II.- Una cachupinada

Antes de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:
—¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.
—¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?
—El domingo de Carnaval. El petróleo para la luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista se pagarán entre todos. De manera que si tú quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.

—Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay que pagar?
—Ya te lo diré uno de estos días.
—¿Quiénes van a ir?
—Pues irán algunas muchachas de la vecindad con sus novios, Casares, ese periodista amigo mío, un sainetero y otros. Estará bien. Habrá chicas guapas.

El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fue Hurtado al
baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abrió la puerta. La casa de doña
Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la escalera. Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares.
También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre de gran partido entre las mujeres.
Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una gabela. Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para divertirse, y otras las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible. Antoñito buscaba la mujer rica con una constancia de anglosajón. Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable.

El audaz trataba de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la calle. A esto llamaba él “trabajar” a una mujer.
La muchacha, mientras consideraba al galanteador como un buen partido, no le
rechazaba; pero cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara. Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para subir en la vida.
Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en busca de pareja
.
—¿Tú sabes bailar? —le preguntó Aracil a Hurtado.
—Yo no.
—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque hace un momento —añadió Julio con ironía— doña Leonarda me ha
dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito, como si fueran vírgenes. Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla. Andrés fue abriéndose paso.
Había varios quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete.
En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia. Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al parecer era un sátiro.
Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos tiros a su mujer, intentó suicidarse.

 

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso. Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco honorable.

Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha; según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género. La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.

—¡Esta “peque” de la vecindad es más sinvergüenza! —dijo una vieja detrás de
Andrés, señalando a la Elvira.
La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al moverse, sus caderas y su pecho abultado se destacaban de una manera un poco insultante.
Casares, al verla pasar, la decía:
—¡Vaya usted con Dios, guerrera!
Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.
—Muy tarde ha venido usted —le dijo ella.
—Sí, he estado de media guardia en el hospital.
—¿Qué, no va usted a bailar?
—Yo no sé.
—¿No?
—No. ¿Y usted?
—Yo no tengo ganas. Me mareo.
Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.
—Oiga usted, negra —la dijo.
—¿Qué quiere usted, blanco? —le preguntó ella con descaro.
—¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?
—No, señor.
—¿Y por qué?
—Porque no me sale... de adentro —contestó ella de una manera achulada.
—Tiene usted mala sangre, negra —le dijo Casares.
—Sí, que usted la debe tener buena, blanco —replicó ella.
—¿Por qué no ha querido usted bailar con él? —le preguntó Andrés.
—Porque es un boceras; un tío antipático, que cree que todas las mujeres están enamoradas de él. ¡Que se vaya a paseo!

Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar al lado de Lulú.
—Me hace usted mucha gracia —dijo ella de pronto, riéndose, con una risa que le
daba la expresión de una alimaña.
—¿Por qué? —preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.
—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?
—No, no me ha dicho nada.
—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para confesarlo. A
él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre, una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca una mujer que tenga algún dinero para casarse.
—No creo que ésa sea su intención.
—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida
que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?

—No sé lo que hará Julio..., yo sé que no lo haría.

—Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí ni aun para divertirse.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Ella comprendía que no gustara a los hombres. A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.
Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.
Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria orgánica, de la falta de alimentación y de aire.
Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien. La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.
A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición indispensable, fijada
por doña Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se continuara, doña Leonarda fue inflexible y para la una estaba ya despejada la casa.

 

II.- Ein Tanz- und Spielfest

Vor der Fasnacht sagte Julio Aracil zu Hurtado:”Weisst du? Wir werden im Hause der Minglanillas Tanz haben.”

