Capítulo primero

Donde se cuenta quién era Don Quijote y cómo se hizo caballero andante

Hace ya mucho tiempo, en la Mancha, región que hoy en día no es tan famosa como en otros tiempos y cuya capital es Toledo, vivía un hombre tan singular que sorprendió a todo el mundo, aunque sólo siglos más tarde, su valor será reconocido.
Yo, Miguel de Cervantes Saavedra, soy el primero en tratar de narrar su vida de manera correcta, rectificando los entuertos que se le hicieron, levantando la espada, visto que la palabra puede ser espada, en su defensa.
Hidalgo era, o sea, hijo de algo, o sea, de alguien. Lo que significa, que descendía de una estirpe que sirvió al Rey en los tiempos de la lucha contra los moros, por lo cual el Rey otorgó a dicha estirpe un pedazo de tierra. Con el paso de las décadas, la gloria de los tiempos heroicos se había ido desvaneciendo y nuestro hidalgo heredó no más que un pedazo de tierra que, a duras penas, le permitía llevar una vida muy modesta; si bien la gloria, no la había heredado. Esto había pasado a muchos hidalgos. Habiendo perdido la gloria y habiéndose quedado sólo con la pobreza y un título de hidalgo, el pueblo comenzó a reírse de la gente de esta especie y hasta la chiquillería cantaba por callejas y plazuelas

Tanto vestido blanco, tanta farola.
Y el puchero a la lumbre con agua sola.
Alirón tira del cordón si vas a Valencia.
Dónde irás amor mío sin mi licencia.

Tanto jubón de seda tantos encajes
sin tener una silla donde sentarse.
Alirón tira del cordón si vas a la Italia.
Dónde irás amor mío que yo no vaya.

Tanto reloj de oro tanta cadena
luego vas a su casa y ahí no hay cena
Alirón tira del cordón si vas a Valencia
dónde irás amor mío sin mi licencia.

Llevan los señoritos en el zapato
un letrero que dice no tengo nun cuarto
Alirón tira del cordón si vas a la Italia
Dónde irás amor mío que yo no vaya

Por no tener un cuarto para un espejo
en el cubo del agua se mira el necio
Alirón tira del cordón si vas a Valencia.
Dónde irás amor mío sin mi licencia.

En el pueblo donde vivía, había unas quince casas, otros tantos establos, un barbero y, obviamente, una iglesia. Tanto el chirriar de la veleta de la iglesia como el vestido negro del párroco no los hemos mencionado, porque está claro, que a toda iglesia le corresponde su párroco y su veleta. Ambos eran símbolos divinos, mas sólo en la medida que recordaban que Dios hizo al Hombre y le dio algo para su sustento, si bien no quedó demasiado claro para qué fue creado. El silencio más profundo reinaba al mediodía, cuando los quince campesinos y sus respectivas familias, vacas y puercos incluidos, echaban la siesta; y aún más intensa era la quietud, cuando no la hacían. Por la tarde y, a veces, también más temprano, los hombres se escapaban de sus respectivas mujeres refugiándose en la taberna, para contarse cosas que realmente no merecían mucho la pena de ser contadas.

No sabemos cómo ocurrió, pero en casa de nuestro hidalgo había una pila de libros. Lo único que podemos decir con certeza es que no los había comprado nadie. Eran libros rarísimos, amontonados en un rincón de la casa, o más bien choza, de nuestro hidalgo.
El estar cubiertos de polvo denotaba que hacía años que no habían sido abiertos. No habrían causado ningún mal, si un día no se le hubiese ocurrido a nuestro hidalgo abrir uno de ellos, aunque se debe decir, que el mero hecho de abrirlos tampoco habría hecho daño a nadie. Sin embargo, quiso la fortuna que al hojearlos llamasen su atención, por destacarse del resto los versos del texto en prosa, estos versos:

Lo que tienes en la mano
no es la vida
Lo que tienes en la mano
solo es palabra

Lo que tú vives
no es la vida
Lo que tú vives
es una parte de la vida

La vida es
el latir del corazón
La vida es
lo que te da un empujón

Lo que tienes en la mano
es palabra, es abstracción
Lo que tienes en la mano
es la vida, en abstracción

Toda la vida
no la puedes vivir
pero toda la vida
la puedes sentir

Cuando el bueno de nuestro hidalgo leyó estos versos rarísimos, incomprensibles y sin sentido alguno, tenía ya cincuenta años. Toda su vida se había dedicado, como placer único que le quedaba, a la caza y al trabajo; y con poca fortuna y menos aptitud, a cultivar su tierra. Ambas cosas le procuraban una olla de garbanzos cada día y de vez en cuando un palomino, si tenía éxito en la caza. Con sus vecinos aldeanos se llevaba más o menos bien, a pesar de que ellos se reían un poco de su comportamiento presuntuoso que carecía de todo fundamento real. De vez en cuando, incluso le aconsejaron que aprendiese a trabajar la tierra y dejase de querer pasar por un hidalgo, de estirpe ilustre, porque esto no le servía para nada.
Nada más terminar de leer estas líneas, algo se despertó en el alma de nuestro hidalgo. No sabemos si estos versos tenían para él algún sentido, lo cual dudamos; o más bien, sólo sirvieron para despertar algo que ya existía en el alma de nuestro héroe. Puede ser que, realmente, para él tuviesen un sentido claro y le hicieron comprender de pronto algo importante. Sea como fuere, rara vez algo le había emocionado y conmovido tanto, puesto que no había nada en ese pueblo que le hubiera podido despertar emoción alguna.

A pesar de sus cincuenta años seguía siendo bastante ingenuo y tanto le habían emocionado estos versos, que sintió el deseo de compartir sus emociones con otra gente. Con el libro bajo el brazo, se dirigió decidido a la taberna y mostró a sus aldeanos vecinos, que había allí a esas horas, los versos que vemos arriba. El resultado se habría podido adivinar, de no haber sido tan ingenuo como lo fue nuestro héroe. Al leer a sus paisanos los versos

La vida es
el latir del corazón
La vida es
lo que te da un empujón

sus vecinos aldeanos estallaron en carcajadas.
- Sí, sí, mi corazón late y cuando mi vaca me da un empujón en el culo late más fuerte todavía. - le dijeron muriéndose de la risa y dándole manotazos sobre el hombro.
- Ay mi hidalguito. - le decía otro - creo que con este libro tampoco aprenderás a reparar el arado ni a poner bien el yugo a los bueyes.

