Cuarta parte: Inquisiciones
I.- Plan filosófico

Al pasar sus dos meses de sustituto, Andrés volvió a Madrid; tenía guardados
sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los envió a su hermana
Margarita.
Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a la
Biblioteca Nacional. Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada en Madrid.
Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un grueso bastón. Fermín se acercó a saludar efusivamente a Hurtado. Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y solía volver a Madrid en las vacaciones. Andrés siempre había tenido a Ibarra como a un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo un tranvía eléctrico de juguete y otra porción de artificios mecánicos. Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de acero para los neumáticos de los automóviles.

A Andrés le pareció que su amigo desvariaba, pero no quiso quitarle las ilusiones. Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.
Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. Se lo encontraba casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja solitaria o de una araña.

—Ésta es la azotea de Epicuro —decía Andrés riendo. Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés fueron los más debatidos. Un día la discusión fue más larga y más completa:
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó Iturrioz.
—¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo de médico.
—Veo que no te hace gracia la perspectiva.
—No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la práctica, no.
Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo que trabajaría con entusiasmo.
—¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!
—¡Ah, claro!, si los hubiera. Además no tengo preparación científica. Se estudia de mala manera.
—En mi tiempo pasaba lo mismo —dijo Iturrioz—. Los profesores no sirven más
que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural. El español
todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre
demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y
luego pescar pensiones para pasar el verano.
—Además falta disciplina.
—Y otras muchas cosas. Pero, bueno, ¿tú qué vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?
—No.
—¿Y entonces qué plan tienes?
—¿Plan personal? Ninguno.
—Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?
—Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia. En España en general no
se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor.

—Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues en tus buceamientos?
—Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis racional de la formación del mundo; después, una explicación biológica del origen de la vida y del hombre.

—Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la
cosmología y la biología; una explicación del Universo físico y moral. ¿No es eso?
—Sí.
—¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?
—Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.
—Mal camino —repuso Iturrioz—; lee a los ingleses; la ciencia en ellos va envuelta
en sentido práctico. No leas esos metafísicos alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta. ¿Conoces el “Leviathan” de Hobbes? Yo te lo prestaré si quieres.

—No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos filósofos
franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados, que marchan chirriando y
levantando polvo.
—Sí, quizá sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero en cambio no te alejan de la vida.
—¿Y qué? —replicó Andrés—. Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber
qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz a donde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.

 

—Estás perdido —murmuró Iturrioz—. Ese intelectualismo no te puede llevar a nada bueno.
—Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más grande que éste? La antigua
filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás de aquella magnificencia
no había salas espléndidas, ni lugares de delicias, sino mazmorras oscuras. Ése es el
mérito sobresaliente de Kant; él vio que todas las maravillas descritas por los filósofos eran fantasías, espejismos; vio que las galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.

—¡Vaya un mérito! —murmuró Iturrioz.
—Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más
trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.

—¿Y qué?
—¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el
tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y
efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho
Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.

—A mí esto no me asombra.
—A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después de Kant el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad ni justicia, sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios del espacio y del tiempo. Y esto tan grave no es todo; hay además otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía de Kant, y
es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y ese tiempo y ese principio de
causalidad no existen fuera de nosotros tal como nosotros los vemos, que pueden ser
distintos, que pueden no existir...

—Bah. Eso es absurdo —murmuró Iturrioz—. Ingenioso si se quiere, pero nada más.
—No; no sólo no es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una gran pena
considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable me producía una gran
impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían
existiendo me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada, por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que así
como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad.
Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás.
¿Pero eso qué importa si no es el nuestro, que es el único real?

 

—Bah, ¡Fantasías! ¡Fantasías! —dijo Iturrioz.


 

