III.- El árbol de la ciencia y el árbol
de la vida

—Ya la ciencia para vosotros —dijo Iturrioz— no es una institución con un fin
humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.

—Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana
—replicó Andrés.
—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas
alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.

—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan
fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?

—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.

—¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles,
el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era
inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?

—No recuerdo; la verdad.

—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín;
pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?

—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.
—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—.
¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de
conciencia podía comprometer la vida!

—Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir,
inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.
—No les convenía.
—Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del Norte
intentaron ver la naturaleza tal como es.

—¿Y, a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por los semitas del
Sur?
—¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al mundo, ha
tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras dio a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.

—Yo no creo en esa cordura —dijo Iturrioz— ni creo en la ruina del semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el
de Torquemada, de origen judío?

—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo...
Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.

—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor
de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que
esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza “x”, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios vida y verdad, voluntad e inteligencia.

 

 

—Ya debe haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.

—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo
actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva.
Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de
un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendecias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España, que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra.

 

Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Éstos son profesores de retórica, de esos que
tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de
superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un “aissaua” de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un
académico francés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.

—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes, arrollándolo todo. Desde un punto
de vista puramente científico, yo no puedo aceptar esa teoría de la duplicidad de la
función vital: inteligencia a un lado, voluntad a otro, no.

—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro —replicó Andrés—, sino
predominio de la inteligencia o predominio de la voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.

—Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una máquina de
desear y la inteligencia una máquina de reflejar.
—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una luna indiferente para cuando se coloca en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés, automáticamente y produce imágenes. Estas imágenes desprovistas de lo contingente dejan un símbolo, un esquema que debe ser la idea.

—No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No
somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo
tiempo piensan, trabajan, desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.

—Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un anarquista
romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios, es la que hace a un
dinamitero poner una bomba. La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte que
Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo que les diferencia es algo orgánico.

—¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo —murmuró Iturrioz.

—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de vista.
—En parte, estamos conformes.
Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las
relaciones entre las cosas.
—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los trescientos sesenta
grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.

—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la verdad.
¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.

—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va
adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de
reconocerlo..., y esperar.

—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a
saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.

—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
—Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y de las
ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme a donde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?

—Sí.
—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.
—Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más
bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en
ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea,
ni revolucionaria, ni reaccionaria.

—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han
demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?

—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la práctica.
Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo, las mayores extravagancias de las religiones.

—No, no aceptaríamos más que lo útil.

—Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero —replicó
Andrés—. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un
irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.

—Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.

 

—Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted
por mucha fe que tenga.

—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo
posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.

—No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Ésa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla; dejarla es un peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.

—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida
languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía: La legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro el árbol de la vida.

—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que
mata a quien se acoge a su sombra —dijo Andrés burlonamente.

—Sí, ríete.
—No, no me río.

 

