IV.- Encuentro con Lulú

Un amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había prometido encontrar un destino para Andrés. Este señor vivía en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrés en su casa, y siempre le decía que no había nada; un día le dijo:
—Lo único que podemos darle a usted es una plaza de médico de higiene que va a
haber vacante. Diga usted si le conviene y, si le conviene, le tendremos en cuenta.

—Me conviene.
—Pues ya le avisaré a tiempo.

Este día, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha esquina a la del Pez,
Andrés Hurtado se encontró con Lulú. Estaba igual que antes; no había variado nada. Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella.
Andrés la contempló con gusto.
Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.
—Tenemos mucho que hablar —le dijo Lulú—; yo me estaría charlando con gusto
con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo solemos ir los sábados al café de la Luna. ¿Quiere usted ir por allá?
—Sí, iré.
—Vaya usted mañana que es sábado. De nueve y media a diez. No falte usted, ¿eh?
—No, no faltaré.
Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por la noche, se presentó en el café de la
Luna. Estaban doña Leonarda y Lulú en compañía de un señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, que le recibió secamente, y se sentó en una silla lejos de Lulú.

—Siéntese usted aquí —dijo ella haciéndole sitio en el diván.
Se sentó Andrés cerca de la muchacha.
—Me alegro mucho que haya usted venido —dijo Lulú—; tenía miedo de que no quisiera usted venir.
—¿Por qué no había de venir?
—¡Como es usted tan así!
—Lo que no comprendo es por qué han elegido ustedes este café. ¿O es que ya no
viven allí en la calle del Fúcar?
—¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle del Pez. ¿Sabe usted quién nos
resolvió la vida de plano?
—¿Quién?
—Julio.
—¿De veras?
—Sí.
—Ya ve usted cómo no es tan mala persona como usted decía.
—Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya se lo contaré a usted. ¿Y usted qué ha hecho? ¿Cómo ha vivido?
Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas en Alcolea.

—¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted! —exclamó Lulú—. ¡Qué lobo!
El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda, al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés, se levantó y se fue.
—Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar satisfecho —dijo
doña Leonarda con tono desdeñoso y agrio.
—¿Por qué lo dice usted? —preguntó Andrés.
—Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente raro. Y la verdad, no sé por qué.
—Yo tampoco sé que a las personas se les tenga cariño por algo —replicó Lulú
vivamente—; se las quiere o no se las quiere; nada más.
Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.

—Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio —dijo ella en voz baja—. Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría con Niní. Efectivamente, cuando concluyó la carrera comenzó a huir el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.

—¿Así, sin ambages?
—Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre.
Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que tú mismo fueras a ver a don
Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres que le advierta? —me preguntó él—. Pues nada; que no te casas con Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.

—Se quedaría atónito —exclamó Andrés—, porque él pensaba que el día que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.

—Se quedó helado, en el mayor asombro. Bueno, bueno —dijo—, iré a verle y se lo
diré. Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente, unos días después, vino don Prudencio en actitud diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo
admirable. Desde entonces, yo ya no creo en las mujeres.

—Esa declaración tiene gracia —dijo Andrés.
—Es verdad —replicó Lulú—, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días don Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fue a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí...

 

—Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.
—Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda don Prudencio me preguntó: —
¿Tú qué quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre?— Yo le dije:
Casarme no me he de casar; estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de confecciones de ropa blanca y seguir trabajando. —Pues nada, lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.

—¿Y la tiene usted?
—Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por esas tonterías de
que si mi padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive como puede. ¿No es verdad?
—Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!
Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. Ella había localizado su vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de la casa.

—¿Se acuerda usted de aquel don Cleto el viejecito? —le preguntó Lulú.
—Sí; ¿qué hizo?
—Murió el pobre..., me dio una pena.
—¿Y de qué murió?
—De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba
acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía: —No, si no tengo nada; no se
molesten ustedes; un poco de debilidad nada más— y se estaba muriendo.
A la una y media de la noche doña Leonarda y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó hasta la calle del Pez.
—¿Vendrá usted por aquí? —le dijo Lulú.
—Sí; ¡ya lo creo!
—Algunas veces suele venir Julio también.
—¿No le tiene usted odio?
—¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, pero me divierte, me parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una copa de cristal.


