II.- La vida nueva

A Hurtado no le preocupaban gran cosa las cuestiones de forma, y no tuvo ningún
inconveniente en casarse en la iglesia, como quería doña Leonarda. Antes de casarse llevó a Lulú a ver a su tío Iturrioz y simpatizaron. Ella le dijo a Iturrioz.
—A ver si encuentra usted para Andrés algún trabajo en que tenga que salir poco de casa, porque haciendo visitas está siempre de un humor malísimo.
Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en traducir artículos y libros para una
revista médica que publicaba al mismo tiempo obras nuevas de especialidades.

—Ahora te darán dos o tres libros en francés para traducir —le dijo Iturrioz—; pero vete aprendiendo el inglés, porque dentro de unos meses te encargarán alguna
traducción en este idioma y entonces si necesitas te ayudaré yo.

—Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho. Andrés dejó su cargo en la sociedad “La Esperanza”. Estaba deseándolo; tomó una casa en el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de Lulú.
Andrés pidió al casero que de los tres cuartos que daban a la calle le hiciera uno, y que no le empapelara el local que quedase después, sino que lo pintara de un color cualquiera.
Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor para el matrimonio. La vida en
común la harían constantemente allí.

—La gente hubiera puesto aquí la sala y el gabinete y después se hubieran ido a
dormir al sitio peor de la casa —decía Andrés. Lulú miraba estas disposiciones higiénicas como fantasías, chifladuras; tenía una palabra especial para designar las extravagancias de su marido.

—¡Qué hombre más ideático! —decía.
Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero para comprar muebles.
—¿Cuánto necesitas? —le dijo el tío.
—Poco; quiero muebles que indiquen pobreza; no pienso recibir a nadie. Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir con Lulú y con Andrés; pero éste se opuso.
—No, no —dijo Andrés—; que vaya con tu hermana y con don Prudencio. Estará
mejor.
—¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la quieres a mamá.
—Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una temperatura distinta a la de la calle. La
suegra sería una corriente de aire frío. Que no entre nadie, ni de tu familia ni de la mía.

—¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella! —decía riendo Lulú.
—No; es que no tenemos el mismo concepto de las cosas; ella cree que se debe vivir para fuera y yo no.

Lulú, después de vacilar un poco, se entendió con su antigua amiga y vecina la
Venancia y la llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que tenía cariño a Andrés y a Lulú.
—Si le preguntan por mí —le decía Andrés—, diga usted siempre que no estoy.
—Bueno, señorito.
Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su nueva ocupación de traductor. Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le daba ganas de trabajar. Ya no sentía la impresión de animal acosado, que había sido en él habitual. Por la mañana tomaba un baño y luego se ponía a traducir.
Lulú volvía de la tienda y la Venancia les servía la comida.

—Coma usted con nosotros —le decía Andrés.
—No, no.
Hubiera sido imposible convencer a la vieja de que se podía sentar a la mesa con
sus amos. Después de comer, Andrés acompañaba a Lulú a la tienda y luego volvía a trabajar en su cuarto.
Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante para vivir con lo que ganaba él,
que podían dejar la tienda; pero ella no quería.
—¿Quién sabe lo que puede ocurrir? —decía Lulú—; hay que ahorrar, hay que estar prevenidos por si acaso.
De noche aún quería Lulú trabajar algo en la máquina; pero Andrés no se lo permitía.
Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de su casa. Ahora
le asombraba cómo no había notado antes aquellas condiciones de arreglo, de orden y de economía de Lulú. Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel cuarto grande le daba la impresión de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en algún sitio lejano.
Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado y calma. En la redacción de la revista le habían prestado varios diccionarios científicos modernos e Iturrioz le dejó dos o tres de idiomas que le servían mucho.

Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que hacer traducciones, sino estudios
originales, casi siempre sobre datos y experiencias obtenidos por investigadores
extranjeros. Muchas veces se acordaba de lo que decía Fermín Ibarra; de los descubrimientos fáciles que se desprenden de los hechos anteriores sin esfuerzo. ¿Por qué no había experimentados en España cuando la experimentación para dar fruto no exigía más que dedicarse a ella? Sin duda faltaban laboratorios, talleres para seguir el proceso evolutivo de una rama de la ciencia; sobraba también un poco de sol, un poco de ignorancia y bastante de la protección del Santo Padre, que generalmente es muy útil para el alma, pero muy perjudicial para la ciencia y para la industria. Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran producido indignación y cólera, ya no le exasperaban.
Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores. ¿Podía durar esta vida tranquila?
¿Habría llegado a fuerza de ensayos a una existencia no sólo soportable, sino agradable y sensata? Su pesimismo le hacía pensar que la calma no iba a ser duradera.