Vierter Teil: Nachforschungen
I.- Philisophischer Plan

Als seine zwei Monate der Stellvertretung vorbei waren, kehrte Andrés nach Madrid zurück; er hatte sechzig Duros gespart, und da er nicht wusste, was er damit anfangen sollte, schickte er sie seiner Schwester Margarita. Andrés unternahm Schritte, um eine Arbeit zu finden, und inzwischen ging er in die Nationalbibliothek. Er war bereit, in irgendein Dorf zu gehen, wenn er in Madrid nichts fand.
Eines Tages stiess er im Lesesaal mit Fermín Ibarra zusammen, dem kranken Mitschüler, dem es nun gut ging, obwohl er hinkte und sich auf einem dicken Stock aufstützte. Fermín näherte sich, um Hurtado herzlich zu begrüssen. Er sagte ihm, dass er in Lieja Ingenieur studiere und während der Ferien nach Madrid zurückkehre. Andrés hatte Ibarra immer für einen Jungen gehalten. Fermín nahm ihn zu sich nach Hause und zeigte ihm seine Erfindungen, weil er Erfinder war; er machte gerade eine elektrische Spielzeugstrassenbahn und eine Menge anderer mechanischer Kunstfertigkeiten. Fermín erklärte ihm ihre Arbeitsweise und sagte ihm, er gedenke, für einige Sachen Patente anzumelden, unter anderem auch für eine Felge mit Teilen aus Stahl für die Reifen der Autos. Andrés schien es, dass sein Freund faselte, aber er wollte ihm die Illusionen nicht nehmen. Als er jedoch viel später Autos mit Stahlfelgen sah, wie jene, die Fermín entworfen hatte, dachte er, dass dieser wahrhaftige Erfinderintelligenz haben müsse.
Abends besuchte Andrés jeweils seinen Onkel Iturrioz. Er fand ihn beinahe immer lesend oder das Treiben einer einzelnen Biene oder einer Spinne betrachtend, auf seiner Dachterrasse.
„Dies ist die Dachterrasse von Epikur“, sagte Andrés lachend. Onkel und Neffe diskutierten oft lange. Über alles, die weiterhehenden Pläne von Andrés waren die meist verhandelten. Eines Tages war die Diskussion länger und vollständiger.
„Was gedenkst du zu tun?, fragte ihn Iturrioz.
„Ich! Wahrscheinlich muss ich als Arzt in ein Dorf gehen.“
„Ich sehe, dass dir die Perspektive nicht gefällt.“ „Nein, wahrhaftig. Es gibt Dinge der Laufbahn, die mir gefallen, aber die Praxis nicht. Wenn ich in ein Physiologielabor gehen könnte, würde ich mit Begeisterung arbeiten.“
„In einem Physiologielabor! Wenn es die in Spanien gäbe!“
„Ach klar, gibt es die! Zudem habe ich keine wissenschaftliche Vorbereitung. Man studiert auf üble Weise.“
„Zu meiner Zeit passierte das Gleiche“, sagte Iturrioz. „Die Professoren taugen nur für den methodischen Stumpfsinn der lernbegierigen Jugend. Das ist natürlich. Der Spanier kann immer noch nicht unterrichten; er ist zu fanatisch, zu faul und beinahe immer zu heuchlerisch. Die Professoren haben nur das Ziel, den Lohn zu kassieren und sich nachher Renten zu schnappen, um den Sommer zu verbringen.“ „Zudem fehlt es an Disziplin.“
„Und an vielen anderen Dingen. Aber gut, was wirst du tun? Begeistert dich das Untersuchen nicht?“ „Nein.“
„Und nun, welche Pläne hast du?“
„Persönlicher Plan? Keinen.“
„Teufel. So arm an Projekten bist du?“

„Doch, ich habe eines; leben mit dem Maximum an Unabhängigkeit. In Spanien bezahlt man im Allgemeinen nicht die Arbeit, sondern die Unterwerfung. Ich möchte von der Arbeit leben und nicht von der Gefälligkeit.“ „Das ist schwierig. Und als philosophischen Plan? Machst du mit deinen Nachforschungen weiter?“
„Ja. Ich suche eine Philisophie, die hauptsächlich eine Kosmogonie, eine rationale Hypothese der Entstehen der Welt ist; nachher, eine biologische Erklärung des Ursprungs des Lebens und des Menschen.“
„Ich bezweifle sehr, das du sie findest. Du willst eine Synthese, die die Kosmologie und die Biologie vervollständigt; eine Erklärung des physischen und moralischen Universums. Ist es nicht das?“ „Doch.“
„Und wo hast du diese Synthese gesucht?“

