba la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrés. Éste, en el curso de la enfermedad, quedó asombrado de la resistencia y de la energía de su hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando del niño; no se le ocurría jamás, y si se le ocurría no le daba importancia, la idea de que pudiera contagiarse.

Andrés desde entonces comenzó a sentir una gran estimación por Margarita; el cariño de Luisito los había unido.
A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció, dejando al niño flaco, hecho un esqueleto. Andrés adquirió con este primer ensayo de médico un gran escepticismo. Empezó a pensar si la medicina no serviría para nada. Un buen puntal para este escepticismo le proporcionaba las explicaciones del profesor de Terapéutica, que consideraba inútiles cuando no perjudiciales casi todos los preparados de la farmacopea.
No era una manera de alentar los entusiasmos médicos de los alumnos, pero indudablemente el profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.
Después de las fiebres Luisito quedó débil y a cada paso daba a la familia una sorpresa desagradable; un día era un calenturón, al otro unas convulsiones. Andrés muchas noches tenía que ir a las dos o a las tres de la mañana en busca del médico y después salir a la botica.
En este curso, Andrés se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya bastante viejo, a quien cada año de carrera costaba por lo menos dos o tres.
Un día este estudiante le preguntó a Andrés qué le pasaba para estar sombrío y triste. Andrés le contó que tenía al hermano enfermo, y el otro intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le agradeció la simpatía y se hizo amigo del viejo estudiante.

Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre débil.
A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre misterioso de Lamela, y a éste le chocó sin duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los dos tenían una vida interior distinta al resto de los estudiantes.
El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de título, que andaba en coche e iba a palco al Real.

Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le contó sus amores con toda clase de detalles. Ella estaba enamoradísima de él, según aseguraba el estudiante; pero existían una porción de dificultades y de obstáculos que impedían la aproximación del uno al otro.
A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad. En las novelas se daba como una anomalía un hombre joven sin un gran amor; en la vida lo anómalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El primero que conoció Andrés fue Lamela; por eso le interesaba.
El viejo estudiante padecía un romanticismo intenso, mitigado en algunas cosas por una tendencia beocia de hombre práctico. Lamela creía en el amor y en Dios; pero esto no le impedía emborracharse y andar de crápula con frecuencia.

Según él, había que dar al cuerpo sus necesidades mezquinas y groseras y conservar el espíritu limpio.
Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es del cuerpo, y al alma lo que es del alma.

—Si todo eso del alma, es una pamplina —le decía Andrés—. Son cosas inventadas por los curas para sacar dinero.
—¡Cállate, hombre, cállate! No disparates. Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las ideas. Discurría como un hombre de a principio del siglo. La concepción mecánica actual del mundo económico y de la sociedad, para él no existía. Tampoco existía cuestión social. Toda la cuestión social se resolvía con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazón.

—Eres un verdadero católico —le decía Andrés—; te has fabricado el más cómodo
de los mundos.
Cuando Lamela le mostró un día a su amada, Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que un loro.
Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado.
Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.
A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tenía un orgullo y una confianza en sí mismo extraordinaria; sentía la tranquilidad del que cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.
Delante de los demás compañeros Lamela no hablaba de sus amores; pero cuando le cogía a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus confidencias no tenían fin.
A todo le quería dar una significación complicada y fuera de lo normal.