III.- Der Baum der Wissenschaft und der Baum des Lebens

„Für euch ist die Wissenschaft“, sagte Iturrioz, „nicht mehr als eine Institution mit einem menschlichen Ziel, jetzt ist sie etwas mehr, ihr habt sie in einen Götzen verwandelt.“
„Es gibt die Hoffnung, dass die Wahrheit, obwohl sie heute unnütz ist, morgen nützlich sein kann“, antwortete Andrés.
„Bah! Utopien! Glaubst du, dass wir einmal von den astronimischen Wahrheiten profitieren werden?“
„Gelegentlich? Wir haben doch schon von ihnen profitiert.“
„In was?“
„Im Weltbild.“
„Ist ja gut, aber ich spreche von einem praktischen, unmittelbaren Nutzen. Im Grunde genommen bin ich überzeugt, dass die Wahrheit als Ganzes für das Leben schlecht ist. Diese Anomalie der Natur, die sich das Leben nennt, bedarf auf einer Laune, vielleicht auf einer Lüge zu beruhen.“
„Damit bin ich einverstanden“, sagte Andrés. Der Wille, der Wunsch zu leben, ist beim Tier so stark wie beim Menschen. Beim Menschen ist das Verständnis grösser. Je mehr man versteht, desto weniger wünscht man sich. Das ist logisch, und zudem bestätigt es sich in der Realität. Das Streben nach Wissen erwacht in den Individuen am Ende einer Evolution, wenn der Instinkt verkümmert. Der Mensch, dessen Notwedigkeit Wissen ist, ist wie ein Schmetterling, der ausschlüpt, um zu sterben. Das gesunde, lebhafte, starke Individuum sieht die Dinge nicht so, wie sie sind, weil es ihm nicht passt. Es befindet sich in einer Sinnestäuschung. Don Quijote, dem Cervantes einen negativen Sinn geben wollte, ist das Symbol der Lebensbejahung. Don Quijote lebt mehr als alle vernünftigen Menschen um ihn herum, er lebt mit mehr Intensität als die andern. Das Individuum oder das Volk, das leben will, umhüllt sich sich mit Wolken, wie die antiken Götter, wenn sie den Sterblichen erschienen. Der Lebensinstinkt braucht die Fiktion, um sich zu bestätigen. Die Wissenschaft dann, der Instinkt der Kritik, der Instinkt der Erforschung, muss eine Wahrheit finden: Die Menge der Lügen, die für das Leben nötig sind. Sie lachen?“ „Ja, ich lache, weil das, was du mir mit Worten von heute sagst, nichts anders ist, als das, was in der Bibel steht.“
„Bah!“
„Ja, in der Genesis. Du wirst ja wohl gelesen haben, dass es inmitten des Paradieses zwei Bäume gab, den Baum des Lebens und den Baum der Wissenschaft von Gut und Böse. Der Baum des Lebens war riesig, dicht belaubt, und, laut einiger heiliger Väter, verlieh er Unsterblichkeit. Wie der Baum der Wissenschaft war, sagt man nicht, möglicherweise war er dürftig und traurig. Und du weisst, was Gott zu Adam sagte?“ „Nein, ich erinnere mich tatsächlich nicht.“
„Nun, als er Adam vor sich hatte, sagte er zu ihm: Du darfst von allen Früchten des Gartens essen; hüte dich aber vor den Früchten des Baumes der Wissenschaft von Gut und Böse, weil du an dem Tag sterben wirst, an dem du seine Frucht isst. Und Gott fügte sicher bei: Esst vom Baum des Lebens, seid Bestien, seid Schweine, seid Egoisten, wälzt euch fröhlich auf dem Boden, aber esst nicht vom Baum der Wissenschaft, weil euch diese saure Frucht eine Neigung zur Besserung geben wird, die euch zerstören wird. Ist das nicht ein bemerkenswerter Rat?“
„Ja, das ist ein Rat, der eines Bankaktionärs würdig ist“, antwortete Andrés. „Wie man doch den praktischen Verstand dieses semitischen Gesindels erkennt!“, sagte Iturrioz. „Wie witterten doch diese guten Juden mit ihren gekrümmten Nasen, dass der Zustand des Bewusstseins das Leben gefährden konnte!“ „Klar doch, sie waren Optimisten; Griechen und Semiten hatten den starken Instinkt zu leben, sie erfanden Götter für sich, ein exklusiv eigenes Paradies. Ich glaube, dass sie im Grunde genommen nichts von der Natur verstanden.“ „Es passte ihnen nicht.“
„Klar passte es ihnen nicht. Die Turaner (Iraner) und die Assyrer des Nordens hingegen versuchten, die Natur so zu sehen, wie sie ist.“
„Und trotzdem hörte niemand auf sie und sie liessen sich von den Semiten des Südens zähmen?“