Ese día, la vida de nuestro héroe cambió. Al volver a casa le pareció que los libros no estaban quietos en el rincón. Le parecía que bailaban, que cantaban, que volaban, que querían salir por la ventana.
Se le antojó, que algunos de aquellos libros se acercaban a él, que se abrían y cerraban delante de sus narices, como si quisiesen contarle algo, como si estuviesen esperando que él les respondiera. Creía oír incluso cómo hablaban entre ellos, lo que le dio a entender, que había uno que quería imponerse sobre los otros dándole órdenes, que otro libro hacía un discurso en favor de la libertad y que este discurso instigó a los demás a la rebelión. Otros, se apartaron del resto y se hablaban en voz baja de cosas rarísimas: del amor, de la existencia humana, de lo infinito.
Muy a menudo las voces nombraban a alguien de quien nuestro hidalgo nunca había oído hablar antes. Tal fue el caso de Chayam, poeta de Persia, país que nuestro héroe ni siquiera sabía por dónde quedaba. Muy orgulloso, un libro incluso citó un par de versos de este Chayam:

Los enigmas de este mundo
ni tú ni yo los vamos a resolver.
Esta escritura secreta,
ni tú ni yo la vamos a leer

Quisiéramos saber
lo que detrás de este velo está;
pero cuando este velo caiga,
no seré yo, ni tú serás

De otro libro que llevaba un nombre muy rimbombante, en una lengua que sonaba como si se tratase de un español viejísimo, Summa Theologiae, salió un gordito calvo, en traje de monje que hacía un discurso sobre la Santísima Trinidad y sobre el papel que tenía Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo. Los otros libros lo escucharon un rato, pero en un momento dado, algunos de ellos comenzaron a bostezar; y los otros, poco después y contagiados, comenzaron a bostezar también.

Al poco vio nuestro héroe que de un libro delgadito en papel muy fino, abundantemente adornado con rosas y perlas y teñido de colores brillantes, salió una mujer joven, de cabellos negros, ojos como almendras, piel suave y un cuerpo esbelto; y cuya boca, al sonreír, mostraba unos dientes más blancos que la nieve. La hermosa mujer, sin el menor de los recatos, se colocó delante de este gordito, que dijo llamarse Tomás de Aquino, le dispensó una mirada dulce y lentamente se desabrochó su vestido de seda, revelando una belleza que antes sólo se podía adivinar. El gordito no sabía para donde mirar. Su discurso se convirtió en un balbuceo y cuando la mujer, con su mano fina, le acarició la mejilla, se desmayó gritando:
- ¡Aléjate diablo!
Todos los libros estallaron en carcajadas, se abrieron y cerraron como en un espasmo. De repente reinó el silencio cuando un libro preguntó:
- ¿Dónde estamos?
A lo que otro respondió:
- ¡Buena pregunta!
Los libros trataron de repasar sus vidas. Sabían dónde fueron impresos, en París algunos, en Londres, otros y bastantes vinieron de Damaskus, de El Cairo y de ciudades aun más lejanas. Algunos recordaron haber pasado varios años en estantes decentes con compañeros tan listos y divertidos como eruditos. Sabían que no siempre fueron tratados así, amontonados al azar uno encima de otro, cubiertos de polvo. Contó uno que en otro tiempo, cada día venía una chica con plumero para sacar el polvo, lo que hacía mucha gracia a este librito.
Pero todo esto no era una respuesta a la pregunta principal: ¿Dónde diablos estaban ahora?
Y de repente, un chirrido. El viento había soplado un poco más fuerte y la veleta en la torre de la iglesia, había dado media vuelta.
- ¿Acaso…?
- ¡No!
- ¡Sí!
- ¡No!
- ¡Sí!
- ¿Estamos en un pueblo perdido en la Andalucía del llanto?
- ¡No!
- ¡Sí, Señor, así parece!
- Andalucía no sé, pero que es pueblo, lo es.
- ¿Y qué hacemos aquí? ¿Nos trajeron a este sitio para hablar con las vacas y los burros?
- No seas tan arrogante. El hecho de que vivan en un pueblo no significa que sean burros.
- Ah, ¡qué gracioso el señor Sabelotodo! Esta gente nos va a utilizar para cocinar sus judías diarias. ¡Te convertirás en un pedo!
- Madre mía, ¿quién te dio vida a ti? ¡Por las palabrotas que utilizas se podría creer, que el burro eres tú!
- Calma chicos, calma. Hace ya tiempo que estamos amontonados en este rincón. Parece que el señor éste, que nos está mirando con la boca abierta, conoce nuestro valor.
- ¿Éste? ¡No más, míralo! Parece un espectro el cincuentón ése. Lo único que le interesaba hasta ahora, eran sus tierras y la caza.
- Bueno, ya es una señal que todavía no nos haya utilizado para cocinar sus lentejas.
- ¿Tú crees que se distingue de sus vecinos aldeanos?
- Pues de momento, sólo por su orgullo de hidalgo, que , dicho sea de paso, parece un poco pasado de moda.
- Bien, pero el hecho de querer pasar por un hidalgo, es también signo de que no quiere morir como un burro y ser sepultado bajo una piedra de las que hay por aquí.
- ¡Ah! Tenemos un colega muy avanzado en ciencias en nuestras filas, un psicólogo o no sé qué.
- ¡Un día la psicología será una ciencia, ya verás!
- A mí me escribió Pitágoras, no me hables de ciencias. Quédate con tus poemas de amor.
- Vaya, otro hipócrita. Te crees muy sabio por haber descubierto que A al cuadrado + B al cuadrado da C al cuadrado."
- Esta formula no la encontré yo, imbécil. Pero esas frasecillas tipo
‘De anhelos infinitos surgen / lagrimas finitas, como de una fuente débil / que van cayendo temblando / pero las fuerzas que normalmente no vemos / se revelan en estas fuentes / como lágrimas que bailan’ me tienen ya hasta las mismas narices."
- Te falta intuición.
- Sí, sí y a ti te sobra fantasía.
- Dios mío, ¡pero qué pesado eres! Es obvio que quiere pasar por hidalgo y por lo tanto, sueña con otra vida llena de aventuras. Quiere decir que no quiere morir como un burro y parece que quiere ser otra persona; si no, nos habría convertido ya en combustible para guisar un buen almuerzo."