—Chico —decía sonriendo y agarrando del brazo a Andrés—. Ayer la vi.
—¡Hombre!
—Sí —añadía con gran misterio—. Iba con la señora de compañía; fui detrás de
ella, entró en su casa y poco después salió un criado al balcón. ¿Es raro, eh?
—¿Raro? ¿Por qué? —preguntaba Andrés.
—Es que luego el criado no cerró el balcón.
Hurtado se le quedaba mirando preguntándose cómo funcionaría el cerebro de su amigo para encontrar extrañas las cosas más naturales del mundo y para creer en la belleza de aquella dama.
Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volvía y decía:
—¡Mira, cállate!
—Pues ¿qué pasa?
—Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a ella mal de mí. Viene espiándome. Andrés se quedaba asombrado.
Cuando ya tenía más confianza con él le decía:
—Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría a la Sociedad de Psicología de París o de Londres.
—¿A qué?
—Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo que soy el hombre más extraordinario del mundo.
El gallego se reía con su risa bonachona.
—Es que tú eres un niño —replicaba—; el día que te enamores verás cómo me das la razón a mí.
Lamela vivía en una casa de huéspedes de la plaza de Lavapiés; tenía un cuarto
pequeño, desarreglado, y como estudiaba, cuando estudiaba, metido en la cama, solía
descoser los libros y los guardaba desencuadernados en pliegos sueltos en el baúl o extendidos sobre la mesa.
Alguna que otra vez fue Hurtado a verle a su casa.
La decoración de su cuarto consistía en una serie de botellas vacías, colocadas por todas partes. Lamela compraba el vino para él y lo guardaba en sitios inverosímiles, de miedo de que los demás huéspedes entrasen en el cuarto y se lo bebieran, lo que, por lo que contaba, era frecuente. Lamela tenía escondidas las botellas dentro de la chimenea, en el baúl, en la cómoda. De noche, según le dijo a Andrés, cuando se acostaba ponía una botella de vino debajo de la cama, y si se despertaba cogía la botella y se bebía la mitad de un trago.
Estaba convencido de que no había hipnótico como el vino, y que a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas filfas.
Lamela nunca discutía las opiniones de los profesores, no le interesaban gran cosa; para él no podía aceptarse más clasificación entre ellos que la de los catedráticos de buena intención, amigos de aprobar, y los de mala intención, que suspendían sólo por echárselas de sabios y darse tono.

En la mayoría de los casos Lamela dividía a los hombres en dos grupos: los unos, gente franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón; los otros, gente mezquina y vanidosa.
Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta última clase, de los más mezquinos e insignificantes.
Verdad es que ninguno de los dos le tomaba en serio a Lamela. Andrés contaba en su casa las extravagancias de su amigo. A Margarita le interesaban mucho estos amores. Luisito, que tenía la imaginación de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole a su hermano, un cuento que se llamaba "Los amores de un estudiante gallego con la reina de las cacatúas".

 

IX.- Ein Nachzügler

Anfangs Oktober und zu Beginn des nächsten Kurses wurde Luisito, der jüngste Bruder, krank und hatte Fieber. Andrés fühlte eine einmalige und schüchterne Zuneigung für Luisito. Er war in einer krankhaften Weise um den Knaben besorgt, es schien ihm, als ob sich alle Elemente gegen ihn verschwören würden.Doktor Aracil, Julios Verwandter, besuchte den kleinen Kranken, und nach wenigen Tagen gab er an, dass es sich um ein Typhusfieber handle. Andrés durchlebte angsterfüllte Momente, las mit Verzweiflung in den Pathologiebüchern über das Krankheitsbild und die Behandlung des Typhus nach und sprach mit dem Arzt über die Heilmittel, die sie einsetzen könnten. Doktor Aracil sagte zu allem nein. „Es ist eine Krankheit, für die es keine spezielle Behandlung gibt“, versicherte er, „ihn baden, ihn ernähren und abwarten, mehr nicht.“
Andrés wurde beauftragt, das Bad vorzubereiten und Luisitos Fieber zu messen. Der Kranke hatte während Tagen sehr hohes Fieber. Morgens, wenn die Hitze sank, fragte er jeden Augenblick nach Margarita und Andrés. Dieser war im Kurs über Krankheiten, und er war über die Widerstandskraft und die Energie seiner Schwester überraschte; sie verbrachte die Nächte, ohne zu schlafen und pflegte den Jungen; der Gedanke, sich anzustecken, war ihr noch nie gekommen, und keimte diese Idee in ihr auf, mass sie der keine Bedeutung bei. Seitdem begann Andrés für Margarita eine grosse Achtung zu spüren; Luisitos Zuneigung hatte sie verbunden. Nach dreissig oder vierzig Tagen verschwand das Fieber, der Knabe war abgemagert bis aufs Skelett. Andrés erntete mit seinem ersten Versuch als Arzt grosse Skepsis. Er begann zu denken, die Medizin nütze für nichts. Diese Skepsis wurde von den Erklärungen des Professors für Therapien gestützt, der fast alle Mittel des Arztneibuches für unnütz, wenn nicht für gefährlich hielt.