„Ach, klar doch! Der Semitismus, mit seinen drei Betrügern, hat die Welt beherrscht, hat die Gelegenheit und die Stärke gehabt; in einer Zeit des Krieges gab er den Menschen einen Kriegsgott, den Frauen und den Schwachen einen Grund zu jammern, zu klagen, zur Gefühlsduselei. Heute, Jahrhunderte nach der semitischen Herrschaft, kehrt die Welt zur Vernunft zurück, und die Wahrheit erscheint wie eine blasse Morgenröte nach den Schrecken der Nacht.“
„Ich glaube weder an diesen Verstand“, sagte Iturrioz, „noch an den Zusammenbruch des Semitismus. Der jüdische, christliche oder muslimische Semitismus bleibt der Herr der Welt, er wird aussergewöhnliche Wechselfälle annehmen. Gibt es nichts Interessanteres als die Inquisition, von so semitischer Natur, dass sie damit beschäftigt ist, die Welt von den Juden und Moslems zu säubern? Gibt es einen merkwürdigeren Fall, als der von Torquemada mit jüdischer Abstammung?” „Ja, das definiert den semitischen Charakter, das Vertrauen, den Optimismus, den Oportunismus... All das muss verschwinden. Die wissenschaftliche Mentalität der Menschen aus dem Norden Spaniens wird es wegfegen.“
„Aber wo sind diese Menschen? Wo sind diese Vorläufer?“
„In der Wissenschaft, in der Philosophie, vor allem bei Kant. Kant ist der grosse Zerstörer der griechisch-semitischen Lüge gewesen. Er stiess auf die zwei biblischen Bäume, von denen Sie vorher gesprochen haben und entfernte die Äste des Lebensbaumes, der den Baum der Wissenschaft erstickte. Nach ihm bleibt in der Welt der Ideen nichts mehr, als ein enger und schmerzlicher Weg: Die Wissenschaft. Nach ihm kommt, ohne vielleicht seine Grösse und Stärke zu haben, ein anderer Zerstörer, eine andere menschenscheue Person aus dem Norden, Schopenhauer, der die Ausflüchte, die der Meister liebevoll, wegen fehlenden Wertes verfocht, nicht gelten lassen wollte. Kant bittet um Barmherzigkeit, dass dieser starke Ast des Lebensbaumes, der Freiheit, Verantwortung, Recht heisst, sich ausruhe, zusammen mit den Ästen des Baumes der Wissenschaft, um dem Blick des Menschen Perspektiven zu geben. Schopenhauer, verschlossener, redlicher in seinen Gedankengängen, trennt diesen Ast ab, und das Leben erscheint wie eine dunkle und blinde Sache, stark und kräftig ohne Gerechtigkeit, ohne Güte, unendlich; eine Strömung, die durch die Stärke „x“, die er Wille nennt, getragen wird und die von Zeit zu Zeit, inmitten der organisierten Materie, ein zweitrangiges Phänomen erzeugt, eine cerebrale Phosphoreszenz, eine Spiegelung, was die Intelligenz ist. Jetzt sieht man in diesen zwei Prinzipien klar, Leben und Wahrheit, Wille und Intelligenz.“ Jetzt müssen es Philosophen und Anhänger der Biophilie sein“, sagte Iturrioz.
“Warum nicht? Philosophen und Anhänger der Biophilie. Der Lebensinstinkt, alles, Aktivität und Vertrauen, fühlt sich unter diesen Umständen verletzt und muss reagieren und reagiert. Die Einen, in der Mehrheit Literaten, stecken ihren Optimismus ins Leben, in die Brutalität der Instinkte und besingen das grausame, gemeine, schändliche Leben, das Leben ohne Zweck, ohne Ziel, ohne Prinzipien und ohne Moral, wie ein Panter mitten im Urwald. Die Anderen stecken ihren Optimismus in die gleiche Wissenschaft. Gegen die agnostische Tendenz eines Du Bois-Reymond, der bestätigte, dass das Verständnis des Menschen die Mechanik des Universums niemals verstehen lernen würde, sind die Tendenzen von Berthelot, Metchnikoff, Ramón und Cajal in Spanien, die voraussetzen, dass man das Ende des Menschen auf der Welt ergründen können wird. Und zuletzt gibt es die, die zu den alten Vorstellungen und antiken Mythen zurückkehren wollen, weil sie fürs Leben nützlich sind. Das sind die Professoren der Rhetorik, jene, welche die erhabene Mission haben, uns zu erzählen, wie man im XVIII Jahrhundert nieste, nachdem man eine Prise geschnupft hatte, die, die uns sagen, dass die Wissenschaft scheitert und dass der Materialismus, der Determinismus, die Verkettung von Ursache und Wirkung eine grobe Sache ist, und dass der Spiritualismus etwas Erhabenes und Erlesenes ist. Wie lächerlich! Welch bewundernswerter gemeinsamer Ort, damit die Bischöfe und Generäle ihren Lohn fordern und die Händler ihren vergammelten Kabeljau ungestraft verkaufen können. An den Götzen oder den Fetisch zu glauben, ist Symbol der Überlegenheit; wie Demokritus und Epikuro an die Atome zu glauben, ein