—Algo va a venir el mejor día —pensaba— que va a descomponer este bello equilibrio.
Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo. Asomándose a ella el vértigo y el horror se apoderaban de su alma. Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo
a sus pies. Para Andrés todos los allegados eran enemigos; realmente la suegra, Niní, su marido, los vecinos, la portera, miraban el estado feliz del matrimonio como algo ofensivo para ellos.

—No hagas caso de lo que te digan —recomendaba Andrés a su mujer—. Un
estado de tranquilidad como el nuestro es una injuria para toda esa gente que vive en
una perpetua tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten en cuenta que han de querer envenenarnos.
—Lo tendré en cuenta —replicaba Lulú, que se burlaba de la grave recomendación
de su marido. Niní algunos domingos, por la tarde, invitaba a su hermana a ir al teatro.
—¿Andrés no quiere venir? —preguntaba Niní.
—No. Está trabajando.
—Tu marido es un erizo.
—Bueno; dejadle.
Al volver Lulú por la noche contaba a su marido lo que había visto. Andrés hacía
alguna reflexión filosófica que a Lulú le parecía muy cómica, cenaban y después de cenar paseaban los dos un momento.
En verano, salían casi todos los días al anochecer. Al concluir su trabajo, Andrés iba a buscar a Lulú a la tienda, dejaban en el mostrador a la muchacha y se marchaban a corretear por el Canalillo o la Dehesa de Amaniel.

Otras noches entraban en los cinematógrafos de Chamberí, y Andrés oía entretenido los comentarios de Lulú, que tenían esa gracia madrileña ingenua y despierta que no se parece en nada a las groserías estúpidas y amaneradas de los especialistas en madrileñismo.
Lulú le producía a Andrés grandes sorpresas; jamás hubiera supuesto que aquella muchacha, tan atrevida al parecer, fuera íntimamente de una timidez tan completa. Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo consideraba como un portento. Una noche que se les hizo tarde, al volver del Canalillo, se encontraron en un callejón sombrío, que hay cerca del abandonado cementerio de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto. Estaba ya oscuro; un farol medio caído, sujeto en la tapia del camposanto, iluminaba el camino, negro por el polvo del carbón y abierto entre dos tapias. Uno de los hombres se les acercó a pedirles limosna de una manera un tanto sospechosa.
Andrés contestó que no tenía un cuarto y sacó la llave de casa del bolsillo, que brilló como si fuera el cañón de un revólver. Los dos hombres no se atrevieron a atacarles, y Lulú y Andrés pudieron llegar a la calle de San Bernardo sin el menor tropiezo.

—¿Has tenido miedo, Lulú? —le preguntó Andrés.
—Sí; pero no mucho. Como iba contigo...
—Qué espejismo —pensó él—, mi mujer cree que soy un Hércules. Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se maravillaban de la armonía del matrimonio.
—Hemos llegado a querernos de verdad —decía Andrés—, porque no teníamos
interés en mentir.

 