Es war keine Art, die medizinische Begeisterten der Studenten zu fördern, aber zweifelsfrei glaubte das der Professor so und tat gut daran, es zu sagen.
Nach dem Fieber blieb Luisito schwach und jede Massnahme bereitete der Familie eine unangenehme Überraschung; eines Tages war es hohes Fieber, am anderen Schüttelkrämpfe. Andrés musste in vielen Nächten um zwei oder drei Uhr den Arzt holen und nachher in die Apotheke gehen.
Während dieses Kurses schloss Andrés Freundschaft mit einem Nachzüglerstudenten, der schon ziemlich alt war, welcher für jedes Studienjahr mindestens zwei oder drei brauchte. Eines Tages fragte ihn dieser Student, was ihn denn so schwermütig und traurig mache. Andrés erzählte ihm, dass er einen kranken Bruder habe, und der Andere versuchte, ihn zu beruhigen und zu trösten. Hurtado dankte ihm für die Sympathie und wurde der Freund des alten Studenten. Der Nachzügler hiess Antonio Lamela, war Gallizier, ein magerer Kerl, nervös, mit abgezehrtem Gesicht, einer spitzen Nase, im Bart schwarze Haare wie ein Schafpelz, nun mit einigen Silbersträhnen und dem zahnlosen Mund eines kraftlosen Mannes. Lamelas geheimnisvolles Aussehen zog Hurtados Aufmerksamkeit auf sich, und den schockierte ohne Zweifel die zurückhaltende Erscheinung von Andrés. Die Zwei hatten ein anderes Gefühlsleben als der Rest der Studenten. Lamelas Geheimnis war, dass er verliebt war, aber wahrhaftig verliebt in eine aristokratische Frau, eine adlige Frau, die im Auto unterwegs war und in die königliche Orchesterloge ging. Lamela fand Hurtado für vertrauenswürdig und erzählte ihm in allen Detailles von seinen Liebeleien. Sie war sehr verliebt in ihn, wie der Student versicherte; es existierten aber eine Menge Schwierigkeiten und Hindernisse, die eine Annäherung des einen zum andern verhinderten. Andrés gefiel es, sich mit einem Kerl zu treffen, der sich von der Allgemeinheit unterschied. In den Romanen galt ein junger Mann ohne grosse Liebe als eine Anomalie; im Leben war das Abnormale, einen Mann zu finden, der wirklich verliebt war. Lamela war der erste, den Andrés kennenlerte und deshalb interessierte er ihn. Der alte Student wurde von intensiver Romantik heimgesucht, in einigen Sachen durch eine einfältige Tendenz des praktischen Mannes gemildert. Lamela glaubte an die Liebe und an Gott; aber dies machte es ihm nicht unmöglich, sich zu betrinken und ab und zu der Völlerei zu frönen.
Man musste dem Körper seine lächerlichen und ordinären Bedürfnisse befriedigen und den Geist sauber erhalten, wie er sagte. Diese Philosophie fasste er kurz zusammen und sagte:“Man muss dem Körper geben, was des Körpers ist, und der Seele, was der Seele ist.“
„Wenn all das der Seele Unsinn ist“, sagte Andrés. „Das sind von Pfarrern erfundene Sachen, um sie zu Geld machen.“
„Schweig, Mensch, Schweig! Red keinen Unsinn.“ Lamela war ein Nachzügler in allem: In der Laufbahn und in seinen Vorstellungen. Er zerbrach sich den Kopf wie ein Mann vom Anfang des Jahrhunderts. Das aktuelle mechanische Konzept der Wirtschaftswelt und der Gesellschaft existierte nicht für ihn. Die ganze gesellschaftliche Frage löste sich mit der Barmherzigkeit und folglich würde es Leute mit gutem Herzen geben.
„Du bist ein wahrer Katholik“, sagte Andrés zu ihm, „Du hast dir die bequemste der Welten fabriziert.“
Als Lamela ihm eines Tages seine Geliebte zeigte, war Andrés sprachlos. Es war eine hässliche alte Jungfer, schwarz, mit der Nase einer Vogelscheuche und älter als ein Papagei. Ausser ihres unsympathischen Aussehens nahm sie nicht einmal Notiz vom Gallizier, den sie geringschätzig, mit unangenehmer und mürrischer Miene anschaute. Die Realität erreichte Lamelas fantasierenden Geist nie. Trotz seiner lächelnden und bescheidenen Erscheinung, hatte er einen Stolz und ein aussergewöhnliches Selbstvertrauen; er spürte die Ruhe dessen, der glaubte, den Grund der Dinge und der menschlichen Taten zu kennen. Vor den anderen Kollegen sprach Lamela nicht von seinen Liebeleien; aber wenn er sich auf eigene Faust auf Hurtado einliess, uferte er aus. Sein Vertrauen war endlos.
Allem wollte er eine komplizierte Bedeutung, die ausserhalb des Normalen lag, geben.
„Junge“, sagte er lächelnd und packte Andrés am Arm. „Gestern sah ich sie.“
„Mensch!“
„Ja“, fügte er geheimnisvoll bei, sie ging mit der Gesellschaftsdame; ich ging hinter ihr; sie trat in ihr Haus ein und wenig später kam ein Bediensteter auf den Balkon. Das ist komisch, he?“ „Komisch? Warum?“, fragte Andrés.
“Weil er später den Balkon nicht schloss.”