Zeichen von Blödheit! Ein Aissaua aus Marokko, der sich den Kopf mit einer Axt einschlägt und Glas zu Ehren der Göttlichkeit schluckt, oder ein guter Mandingo mit seinem Lendenschurz, das sind feinsinnige und gebildete Wesen; der Mensch der Wissenschaft hingegen, der die Natur studiert, ist ein vulgäres und ungebildetes Wesen. Welche bewundernswerte Paradoxie, um sich mit rhetorischer Festtagskleidung und mit den nasalen Lauten eines Franzosen im Mund zu kleiden! Man muss lachen, wenn sie sagen, dass die Wissenschaft zugrunde gehe. Blödsinn: Was zugrunde geht, ist die Lüge; die Wissenschaft geht vorwärts und setzt sich über alles hinweg.“
„Ja, wir sind uns einig, das haben wir vorher gesagt, sie rollt alles auf. Von einem rein wissenschaftlichen Gesichtspunkt aus kann ich diese Theorie der Duplizität der vitalen Funktionen nicht akzeptieren: Intelligenz auf der einen Seite und Wille auf der anderen, nein.“
„Ich sage nicht, Intelligenz auf der einen Seite und Wille auf der anderen“, erwiderte Andrés, „sondern Überlegenheit der Intelligenz oder Überlegenheit des Willens. Ein Wurm besitzt Wille und Intelligenz, soviel Überlebenswille wie der Mensch, er leistet dem Tod Widerstand, wenn er kann; auch der Mensch hat Wille und Intelligenz, aber in anderen Proportionen.“
„Was ich sagen will, ist, dass ich nicht glaube, dass der Wille nur eine Wunsch- und die Intelligenz eine Widerspiegelungsmaschine ist.“
„Was es an sich ist, weiss ich nicht; aber uns erscheint dies rational. Hätte für uns alles Überlegte einen Zweck, könnten wir annehmen, dass die Intelligenz nicht nur ein Reflektor, ein teilnahmsloser Mond ist, immer wenn er sich am wahrnehmbaren Horizont aufstellt; aber das Bewusstsein reflektiert automatisch, was es Unwichtiges wahrnehmen kann und stellt Bilder her. Diese Bilder, frei von Zufälligem, lassen ein Symbol, ein Schema zurück, das die Vorstellung sein soll.“
„Ich glaube nicht an diese automatische Gleichgültigkeit, die du der Intelligenz zuschreibst. Wir sind weder reiner Intellekt, noch eine Wunschmaschine, wir sind Menschen, die zur gleichen Zeit denken, arbeiten, wünschen, ausführen... Ich glaube, dass es Vorstellungen gibt, die Stärken sind.“
„Ich nicht. Die Stärke liegt in anderen Sachen. Die gleiche Vorstellung, die einen romantischen Anarchisten zum Schreiben einiger lächerlicher Verse antreibt, lässt einen Sprengmeister eine Bombe legen. Bonaparte hat die gleiche imperialistische Illusion wie Lebaudy, der Kaiser der Sahara. Was sie unterscheidet, ist etwas Organisches.“
„Welch Durcheinander! In welches Labyrinth haben wir uns begeben“, murmelte Iturrioz.
„Fassen Sie unsere Diskussion und unsere verschiedenen Standpunkte zusammen.“
„Teilweise sind wir uns einig. Du willst den Beziehungen zwischen den Sachen einen absoluten Wert geben, indem du von der Relativität des Ganzen ausgehst.“
„Klar, was ich vorhin sagte, der Meter an sich, ein willkürliches Mass; die dreihundertsechzig Grad eines Kreises, auch ein willkürliches Mass; die zum Meter oder zum Kreis erhaltenen Beziehungen sind exakt.“
„Nein, wenn wir uns doch einig sind! Es wäre unmöglich, wenn wir es nicht in allem wären, was sich auf die Mathematik und die Logik bezieht; aber wenn wir uns von diesem simplen Wissen abwenden und in den Bereich des Lebens eintreten, befinden wir uns in einem Labyrith, inmitten der grössten Verwirrung und Unordnung. In diesem Maskentanz, den Millionen von bunten Figuren tanzen, sagst du mir: Nähern wir uns der Wahrheit. Wo ist die Wahrheit? Wer ist dieser Maskierte, der an uns vorbeigeht? Was verbirgt er unter seinem grauen Umhang? Ist es ein König oder ein Bettler? Ist es ein bewundernswert gewachsener Jüngling oder ein schwächlicher Alter, voll mit Geschwüren? Die Wahrheit ist ein verrückter Kompass, der in diesem Chaos von unbekannten Sachen nicht funktioniert.“ „Gewiss, ausser der mathematischen und der empirischen Wahrheit, die sich langsam adquiriert, sagt die Wissenschaft nicht viel. Man muss die Rechtschaffenheit erkennen..., und warten.“
