VIII.- La muerte de Villasús

Con pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por influencia de
Julio Aracil le hicieron médico de “La Esperanza”, sociedad para la asistencia
facultativa de gente pobre. No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones éticas, pero en cambio la fatiga era terrible; había que hacer treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las casas de
vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se hallaba siempre dispuesta a la
cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en
alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad: que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.

Iturrioz tenía razón: la naturaleza no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de la esclavitud.
Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley.
Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía
acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado.
La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.
Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos, sobre todo
cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería
para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta.

 

Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en el histrión, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias crueles y sanguinarias, estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.
El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, en la oscuridad y a la fresca, se
sentaba y hablaba. Lulú mientras tanto cosía, y si llegaba alguna compradora, despachaba. Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada negra que se extendía ante ellos. Lulú miraba aquellas líneas de luces interrumpidas de las carreteras y de los
arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras confusas. Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta de San Bernardo se despedían estrechándose la mano. Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran para Andrés de disgusto y de molestia...

Un día al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el corredor de una casa
de vecindad, una mujer vieja con un niño en brazos se le acercó y le dijo si quería pasar a ver a un enfermo. Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba
versos. De cuando en cuando se levantaba en camisa e iba de un lado a otro tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.

—¿Qué tiene este hombre? —preguntó Andrés a la mujer.
—Está ciego, y ahora parece que se ha vuelto loco.
—¿No tiene familia? —Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.
—Pues por este hombre no se puede hacer nada —dijo Andrés—. Lo único sería
llevarlo al hospital o a un manicomio. Yo mandaré una nota al director del hospital.
¿Cómo se llama el enfermo?
—Villasús, Rafael Villasús.
—¿Éste es un señor que hacía dramas?
—Sí.
Andrés lo recordó en aquel momento. Había envejecido en diez o doce años de una manera asombrosa; pero aún la hija había envejecido más. Tenía un aire de
insensibilidad y de estupor que sólo un aluvión de miserias puede dar a una criatura humana.
Andrés se fue de la casa pensativo.

—¡Pobre hombre! —se dijo— ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un timbre de gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!

Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que había recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús, había muerto. Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco, como le llamaban en la casa, había pasado tres días y tres noches vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.
Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón. Unos cuantos desarrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el cadáver.
—¿Es usted el médico? —le preguntó uno de ellos a Andrés con impertinencia.
—Sí; soy médico.
—Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está muerto.
Esto es un caso de catalepsia.
—No digan ustedes necedades —dijo Andrés. Todos aquellos desarrapados, que debían ser bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los dedos con fósforo para ver si tenía sensibilidad. Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.
Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del corazón.
—Está muerto —dijo.
En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca, cojeando, apoyado
en un bastón. Venía borracho completamente. Se acercó al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:
—¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo también!
¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi conciencia. No.
Los desarrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que tomaba la
escena. Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo en la mano derecha y la colilla en los labios.

—Bueno —dijo hablando en chulo, enseñando los dientes negros—. ¿Se va a bajar el cadáver o no? Porque yo no puedo esperar aquí, que hay que llevar otros muertos al Este. Uno de los desarrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le dijo con una afectación ridícula:
—Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el velo del paladar. La desesperación de este bohemio le pareció a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de desarrapados en la guardilla salió de la casa.

 

