VIII.- Otros tipos de la casa

Una de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés.
Mientras trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba entre los vecinos.

La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre todo, la población de las guardillas era numerosa y pintoresca.
Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la pobretería madrileña.
Una inquilina de las guardillas, que daba siempre que hacer, era la tía Negra, una
verdulera ya vieja. La pobre mujer se emborrachaba y padecía un delirio alcohólico político, que consistía en vitorear a la República y en insultar a las autoridades, a los ministros y a los ricos.
Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, y la llevaban de cuando en cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volvía a las andadas.
La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran la señora
Nieves, pues así se llamaba.

Otra vieja rara de la vecindad era la señora Benjamina, a quien daban el mote de
Doña Pitusa. Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.
Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y a la de Montserrat; decía a todas horas que había tenido muchas desgracias de familia y pérdidas de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba su afición al aguardiente.
La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos pretextos,
enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara; y sorprendía al transeúnte con una narración trágica, expresada en tonos teatrales; decía que era viuda de un general; que acababa de morírsele un hijo de veinte años, el único sostén de su vida; que no tenía para amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.

 

El transeúnte, a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener muchos hijos de veinte años, cuando con tanta frecuencia se le moría uno.El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años; se llamaba el Chuleta,
y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado, algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la barba y ojos de besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba las historias melodramáticas de su madre.

El Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de sus ataúdes.
El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le guardaba un odio insaciable. El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal intencionados y tan rencorosos como él.
Había también en las guardillas una casa de huéspedes de una gallega bizca, tan
ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado; un enfermero del hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto. Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado y culto, que había caído en la miseria. Vivía de algunas caridades que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin manchas, y el cuello de la camisa era impecable.

Él mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando
tenían alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un estoico.

—Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un príncipe —decía el pobre.
Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos, entablaba conversación con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.

Don Cleto disfrutaba con los espectáculos de la calle; la llegada de un príncipe
extranjero, el entierro de un político constituían para él grandes acontecimientos.
Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le decía:
—¿Ya se va usted, don Cleto?
—Sí; voy a dar una vueltecita.
—De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.
—Ja, ja, ja —reía él—.
¡Qué chicas estas! ¡Qué cosas dicen!
Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.

Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha, llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío Miserias.
El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo.
El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría.
Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.
Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de su casa y
estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero, respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.
Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y cerraba los
balcones.
Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente pobre. Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía atenciones que le negaba.

Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su
confianza, le jugó una mala pasada. Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.
Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos del
mostrador y se fue a una casa de trato de la calle de San José, y allí le prendieron.

Don Martín quedó indignado cuando vio que el tribunal, aceptando una serie de
circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a unos meses de cárcel.
—Es un escándalo —decía el usurero pensativo—. Aquí no se protege a las
personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.
Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la vecindad,
porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido capaz de comerse las burras por aprovecharlas.
Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa de préstamos.

Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas y
la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.
A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse y de
acrecentar su fortuna.

Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se jugaba a juegos
prohibidos, y de una taberna de la calle del León. La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:
—¡Señores, la policía! Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los agentes de policía conchabados entraban en el cuarto.
A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas, la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy natural y lógico lo que hacía.

 