„Und, während dessen auf Leben und Bejahung verzichten? In der Zwischenzeit, da wir nicht wissen werden, ob die Republik besser ist als die Monarchie, ob der Protestantismus besser oder schlechter als der Katholizismus ist, ob das individuelle Eigentum gut oder schlecht ist, während die Wissenschaft nicht bis dorthin kommt, Ruhe.“
„Und welches Mittel bleibt dem intelligenten Menschen?“
„Mensch, ja. Du anerkennst, dass einstweilen ausser dem mathematischen Bereich und der empirischen Wissenschaft ein riesiges Feld existiert, wo die Angaben der Wissenschaft immerhin nicht eintreten. Ist es nicht das?“
„Ja.“
„Und warum in diesem Feld die Nutzen nicht als Norm nehmen?“
„Das finde ich gefährlich“, sagte Andrés. „Diese Vorstellung von Nutzen, die anfänglich leicht, harmlos erscheint, kann zur Legitimation des grössten Ausmasses führen, alle Vorurteile in den Himmel heben.“
„Gewiss, auch, die Wahrheit als Norm zu nehmen, kann zum barbarischsten Fanatismus führen. Die Wahrheit kann eine Kampfwaffe sein.“
„Ja, sie verfälschen, tun, dass sie es nicht ist. Es gibt weder Fanatismus in der Mathematik, noch in den Naturwissenschaften. Wer kann sich rühmen, die Wahrheit in der Politik oder der Moral zu verteidigen? Wer sich dessen rühmt, ist so fanatisch wie der, der irgendein politisches oder religiöses System verteidigt. Die Wissenschaft hat damit nichts zu tun; sie ist weder christlich, atheistisch, revolutionär, noch reaktionär.“
„Aber dieser Agnostizismus ist absurd für alle Sachen, die nicht wissenschaftlich bekannt sind, weil er antibiologisch ist. Man muss leben. Du weisst, dass die Physiologen bewiesen haben, dass wir, wenn wir unsere Sinne gebrauchen, dazu tendieren, nicht auf die wirtschaftlichste, vorteilhafteste, nützlichste Art wahrzunehmen. Welche bessere Norm gibt das Leben, als seinen Nutzen, seine Vergrösserung?“
„Nein, nein, dies würde zu den grössten Absurditäten in der Theorie und in der Praxis führen. Wir müssten logische Fiktionen akzeptieren lernen: Den freien Willen, die Verantwortung, das Verdienst; schliesslich würden wir alles akzeptieren, die grössten Überspanntheiten der Religionen.“
„Nein, wir würden nicht mehr als das Nützliche akzeptieren.“
„Aber für das Nützliche gibt es keinen Nachweis, wie für das Wahrhaftige“, antwortete Andrés. „Für einen Katholiken ist der religiöse Glaube, ausser wahr zu sein, nützlich, und für einen anderen Religionslosen kann er falsch und unnütz sein.“
„Gut, aber es wird einen Punkt geben, in dem wir uns alle einig sind, zum Beispiel im Nutzen des Glaubens für eine gegebene Tat. Der Glaube hat zweifelsohne, innerhalb des Natürlichen, eine grosse Stärke. Wenn ich mir einbilde, fähig zu sein, einen Sprung von einem Meter zu machen, werde ich ihn tun; bilde ich mir ein, eines Sprunges von zwei oder drei Metern fähig zu sein, würde ich ihn vielleicht auch springen.“
„Aber wenn Sie sich einbilden, fähig zu sein, einen Sprung von fünfzig Metern zu machen, werden Sie ihn nicht springen, auch wenn Sie noch so viel Glauben haben.“
„Natürlich nicht; aber dies tut nichts zur Sache, damit der Glaube beim Aktionsradius des Möglichen dient. Dann ist der Glaube nützlich, biologisch; dann muss man ihn erhalten.“
„Nein, nein. Das was Sie Glaube nennen, ist nicht mehr als das Bewusstsein unserer Kraft. Diese existiert immer, ob man will oder nicht. Der andere Glaube hält es für angebracht, sie zu zerstören; sie zu lassen, ist eine Gefahr; hinter dieser Türe, die sich in Richtung des Willkürlichen, einer Philosiphie, die auf der Nützlichkeit, der Bequemlichkeit oder der Effizienz basiert, öffnet, treten alle menschlichen Verrücktheiten ein.“
„Schliesst man stattdessen diese Türe und lässt nicht mehr Normen als die Wahrheit zu, verkümmert das Leben, wird bleich, anämisch, traurig. Ich weiss nicht, wer sagte: Die Legalität bringt uns um; wie er können wir sagen: Die Vernunft und die Wissenschaft zerstören uns. Die Weisheit des Juden versteht sich immer mehr darin, dass sie auf diesem Punkt beharrt: Auf der einen Seite der Baum der Wissenschaft und auf der anderen der Lebensbaum.“
„Man wird glauben müssen, dass der Baum der Wissenschaft wie dieser klassische Apfelbaum ist, der den umbringt, der sich in seinen Schatten flüchtet“, sagte Andrés spöttisch.
„Ja, lach nur.“
„Nein, ich lache nicht.“