VIII.- Der Tod von Villasús

Mit dem Vorwand krank zu sein, gab Andrés die Anstellung auf und wegen des Einflusses von Julio Aracil machte man ihn zum Arzt von “La Esperanza”, einer Gesellschft für die freiwillige Unterstützung von armen Leuten. In dieser neuen Arbeit hatte er nicht so viele Gründe für seine ethische Entrüstung, die
Erschöpfung hingegen war schrecklich; er musste täglich dreissig und vierzig Besuche in den entferntesten Vierteln machen; Treppen und Treppen hinaufsteigen, in schändliche Bruchbuden eintreten... Vor allem im Sommer war Andrés jeweils total erschossen. Jene Leute aus den Häusern der Umgebung, schäbig, schmutzig, äusserst gereizt wegen der Sonne, warer immer zur Wut bereit. Der Vater oder die Mutter, die sahen, dass das Kind sterben würde, brauchten es, bei jemandem ihren Schmerz abzuladen. Oft hörte sich Andrés die Rügen ganz ruhig an, manchmal brauste er auf und sagte ihnen die Wahrheit, dass sie ein paar Schurken und Schweine seien, die sich wegen ihrer Nachlässigkeit und ihrer Verwahrlosung niemals aus ihrer Niedergeschlagenheit erheben würden. Iturrioz hatte Recht:Die Natur machte nicht nur Sklaven, sondern sie gab ihnen den Geist der Sklaverei.
Andrés hatte sowohl in Alcolea wie auch in Madrid feststellen können, dass sich, in dem Masse wie das Individuum aufsteigt, die Mittel, die es hat, um sich über die Gesetze lustig zu machen, vergrössern. Andrés konnte deutlich machen, dass die Kraft des Gesetzes proportional zur Vergrösserung der Mittel des Siegers abnimmt. Das Gesetz ist immer härter mit dem Schwachen. Automatisch lastet es auf dem Schurken. Es ist logisch, dass der Schurke das Gesetz hasst. Jene Pechvögel verstanden immer noch nicht, dass die Solidarität des Armen den Reichen ruinieren kann, und sie konnten nur unergiebig über ihre Situation jammern. Die Wut und der Zorn waren bei Andrés chronisch; die Hitze, das Gehen an der Sonne riefen einen fortwährenden Durst in ihm hervor, der ihn zwang, Bier und kalte Sachen zu trinken, die seinen Magen verdarben. Absurde Vorstellungen von Zerstörung gingen ihm durch den Kopf. Sonntags, vor allem wenn er Leute kreuzte, die auf dem Heimweg vom Stierkampf waren, dachte er, welch ein Vergnügen es für ihn wäre, an jeder Strassenecke ein halbes Dutzend Maschinengewehre zu postieren und nicht einen von denen, die von diesem stupiden und blutigen Fest zurückkamen, davonkommenzulassen. Dieses ganze schmutzige Gesindel von Chulos waren die, die vor dem Krieg in den Cafes gezetert hatten, die, die Prahlereien und Drohungen losgelassen hatten, um später so ruhig in ihren Häusern zu bleiben. Die Moral des Zuschauers von Stierkämpfen hatte sich in ihnen entwickelt; die Moral des Feiglings, die den Mut im andern fordert, im Soldaten auf dem Schlachtfeld, im Schauspieler oder im Stierkämpfer in der Arena. Diesem Haufen von grausamen und blutrünstigen, von stupiden und dreisten Bestien hätte Hurtado den Respekt vor dem Fremdschmerz durch die Kraft eingeflösst. Andrés’ Oase war das Geschäft von Lulú. Dort, in der Dunkelheit und an der frischen Luft, setzte er sich und redete. Währenddessen nähte Lulú, und wenn irgendeine Käuferin eintrat, bediente sie. An ein paar Abenden begleitete Andrés Lulú und ihre Mutter zum Paseo de Rosales. Lulú und Andrés setzten sich zusammen und redeten und betrachteten die schwarze Niederung, die sich vor ihnen ausbreitete. Lulú schaute jene Lichterlinien an, die von der Landstrasse und von der Umgebung unterbrochen wurden und fantasierte und vermutete, dass es ein Meer mit seinen Inseln gebe, und dass man in der Schalupe über diese dunklen Schatten fahren könne. Nachdem sie lange Zeit miteinander geplaudert hatten, kehrten sie mit der Strassenbahn zurück und am Kreisel von San Bernardo drückten sie sich die Hände und verabschiedeten sich. Abgesehen von diesen Stunden des Friedens und der Ruhe, waren für Andrés alle anderen Stunden des Ärgers und der Belästigung...
