IX.- Amor, teoría y práctica

Andrés divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objeción. Le llamaba siempre en burla don Andrés.
—Tengo una pequeña teoría acerca del amor —le dijo un día él.
—Acerca del amor debía usted tener una teoría grande —repuso burlonamente
Lulú.
—Pues no la tengo. He encontrado que en el amor, como en la medicina de hace
ochenta años, hay dos procedimientos: la alopatía y la homeopatía.

—Explíquese usted claro, don Andrés —replicó ella con severidad.
—Me explicaré. La alopatía amorosa está basada en la neutralización. Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el hombre pequeño busca mujer grande, el rubio mujer morena y el moreno rubia. Este procedimiento es el
procedimiento de los tímidos; que desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...

—Vamos a ver el otro procedimiento.
—El otro procedimiento es el homeopático. Los semejantes se curan con los semejantes. Éste es el sistema de los satisfechos de su físico. El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi teoría es cierta, servirá para conocer a la gente.

—¿Sí?
—Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma de su nariz.
—De manera que yo, que soy morena y algo chata...
—No; usted no es chata.
—¿Algo tampoco?
—No.
—Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo que soy morena, y creo que algo chata, aunque usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría ese mozo de la peluquería de la esquina, que es más moreno y más chato que yo, y si fuera completamente humilde, me gustaría el farmacéutico, que tiene unas buenas napias.
—Usted no es un caso normal.
—¿No?
—No.
—¿Pues qué soy?
—Un caso de estudio.
—Yo seré un caso de estudio; pero nadie me quiere estudiar.
—¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú? Ella contempló durante un momento a
Andrés con una mirada enigmática, y luego se echó a reír:
—Y usted, don Andrés, que es un sabio, que ha encontrado esas teorías sobre el
amor, ¿qué es eso del amor?
—¿El amor?
—Sí.
—Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la confluencia del instinto
fetichista y del instinto sexual.
—No comprendo.
—Ahora viene la explicación. El instinto sexual empuja el hombre a la mujer y la mujer al hombre, indistintamente; pero el hombre que tiene un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la mujer dice: ese hombre. Aquí empieza el instinto fetichista; sobre el cuerpo de la
persona elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y se le embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer la ve en su interior deformada, y la mujer que quiere al hombre le pasa lo mismo, lo deforma. A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie.

—¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?
—El instinto de la especie es la voluntad de tener hijos, de tener descendencia. La
principal idea de la mujer es el hijo. La mujer instintivamente quiere primero el hijo; pero la naturaleza necesita vestir este deseo con otra forma más poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.
—¿De manera que el amor en el fondo es un engaño?
—Sí; es un engaño como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con razón: una
mujer es tan buena como otra y a veces más; lo mismo se puede decir del hombre: un hombre es tan bueno como otro y a veces más.
—Eso será para la persona que no quiere.
—Claro, para el que no está ilusionado, engañado... Por eso sucede que los
matrimonios de amor producen más dolores y desilusiones que los de.

—¿De verdad cree usted eso?
—Sí.
—¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse y sufrir o no engañarse nunca?
—No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede haber una regla general.

Estas conversaciones les entretenían.
Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven hablando con
Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se enteró de que era primo de Lulú. En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en el militar. Andrés quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...

Un día de otoño por la mañana fue a pasear por la Moncloa.
Sentía esa melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo
anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como una turquesa.
Pensó en Lulú y decidió ir a verla. Era su única amiga. Volvió hacia Madrid, hasta
la calle del Pez, y entró en la tiendecita.
Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrés se sentó en su sitio.

—Está usted muy bien hoy, muy guapa —dijo de pronto Andrés.
—¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, para estar tan amable?
—Verdad. Está usted muy bien.
Desde que está usted aquí se va usted humanizando. Antes tenía usted una
expresión muy satírica, muy burlona, pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara más dulce. Yo creo que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.

—Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de los demás.
—¿Qué querría usted más que fueran para sus hijos? —Si pudiera ser; ¿por qué no?
Pero yo no tendré hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?