 

IV.- Begegnung mit Lulú

Ein Freund von Hurtados Vater, ein hoher Regierungsangestellter, hatte versprochen, für Andrés eine Anstellung zu finden. Dieser Herr lebte an der Calle de San Bernardo. Andrés war oft in seinem Haus, und immer sagte er ihm, dass er nichts habe; eines Tages sagte er zu ihm:“Das Einzige, was wir Ihnen geben können, ist eine Stelle als Arzt der Gesundheitspflege, die vakant sein wird. Sagen Sie, ob Ihnen das zusagt und wenn es Ihnen passt, werden wir Sie in Betracht ziehen.“
„Sie sagt mir zu.“
„Dann werde ich Sie rechtzeitig benachrichtigen.“
Als er an diesem Tag das Haus des Angestellten verliess, traf Andrés Hurtado an der Calle Ancha, der Ecke zur Pez auf Lulú. Sie war gleich wie früher, sie hatte sich nicht verändert. Lulú war etwas verlegen, als sie Hurtado sah, was für sie seltsam war. Andrés betrachtete sie mit Freude. Sie war in ihrem Umhang so zierlich, so schlank, so anmutig. Sie schaute ihn an, lächelte und errötete ein wenig. „Wir haben viel zu reden“, sagte Lulú zu ihm, “ich würde mit Freude mit Ihnen plaudern, aber ich habe eine Besorgung zu machen. Meine Mutter und ich gehen samstags ins Cafe La Luna. Wollen Sie dorthin kommen?“
„Ja, ich werde kommen.“
„Kommen Sie morgen, da es Samstag ist. Zwischen neun und halb zehn. Sie bleiben nicht fern, eh?“
„Nein, ich werde nicht fernbleiben.“
Sie verabschiedeten sich und Andrés erschien am Abend des nächsten Tages im Café La Luna. Doña Leonarda und Lulú waren in Gesellschaft eines jungen Herrn mit Brille. Andrés grüsste die Mutter, die ihn schroff empfing, und er setzte sich auf einen von Lulú entfernten Stuhl.
„Setzen Sie sich hierhin“, sagte sie, indem sie ihm auf dem Sofa Platz machte. Andrés setzte sich nahe zum Mädchen.
“Ich freue mich sehr, dass Sie gekommen sind”, sagte Lulú, “ich hatte Angst, dass Sie nicht kommen wollten.“
„Warum hätte ich nicht kommen sollen?“
Weil Sie so sind.“
„Was ich nicht verstehe ist, warum Sie dieses Cafe gewählt haben. Oder ist es so, dass Sie nicht mehr in der Calle del Fúcar wohnen?“ „Bewahre, Mensch! Jetzt wohnen wir in der Calle del Pez. Wissen Sie, wer uns das Leben ohne Umstände gelöst hat?“ „Wer?“
„Julio.“
„Wirklich?“
„Ja.“
„Nun sehen Sie, dass er kein so schlechter Mensch ist, wie Sie sagten.“
„Oh, egal, derselbe wie ich glaubte oder schlimmer. Ich werde es Ihnen dann erzählen. Und Sie, was haben Sie gemacht? Wie haben Sie gelebt?“ Andrés erzählte kurz sein Leben und seine Kämpfe in Alcolea.
„Oh! Was für ein unmöglicher Mensch Sie doch sind!“, rief Lulú aus. “Was für ein Wolf!“ Der Herr mit der Brille, der mit Doña Leonarda ein Gespräch führte, erhob sich, als er sah, dass Lulú keinen Moment aufhörte, mit Andrés zu sprechen und ging. “Wenn Ihnen Lulú etwas bedeutet, dann können Sie zufrieden sein“, sagte Doña Leonarda in einem verächtlichen und verbitterten Ton.
*Warum sagen Sie das?“, fragte Andrés.