Y así continuó la conversación, de la cual nuestro héroe no comprendió absolutamente nada. ¡Ay, si estos libros no hubiesen sido tan maliciosos! ¿Querían que se fuera de casa para que no los quemara un día? Pues, mucho más tarde, al final de esta historia verdadera, comprobaremos que por hacer lo que hicieron, sufrieron el destino que querían evitar.

Comenzó nuestro hidalgo a leer con avidez, sin sistema alguno. Aprendió que hacía tiempo, en otros lugares, había amores eternos; amores que llevaban a Dios, purificando al ser que amaba y amores que despertaban las fuerzas más nobles de valientes caballeros. Aprendió que había caballeros cuyo puño de hierro deshacía cadenas; cuya mera presencia en el campo de batalla, hacía palidecer a los ejércitos del diablo y cuya fama se propagaba como un rayo sobre la tierra, de este a oeste y de norte a sur, llenando de esperanza a los subyugados y de terror a los ejércitos del mal. ¡Ay!, si la cosa se hubiera quedado aquí, nada habría pasado.

El barbero, un vecino del hidalgo, por una razón que desconocemos, también leía de vez en cuando un libro de éstos a los que nos hemos referido. O sea no los raros como el Almagest, de un cierto Ptolemeo, lleno de fórmulas matemáticas incomprensibles con las que se podía describir el movimiento de las estrellas, ni tampoco las traducciones de Aristóteles o de Platón que fueron realizadas en la corte de Alfonso X el Sabio. Cuando no había nadie a quien cortar el cabello o afeitar, lo que casi siempre era el caso, leía libros de caballería que, si somos serios tenemos que admitir, se asemejaban todos. Lo hacía echado cómodamente en su hamaca. Y no por ello se le hubiera ocurrido deshacer personalmente entuertos de cualquier índole u olvidarse de disfrutar por la noche de un sabroso vaso de vino de la tierra, acompañado de una chuleta con patatas, si cabe más sabrosa.

El caso de nuestro héroe era distinto, los libros se burlaban de él. Si hubiese leído con un poco más de sistema, o libros que permiten ver con más claridad la realidad, como por ejemplo libros de historia, la cosa no habría sido tan grave. Pero él solo leyó los libros en los que había doncellas hermosas, caballeros andantes, dragones o ejércitos del mal, que eran aniquilados por el brazo certero de un caballero valiente, que diezmaba las filas del enemigo con la fuerza de un rayo.
Al principio los libros lo dejaron en paz, pero después, comenzaron a hablarle. Le hacían, a su parecer, mil preguntas: si le bastaba nutrirse de palabras, si no quería poner su brazo fuerte a disposición de la justa causa, si no oía los gritos de los esclavos cristianos que sufrían bajo el yugo de los moros.
La más fresca de cuantos lo acosaban a preguntas, era la doncella que ya conocemos. En una ocasión, se salió por completo del libro y acercándosele cadenciosa y sensualmente quiso saber:
- Caballero valiente - le susurró, ¿equivale un verso a un beso, a un beso de verdad? ¿Crees que en estos libros apenas liberados del polvo que los cubría, encontrarás la vida verdadera? ¿Crees que tu imaginación te ofrecerá la misma sensación que tendrías al estar a mi lado? ¿La misma satisfacción que sientes cuando ves al enemigo aniquilado postrándose delante de mí pidiéndome perdón? ¿Te aportará fama alguna seguir leyendo en tu sillón todos estos libros? ¿Resolverás de esta manera entuerto alguno?

Y algo, que hasta ahora, había dormido a escondidas en el alma de nuestro héroe, algo que apenas era visible en su fatuo comportamiento; algo, que tal vez, estaba ya en el alma de sus antecesores, los hidalgos valientes que lucharon al servicio de los Reyes Católicos contra los moros y cuyo nombre y título había heredado, se despertó. Ese algo indeterminado, invadió su cerebro, su alma, sus intestinos.
Comenzó a imaginarse lo que había más allá de las colinas de la Mancha, más allá del horizonte. Se imaginaba que allí había doncellas como la que acababa de ver, que ahí había gente que vivía en esclavitud y que sólo él podía liberar. Qué ahí había gente cuyos músculos se habían endurecido en la lucha contra los males de la tierra y comenzó a interesarse por la fuerza de sus brazos. Hasta ahora nunca se había imaginado que un día pudiese salir de su pueblo, pero ahora su pueblo se había convertido en un campo militar donde él reposaba de proezas acabadas, para salir de nuevo, deshaciendo entuertos en cualquier lugar de la Tierra en el que los subyugados, deshonrados y encadenados soñaban con el brazo fuerte de un caballero andante. Y poco a poco, un poquito más con cada libro que leía, se forjó en su mente la idea de seguir el ejemplo de los caballeros andantes de los libros.
Comenzó por inventar un nombre para su caballo, de hecho, un rocín flaco y huesudo que podría correr como máximo a la velocidad de un buey, pero jamás a la velocidad del viento, como solían hacer los caballos de los caballeros andantes. Después de habérselo pensado durante varios días, le dio el nombre de Rocinante.

Ahora, faltaba un nombre para sí mismo. Un nombre que correría por el mundo, un nombre que serviría de ejemplo para todas las generaciones futuras de caballeros andantes. ¿Pero qué nombre era digno de él? De su nombre verdadero, o más bien, falso, por ser el que heredó y no el que se forjó a sí mismo – porque verdadero sólo es, lo que forjamos con nuestra propia fuerza y no lo que se hereda – sabemos que era Quesada.
Compréndase, sin que sea necesario explicarlo, que Quesada no era nombre para un caballero andante: ¡Don Quesada de la Mancha! ¡No! De ninguna manera. Sería como Don Queso de la Leche. ¡ Necesitaba otro nombre !
Pensando y pensando durante días en un nombre digno de un caballero andante , se le ocurrió la palabra Quijote, que era el nombre que sus antepasados valientes daban a la pieza de la armadura que cubría el muslo. ¡Éste sí que era un nombre para un caballero andante!. Don Quijote de la Mancha…suena la mar de bien – se dijo.