„Mensch, wann wird das sein?“
„Am Fasnachtssonntag. Das Petroleum für das Licht und das Gebäck, die Miete für das Klavier und den Pianisten werden alle zusammen bezahlen. Wenn du also mit von der Truppe sein willst, beteilige dich nun.“ (apoquinar = berappen)
„Gut. Ich habe nichts dagegen. Wieviel kostet es?“
„Ich werde es dir dieser Tage sagen.“
„Wer wird kommen?“
„Nun, es werden einige Mädchen der Nachbarschaft mit ihren Freunden kommen, Casares, mein Freund dieser Journalist, ein Schwankdichter und andere. Es wird gut werden. Es werden hübsche Mädchen da sein.
Nach dem Dienst im Spital ging Hurtado am Fasnachtssonntag zum Tanz. Es war schon elf Uhr nachts. Das Haus der Doña Leonarda war brechend voll mit Leuten; sie standen bis zur Treppe. Als Andrés eintrat, fand er Julio in einer Gruppe von Jugendlichen, die er nicht kannte. Julio stellte ihn einem Schwankdichter vor, einem dummen und düsteren Mann, und mit den ersten Worten, gab er einige bekannte und vulgäre Witze von sich, ohne Zweifel, um seinen Beruf zu demonstrieren.
Er stellte ihn auch Antoñito Casares vor, Angestellter und Journalist, ein Mann von guter Partie unter den Frauen. Antoñito war Andalusier mit der Moral eines Zuhälters; er glaubte, es sei ein Stumpfsinn, eine Frau vorbeigehen zu lassen, ohne etwas von ihr zu wollen. Für Casares schuldete ihm jede Frau, nur weil sie Frau war, eine Unterstützung, eine Abgabe. Antoñito teilte die Frauen in zwei Kategorien ein: Die einen, die Armen, um sich zu vergnügen, und die andern, die Reichen, um sich mit einer von ihnen wegen des Geldes zu verheiraten, wenn es möglich war. Antoñito suchte die reiche Frau mit der Ausdauer eines Angelsachsen. Da er gut aussah und sich gut kleidete, nahmen ihn am Anfang die Mädchen, an die er sich wandte, wie einen akzeptablen Bewerber auf.
Der Dreiste versuchte, Boden zu gewinnen; er sprach über die Dienstmädchen, schickte Briefe, ging die Strasse entlang. Dies nannte er eine Frau „bearbeiten“. Das Mädchen wies ihn nicht zurück, solange es den Galan als eine gute Partie betrachtete; wenn es aber merkte, dass er ein einfacher Angestellter, ein unbekannter Journalist und Schmarotzer war, dann schaute es ihm nicht mehr ins Gesicht. Julio Aracil verspürte grosse Begeisterung für Casares, den er als Freund, der seiner würdig war, betrachtete. Die Zwei wollten sich gegenseitig helfen, im Leben aufzusteigen. Als das Klavierspiel begann, machten sich alle auf die Suche nach einer Partnerin.
„Kannst du tanzen?“, fragte Aracil Hurtado.
„Ich, nein.“
„Also schau, stell dich an Lulús Seite, die auch nicht tanzen will, und behandle sie mit Hochachtung:“
„Warum sagst du mir das?“
„Weil mir vor einem Moment“, fügte Julio ironisch bei, „Doña Leonarda gesagt hat: Meine Töchter sind zu behandeln, als ob sie Jungfrauen wären, Julito, als ob sie Jungfrauen wären. Und Julio Aracil lächelte, indem er Ninís Mutter nachäffte, mit seinem Lächeln des böswilligen und niederträchtigen Mannes. Andrés machte Platz. Mehrere Petrollampen erleuchteten den Saal und das Arbeitszimmer. Im Esszimmerchen bot der Tisch den Teilnehmern Platten mit Süssem und Gebäck und Flaschen mit Weisswein an. Unter den jungen Frauen, die mehr Aufsehen beim Tanz erregten, hatte es eine blonde, sehr hübsche und gut gekleidete. Diese Blonde hatte ihre eigene Geschichte. Ein reicher Mann, der ihr den Hof machte, nahm sie in ein Hotel der Prosperität mit, und Tage später rettete sich die Blonde aus dem Hotel, entfloh dem Entführer, der, wie es schien, ein Wüstling war. Die ganze Familie des Mädchen hatte ein gewisses Stigma der Abnormität. Der Vater, der wegen seines Aussehens wie ein ehrwürdiger Greis erschien, hatte einen Prozess wegen Vergewaltigung eines kleines Mädchens gehabt, und ein Bruder der Blonden versuchte sich umzubringen, nachdem er zwei Schüsse auf seine Frau abgegeben hatte. Fast alle Nachbarinnen hassten diese Blonde, die Estrella hiess. Wie es schien und wie man sagte, stellte sie auf dem Balkon, damit die Mädchen der Nachbarschaft wütend wurden, schwarze, durchbrochene Strümpfe, Seidenhemden voll mit Schleifchen und eine andere Menge glanzvoller und prächtiger Unterwäsche zur Schau, die nur aus einem wenig ehrenhaften Laden stammen konnten.
Doña Leonarda wollte nicht, dass sich ihre Töchter mit jenem Mädchen abgaben; sie konnte Freundschaften gewisser Art nicht erlauben, wie sie sagte. Estrellas Schwester Elvira, war zwölf oder dreizehn Jahre alt, sehr hübsch, sehr frech und folgte ohne Zweifel den Spuren der Älteren.
„Diese Kleine der Nachbarschaft ist unverschämter“, sagte eine Alte hinter Andrés und zeigte auf Elvira.
Estrella tanzte so, wie es die Göttin Venus hätte machen können, und wenn sie sich bewegte, traten ihre Hüften und ihre Brust auf eine etwas beleidigende Weise hervor.
Als Casares sie sah, sagte er zu ihr:”Gehen Sie mit Gott, Kriegerin!“
Andrés ging im Zimmer vorwärts, bis er sich in der Nähe von Lulú setzen konnte.
„Sie sind sehr spät gekommen“, sagte sie zu ihm.
„Ja, ich hatte Dienst im Krankenhaus.“