—El farmacéutico del café, el teniente..., puede usted echárselas de modesta, y anda
usted haciendo conquistas...
—¿Yo?
—Usted, sí.
Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.
—¿Me tiene usted odio, Lulú? —dijo Hurtado.
—Sí; porque me dice usted tonterías.
—Deme usted la mano.
—¿La mano?
—Sí.
—Ahora siéntese usted a mi lado.
—¿A su lado de usted?
—Sí.
—Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.
—Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?
—¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?
—Sí..., un poco..., ve usted que no soy una mala muchacha..., pero nada más.
—¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría usted?
—No; no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.
—Sí, sí; es verdad —y acercando la cabeza de Lulú a él, la besó en la boca.
Lulú enrojeció violentamente, luego palideció y se tapó la cara con las manos.

—Lulú, Lulú —dijo Andrés—. ¿Es que la he ofendido a usted? Lulú se levantó y paseó un momento por la tienda, sonriendo.
—Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño que dice usted que es el amor, lo he sentido yo por usted desde que le vi.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad.
—¿Y yo ciego?
—Sí; ciego, completamente ciego.
Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas y la llevó a sus labios. Hablaron los
dos largo rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.

—Me voy —dijo Andrés, levantándose.
—Adiós —exclamó ella, estrechándose contra él—. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú vayas, llévame.

 