De esta manera, entró en el mundo el caballero andante más famoso que ha conocido la Tierra. No precisamente como él, o sea, Don Quijote de la Mancha se lo había imaginado, pero igual de grande; por lo menos para la gente culta, con el corazón tierno, que ve la belleza donde otros no la perciben y que prefieren la verdad a la mentira.

Quedaba un último problema. No hay caballero andante sin doncella por la cual vive, por cuya honra lucha y delante de la cual se arrodilla. Esta dama, claro está, tenía que ser esbelta de cuerpo; cara al espejo, debía de ser reflejo de un alma noble, de finas cejas, que se fruncieran al oír cosas que nunca deben llegar a oídos tan finos y los ojos negros, se emsombrecerían, sin dejar de mirar hacia el infinito, ante cualquier comportamiento indecente. Como una estatua de mármol tenía que estar sobre su trono, símbolo de Dios, que se revela en la belleza por él creada.
¿Pero adónde podría encontrar el caballero andante Don Quijote de la Mancha a una mujer de este tipo no habiendo salido jamás de su aldea? Loco era, pero no tanto. Sabía que ninguna de las doncellas que, hasta el día de hoy había visto, se prestaba a este fin.
La hija del vecino Alonso, andaba descalza todo el día y decía todo lo que se le ocurría de manera bien clara. La sobrina del barbero, que vivía en la casa de éste después de la muerte de su madre, se divertía de cualquier forma, pero nunca como hubiera correspondido a una dama llamada a ser la señora de un caballero andante.
Ante este panorama y, como no había otra, eligió a Aldonza Lorenzo, joven labradora de una aldea cercana. A esta mujer no la había visto nunca, no obstante había oído que era hermosa, uno de los requisitos necesarios de la dama de un caballero andante. Como no sabía nada de ella, no se podía descartar que contase también con los otros atributos imprescindibles en tan alta señora. Y por la falta de otras alternativas, tampoco quería ponerlo en cuestión, todo lo contrario, quería pasarlo por alto. Por suerte, incluso en la locura se pueden tomar decisiones sensatas.

Menor problema representaban las armas, porque de éstas ya había en su casa desde el tiempo de sus bisabuelos.

Con esto tenía todo lo que hacía falta a un caballero andante: un nombre para su caballo, Rocinante; un nombre para él mismo, Don Quijote de la Mancha; una señora ante la que postrarse, la sin par Dulcinea del Toboso, así llamaba Aldonza Lorenzo; y, como no, las armas.
Pocas cosas eran, es cierto; pero pocas cosas hacían falta a un caballero andante, porque lo más importante en un caballero es contar con un corazón valiente, dispuesto a aniquilar a todo aquél que osara no ceder a su brazo fuerte. Y ese corazón le fue dado, porque su actual locura se lo otorgó.

 

Erstes Kapitel

Wo erzählt wird, wer Don Quijote war und wie er ein fahrender Ritter wurde

Vor langer Zeit lebte in der Mancha, einer Gegend, die heute nicht mehr so berühmt ist, wie sie es damals war und deren Hauptstadt Toledo ist, ein Mann, der so einzigartig war, dass er alle Welt überraschte, auch wenn sein Rang erst in späteren Zeiten anerkannt werden wird.
Ich, Miguel de Cervantes Saavedra, bin der Erste, der versuchen wird, seine Geschichte so zu erzählen, wie sie sich tatsächlich zugetragen hat, werde das Unrecht, das man ihm angetan hat, korrigieren, werde das Schwert, denn ein Schwert ist auch das Wort, zu seiner Verteidigung erheben.
Ein Sohn von etwas war er, ein Hidalgo, ein hijo de algo, Sohn von etwas, von jemand. Dies bedeutet, dass er von einer Sippe abstammte, die dem König in jener Zeit diente, als diese gegen die Araber kämpften, weshalb der König jener Sippe ein Stück Land übereignete. Im Verlaufe der Jahrzehnte, hatte sich der Ruhm dieser Zeiten aufgelöst und unser Hidalgo hatte nichts anderes geerbt, als das Stück Land, welches ihm kaum ein auch nur bescheidenes Leben ermöglichte. Den Ruhm jedoch, den hatte er nicht geerbt. So war es vielen Hidalgos ergangen. Da sie den Ruhm verloren hatten und ihnen außer der Armut und dem Titel Hidalgo nichts geblieben war, begann das Volk sich über Leute dieses Schlages lustig zu machen und sogar die Lausbuben sangen in den Gassen und auf den Plätzen.

So weiß gekleidet, so ein Glanz
und der Kessel über dem Feuer mit Wasser allein.
Alirón, zieh an der Leine, wenn du nach Valencia gehst.
Wohin wirst du gehen mein Schatz ohne meine Erlaubnis.

Soviel Leibchen aus Seide, so viele Spitzen
ohne einen Stuhl zu haben, auf den man sich setzen kann.
Alirón, zieh an der Leine, wenn du nach Italien gehst.
Wohin wirst du gehen mein Schatz, wo ich nicht auch hingehe.

Soviel Uhr aus Gold, so viel Kette
dann gehst du nach Hause und dort gibt es kein Essen.
Alirón zieh an der Leine, wenn du nach Valencia gehst.
Wohin wirst du gehen mein Schatz ohne meine Erlaubnis.

Im Schuh haben die Herrschaften ein Zettelchen
auf dem steht, ich habe keinen Pfennig.
Alirón zieh an der Strippe, wenn du nach Italien gehst.
Wohin gehst du mein Schatz, wo ich nicht auch hingehe.

Weil nicht mal ein Pfennig ist, um sich einen Spiegel
zu kaufen, in einem Wassereimer betrachtet er sich, der Trottel.
Alirón zieh an der Leine, wenn du nach Valencia gehst.
Wohin wirst du gehen mein Schatz ohne meine Erlaubnis.