Hurtado betrachtete ihn und fragte sich, wie wohl das Gehirn seines Freundes funktioniere, um die natürlichsten Dinge der Welt seltsam zu finden und um an die Schönheit jener Dame zu glauben.

Manchmal, wenn sie plaudernd durch den Retiro gingen, drehte sich Lamela um und sagte:“Schau, sei still!“
„Nun, was ist los?“
„Jener, der dort kommt, ist einer meiner Feinde. Er kommt, um mich auszuspionieren. Andrés war überrascht.

Als er dann näher mit ihm befreundet war, sagte er zu ihm:”Schau, Lamela, ich an deiner Stelle würde mich an der Sociedad de Psicología in Paris oder London vorstellen.“
„Was, wo?“
„Ich würde sagen: Unterrichten Sie mich, weil ich glaube, dass ich der aussergewöhnlichste Mann der Welt bin.“
Der Gallizier lachte gutmütig.
„Du bist ein Kind“, antwortete er, „an dem Tag, an dem du dich verliebst, wirst du sehen, wie Recht ich habe.“
Lamela wohnte in einer Pension am Lavapiés-Platz; er hatte ein kleines, unordentliches Zimmer, und da er studierte, legte er sich ins Bett, wenn er lernte, zerlegte die Bücher und bewahrte sie auseinandergenommen, in losen Bogen in der Truhe oder ausgebreitet auf dem Tisch auf. Das eine oder andere Mal besuchte ihn Hurtado zu Hause. Die Innenausstattung seines Zimmers bestand in einer Reihe von leeren Flaschen, die an allen Orten standen. Lamela kaufte den Wein für sich und bewahrte ihn an den unwahrscheinlichsten Orten auf, aus Angst, die übrigen Gäste könnten in sein Zimmer eintreten und ihn trinken, was, wie er erzählte, üblich war. Lamela hatte die Flaschen im Cheminee versteckt, in der Truhe, in der Kommode. Nachts, so erzählte er Andrés, wenn er sich zu Bett legte, stellte er eine Flasche unter das Bett und wenn er erwachte, trank er die Hälfte in einem Zug aus.
Er war überzeugt, dass es kein Schlafmittel wie den Wein gab, und dass das Sulfonamid und das Chloral neben ihm wahrer Plunder waren. Lamela diskutierte nie über die Meinungen der Professoren, die interessierten ihn nicht gross; für ihn gab es keine andere Qualifikation zwischen ihnen, als die der Professoren mit guter Absicht, die gerne bestehen liessen, und die mit schlechter Absicht, die bloss durchfallen liessen, um sich der Gelehrten zu entledigen und anzugeben.
In der Mehrheit der Fälle teilte Lamela die Menschen in zwei Gruppen ein:Die einen, offene, ehrliche, gebildete, gutherzige Leute, die anderen, bedeutungslose und eingebildete Menschen.
Für Lamela gehörten Aracil und Montaner zur letzten Sorte, zu den bedeutungslosesten und unbedeutendsten. In Wahrheit nahm keiner der beiden Lamela ernst. Andrés erzählte zu Hause von den Überspanntheiten seines Freundes. Margarita interessierte sich sehr für diese Liebeleien. Luisito, der die Fantasie eines kränklichen Jungen hatte, hörte seinem Bruder zu und hatte sich ein Märchen ausgedacht, das „Die Liebeleien eines gallizischen Studenten mit der Königin der Vogelscheuchen“ hiess.