IX.- Liebe, Theorie und Praxis

Andrés irrte zu seinem grossen Vergnügen in Lulús Laden umher. Sie hörte ihm lächelnd zu und machte ab und zu irgendeinen Einwand. Im Scherz nannte sie ihn immer Don Andrés.
“Ich habe eine kleine Theorie in Bezug auf die Liebe“, sagte er eines Tages zu ihr. „Bezüglich der Liebe sollten Sie eine grosse Theorie haben“, entgegnete Lulú spaßhaft.
„Nun die habe ich. Ich habe herausgefunden, dass es in der Liebe zwei Verfahren gibt, wie in der Medizin seit achzig Jahren,: Die Allopathie und die Homöopathie.“
„Drücken Sie sich klar aus, Don Andrés“, entgegnete sie streng.
„Ich werde mich verständlich ausdrücken. Die Liebes-Allopathie basiert auf der Neutralisierung. Die Feinde heilen sich mit den Gegnern. Aus diesem Prinzip sucht sich der kleine Mann eine grosse Frau, der blonde eine dunkle Frau und der dunkle eine blonde. Dieses Verfahren ist das Verfahren der Schüchternen, die sich selber misstrauen... Das andere Verfahren...“
„Betrachten wir mal das andere Verfahren.“ „Das andere Verfahren ist die Homöopathie. Die Ähnlichen heilen sich mit den Ähnlichen. Dies ist das System derjenigen, die mit ihrem Aussehen zufrieden sind. Der Dunkle mit der Dunklen, der Blonde mit der Blonden. So dass, wenn meine Theorie stimmt, es dazu dienen würde, um die Leute kennenzulernen.“ „Ja?“
„Ja, man sieht den dicken, dunklen, stumpfnasigen Mann an der Seite einer dicken, dunklen, stumpfnasigen Frau, denn er ist ein eitler Mann und sich seiner sicher; der dicke, dunkle, stumpfnasige Mann hat aber eine schlanke, blonde Frau mit grosser Nase, weil er weder seinem Typ noch der Form seiner Nase traut.“ „So wie ich, die dunkel und stumpfnasig ist...“
„Nein, Sie sind nicht plattnasig.“
„Nicht ein bisschen?“
„Nein.“
„Vielen Dank, Don Andrés. Also gut; mir, die ich dunkel und ich glaube ein wenig plattnasig bin, auch wenn Sie nein sagen, würde, wenn ich eitel wäre, dieser Bursche vom Friseursalon an der Ecke gefallen, der dunkler und plattnasiger ist als ich, und wenn ich komplett bescheiden wäre, würde mir der Apotheker gefallen, der einen ziemlichen Zinken hat.“
„Sie sind kein normaler Fall.“
„Nein?“
„Nein.“
„Was bin ich dann?“
„Eine Fallstudie.“
„Ich mag ein Fallstudie sein; aber niemand will mich untersuchen.“
„Wollen Sie, dass ich Sie untersuche, Lulú?” Sie schaute Andrés einen Augenblick mit einem rätselhaften Blick an und nachher begann sie zu lachen:“Und Sie, Don Andrés, der Sie ein Weiser sind, der diese Theorie über die Liebe gefunden hat, was ist die Liebe?“
„Die Liebe?“
„Ja.“
„Nun, die Liebe, und ich mag Ihnen als Pedant erscheinen, ist die Vereinigung des Fetischinstinkts und des Sexualinstinkts.“ „Ich verstehe nicht.“
„Jetzt kommt die Erklärung. Der Sexualinstinkt drückt den Mann an die Frau und die Frau an den Mann, ohne Unterschied; aber der Mann, der eine Fähigkeit zu fantasieren hat, sagt: Diese Frau und die Frau sagt: Dieser Mann. Hier beginnt der Fetischinstinkt; über dem Körper der erwählten Person bildet sich ohne Grund ein anderer, schönerer, der ihn schmückt und verschönert und einen davon überzeugt, dass das von der Einbildung geschmiedete Idol die eigene Wahrheit ist. Ein Mann, der eine Frau liebt, sieht sie in seinem Innern verzerrt, und einer Frau, die einen Mann liebt, passiert das Gleiche, sie verzerrt ihn. Die Liebenden sehen sich, der eine den andern, durch eine glänzende und verkehrte Wolke und in der Dunkelheit lacht der alte Teufel, der nicht mehr als die Spezies ist.“ „Die Spezies! Was hat die Spezies damit zu tun?“
„Der Instinkt der Spezies ist der Wille, Kinder zu haben, Nachkommen zu haben. Der Grundgedanke der Frau ist das Kind. Die Frau will instinktiv zuerst das Kind; aber die Natur braucht es, diesen Wunsch etwas poetischer, eindrucksvoller zu kleiden und erschafft diese Lügen, diese Schleier, die die Liebe ausmachen.“
„So ist also die Liebe im Grunde genommen eine Täuschung?“
„Ja, sie ist eine Täuschung wie sogar das Leben; deswegen hat einer mit Herz gesagt: Eine Frau ist so gut wie eine andere und manchmal besser; das Gleiche kann man vom Mann sagen, ein Mann ist so gut wie ein anderer und manchmal besser.“ „Das wird für die Person sein, die nicht liebt.“ „Klar, für den, der sich keine Illusionen macht, sich nicht täuschen lässt... Deswegen geschieht es, dass Liebesehen mehr Schmerzen und Enttäuschungen verursachen als die Vernunftehen.“ „Sie glauben das wirklich?“ „Ja.“
„Und was meinen Sie, was mehr nützt, sich zu etwas vorzumachen und zu leiden oder sich nie zu irren?“ „Ich weiss nicht. Es ist schwierig, das zu wissen. Ich glaube, dass es keine allgemeine Regel geben kann.“
Diese Gespräche machten ihnen Spass. Eines Morgens traf Andrés im Laden einen jungen Militaristen vor, der mit Lulú sprach. Er sah ihn während einiger Tage. Er wollte nicht fragen, wer er sei, und erst, als er aufhörte, ihn zu sehen, erfuhr er, dass er Lulús Vetter war. In dieser Zeit begann Andrés zu glauben, dass Lulú unfreundlich zu ihm war. Vielleicht dachte sie an den Soldaten. Andrés wollte die Gewohnheit, ins Konfektionsgeschäft zu gehen, aufgeben, aber er konnte nicht. Es war der einzige angenehme Ort, wo es ihm gut ging... Eines Oktobermorgens ging er durch die Moncloa spazieren. Er spürte diese etwas lächerliche Melancholie des Jungesellen. Eine vage Sentimentalität überschwemmte seinen Geist, als er das Land, den klaren, wolkenlosen Himmel, den türkisblauen Guadarrama betrachtete. Er dachte an Lulú und entschied sich , sie zu besuchen. Sie war seine einzige Freundin. Er kehrte nach Madrid zurück, bis zur Calle del Pez und trat in den Laden ein. Lulú war allein und putzte die Schränke mit dem Staubwedel. Andrés setzte sich an seinen Platz.
“Es geht Ihnen heute sehr gut, Sie sind sehr hübsch”, sagte Andrés.
„Was für einen Tag haben Sie denn heute, Don Andrés, dass sie so liebenswürdig sind? „Sie sehen wirklich sehr gut aus. Seit Sie hier sind, sind Sie freundlicher geworden. Vorher hatten Sie in einen sehr satirischen, sehr spöttischen Gesichtsausdruck, aber jetzt nicht, Sie setzen eine weichere Miene auf. Ich glaube, wenn Sie so mit den Müttern verkehren, die vorbeikommen, um für ihre Kinder Käppchen zu kaufen, werden Sie sich eine mütterliche Miene aufsetzen.“
„Und, Sie werden es erleben, es ist traurig, immer nur Käppchen für die Kinder anderer zu machen.“ „Würden Sie es bevorzugen, wenn sie für Ihre Kinder wären?“ „Ja, wenn es sein könnte; warum nicht? Aber ich werde nie Kinder haben. Wer wird mich schon lieben?“
„Der Apotheker des Cafes, der Oberleutnant... Sie können die Bescheidenheit beiseite lassen und auf Eroberungen ausgehen...“ „Ich?“
„Sie, ja.“
Lulú putzte die Gestelle mit dem Staubwedel weiter.
„Hassen Sie mich, Lulú?”, sagte Hurtado.

