Capitulo segundo

Que trata de la primera salida de Don Quijote de su aldea

Desde que los libros le habían enseñado que otra vida era posible, sus vecinos aldeanos no habían vuelto a ver a nuestro caballero andante Don Quijote de la Mancha. Y a partir de ese día, un abismo separaba a éste de aquéllos.
Se podría haber dicho que el abismo que lo separaba de sus vecinos era el mismo que aquél que distancia al poeta de su entorno. Pero no, no era así. Lo que le separaba de sus vecinos aldeanos era el mismo abismo que separa al loco del cuerdo. Sí, para qué negar lo que es obvio, Don Quijote se había vuelto loco.
Un poeta ve las bellezas de la realidad, allí donde nadie las ve, pero Don Quijote ya no veía la realidad, sino que cambió la realidad por sus visiones. Éstas eran más interesantes para él que la realidad, mas sin conexión alguna con ella. Sin embargo ambos, este loco especial y el poeta, tenían algo en común: no soportan la realidad tal como es.
Imaginemos por un instante qué habría sido de nuestro caballero andante, si los moros hubiesen amenazado su aldea como amenazaron antaño los cinco reinos cristianos; o si esta aldea hubiese estado asediada por los ejércitos del mal plagados de soldados feroces y sin clemencia. Seguramente, el pueblo habría esperado que viniera un segundo Cid Campeador que , con su brazo valiente, amendrentase al invasor, un Cid Campeador cuya espada resplandecía cuando la levantaba hacia el cielo, dejando las filas del enemigo pasmadas de terror. En tiempos heroicos habría vivido, sí . Grandes y hermosas habrían sido sus gestas y la realidad se habría correspondido con su corazón valiente escondido durante cincuenta años como un león en una cueva oscura.

¡Ay, qué tiempos vivimos! Con América descubierta y conquistada, con los moros fuera de España y los turcos cuasi vencidos - aunque cinco décadas después atacarían la tierra de nuestro Señor Jesucristo -, sin Papa alguno que llamara a la reconquista de Jerusalén, ¿qué hacer con un corazón tan grande en tiempos tan banales?, ¿cómo hacerse famoso y ser adorado por doncellas a quienes, en medio de la batalla, se escribiera un verso para recitárselo de rodillas una vez vencido el enemigo?

Dama mía, estrella que me guía.
Mi brazo ya fuerte, más fuerte se hizo
cuando en medio de la batalla, vi su ojo

 

¿Cómo perseguir la gloria detrás de un arado, trabajando la tierra? ¡Ay, tiempos dorados aquéllos en los que la gloria podía perseguirse! La base de toda poesía son estos tiempos grandiosos; de ellos, se nutren los poemas. Jamás se habría escrito El Cantar del Mio Cid, si el Cid no hubiese vivido.

¿Y tú ,estúpido lector mío, con tu corazón de conejo? Tú, te alegras de que América ya esté descubierta, de que los moros estén vencidos, de que los turcos estén lejos y de que el Papa sea un completo haragán. A ti te bastan los poemas que te hacen un poco de cosquillas. ¿No te das cuenta de que detrás de todo poema hay una historia verdadera?
Volvamos a la pregunta del principio. ¿Por qué viniste? ¿Acaso tu corazón de conejo tiene anhelos que busca satisfacer en los libros? ¿Tan doncella eres, burro, que quieres suspirar leyendo un poema? ¿Tu corazoncito de conejo quiere ser sentido?
Bueno, lector estúpido, yo te conozco, Miguel de Cervantes soy, apogeo del ingenio español, a mí no me vas a contar tonterías. Esto de sentir el deseo de suspirar, el deseo de descubrir fibras más íntimas en tu alma, es, refiriéndose a ti, una chorrada; porque en ese pedazo de carne que es tu alma, no hay ninguna fibra íntima, desconocida, que un poeta pudiese hacer sonar como un músico hace vibrar las cuerdas de su instrumento. Para que tu alma se emocione y se ablande hay que tratarla como el carnicero trata la carne, con golpes fuertes y duros. Tú -yo lo sé bien- viniste por las emociones fuertes. Te gusta oír que el Señor Quesada se cayó de su caballo, que le dieron una fuerte paliza. Te gusta oír hablar de su comportamiento grotesco.