Im dem Dorf, in dem er wohnte, gab es etwa fünfzehn Häuser, genau so viele Ställe, einen Barbier und natürlich eine Kirche. Weder das Quietschen des Wetterhahnes noch das schwarze Kleid des Pfarrers erwähnen wir, weil es offensichtlich ist, dass zu einer Kirche ein Pfarrer und ein Wetterhahn gehört. Beide waren göttliche Symbole, jedoch nur in dem Sinn, dass sie daran erinnerten, dass Gott den Menschen geschaffen und ihm das gegeben hatte, was er zum Leben braucht, wobei es aber unklar blieb, wozu er geschaffen wurde. Zur Mittagszeit, wenn die fünfzehn Bauern und ihre Familien, Kühe und Schweine mit eingeschlossen, ihre Siesta machten, herrschte tiefe Stille und noch tiefer war diese, wenn sie diese nicht machten. Abends, manchmal sogar noch früher, flüchteten die Männer vor ihren Frauen in die Kneipe, um sich Dinge zu erzählen, die man sich nicht unbedingt erzählen musste.

Wir wissen nicht, wie es sich zugetragen hat, aber im Haus unseres Hidalgos befand sich ein Stapel Bücher. Das Einzige, was wir mit Sicherheit sagen können, ist, dass niemand sie gekauft hatte. Es waren sehr merkwürdige Bücher, aufgehäuft in einer Ecke des Hauses, oder besser gesagt Hütte, unseres Hidalgos.

Da sie von Staub bedeckt waren, wissen wir, dass sie schon seit Jahren nicht mehr geöffnet worden waren. Sie hätten keinerlei Schaden verursacht, wenn es unserem Hidalgo nicht eines Tages eingefallen wäre, eines von ihnen zu öffnen, obgleich man sagen kann, dass die Tatsache allein, dass er sie öffnete, auch niemandem Schaden zugefügt hätte. Das Schicksal wollte jedoch, dass beim Durchblättern, die unten stehenden Verse, da sie sich vom Text in Prosa abhoben, seine Aufmerksamkeit erregten.

Was du in der Hand hältst
ist nicht das Leben
Was du in der Hand hältst
sind nichts als Worte

Was du lebst,
ist nicht das Leben
Was du lebst,
ist ein Teil des Lebens

Leben ist
das Pochen des Herzens
Leben ist das,
was dir einen Stoß versetzt

Was du in der Hand hältst,
sind Worte, Abstraktionen
Was du in der Hand hältst,
ist das Leben, in Abstraktionen

Das ganze Leben,
du kannst es nicht leben
Doch das ganze Leben,
du kannst es fühlen

Als unser Hidalgo diese höchst merkwürdigen Verse las, unverständlich und ohne Sinn, war er bereits fünfzig Jahre alt. Sein ganzes Leben hatte er sich, als einzige Freude, die ihm verblieben war, der Jagd und, mit wenig Glück und noch weniger Geschick, der Landwirtschaft gewidmet. Beides verschaffte ihm jeden Tag einen Topf voll Erbsen und manchmal, wenn seine Jagd erfolgreich war, eine Taube. Mit seinen Nachbarn aus dem Dorf vertrug er sich mehr oder weniger gut, auch wenn diese sich über sein prätentiöses Gehabe, welches jeder realen Grundlage entbehrte, lustig machten. Manchmal rieten sie ihm sogar, zu lernen, wie man die Landwirtschaft richtig betreibt und aufzuhören, als Hidalgo eines berühmten Stammes angesehen werden zu wollen, weil ihm dies nichts nütze.

Kaum hatte er die Verse gelesen, da erwachte etwas in der Seele unseres Hidalgos. Wir wissen nicht, ob diese Verse für ihn einen Sinn ergaben, wir bezweifeln es, oder ob sie nur etwas wach rüttelten, was ohnehin existierte. Vielleicht ergaben sie für ihn aber wirklich einen Sinn und machten ihm plötzlich etwas Bedeutendes klar. Sei dem wie dem sei, noch nie hatte ihn etwas so aufgewühlt und berührt wie diese Verse, weil es in dem Dorf ja auch nichts gab, was in ihm irgendein Gefühl hätte erwecken können.

Trotz seiner fünfzig Jahre war er noch immer sehr einfältig und diese Verse hatten ihn so gerührt, dass er das Bedürfnis verspürte, seine Gefühle mit anderen Menschen zu teilen. Mit dem Buch unter dem Arm ging er entschlossen zur Kneipe und zeigte seinen Dorfnachbarn, die sich zu dieser Zeit dort immer einfanden, die oben stehenden Verse. Das Resultat hätte man, wenn man nicht so einfältig ist, wie unser Held, auch erraten können. Als er seinen Nachbarn die Verse

Leben ist
das Pochen des Herzens
Leben ist das,
was dir einen Stoß versetzt

vorlas, brachen diese in schallendes Gelächter aus.

„Ja, ja, mein Herz pocht tatsächlich und wenn meine Kuh mir einen Tritt in den Arsch versetzt, dann noch stärker“, sagten sie zu ihm, starben fast vor Lachen und klopften ihm auf die Schulter.
„Oh mein kleiner Hidalgo“, sagte ein anderer zu ihm, „ich glaube mit diesem Buch lernst du auch nicht, wie man den Pflug repariert und den Ochsen das Joch richtig anlegt.“

An diesem Tag änderte sich das Leben unseres Helden. Als er nach Hause zurückkam, schien es ihm, dass die Bücher nicht ruhig in der Ecke liegen würden. Es schien ihm, als würden sie tanzen, fliegen, dass sie sich durch das Fenster davon machen wollten.