„Ja, weil Sie mir Dummheiten erzählen.“
„Geben Sie mir die Hand.“
„Die Hand?“
„Ja.“
„Nun setzen Sie sich an meine Seite.“
„An Ihre Seite?“
„Ja.“
„Nun schauen Sie mir in die Augen. Getreulich.
„Nun schaue ich Ihnen in die Augen. Gibt es noch mehr zu tun?“
„Sie glauben, dass ich Sie nicht liebe, Lulú?“
„Ja..., ein wenig..., Sie sehen, dass ich kein schlechtes Mädchen bin..., aber nicht mehr.“ „Und wenn es mehr wäre? Wenn ich Sie mit Zuneigung und Liebe lieben würde, was würden Sie mir antworten?“
„Nein, es ist nicht wahr. Sie lieben mich nicht. Sagen Sie das nicht zu mir.“
„Doch, doch, es ist wahr“, und er zog Lulús Kopf zu sich heran und küsste sie auf den Mund. Lulú errötete gewaltig, dann erbleichte sie und verdeckte ihr Gesicht mit den Händen.
„Lulú, Lulú”, sagte Andrés. “Habe ich Sie gekränkt?” Lulú stand auf und spazierte einen Moment lächelnd durch den Laden.

„Sehen Sie, Andrés, diesen Irrsinn, diese Täuschung, wie Sie die Liebe nennen, habe ich für Sie empfunden, seit ich Sie zum ersten Mal sah,.“ „Wirklich?“
„Ja, wirklich.“
„Und ich blind?“
„Ja, blind, komplett blind.“
Andrés nahm Lulús Hand zwischen die seinen und führte sie zu seinen Lippen. Die Zwei sprachen lange Zeit miteinander, bis man die Stimme von Doña Leonarda hörte.
„Ich gehe“, sagte Andrés und stand auf.
„Adiós”, rief sie aus und umarmte ihn. „Jetzt lässt du mich nie mehr los, Andrés. Wo du hingehst, nimm mich mit.“