¡Ay qué tiempos son éstos! ¡El regocijo de España es éste!

¿Podemos, como nuestra única esperanza, ver en estos anhelos del alma carnosa algo que se asemeje a un ser humano? ¿Te asemejas tú un poco al señor Quesada? ¿Sientes el deseo de no vivir sólo una vida, sino varias?, ¿sientes que llevas varias vidas dentro de ti, pero que sólo puedes vivir una? ¿Hay acaso en esa alma carnosa melodías que quieren cantar, llegar a la luz del día? ¿Melodías de las cuales sólo oyes un vago rumor porque no concuerdan con el ritmo fuerte de la única vida que vives?
¿Estás fascinado por el caballero andante Don Quijote de la Mancha porque en lo más íntimo de tu ser, si estas palabras tienen sentido alguno en relación a un pedazo de carne, lo comprendes? ¿Lo comprendes a pesar de que no lo sabes? ¿Has soñado alguna vez ser otra persona, pese a que ni siquiera a ti mismo te lo confesaste? ¿Es cierto lo que dijo el poeta?

En la locura del individuo
se revela la verdad del género.

¡Ay, cómo quisiera yo que así fuera para mi Patria! Que la fascinación por la locura del caballero andante Don Quijote de la Mancha no fuese sólo el alborozo por las desgracias ajenas.

Los hechos ocurridos en la primera salida de Don Quijote de la Mancha pueden contarse rápidamente. Esto vale, si tomamos como hechos lo que vemos, aunque todos sabemos que hay diferentes puntos de vista. El que ve, ve lo que ve y lo que ve es una impresión muy fuerte. Si bien para el que es visto, es mucho más importante lo que piensa; y lo que vemos, es el resultado de lo que la persona vista piensa. En este sentido, lo que pensaba Don Quijote o más bien dicho lo que fantaseaba, es más importante de lo que nosotros vemos.
Pero en cuanto a la primera salida de Don Quijote se refiere, todo esto no tiene importancia ninguna, porque nadie lo veía.