VIII.- Andere Typen des Hauses

Eine von Lulús charakteristischen Eigenschaften war, dass sie ihre Aufmerksamkeit so auf die Nachbarschaft und auf das Viertel konzentrierte, dass das, was an anderen Orten Madrids geschah, sie gar nicht interessierte. Während sie an ihrem Stickrahmen arbeitete, unterhielt sie das Auf und Ab dessen, was zwischen den Nachbarn geschah. Das Haus, in dem sie wohnten, hatte, obwohl es auf den ersten Blick nicht sehr gross schien, viel Grundfläche und viele Familien bewohnten es. Die Bevölkerung der Dachkammern war besonders zahlreich und malerisch. Dort gingen eine Menge sonderbarer madrider Gauner und Arme vorbei. Eine Mieterin der Dachkammern, die immer lästig war, war Negra, ein altes Marktweib. Die arme Frau betrank sich und erlitt einen politischen Säuferwahn, der darin bestand, dass sie die Republik hochleben liess und die Autoritäten, die Minister und die Reichen beleidigte. Die Sicherheitsleute hielten sie für gotteslästerlich und sperrten sie hin und wieder für vierzehn Tage ein; aber wenn sie wieder herauskam, fiel sie in die schlechten Gewohnheiten zurück.
Wenn Tía Negra vernünftig und ohne Alkohol war, wollte sie Señora Nieves genannt werden, und so wurde sie genannt.
Eine andere komische Alte aus der Nachbarschaft war Señora Benjamina, der sie den Spitznamen Doña Pitusa gaben. Doña Pitusa war eine kleine Alte mit gekrümmter Nase, sehr lebhaften Augen und einem schiefen Mund. Sie pflegte vor den Kirchen Jesús und Montserrat um Almosen zu betteln und erzählte jederzeit, dass sie in der Familie viel Pech und Unglück gehabt hatte, vielleicht dachte sie, dass dies ihre Vorliebe für den Schnaps rechtfertigte. Señora Benjamina durchlief halb Madrid, bettelte unter verschiedenen Vorwänden und schrieb zu Tränen rührende Briefe. Oft setzte sie sich bei Einbruch der Nacht an eine Strassenecke, verhüllte ihr Gesicht mit einem schwarzen Schleier und überraschte den Vorübergehenden mit einer tragischen Erzählung; sie sagte, dass sie die Witwe eines Generals sei, dass ihr vor kuzem ein zwanzigjähriger Sohn, die einzige Stütze in ihrem Leben, gestorben sei, und dass sie weder etwas habe, um ihn ins Leichentuch einzuhüllen, noch um eine leuchtende Kerze neben seinem Leichnahm aufzustellen. Manchmal war der Passant erschüttert, manchmal sagte er, sie müsse viele zwanzigjährige Söhne haben, wenn ihr so oft einer sterbe. Benjaminas richtiger Sohn war älter als zwanzig; er hiess Chuleta und war in einem Beerdigungsinstitut angestellt. Er war plattnasig, sehr schlank, etwas buckelig, mit kränklichem Aussehen, mit einigen safrangelben Haaren im Bart und hatte Glotzaugen. In der Nachbarschaft sagte man, dass er die melodramatischen Geschichten seiner Mutter inspiriere. Chuleta war ein düsterer Typ; es musste wirklich unangenehm sein, ihn im Geschäft inmitten der Särge zu sehen. Chuleta war sehr rachsüchtig und nachtragend; er vergass nichts; gegenüber Manolo el Chafandín hegte er einen unersättlichen Hass. Chuleta hatte viele Kinder, alle mit demselben Aussehen von Niedergeschlagenheit und tragischer Beschränktheit des Vaters und alle waren so böswillig und nachtragend wie er. In den Dachkammern gab es auch eine Pension, die einer schielenden Gallizierin, von oben so breit wie von unten, gehörte. Diese Gallizierin, Paca, hatte Kostgänger, unter anderen einen einäugigen Burschen aus der Sezierklasse des San Carlos, den Aracil und Hurtado kannten; einen Krankenpfleger des Hospital General und einen arbeitslosen Beamten, der Don Cleto genannt wurde. Don Cleto Meana war der Philosoph des Hauses, er war ein höflicher und gebildeter Mann, der ins Elend geraten war. Er lebte von einigen Almosen, die ihm die Freunde gaben. Er war ein kleiner und hagerer Alter, sehr reinlich, sehr gepflegt, mit gestutztem, grauem Bart; er trug einen abgetragenen Anzug, aber ohne Flecken, und der Hemdkragen war tadellos. Er selber schnitt sich die Haare, wusch seine Kleider, bemalte seine Stiefel mit Druckerschwärze, wenn sie irgendeinen weissen Riss hatten und er schnitt die Fransen an den Hosen ab. Venancia pflegte ihm die Kragen unentgeltlich zu bügeln. Don Cleto war ein Stoiker.
„Mit einem Brötchen am Tag und einigen Zigarren lebe ich gut, wie ein Prinz“, sagte der Arme.
Don Cleto spazierte durch den Retiro und über den Recoletos (Promenade in Madrid); er setzte sich auf die Bänke, begann Gespräche mit den Leuten; wenn ihn niemand sah, hob er einige Stummel auf und verwahrte sie, weil es ihm nicht gefiel, da er ein Ehrenmann war, wenn sie ihn bei gewissen notwendigen Arbeiten beobachteten. Don Cleto genoss die Vorstellungen auf der Strasse; die Ankunft eines ausländischen Prinzen, das Begräbnis eines Politikers waren für ihn grosse Ereignisse.
Wenn Lulú ihn auf der Treppe traf, sagte sie zu ihm:”Nun, gehen Sie weg, Don Cleto?“