II.- Das neue Leben

Die Formsache beschäftigte Hurtado nicht gross, und er war gerne bereit, in der Kirche zu heiraten, wie Doña Leonarda wollte. Bevor sie heirateten, nahm er Lulú zu einem Besuch bei seinem Onkel Iturrioz mit und sie freundeten sich an. Sie sagte zu Iturrioz:”Mal sehen, ob Sie für Andrés eine Arbeit finden, bei der er wenig aus dem aus dem Haus gehen muss, denn wenn er Besuche macht, ist er immer sehr schlecht gelaunt. Iturrioz fand die Arbeit, die darin bestand, Artikel und Bücher für eine medizinische Zeitschrift zu übersetzen, die gleichzeitig neue Fachwerke publizierte. „Jetzt werden sie dir zwei oder drei französische Bücher zum Übersetzen geben“, sagte Iturrioz zu ihm, „aber mach dich daran, Englisch zu lernen, weil sie dich innerhalb einiger Monate mit einer Übersetzung in dieser Sprache beauftragen werden und dann werde ich dir helfen, wenn du es brauchst.“ „Sehr gut. Ich bin Ihnen sehr dankbar. Andrés liess seine Stelle bei der Gesellschaft “La Esperanza”.sein. Er hatte es sich gewünscht; er nahm im Viertel von Pozas ein Haus, nicht weit von Lulús Laden entfernt. Andrés bat den Hauswirt, dass er aus den drei Zimmern, die zur Strasse hinausgingen, eines mache, und dass er das Lokal, das nachher entstehe, nicht tapeziere, sondern in irgendeiner Farbe bemale. Dieses Zimmer wäre das Schlafzimmer, das Büro, der Essraum für das Ehepaar. Das gemeinsame Leben würden sie immer dort verbringen.
„Die Leute hätten hier das Wohnzimmer und das Arbeitszimmer eingerichtet und nachher wären sie zum Schlafen an den schlechtesten Ort des Hauses gegangen“, sagte Andrés. Lulú betrachtete diese hygienischen Einrichtungen wie Fantasien, Spinnereien; sie hatte ein spezielles Wort, um die Extravaganzen ihres Ehemannes zu bezeichnen.
„Welch überaus schrulliger Mann!“, sagte sie. Andrés lieh sich von Iturrioz etwas Geld aus, um Möbel zu kaufen.
„Wieviel brauchst du?“, sagte der Onkel zu ihm. „Wenig; ich will Möbel, die auf Armut hinweisen; ich will niemanden empfangen.“ Anfänglich wollte Doña Leonarda mit Lulú und mit Andrés zusammenleben; aber dieser war dagegen.
„Nein, nicht“, sagte Andrés, „sie soll zu deiner Schwester und Don Prudencio gehen. Das wird besser sein.“
„Was für ein Heuchler! Was geschieht, ist, dass du Mama nicht willst.“
„Ah, klar. Unser Haus muss eine unterschiedliche Temperatur zu der auf der Strasse haben. Die Schwiegermutter wäre ein kalter Luftzug. Hier kommt niemand rein, weder von deiner Familie, noch von meiner.“
„Arme Mama! Was für eine Vorstellung du von ihr hast!“, sagte Lulú lachend.
„Nein, wir haben nur nicht die gleiche Vorstellung von den Dingen; sie glaubt, dass man nach aussen leben soll und ich nicht.“
Nachdem Lulú ein wenig gezögert hatte, verständigte sie sich mit ihrer alten Freundin und Nachbarin Venancia und nahm sie mit nach Hause. Sie war eine sehr treue Alte, die Andrés und Lulú gern hatte. „Wenn sie nach mir fragen“, sagte Andrés zu ihr, „sagen Sie immer, ich sei nicht hier.”
„Gut, mein Herr.“
Andrés war bereit, seine neue Beschäftigung als Übersetzer gut zu erfüllen. Jenes gelüftete, klare Zimmer, in welches die Sonne hineinschien, wo er seine Bücher, seine Papiere hatte, bereitete ihm Lust zu arbeiten. Nun fühlte er den Druck des aufdringlichen Tieres nicht, der in ihm üblich gewesen war. Morgens nahm er ein Bad und später machte er sich ans Übersetzen. Lulú kam vom Laden zurück und Venancia servierte ihnen das Essen. „Essen Sie mit uns“, sagte Andrés zu ihr.
“Nein, nein.”
Es wäre unmöglich gewesen, die Alte zu überzeugen, sich mit ihren Dienstherren an den Tisch zu setzen. Nach dem Essen begleitete Andrés Lulú zum Geschäft und später kehrte er in sein Büro zurück, um zu arbeiten. Er sagte oft zu Lulú, dass sie nun mit dem, was er verdiene, zum Leben genug hätten, dass sie den Laden aufgeben könnten, aber sie wollte nicht.
„Wer weiss, was passieren kann?“, sagte Lulú, „man muss sparen, man muss für alle Fälle vorbereitet sein.“
Lulú wollte sogar nachts noch etwas an der Maschine arbeiten, aber Andrés erlaubte es ihr nicht. Andrés war jeden Tag mehr erfreut über seine Frau, sein Leben und sein Haus. Jetzt überraschte es ihn, wie er Lulús Talente zur Einrichtung, zur Ordnung zur Sparsamkeit nicht vorher bemerken konnte. Jedes Mal arbeitete er mit mehr Freude. Jenes grosse Zimmer hinterliess bei ihm den Eindruck, nicht in einem Haus mit Nachbarn und lästigen Leuten, sondern an einem entfernten Ort auf dem Land zu sein. In der Redaktion der Zeitschrift hatte man ihm verschiedene, wissenschaftliche, moderne Wörterbücher ausgeliehen und Iturrioz überliess ihm zwei oder drei für Sprachen, die ihm sehr nützten. Schliesslich musste er nach einiger Zeit nicht nur Übersetzungen machen, sondern Originalstudien, fast immer über Daten und Experimente, die er von ausländischen Forschern erhielt. Er erinnerte sich oft daran, was Fermín Ibarra sagte; über die leichten Entdeckungen, die sich ohne Anstrengung aus den vorherigen Taten ergeben. Warum gab es in Spanien keine Erfahrungen, wenn die Forschung, um Früchte zu tragen, nicht mehr verlangte, als sich ihr zu widmen? Ohne Zweifel fehlten Labors, Werkstätten, um dem Evolutionsprozess eines Astes der Wissenschaft zu folgen; es blieb auch ein wenig Sonne übrig, ein wenig Ignoranz und genug Schutz des Heiligen Vaters, der für die Seele meistens sehr nützlich ist, aber für die Wissenschaft und für die Industrie sehr schädlich. Diese Vorstellungen, die ihm vor langer Zeit Entrüstung und Wut verursacht hätten, reizten ihn nun nicht mehr. Andrés ging es so gut, dass er Angst verspürte. Konnte dieses ruhige Leben andauern? Sollte er kraft der Experimente bei einer nicht nur eträglichen, sondern erfreulichen und vernünftigen Existenz angelangt sein? Sein Pessimismus liess ihn denken, dass die Ruhe nicht dauerhaft sein werde.
„Am besten Tag wird etwas kommen“, dachte er, „das dieses schöne Gleichgewicht zerlegen wird.“
Oft stellte er sich vor, dass es in seinem Leben ein offenes Fenster zu einem Abgrund hin gab. Näherte er sich ihm, bemächtigen sich Schwindel und Schrecken seiner Seele. Wegen irgendeiner Sache, aus irgendeinem Grund fürchtete er, dieser Abgrund könnte sich von neuem unter seinen Füssen öffnen. Für Andrés waren alle Angehörigen Feinde; tatsächlich betrachteten die Schwiegermutter, Niní, ihr Ehemann, die Nachbarn, die Pförtnerin den glücklichen Zustand der Ehe wie etwas Offensives für sie. „Hör nicht auf das, was sie dir sagen“, empfahl Andrés seiner Frau. „Ein solcher Ruhezustand wie der unsere ist Beleidigung für allle diese Leute, die in einer ständigen Tragödie von Eifersucht, Neid und Dummheiten leben. Bedenke, dass sie uns vergiften wollen.“
„Ich werde es bedenken“, antwortete Lulú, die sich über die ernste Empfehlung ihres Gatten lustig machte. Manchmal lud sie Niní sonntagabends ins Theater ein.