Un día, al amanecer, montó su caballo, Rocinante como ya sabemos, tomó su lanza y su adarga, se puso el yelmo y se dejó guiar por el rocín. En otras palabras, dejó las riendas sueltas y Rocinante andaba por donde quería lo que, dado que por todas partes había entuertos que enderezar, era la mejor opción. Lo que pasó desde el amanecer hasta el anochecer no lo sabemos, porque nadie había visto a Don Quijote durante todo el día, sin embargo podemos sacar un par de conclusiones.
La primera y más importante era que su locura era definitiva y sin remedio, porque de no ser así, si se hubiese tratado sólo de un antojo, el hambre, el calor y el cansancio lo habrían incitado a volver a casa. Pero no fue así. Su locura era tal, que no dudaba ni un segundo de su misión y no se le ocurrió en ningún momento volver a casa. De esto no cabe duda.
Lo que no sabemos a ciencia cierta, es si era feliz o no. En cuanto a esto se refiere dependemos de conjeturas. Ya sabemos que hay locos de todo tipo. Algunos que siempre ríen, que son tranquilos y que, en general, no molestan a nadie. Otros en cambio gritan, están desesperados, agresivos. Los locos no se distinguen, por lo tanto, mucho de la gente que comunmente llamamos normal. La diferencia más grande es obviamente que los locos siempre son una minoría, pero la felicidad no depende de estar loco o no.
Pero todo esto no da respuesta alguna a la pregunta que nos toca responder. ¿Era feliz Don Quijote mientras cabalgaba sobre Rocinante sin destino preciso, sufriendo hambre, calor y cansancio? Nosotros creemos que sí, porque poseía fantasía y la fantasía más abundante florece cuando la razón no le impone límite alguno; y por lo que a Don Quijote se refiere, la razón ya no imponía límites, porque estaba ausente. Y más todavía, todo lo que su fantasía le pintó, para él era realidad y ¿qué hay más gratificante, que una realidad que uno puede formarse a su gusto? En este caso la felicidad depende exclusivamente de la fantasía y cuanto más deleites ofrece, más grande es el placer. En esto se distingue un loco feliz de uno infeliz. En ambos casos la realidad ya no es ningún obstáculo para la felicidad, pero un loco que carece de fantasía no podrá pintar la realidad a su gusto y mucho menos pintar una realidad que corresponda a los anhelos más íntimos de su alma. Además incluso un loco, para pintar una realidad que corresponda a todos los anhelos de su corazón, los más íntimos incluidos, necesitará ejemplos, porque sólo conociendo todas las bellezas posibles, se podrá elegir las que a uno le corresponden.
Vemos por tanto, que no basta estar loco y tampoco basta estar dotado de fantasía, estas dos cosas son las más fáciles de conseguir. Un loco feliz también tiene que conocer todas las bellezas del mundo.
De las bellezas que conocía Don Quijote estamos perfectamente informados. Hasta los cincuenta años no conocía ninguna, porque para encontrar bellezas en su aldea habría debido ser un poeta o tener un talento que no poseía. Nada había a su alrededor que hubiese podido despertar las bellezas en su corazón, al igual que una semilla no se convertirá jamás en flor si carece de agua. Sólo los poetas pueden hacer que la tierra florezca por su propia fuerza; y no cabe realmente ninguna duda, de que poeta, el señor Quesada, no era. Pero lo sabemos por otros autores que aun teniendo menos experiencia que yo, Miguel Cervantes Saavedra, apogeo del ingenio español, pudieron aportar una serie de datos que nos permiten a nosotros ahora dar una imagen completa de nuestro personaje. Sabemos que todas las bellezas que poseían su locura y su fantasía, las había sacado de los libros de caballería, porque otro tipo de libros no leía. Mas éstos, los había leído con toda la atención que se merecían. Al ser inexperto, al principio se había sentido atraído por las bellezas simples tales como: caballeros que deshacen las cadenas de los esclavos, la descripción de espadas con fuerzas ocultas, caballeros que poseían fuerzas sobrenaturales y todas esas cosas que, incluso hoy día, fascinan también a los niños, cuyos juegos de vez en cuando se asemejan a un Don Quijote delirante, porque la razón a esa edad no impone todavía límites a la fantasía. Si hubiese leído más y más variado, habría podido captar cosas más sutiles, como la última mirada de la doncella al despedirse del caballero que, blandiendo su espada y poniendo la otra mano sobre su corazón, partiría a combatir contra el ejército del enemigo feroz, cruel y bárbaro; o la amistad entre dos caballeros que, habiéndose jurado luchar el uno para el otro hasta la muerte, consiguiesen liberarse en común esfuerzo de doscientos sarracenos cuya maldad no estaba al tanto de sus fuerzas y cuya bravura no pudo resistir el valor de dos caballeros unidos por tal juramiento.
De la inteligencia como condición de la felicidad de un loco no hemos hablado aún porque no es de suma importancia, si bien tampoco se puede afirmar que carezca de ella. La fantasía de Don Quijote, montado en Rocinante y cabalgando según el gusto de su caballo por la Mancha, se nutría de todos los pormenores y detalles que hubo leído en los libros, porque su cerebro lo había almacenado todo. Al igual que los rubíes, las perlas, los anillos y los collares del tesoro del Rey adornan a la principesa, estos detalles adornaron sus fantasías en las cuales, la realidad no resistía de ninguna manera.
Podemos por lo tanto decir, aunque no esté comprobado de manera que pueda satisfacer plenamente a un historiador con sentido científico riguroso, que a pesar del hambre, el cansancio y el calor, Don Quijote era feliz en su primera cabalgadura por las tierras de la Mancha, a pesar de que en esta primera salida todavía no tenía compañía. Podemos incluso decir que las catorce horas entre el amanecer y el anochecer se le pasaron como si hubiesen sido cinco minutos y no catorce horas.