Es schien ihm, als würden sich ihm manche Bücher nähern, dass sie sich vor seiner Nase auf- und zu klappen würden, ganz so, als ob sie ihm etwas erzählen wollten, ganz so, als ob sie erwarteten, dass er ihnen antworten würde. Er glaubte sogar zu hören, wie sie untereinander sprachen, was ihn vermuten ließ, dass ein Buch sich durchsetzen wollte, ihnen Anweisungen gab, und dass ein anderes eine Rede für die Freiheit hielt, was die anderen zur Rebellion anstachelte. Andere entfernten sich von den anderen und sprachen mit leiser Stimme von höchst merkwürdigen Dingen: Von der Liebe, der menschlichen Existenz, von der Unendlichkeit.
Oft nannten sie einen Namen, von dem unser Hidalgo noch nie etwas gehört hatte. Sie sprachen zum Beispiel von Chayyam, einem Dichter aus Persien, einem Land, von dem unser Held nicht mal wusste, wo es lag. Voller Stolz zitierte ein Buch ein paar Verse von diesem Chayyam.

Die Rätsel dieser Welt
löst weder du noch ich
diese geheime Schrift
liest weder du noch ich

Wir wüssten beide gern
was jener Schleier birgt
doch wenn der Schleier fällt
bist weder du noch ich

Aus einem anderen Buch, das einen pompösen Titel trug, in einer Sprache, die so klang, als handelte es sich um eine Art von sehr altem Spanisch, Summa Theologiae, kam ein kleiner, dicker, glatzköpfiger Mann, in Mönchstracht, der einen Vortrag hielt über die Heilige Dreifaltigkeit und die Rolle, die Gott, Jesus Christus und der Heilige Geist inne hatten. Die anderen Bücher hörten ihm eine Zeit lang zu, doch irgendwann begannen einige zu gähnen und die anderen, von diesen angesteckt, taten kurze Zeit später dasselbe.

Kurz darauf sah unser Held ein schmales Büchlein aus feinem Papier, üppig mit Rosen und Perlen geschmückt und mit leuchtenden Farben gefärbt, aus dem eine junge Frau entstieg, mit schwarzen Haaren, Augen wie Mandeln, einer samtenen Haut und einem anmutigen Körper, deren Mund Zähne weißer noch als der Schnee zeigte, wenn sie lächelte. Die schöne Frau setzte sich, ohne jede Scham, vor den Dicken, der sich Thomas von Aquin nannte, warf ihm einen zärtlichen Blick zu und begann langsam, sich das Kleid aufzuknöpfen, was die Schönheit, die man bisher nur ahnen konnte, enthüllte. Der Dicke wusste nicht, wo er hinschauen sollte. Seine Rede wurde zu einem Gestammel und als die Frau mit ihrer zarten Hand über seine Wangen strich, fiel er schreiend in Ohnmacht:
„Entferne dich Teufel!“

Alle Bücher brachen in schallendes Gelächter aus, öffneten und schlossen sich wie von einem Krampf ergriffen. Tiefe Stille herrschte jedoch plötzlich, als eines der Bücher fragte:
„Wo sind wir?“
Worauf ein anderes antwortete:
„Gute Frage!“

Die Bücher versuchten, ihr Leben Revue passieren zu lassen. Sie wussten, wo sie gedruckt worden waren, einige in Paris, in London, andere, viele sogar, in Damaskus, Kairo und sogar in noch weiter entfernten Städten. Einige erinnerten sich, dass sie einige Jahre in anständigen Regalen standen, zusammen mit Kollegen, die so gewitzt und lustig wie auch gelehrt waren. Sie wussten, dass man sie nicht immer so behandelt hatte, durcheinander gewürfelt auf einen Haufen geworfen, mit Staub bedeckt. Eines erzählte, dass früher jeden Tag ein Mädchen mit einem Staubwedel gekommen sei, um den Staub wegzumachen, was unserem kleinen Buch gut gefallen hat.
Doch all dies war keine Antwort, auf die eigentliche Frage: Wo zum Teufel waren sie jetzt?

Und plötzlich ein Quietschen. Der Wind hatte ein bisschen stärker geblasen und der Wetterhahn auf dem Kirchturm hatte eine halbe Drehung gemacht.

„Nicht doch etwa...?“
„Nein!“
„Doch!“
„Nein!“
„Doch!“
„Sind wir etwa in einem verlorenen Dorf der Tränen in Andalusien?“
„Nein.“
„Doch mein Herr, so scheint es!“
„Andalusien weiß ich nicht, aber ein Dorf ist es.“
„Und was machen wir hier? Haben sie uns hierher geschleppt, damit wir uns mit den Kühen und den Eseln unterhalten?“
„Sei nicht so arrogant. Nur weil sie auf dem Dorf leben, müssen sie noch keine Esel sein.“
„Ah, ganz witzig unser Neunmalklug! Diese Leute werden uns dazu verwenden, um ihre täglichen Bohnen zuzubereiten. Du wirst dich in einen Furz verwandeln.“
„Mann, Mann, Mann, wer hat dich denn fabriziert? Deinem Wortschatz nach zu urteilen, könnte man glauben, dass du der Esel bist!“
„Ruhig Blut, ruhig Blut. Wir liegen nun schon ziemlich lang in dieser Ecke. Es sieht so aus, dass dieser Herr da, der uns mit offenem Maul anstarrt, unseren Wert kennt.“
„Der da? Schau ihn dir doch bloß an! Der fünfzigjährige Greis sieht aus wie ein Geist. Das Einzige was ihn bislang interessierte, waren seine Felder und die Jagd.“
„Gut, gut, aber dass er uns bis jetzt noch nicht dazu verwendet hat, seine Linsen zuzubereiten, ist ein Zeichen.“
„Glaubst du, dass er sich von seinen Dorfnachbarn unterscheidet?“
„Also im Moment nur dadurch, dass er stolz darauf ist, ein Hidalgo zu sein, was, nebenbei gesagt, etwas altmodisch ist.“
„Gut, aber die Tatsache, dass er ein Hidalgo sein will, ist ein Zeichen, dass er nicht wie ein Esel sterben und unter einem der Steine, die es hier gibt, begraben werden will.“
„Ah! Da haben wir ja ein in den Wissenschaften weit fortgeschrittenen Kollegen unter uns, einen Psychologen oder was weiß ich.“
„Eines Tages wird die Psychologie eine richtige Wissenschaft sein, das wirst du noch erleben!“
„Mich hat Pythagoras geschrieben, erzähl mir nichts von Wissenschaft. Bleib bei deinen Liebesgedichten.“
„Noch so ein Heuchler. Du glaubst, du bist ganz besonders schlau mit deinem A zum Quadrat plus B zum Quadrat gibt C zum Quadrat.“
„Diese Formel habe nicht ich entdeckt, Idiot. Aber Sätze wie
Aus unendlichen Sehnsüchten steigen / endliche Taten wie schwache Fontänen / die sich zeitig und zitternd neigen / Aber, die sich uns sonst verschweigen / unsere fröhlichen Kräfte - zeigen / sich in diesen tanzenden Tränen hängen mir zum Hals raus.“
„Dir fehlt Intuition.“
„Ja und du hast einen Überschuss an Phantasie.“
„Meine Güte, was bist du nervig! Es ist offensichtlich, dass er ein Hidalgo sein will und sich folglich nach einem anderen Leben, voll mit Abenteuern, sehnt. Soll heißen, er will nicht wie ein Esel sterben und er will jemand anderes sein. Wenn nicht, dann hätte er uns schon in Brennstoff für die Zubereitung eines guten Mittagessens verarbeitet.“

