IV.- Aburrimiento

Las gestiones para encontrar un pueblo adonde ir no dieron resultado tan
rápidamente como Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar el tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas del Doctorado. Después marcharía a Madrid y luego a cualquier parte.
Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba curado.

Andrés no quería salir a la calle; sentía una insociabilidad intensa. Le parecía una
fatiga tener que conocer a nueva gente.

—Pero hombre, ¿no vas a salir? —le preguntaba Margarita.
—Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.
Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.
Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con aquella
vegetación jugosa y oscura, no le daba ganas de recorrerla.
Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba tomando datos acerca de un punto de
psicofísica que pensaba utilizar para la tesis del Doctorado.
Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol.
Allí solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente había otra terraza donde
andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando. Andrés y el cura se saludaban al verse muy amablemente. Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una azotea pequeña, muy alta, construida sobre la linterna de la escalera. Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con sus tíos.
Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los crepúsculos
esplendorosos. A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada de un verde pálido, separada en línea recta y clara del cielo, de color algo lechoso en el horizonte.

En aquel barrio antiguo las casas próximas eran de gran tamaño; sus paredes se
hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos. Se veían casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas; en las cercas de los terrados se sostenían barreños con tierra, en donde las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y anchas paletas; en alguna de aquellas azoteas se veían montones
de calabazas surcadas y ventrudas, y de otras redondas y lisas. Los palomares se levantaban como grandes jaulones ennegrecidos. En el terrado próximo de una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos de esteras, montones de cuerdas de estropajo, cacharros rotos esparcidos por el suelo; en otra azotea aparecía un pavo real que andaba suelto por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.

 

Por encima de las terrazas y tejados aparecían las torres del pueblo: el Miguelete, rechoncho y fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo y delicado, y luego aquí y allá una serie de torrecillas, casi todas cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes reflejos. Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él desconocido, y hacía mil cábalas caprichosas acerca de la vida de sus habitantes.

Veía abajo esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre dos filas de caserones. El sol, que al mediodía la cortaba en una zona de sombra y otra de luz, iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando las casas de una acera hasta brillar en los cristales de las buhardillas y en los luceros, y desaparecer.

En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento...

Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la azotea a
contemplar las estrellas. Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por los campos de la fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes
de la tierra, del aire y del agua, desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo.

 

IV.- Langeweile

Die Anstrengungen, ein Dorf zu finden, wo er hingehen konnte, lieferten nicht so schnell ein Ergebnis, wie Andrés es sich wünschte und in Anbetracht dessen, entschied er sich, um die Zeit totzuschlagen, die Fächer für den Doktortitel zu studieren. Nachher würde er nach Madrid gehen und später irgendwohin. Luisito überstand den Winter gut; wie es schien, war er geheilt.
Andrés wollte nicht auf die Strasse gehen; er hielt es für eine intensive Ungeselligkeit. Er scheute sich davor, neue Leute kennen lernen zu müssen.
„Aber Mensch, wirst du nicht ausgehen?“, fragte ihn Margarita.
„Ich? Nein. Wofür? Was draussen passiert, interessiert mich nicht.“
Durch die Strassen zu gehen, langweilte ihn, und obwohl das Land um Valencia herum fruchtbar war, gefiel es ihm nicht. Er hatte keine Lust, diesen immer grünen Gemüsegarten, mit trüben Bewässerungsgräben durchfurcht, mit jener saftigen und dunklen Vegetation, zu durchwandern. Er bevorzugte, zu Hause zu bleiben. Dort lernte er, dort verschlang er Daten über Psychophysik, die er für seine Doktorarbeit benützen wollte.
Unterhalb seines Zimmers gab es eine schattige, bemooste Terrasse, mit einigen Zierkrügen mit Feigenkakteen und Agaven, wo die Sonne nie hinschien.
Dorthin ging Andrés während der Stunden der Hitze spazieren. Gegenüber gab es eine andere Terrasse, wo ein alter Pfarrer, von der nächsten Kirche, betend hin und herging. Andrés und der Pfarrer grüssten sich freundlich, wenn sie sich sahen. Wenn es einnachtete, ging Andrés von dieser Terrasse auf eine kleine Dachterrasse, die über der Treppenlaterne angelegt war. Dort setzte er sich hin, bis es Nacht wurde. Luisito und Margarita fuhren mit ihren Onkeln im Planwagen aus. Andrés betrachtete das unter dem Sonnenlicht verschlafene Dorf und die prächtige Abenddämmerung. In der Ferne sah man das Meer, einen verlängerten blassgrünen Flecken, in gerader und klarer Linie vom Himmel getrennt, in einer etwas milchigen Farbe am Horizont.
In diesem alten Viertel waren die nächsten Häuser gross, ihre Wände waren abgeblättert, die Dächer mit grünem und rotem Moos bedeckt, mit Stauden von gelblichen Wegrauken in den Vordächern. Man sah weisse, blaue, rötliche Häuser mit ihren Flachdächern und Dachterrassen; im Vordergrund der Dachterrassen hielt man sich grosse Schüsseln mit Erde, in welchen die Feigenkakteen und die Agaven ihre starren und breiten Blätter ausbreiteten; auf einigen der Dachterrassen sah man haufenweise runzelige und dickbäuchige Kürbisse, und andere runde und glatte. Die Taubenschläge erhoben sich wie grosse eingeschwärzte Käfige. Auf der nächsten Dachterrasse, eines ohne Zweifel leer stehenden Hauses, sah man Rollen von Schilfmatten, haufenweise Schnur aus Spartogras, zerschlagene irdene Töpfe auf dem Boden verstreut; auf einer andern Dachterrasse erschien ein Pfau, der frei auf dem Dach herumlief und einige schrille und unangenehme Schreie ausstiess. Über den Dächern und Terrassen erschienen die Türme des Dorfes: Der rundliche und mächtige Miguelete, das luftige und zerbrechliche Kuppelgewölbe der Kathedrale und nachher hier und dort eine Reihe von Türmchen, fast alle mit blauen und weissen Ziegeln bedeckt, die in funkelndem Widerschein glänzten. Andrés betrachtete jenes Dorf, für ihn beinahe unbekannt, und er stellte tausend wunderliche Vermutungen über das Leben seiner Bewohner an. Unten sah er diese Strasse, diesen geschlängelten, engen Spalt zwischen zwei Reihen grosser Häuser. Die Sonne, die sie am Mittag in eine schattige und eine sonnige Zone teilte, stieg, in dem Masse wie es auf den Abend zuging, vom Gehsteig die Häuser hinauf, bis sie in den Fenstern der Dachkammern und in den Augen glänzte und verschwand.
Im Frühling zogen die Schwalben und die Mauersegler eigenwillige Kreise in der Luft und stiessen schrille Schreie aus. Andrés folgte ihnen mit dem Blick. Wenn es Abend wurde, zogen sie sich zurück. Dann flogen einige Steinkäuze und Sperber vorbei. Die Venus begann stärker zu leuchten und Jupiter erschien. Auf der Strasse flackerte eine armselige und schlecht riechende Gaslaterne...
Andrés ging zum Nachtessen hinunter, und oft kehrte er nachts von neuem auf die Dachterrasse zurück, um die Sterne zu betrachten. Diese nächtliche Betrachtung rief in ihm so etwas wie einen verwirrenden Gedankenfluss hervor. Die Vorstellung begann schnellstens durch die Felder der Fantasie zu galoppieren. Oft, wenn er mitten in der an die Natur und an alle Keime der Erde, der Luft und des Wassers dachte und sich mit ihnen auseinandersetzte, überkam ihn ein Schwindelgefühl.