„Will Andrés nicht kommen?”, fragte Niní.
„Nein, er arbeitet gerade.“
„Dein Mann ist eine Kratzbürste.“
„Schon gut, lasst ihn.“
Wenn Lulú in der Nacht zurückkam, erzählte sie ihrem Mann, was sie gesehen hatte. Andrés machte eine philosophische Überlegung, die Lulú sehr komisch vorkam, sie nahmen das Nachtessen ein und nach dem Nachtessen gingen die Zwei einen Augenblick spazieren. Im Sommer gingen sie beim Einnachten fast jeden Tag hinaus. Wenn er seine Arbeit beendet hatte, holte Andrés Lulú im Laden ab, sie liessen das Mädchen hinter dem Ladentisch und sie gingen im Canalillo oder in der Dehesa de Amaniel spazieren. In anderen Nächten traten sie ins Kino von Chamberí ein und Andrés hörte Lulús Kommentaren, die diese naive und wache Madrideranmut hatten, die in nichts den stupiden und geschraubten Zoten der Madrider Wesensart glich,vergnügt zu. Lulú bereitete Andrés grosse Überraschungen; niemels hätte er angenommen, dass jene junge Frau, die so frech erschien, zuinnerst so total schüchtern wäre. Lulú hatte von ihrem Mann eine absurde Vorstellung, sie hielt ihn für ein Wunder. Eines Nachts, als sie spät vom Canalillo zurückkamen, trafen sie in einer engen, schattigen Gasse, die in der Nähe des Friedhofes Patriarcal war, mit zwei Männern von schlechtem Aussehen zusammen. Es war schon dunkel, eine halb umgekippte, an der Friedhofmauer befestigte Laterne erhellte den Weg, der vom Kohlestaub schwarz und zwischen zwei Mauern war. Einer dieser Männer näherte sich ihnen und bat in einer etwas verdächtigen Art um ein Almosen. Andrés antwortete, er habe keinen Cuarto und nahm den Schlüssel aus der Tasche, der glänzte, als wäre er ein Pistolenlauf. Die zwei Männer wagten nicht, sie anzugreifen und Lulú und Andrés konnten die Calle de San Bernardo ohne die geringste Schwierigkeit erreichen.
„Hast du Angst gehabt, Lulú?“, fragte sie Andrés.
„Ja, aber nicht viel. Da ich bei dir war…“
„Was für eine Sinnestäuschung“; dachte er, „meine Frau glaubt, ich sei ein Herkules.“ Alle Bekannten von Lulú und Andrés freuten sich über die Harmonie des Ehepaares.
„Wir haben erreicht, uns wahrhaftig zu lieben“, sagte Andrés, “weil wir kein Interesse hatten, zu lügen.