In diesem Stil ging die Diskussion, von der unser Held absolut nichts verstand, weiter. Wenn diese Bücher doch nur aufgehört hätten, so bösartig zu sein! Wollten sie etwa, dass er das Haus verlässt, damit er sie nicht verbrennt? Wir werden später sehen, am Ende dieser wahren Geschichte, dass dadurch, dass sie handelten, wie sie handelten, sie das Schicksal ereilte, welches sie vermeiden wollten.

Unser Held begann gierig zu lesen, ohne jedes System. Er erfuhr, dass es vor langer Zeit, an einem anderen Ort, Liebe gab, die ewig währte, eine Liebe, die zu Gott führte, die denjenigen, der liebte, reinigte und die edelsten Kräfte der fahrenden Ritter wachrief. Er erfuhr, dass es fahrende Ritter gab, deren stählerne Faust Ketten sprengte, deren Erscheinen auf dem Schlachtfeld ausreichte, um die Heere des Teufels erblassen zu lassen und deren Ruhm sich wie ein Blitz über die Erde verbreitete, von Osten nach Westen und von Norden nach Süden. Den Geknechteten gaben sie Hoffnung, die Heere der Finsternis erfüllten sie mit Schrecken. Oh, wenn es doch nur dabei geblieben wäre, dann wäre nichts passiert.

Der Barbier, ein Nachbar des Hidalgos, las, aus Gründen, die wir nicht kennen, ebenfalls diese Art Bücher, von denen wir gerade gesprochen haben. Also nicht die Merkwürdigen, wie etwa den Almagest von Ptolemäus, angefüllt mit unverständlichen mathematischen Formeln, mit denen man die Bewegung der Sterne beschreiben konnte, auch nicht die Übersetzungen von Aristoteles oder Platon, die am Hofe Alfons X, des Weisen, erstellt worden waren. Wenn es niemandem gab, dem er das Haar schneiden oder den er rasieren konnte, was fast immer der Fall war, dann las er Bücher über die fahrenden Ritter, die, wenn wir ehrlich sind, müssen wir dies zugeben, sich alle ähnelten. Dies tat er bequem ausgestreckt in seiner Hängematte. Doch wäre es ihm deswegen nie in den Sinn gekommen, persönlich irgendwelches Unrecht zu rächen oder abends sein leckeres Glas Landwein, begleitet von einem, wenn möglich, noch schmackhafteren Kotelett mit Kartoffeln, zu vergessen.

Der Fall unseres Helden war anders. Die Bücher machten sich über ihn lustig. Hätte er ein bisschen systematischer gelesen, oder Bücher, die es erlauben, die Realität deutlicher zu sehen, wie zum Beispiel Geschichtsbücher, dann wäre alles nicht so schlimm gewesen. Doch er las nur die Bücher, wo es wunderschöne Jungfrauen gab, Drachen oder Heere der Finsternis, die vom starken Arm eines tapferen Ritters, der die Reihen des Feindes mit der Kraft eines Blitzes dezimierte, vernichtet wurden.

Anfangs ließen ihn die Bücher ihn Ruhe, doch dann begannen sie mit ihm zu sprechen. Es schien ihm, als würden sie ihm tausend Fragen stellen: Ob es ihm reichen würde, sich von Wörtern zu ernähren, ob er seinen starken Arm nicht der gerechten Sache zur Verfügung stellen wolle, ob er denn die Schreie der christlichen Sklaven, die unter dem Joch der Araber litten, nicht höre.

Die Frechste von denen, die ihm mit diesen Fragen zusetzten, war die junge Frau, die wir schon kennen. Einmal entstieg sie vollkommen dem Buch, näherte sich ihm mit aufreizenden Bewegungen und fragte ihn mit sinnlichem Tonfall:
„Mutiger Ritter,“ flüsterte sie, „ist denn ein Vers so schön wie ein Kuss, wie ein wirklicher Kuss? Glaubst du, dass du in diesen Büchern, die bis vor kurzem noch ganz mit Staub bedeckt waren, das wahre Leben findest? Glaubst du, dass dir deine Einbildungskraft denselben Genuss verschafft, den du fühlst, wenn du an meiner Seite bist? Dieselbe Zufriedenheit, die du fühlst, wenn der vernichtende Feind zu meinen Füßen um Gnade fleht? Wirst du Ruhm erlangen, wenn du weiterhin in deinem Sessel all diese Bücher liest? Wirst du auf diese Art irgendein Unrecht rächen?“

Und da erwachte etwas in ihm, etwas, das bis jetzt in seiner Seele geschlummert hatte, etwas, das in seinem eitlen Benehmen kaum zu erkennen war, etwas, das vielleicht schon in der Seele seiner Ahnen existiert hatte, die in Diensten der Katholischen Könige gegen die Araber kämpften und deren Namen er geerbt hatte. Dieses unbestimmte Etwas durchströmte sein Hirn, seine Seele und seine Eingeweide.