„Nun, bei Kant, und vor allem bei Schopenhauer.“
„Schlechter Weg“, antwortete Iturrioz, “lies die Engländer; ihre Wissenschaft ist mit praktischem Sinn verwickelt. Lies nicht diese deutschen Metaphysiker; ihre Philosophie ist wie Alkohol, der betrunken macht, aber nicht ernährt. Kennst du den “Leviathan” von Hobbes? Ich leihe ihn dir, wenn du willst.”
„Nein, wofür? Nach dem Lesen von Kant und Schopenhauer hinterlassen diese französischen und englischen Philosophen den Eindruck schwerer Karren, die quietschen und Staub aufwirbeln.“
„Ja, vielleicht sind sie im Denken weniger beweglich als die Deutschen, aber im Gegenzug entfernen sie dich nicht vom Leben.“ „Und was?“, antwortete Andrés. “Einer hat die Angst, die Verzweiflung, nicht zu wissen, was er mit dem Leben machen soll, keinen Plan zu haben, sich verloren zu fühlen, ohne Kompass, ohne Licht, wohin er sich wenden soll. Was macht man mit dem Leben? Welche Richtung gibt man ihm? Wäre das Leben so stark, einen mitzuziehen, dann wäre das Denken wunderbar, es wäre so etwas wie für den Wanderer die Rast und das sich Hinsetzen in den Schatten eines Baumes ist, es wäre so etwas wie das Eindringen in eine Oase des Friedens; das Leben ist aber stupid, ohne Aufregung, ohne Unfälle, wenigstens hier, und ich glaube überall, und das Denken füllt sich mit Schrecken als Kompensation zur emotionalen Sterilität der Existenz.“
„Du bist verrückt“, murmelte Iturrioz. „Dieser Intellektualismus kann dich zu nichts Gutem führen.“
„Er wird mich zu Wissen und Erkenntnis führen. Gibt es ein grösseres Vergnügen als dies? Die alte Philosophie gab uns die herrliche Fassade eines Palastes; hinter dieser Herrlichkeit hatte es weder prunkvolle Säle, noch entzückende Orte, sondern dunkle Kerker. Das ist Kants hervorragendes Verdienst, er sah, dass alle wunderschönen Schilderungen der Philosophen Fantasien, Fata Morganas waren; er sah, dass die wunderschönen Galerien nirgendwohin führten.“
„So ein Erfolg!“, murmelte Iturrioz.
„Enorm. Kant beweist, dass die zwei folgenschwersten Forderungen der Religionen und der philosophischen Systeme: Gott und die Freiheit, unbeweisbar sind. Und das Schreckliche ist, dass er beweist, dass sie zu seinem Bedauern unbeweisbar sind.“
„Und was?“
„Und was! Die Konsequenzen sind schrecklich; nun hat das Universum weder einen Anfang in der Zeit, noch ein Limit im Raum; alles ist der Verkettung von Ursachen und Wirkungen unterworfen; es gibt keine erste Ursache mehr, wie Schopenhauer gesagt hat, es ist die Vorstellung eines aus Eisen gefertigten Holzstückes.“
„Das wundert mich nicht.“
„Mich schon. Es scheint mir das Gleiche, als ob wir einen Riesen sähen, der anscheinend gezielt vorwärts ginge und jemand würde entdecken, dass er keine Augen hatte. Nach Kant ist die Welt blind; jetzt kann es weder Freiheit noch Gerechtigkeit geben, sondern Kräfte, die für ein Prinzip der Ursächlichkeit in den Bereichen von Raum und Zeit wirken. Und das so Erhebliche ist nicht alles; es hat ausserdem etwas anderes, das sich zum ersten Mal von Kants Philosophie loslöst, nämlich das, dass die Welt keine Realität hat; dieser Raum und diese Zeit und dieses Kausalitätsprinzip existieren ausserhalb von uns genau so wenig, wie wir sie sehen, sie können verschieden sein, sie können nicht existieren...“
„Bah. Das ist absurd“, murmelte Iturrioz. „Erfinderisch, wenn man will, aber nicht mehr.“
„Nein; es ist nicht nur nicht absurd, sondern es ist praktisch. Vorher war es für mich ein Jammer, die Unendlichkeit des Raumes zu erwägen; an eine unendliche Welt zu glauben, rief in mir einen grossen Eindruck hervor; zu glauben, dass am Tag nach meinem Tod der Raum und die Zeit weiterhin existieren würden, betrübte mich, und dies, dass ich mein Leben für keine beneidenswerte Sache hielt; als ich aber zu verstehen begann, dass die Vorstellung des Raumes und der Zeit Notwendigkeiten für unseren Geist sind, dass sie aber keine Realität haben, als ich mich durch Kant überzeugte, dass Raum und Zeit nichts bedeuten, dass mindestens die Vorstellung, die wir von ihnen haben, ausserhalb von uns nicht existieren kann, beruhigte ich mich. Für mich ist es ein Trost, zu denken, dass, so wie unsere Netzhaut Farben produziert, unser Gehirn die Vorstellungen von Zeit, Raum und Kausalität erzeugt. Ist es mit unserem Gehirn vorbei, ist die Welt zu Ende. Nun geht die Zeit nicht mehr weiter, nun bleibt der Raum nicht bestehen, nun gibt es keine Verkettungen von Ursachen mehr. Die Komödie ist beendet, aber definitiv. Wir können annehmen, dass Zeit und Raum für die anderen fortbestehen. Aber, was interessiert das, wenn es doch nicht unseres ist, was das einzig Reale ist?“
„Bah, Fantasien, Fantasien“, sagte Iturrioz.