„Weil diese Sie auf eine wirklich sonderbare Art gern hat. Und die Wahrheit, ich weiss nicht warum.
„Ich weiss auch nicht, dass man man Menschen wegen etwas gern hat“, antwortete Lulú lebhaft, „man liebt sie oder man liebt sie nicht, das ist alles.“
Doña Leonarda nahm mit verächtlicher Grimasse die Abendzeitung und begann zu lesen. Lulú unterhielt sich weiter mit Andrés.
“Nun werden Sie sehen, wie Julio unser Leben gelöst hat”, sagte sie mit leiser Stimme. „Ich sagte Ihnen schon immer, dass er ein Schuft sei, dass er Niní niemals heiraten würde. Als er das Studium abgeschlossen hatte, begann er sich dünne zu machen und nicht mehr im Haus zu erscheinen. Ich bemerkte es und wusste, dass er einem Fräulein in guter Position den Hof machte. Ich rief Julio an und wir sprachen miteinander; er sagte mir, dass er nicht gedenke, Niní zu heiraten.“ „So, ohne Umschweife?“
„Ja, dass sie ihm nicht entsprechen würde, dass es für ihn schwierig sei, sich mit einer armen Frau zu verheiraten. Ich blieb ruhig und sagte zu ihm:“Schau, ich möchte, dass du selber zu Don
Prudencio gehst und ihn darauf aufmerksam machst.“ „Worauf soll ich ihn aufmerksam machen?“, fragte er mich. „Kurz und gut; dass du Niní nicht heiratest, weil sie keine Mittel hat; kurzum, wegen der Gründe, die du mir angegeben hast.“ „Er wird sprachlos gewesen sein“, rief Andrés aus, “weil er dachte, dass es an dem Tag, an dem er das sagen würde, in der Familie eine Katastrophe geben würde.“
„Es verschlug ihm die Sprache, in grösster Verwunderung. „Also gut, in Ordnung“, sagte er, „ich werde zu ihm gehen und es ihm sagen.“ Ich teilte die Nachricht meiner Mutter mit, die einige Dummheiten machen wollte, sie aber nicht tat; später sagte ich es Niní, die weinte und Rache nehmen wollte. Als sich die zwei beruhigten, sagte ich zu Niní, dass Don Prudencio komme und dass ich wisse, dass sie Don Prudencio gefalle und dass Don Prudencio die Rettung sei. Don Prudencio kam tatsächlich einige Tage später in diplomatischer Haltung; er sprach davon, dass Julio keine Anstellung finden würde, dass es ihm nicht zusage aufs Land zu gehen... Niní war bewundernswert. Seitdem glaube ich nun nicht mehr an die Frauen.
„Diese Erklärung ist reizend“, sagte Andrés.
„Es ist wahr“, antwortete Lulú, „denn sehen Sie, wenn die Männer Lügner sind, dann sind es die Frauen immer noch mehr. Nach wenigen Tagen erscheint Don Prudencio zu Hause, spricht mit Niní und Mama, und Hochzeit. Und dort im Haus habe sie einige Tage nachher Julio gesehen, der vorbeigekommen sei, um Niní die Briefe, mit gezwungenem Lächeln, zurückzugeben, als. Mama ihm mit vollem Mund gesagt habe, dass Don Prudencio so viele tausende Duros und eine Finca hier und eine andere dort habe...
„Ich sehe Julio mit dieser Traurigkeit, die ihm zu denken gibt, wenn die anderen Geld haben.“
„Ja, er war rasend. Nach der Hochzeitsreise fragte mich Don Prudencio:“Du, was willst du? Mit deiner Schwester und mit mir leben oder mit deiner Mutter?“ Ich sagte ihm:Heiraten werde ich nicht, ohne zu arbeiten gefällt mir auch nicht; was ich vorziehen würde, wäre, ein kleines Konfektionsgeschäft für Weisswäsche zu haben und weiterarbeiten. „Also gut, was du benötigst, sag es mir. Und er eröffnete das Geschäft.“ „Und das haben Sie jetzt?“
„Ja, hier in der Calle del Pez. Anfänglich war meine Mutter dagegen, wegen dieser Dummheiten wie, dass mein Vater dies oder das gewesen sei. Jeder lebt, wie er kann. Nicht wahr?“
„Klar. Welch ehrenwertere Sache als von der Arbeit zu leben!“
Andrés und Lulú redeten lange Zeit weiter. Sie hatte ihr Leben im Haus an der Calle del Fúcar so begrenzt, dass nur das interessierte, was sie mit jener Umgebung in Verbindung brachte. In einem Überblick fassten sie alle Nachbarn und Nachbarinnen des Hauses zusammen.
„Erinnern Sich sich an diesen Don Cleto, den kleinen Alten?“, fragte ihn Lulú.
„Ja, was machte er?“
„Der Arme starb..., es tat mir so leid.“
„Woran starb er?“
„An Hunger. Venancia und ich traten eines Nachts in sein Zimmer ein, und er war am Sterben, und er sagte mit jenem Stimmchen, das er hatte:”Nein, ich habe nichts; bemühen Sie sich nicht; ein wenig Schwäche, nicht mehr“, und er starb.“
Nachts um halb zwei standen Doña Leonarda und Lulú auf und Andrés begleitete sie bis zur Calle del Pez.
„Werden Sie hier vorbeikommen?“, sagte Lulú zu ihm. „Ja, ich glaube schon!“
„Manchmal kommt auch Julio.“

„Hassen Sie ihn nicht?“
„Hassen? Für ihn fühle ich mehr Verachtung als Hass, aber er heitert mich auf, er dünkt mich unterhaltsam, so, als ob man ein ein böses Biest unter einem Weinglas sehen würde.