Er begann sich vorzustellen, was es jenseits der Hügel von La Mancha gab, jenseits des Horizontes. Er stellte sich vor, dass es dort junge Frauen gäbe, wie die, die er gerade gesehen hatte, dass es dort Menschen gäbe, die in der Sklaverei lebten und die nur er befreien konnte. Dass es dort Menschen gäbe, deren Muskeln im Kampf gegen das Böse in der Welt gestärkt worden waren. Er begann, sich für die Stärke seiner Arme zu interessieren. Bis jetzt hatte er sich noch nie mit dem Gedanken beschäftigt, eines Tages sein Dorf zu verlassen, doch jetzt war sein Dorf ein Militärlager geworden, wo er sich von beendeten Heldentaten ausruhte, um wieder aufzubrechen und das Unrecht in jedem Winkel der Erde, wo die Geknechteten, Entehrten und in Ketten Liegenden, vom starken Arm eines fahrenden Ritters träumten, zu bekämpfen. Und nach und nach, mit jedem Buch, das er las, ein wenig mehr, formte sich in seinem Geist die Vorstellung, dem Beispiel der fahrenden Ritter der Bücher zu folgen.

Er begann, sich einen Namen für sein Pferd auszudenken, eigentlich ein alter magerer, knochiger Klepper, der höchstens so schnell wie ein Ochse lief, doch nie so schnell, wie der Wind, wie es die Pferde der fahrenden Ritter zu tun pflegten. Nachdem er mehrere Tage darüber nachgedacht hatte, gab er ihm den Namen Rocinante.

Nun fehlte noch ein Name für ihn selbst. Ein Name, der um die Welt gehen würde, ein Name, der allen zukünftigen Generationen von fahrenden Rittern Beispiel sein sollte. Doch welcher Name war seiner würdig? Wir wissen, dass sein wirklicher Name, beziehungsweise sein falscher Name, denn diesen hatte er nur geerbt und sich nicht selbst geschmiedet, und wahr ist nur, was wir selber schmieden und nicht das, was wir erben, Quesada, der Käsige, war.

Verstehen Sie, das muss man gar nicht weiter erklären, dass Käsige kein Name für einen fahrenden Ritter sein konnte. Don Käsige von la Mancha! Nein! Auf keinen Fall. Das wäre wie Don Käsige von der Milch. Er brauchte einen anderen Namen!

Tage und Tage über der Frage brütend, was ein, einem fahrenden Ritter würdiger Name sein könnte, fiel ihm das Wort Quijote ein. So bezeichneten seine mutigen Vorfahren das Stück der Rüstung, das den Schenkel schützte. Das war ein Name für einen fahrenden Ritter! Don Quijote de la Mancha... das klingt wunderbar, sagte er zu sich.

Auf diese Art und Weise betrat der berühmteste fahrende Ritter, den die Welt jemals kennen gelernt hatte, die Bühne. Nicht genau so, wie er, Don Quijote de la Mancha, sich das vorgestellt hatte, doch gleich an Größe, zumindest für jene Gebildeten mit einem sanften Herzen, die die Schönheit dort sehen, wo andere sie nicht sehen, und die die Wahrheit der Lüge vorziehen.

Ein Problem gab es noch. Es gibt keine fahrenden Ritter, ohne eine Jungfrau, für die er lebt, für deren Ehre er kämpft und vor der er kniet. Diese Dame, das ist klar, musste von graziler Gestalt sein, ihr Spiegelbild Ausdruck einer erhabenen Seele, feine Augenbrauen, die sich zusammenzogen, wenn Dinge an ihr Ohr gelangten, die solch feine Ohren nicht erreichen durften und schwarze Augen, die sich verdunkelten und in die Ferne schweiften, wenn sie einem ungebührlichen Benehmen beiwohnten. Wie ein Statue aus Marmor musste sie ruhen auf ihrem Thron, Symbol Gottes, der sich in der Schönheit offenbart, die er geschaffen hatte.

Doch wo konnte der fahrende Ritter Don Quijote de la Mancha eine solche Frau finden, wo er doch sein Dorf nie verlassen hatte? Er war verrückt, aber doch nicht dermaßen. Er wusste, dass keine der Jungfrauen, die er bis zu diesem Tag gesehen hatte, sich für diesen Zweck eignete.

Die Tochter des Nachbarn Alonso ging den ganzen Tag barfuß und sagte alles, was ihr in den Sinn kam, in unmissverständlich klarer Weise. Die Nichte des Barbiers, die in dessen Haus wohnte, nachdem ihre Mutter gestorben war, vergnügte sich in jeder erdenklichen Art und Weise, doch nie so, wie es einer Jungfrau geziemte, die die Herrin eines fahrenden Ritters ist.

In dieser Situation, und da es keine andere gab, erwählte er Aldonza Lorenzo, eine junge Arbeiterin aus einem Nachbardorf. Diese Frau hatte er er nie gesehen, doch hatte er gehört, dass sie sehr schön sei, was ja eine der Voraussetzungen war, die die Dame eines fahrenden Ritters erfüllen musste. Da er nichts von ihr wusste, konnte er auch nicht ausschließen, dass sie auch die anderen Eigenschaften besäße, die für eine solch edle Dame unabdingbar waren und da es auch keine Alternativen gab, wollte er es auch nicht hinterfragen, er wollte vielmehr, über diesen Punkt hinweggehen, denn glücklicherweise gibt es auch im Wahnsinn noch weise Entscheidungen.

Ein geringeres Problem waren die Waffen, denn von diesen gab es seit der Zeit seiner Urahnen viele in seinem Haus.

Damit hatte er dann alles, was ein fahrender Ritter brauchte. Einen Namen für sein Pferd, Rocinante, einen Namen für sich selbst, Don Quijote de la Mancha und eine Herrin, vor der er niederknien konnte, die unvergleichliche Dulcinea del Toboso, so nannte er Aldonza Lorenzo, und selbstverständlich die Waffen.
Wahrlich, das war nicht viel, doch ein fahrender Ritter brauchte auch nicht viel, denn das Wichtigste für einen fahrenden Ritter ist sein mutiges Herz, das bereit ist, jeden zu vernichten, der seinem starken Arm nicht weichen will. Und dieses mutige Herz hatte er, weil sein Wahnsinn ihm dieses gab.