„Ja, ich drehe mal eine Runde.“
„Sie machen sich aus dem Staub, nicht? Sie sind ein Gauner, Don Cleto.“
„Ha, ha ha“, lachte er. „Was für ein Mädchen du bist! Was für Sachen Sie sagen!“ Eine andere, sehr bekannte Person des Hauses war der Maestrín aus der Mancha (span. Provinz), sehr pedantisch und ein Besserwisser, Drogist, Heiler und ein Mann, der Blutegel ansetzt. Der Maestrín hatte einen Kramladen an der Calle del Fúcar, und dort war er ab und zu mit seiner Tochter Silveria, einem guten, sehr hübschen Mächen, an das Victorio, der Vetter des Pfandleihers, Ansprüche stellte. Der Maestrín war in Fragen der Ehre sehr eifersüchtig, wenigstens sagte er das so, er war bereit, jedem eine Abreibung zu verpassen, der versuchen sollte, sie zu entehren. Alle diese Leute bezahlten ihren Beitrag in Form von Geld oder Waren an Victorios Onkel, dem Pfandleiher an der Calle de Atocha, Don Martín genannt und den man unter dem Spitznamen Tío Miserias kannte. Der Tío Miserias, die wichtigste Person des Viertels, lebte in einem eigenen Haus an der Calle de la Verónica, einem kleinen Haus, wie einem Landhaus, mit nur einer Wohnung, mit zwei Balkonen voll mit Blumentöpfen und einem Gitter im Erdgeschoss. Der Tío Miserias war ein Alter mit krummem Rücken, rasiert und finster blickend. Er trug ein quadratisches, schwarzes Tuch über einem Auge, was sein Gesicht düsterer erscheinen liess. Er trug immer Trauerkleidung; im Winter trug er Stoffschuhe und einen langen Umhang, der um seine Schultern hing wie an einem Garderobeständer. Don Martín, der Menschliche, wie ihn Andrés nannte, ging sehr früh aus seinem Haus und war im Hinterzimmer seines Ladens immer auf der Hut. An kalten Tagen verbrachte er sein Leben vor einem Kohleofen und atmete kontinuierlich mit Kohlenoxid beladene Luft ein. Bei Einbruch der Nacht zog er sich in sein Haus zurück, warf einen Blick auf seine Blumentöpfe und schloss die Balkone. Don Martín hatte, abgesehen von seinem Geschäft an der Calle de Atocha, ein anderes von geringerer Qualität an der von Tribulete. In diesem letzteren bestand sein Hauptgeschäft darin, Leintücher und Matratzen der armen Leute zu beleihen. Don Martín wollte niemanden sehen. Er berücksichtigte, dass ihm die Gesellschaft Aufmerksamkeit schuldig war, die sie ihm verweigerte. Ein Angestellter, wie es schien ein guter Bursche und in den er sein Vertrauen gesetzt hatte, spielte ihm übel mit. Eines Tages nahm der Angestellte eine Axt, die sie im Pfandleihhaus hatten, um Holz für den Kohleofen zu spalten, stürzte sich auf Don Martín, begann sich mit ihm zu schlagen und es fehlte wenig und er hätte ihm den Schädel eingeschlagen. Danach nahm der Bursche den Zaster aus dem Ladentisch, da er Don Martín für tot hielt und ging in ein Freundenhaus in der Calle de San José, wo er verhaftet wurde.
Don Martín war entrüstet, als er sah, dass das Gericht den Burschen nicht länger als ein paar Monate im Gefängnis einsperrte, da es mildernde Umstände berücksichtigte.
„Es ist ein Skandal“, sagte der Wucherer nachdenklich. „Hier werden die ehrsamen Leute nicht beschützt. Nur für die Kriminellen gibt es Wohlwollen.“
Don Martín war fürchterlich; er verzieh niemandem; einem Eseltreiber pfändete er die Eselinnen, die Milch gaben, weil er ihm einige Zinsen nicht bezahlte, und wie sehr der Eseltreiber auch sagte, wenn er ihm die Eselinnen nicht lasse, sei es schwieriger, ihn zu bezahlen, willigte Don Martín nicht ein. Er wäre fähig gewesen, die Eselinnen zu essen, um zu profitieren. Victorio, der Neffe des Pfandleihers, verhiess ein Bonze wie sein Onkel zu sein, wenn auch aus anderer Schule. Dieser besagte Victorio war ein Don Juan des Pfandleihhauses. Sehr elegant, sehr angeberisch, mit gezwirbeltem Schnurrbart, die Finger voll mit Juwelen und mit dem Lächeln des zufriedenen Mannes richtete er in den weiblichen Herzen Unheil an. Dieser Junge nützte den Pfandleiher aus. Das Geld, das der Tío Miserias den Unglücklichen ausgerissen hatte, ging an Victorio über, der es verprasste. Trotzdem ging er nicht zugrunde, im Gegenteil, er bereicherte sich und vergrösserte sein Vermögen. Victorio war der Besitzer einer Spielhölle in der Calle del Olivar, wo man verbotene Spiele spielte und einer Taverne an der Calle del León. Mit der Schenke verdiente er viel Geld, weil es dort eine sehr produktive Spielerecke gab. In verschiedenen Punkten mit dem Haus einig, begann man ein Spiel und wenn Geld auf dem Tisch lag, schrie einer:“Männer, die Polizei!“ und einige eifrige Hände nahmen die Münzen, während die hauseigenen Polizisten ins Zimmer eintraten. Trotz seiner ausbeuterischen Veranlagung und Eroberer der Mädchen, hassten die Leute des Viertels Victorio nicht. Allen schien das, was er machte, sehr natürlich und logisch.