Eines Tages, als er eine Dachkammer in den unteren Vierteln besuchte und über den Flur eines Nachbarhauses ging, näherte sich ihm eine alte Frau mit einem Kind auf den Armen und sagte ihm, ob er vorbeikommen wolle, um einen Kranken zu sehen. So etwas verneinte Andrés nie und trat in die andere elende Bude ein. Ein abgezehrter, ausgehungerter Mann sass auf einem elenden Lager, sang und rezitierte Verse. Ab und zu erhob er sich im Hemd, ging von der einen Seite zur andern und stiess mit zwei oder drei Kisten zusammen, die es auf dem Boden hatte.
„Was hat dieser Mann“, fragte Andrés die Frau.
„Er ist blind und jetzt scheint er verrückt geworden zu sein.“
„Hat er keine Familie?“ „Meine Schwester und ich; wir sind seine Töchter.
„Nun, für diesen Mann kann man nichts tun“, sagte Andrés. „Das Einzige wäre, ihn ins Krankenhaus oder in eine Irrenanstalt zu bringen. Ich werde dem Direktor des Spitals eine Notiz schicken. Wie heisst der Kranke?“ „Villasús, Rafael Villasús.” “Dieser ist ein Herr der Dramen schrieb?” „Ja.“
Andrés erinnerte sich in jenem Augenblick an ihn. Er war in zehn oder zwölf Jahren auf eine erstaunliche Weise gealtert, aber selbst die Tochter war mehr gealtert. Sie hatte einen Hauch von Unempfindlichkeit und Benommenheit, den nur eine Unmenge von Elend bei einem menschlichen Wesen hervorrufen kann. Nachdenklich verliess Andrés das Haus. „Armer Mann!“, sagte er sich. Was für ein Pechvogel! Dieser arme Teufel, der darauf bestanden hat, dem Reichtum zu trotzen, ist aussergewöhnlich! Und wenn er vielleicht nachdenken könnte, würde er denken, dass er es gut gemacht hat, dass die bedauernswerte Situation, in der er sich befindet eine Ruhmestat seines Künstlerlebens ist. Armer Idiot! Nach sieben oder acht Tagen, als er das kranke Kind, das einen Rückfall erlitten hatte, besuchte, sagte man ihm, dass Villasús, der Nachbar aus der Dachkammer, gestorben sei. Die Mieter der Buden erzählten ihm, dass der verrückte Poet, wie sie ihn im Haus nannten, drei Tage und drei Nächte zeternd verbracht und seinen literarischen Feinden die Stirn geboten und lauthals gelacht habe. Andrés trat ein, um den Toten zu sehen. Er lag auf dem Boden, in ein Leintuch eingewickelt. Die Tochter kauerte teilnahmslos in einer Ecke. Einige Zerlumpte, unter ihnen einer mit langen Haaren, umgaben den Leichnam.
„Sind Sie der Arzt?“, fragte einer von ihnen Andrés mit Impertinenz.
„Ja, ich bin Arzt“.
„Dann untersuchen Sie den Körper, weil wir glauben, dass Villasús nicht tot ist. Das ist ein Fall von Katalepsie.“
„Reden Sie keinen Unsinn“, sagte Andrés.
Alle diese Zerlumpten, die Künstler, Freunde von Villasús sein mussten, hatten dem Leichnam Schreckliches angetan:Sie hatten ihm die Finger mit Streichhölzern angebrannt, um zu sehen, ob er noch Sensibilität habe. Nicht einmal nach dem Tod liessen sie den armen Teufel in Ruhe.
Andrés, der davon überzeugt war, dass er diese Katalepsie nicht hatte, nahm sein Stetoskop hervor unf hörte den Leichnam in der Herzgegend ab.
„Er ist tot“, sagte er.
Währenddessen trat ein Alter mit weisser Mähne und auch weissem Bart ein, er hinkte und stützte sich auf einen Stock. Er war total betrunken. Er näherte sich dem Leichnam und schrie mit melodramatischer Stimme:“Adiós, Rafael! Du warst ein Poet! Du warst ein Genie! So werde ich auch sterben! Im Elend, weil auch ich ein Künstler bin und mein Gewissen niemals verkaufen werde! Nein. Die Zerlumpten schauten sich an, der eine den andern, zufrieden über die Wendung, die die Szene nahm. Der Alte mit der Mähne fuhr mit dem Gefasel fort, als der Bursche des Leichenwagens erschien, mit dem seitwärts aufgesetzten Zylinderhut, der Peitsche in der rechten Hand und den Stummel zwischen den Lippen.
„Gut“, sagte sagte der Chulo und zeigte seine weissen Zähne. „Wird man nun den Leichnam hinuntertragen oder nicht? Denn ich kann hier nicht warten, es gibt noch andere Tote in den Osten zu bringen. Einer der Zerlumpten, der einen ziemlich schmutzigen falschen Kragen, der aus der Jacke herauskam, hatte und eine Brille trug, näherte sich Hurtado und sagte mit einem lächerlichen Getue:“Wenn man diese Dinge sieht, hat man Lust, sich eine Dynamitbombe ins Halszäpfen zu stecken. Die Verzweiflung dieses Künstlers schien Hurtado zu gekünstelt, um echt zu sein und er liess diesen Haufen von Zerlumpten in der Dachkammer zurück und ging aus dem Haus.