„Was, werden Sie nicht tanzen?“
„Ich weiss nicht.“
„Nein?
„Nein, und Sie?“
„Ich habe keine Lust. Mir wird schwindlig.“ Casares näherte sich Lulú, um sie zum Tanzen aufzufordern.
„Hören Sie, Schwarze“, sagte er zu ihr.
„Was wollen Sie, Weisser?“, fragte sie ihn unverschämt.
„Wollen Sie nicht mit mir ein paar Ründchen drehen?“
„Nein, Herr.“
„Und warum?“
„Weil es bei mir nicht… von innen kommt“, antwortete sie auf grossspurige Weise.
„Sie haben böses Blut, Schwarze“, sagte Casares zu ihr.
„Ja, dann müssen Sie ja wohl gutes haben, Weisser“, entgegnete sie.
„Warum wollten Sie nicht mit ihm tanzen?“, fragte sie Andrés.
„Weil er ein Schwätzer, ein unsympathischer Kerl ist, der glaubt, dass alle Frauen in ihn verliebt sind. Er soll zum Teufel gehen!“
Der Tanz ging lebhaft weiter und Andrés blieb ohne zu sprechen an Lulús Seite.

„Sie amüsieren mich sehr“, sagte sie plötzlich mit einem Lachen, das ihr den Ausdruck eines Raubzeuges verlieh.
„Warum?, fragte Andrés und wurde unversehens rot.
„Hat Ihnen Julio nicht gesagt, dass er sich mit mir versteht? Ja, nicht wahr?“
„Nein, er hat mir nichts gesagt.“
„Natürlich, sagen Sie ja. Nun, Sie sind viel zu taktvoll, um es zu gestehen. Ihm erscheint dies sehr natürlich. Er hält sich eine arme Freundin, ein affektiertes Fräulein wie wir, um sich zu amüsieren, und nachher sucht er sich eine Frau, die Geld hat, um zu heiraten.“
„Ich glaube nicht, dass dies seine Absicht ist?“ „Nicht? Nun ich glaube es. Glauben Sie, dass er Niní nicht verlssen wird? Sobald er das Studium beendet hat. Ich kenne Julio gut. Er ist ein Egoist und ein Schuft. Er täuscht meine Mutter und meine Schwester... und kurz und gut, wofür?“
„Ich weiss nicht, was Julio machen wird…, ich weiss, dass ich es nicht machen würde.“
„Sie nicht, weil Sie anders sind… zudem, mit Ihnen ist nichts zu machen, weil Sie sich nicht in mich verlieben werden, auch nicht, um sich zu vergnügen.“
„Warum nicht?“
„Weil, eben nicht.“
Sie begriff, dass sie den Männern nicht gefiel. Ihr selber gefielen die Mädchen mehr, und, nicht dass sie lasterhafte Triebe hätte; aber die Wahrheit war, dass die Männer bei ihr keinen Eindruck hinterliessen. Ohne Zweifel hatte sich für sie der Schleier, den die Natur und die Scham über alle Themen des Sexuallebens gelegt haben, zu früh gelüftet; sie wusste ohne Zweifel, was die Frau und der Mann in einer Epoche waren, in der ihr Instinkt ihr nichts sagte, und dies hatte in ihr eine Mischung aus Gleichgültigkeit und Ekel für alle Liebesangelegenheiten hervorgerufen. Andrés dachte, dass dieser Ekel durch nichts anderes als durch eine organische Disposition bedingt war, durch das Fehlen an Nahrung und an Luft. Lulú gestand ihm, dass sie sich wahrhaftig wünsche, ohne irgendwelche Romantik zu sterben; sie glaubte, dass sie niemals ein gutes Leben haben würde. Die Unterhaltung machte Andrés und Lulú zu guten Freunden. Um halb ein Uhr musste das Fest zu Ende sein. Das war eine unumgängliche Bestimmung, festgelegt von Doña Leonarda, denn die Mädchen mussten am nächsten Tag arbeiten, und obwohl alle darum baten, weitermachen zu dürfen, war Doña Leonarda unflexibel und um ein Uhr da war das Haus geräumt.