En cuanto a Rocinante se refiere, el caso era muy distinto. Rocinante, obviamente, habría preferido quedarse en su establo, o más bien dicho, entre los dos muros cubiertos de paja que servían de establo, delante de un sabroso montón de heno y un balde de agua. Lo que realmente sintió no lo sabemos pero suponemos, sin realmente saberlo, que no poseía nada que le permitiera ser feliz en estas condiciones. Primero, no era un loco. Pero incluso si lo hubiese sido , esto por lo menos suponemos sin saberlo, le faltaba todo para ser un loco feliz; es decir, la fantasía y la inteligencia apropiada que suministrara el material necesario a la fantasía.
Admitimos que no lo sabemos. Si tan difícil es y tanto rigor científico requiere escudriñar las condiciones de la felicidad de un loco semejante a nosotros, tanto más difícil es penetrar en el alma de un equino.

Después de un día pasado encima de un caballo, experiencia que hasta aquel día no había conocido y siendo feliz, como científicamente se ha podido demostrar, vislumbró a lo lejos una taberna que se presentaba ante él, producto de una fantasía ricamente nutrida y no habiendo razón alguna que le impiediese modificar la realidad, como un castillo.
Para completar nuestro estudio científico y a fin de que el lector vea que una tesis correcta se corrobora en los detalles, le vamos a decir que en su fantasía bien nutrida de todo aquello que su inteligencia había almacenado, no sólo vio en la taberna un castillo sino que también tomó en las manos las riendas de Rocinante para que se frenara, porque cuando un caballero andante se aproximaba a los castillos, solían salir enanos a darles la bienvenida. Este momento era crítico, porque la transformación de la realidad según las exigencias de la fantasía solamente es posible si el papel de la realidad es completamente pasivo. Si las exigencias de la fantasía son tales que el papel de la realidad es activo, puede haber conflictos. Pero no es nada grave; y esto hace que el comportamiento de la mayoría y el de la minoría, o sea el de los locos, no sea tan distinto. La mayoría, ante un cambio brusco de la realidad, reacciona con un cambio de su comportamiento mientras los locos, se adaptan a estos cambios modificando sus fantasías o explicándose estos cambios a través de razones fantásticas.
Al ver Don Quijote que no venía ningún enano a darle la bienvenida, lo atribuyó al hecho de que el enano estaba ocupado en rendir pleitesía a las dos damas que vio delante de este castillo. Estas dos damas revelaron otra característica de la locura. Hemos dicho hasta ahora que la locura, nutrida de los detalles que la inteligencia haya almacenado con el tiempo, transforma la realidad a su gusto, no encontrando los obstáculos que impone normalmente la razón. Pero aquí tenemos un caso especial. Oyéndose llamar “damas” por Don Quijote, las doncellas rompieron a reír, lo que fastidió bastante a nuestro caballero porque le pareció un comportamiento inadecuado para dos damas, de lo que podemos deducir que no eran damas en absoluto y que tampoco querían serlo. Esto significa que en este caso la fantasía reveló la realidad y no la escondió.
Pero todo esto, a lo mejor, no es lo que realmente nos inquieta. Lo que realmente nos inquieta es el alto grado de similitud entre la mayoría y la minoría. Y ambas partes están igual de lejos del poeta, o sea, de la belleza.
Vio e interpretó Don Quijote, según el sistema fantástico que se había forjado en su mente leyendo los libros de caballería. Y esta mente transformó a estas dos chicas, graciosas a lo mejor para un poeta, en sendas damas.

¿Pero se distingue esta locura realmente de la manera en la que la mayoría ve la realidad? ¿Qué habría dicho el párroco de la aldea o el barbero vecino del señor Quesada al ver a estas dos mujeres, que acogieron los placeres con una sonrisa como si fueran flores que se encuentran a la vera del camino sin preguntarse si las plantó Dios o el mismo diablo? Con un razonamiento que se asemeja bastante a la locura de Don Quijote las habrían condenado por ver la realidad a través de un razonamiento loco.
Sólo el poeta, y no un simple hombre como el señor Quesada o el párroco, habría sido capaz de ver la pura realidad, sin que ni sombra de locura o razonamiento la ofuscara. Habría visto sus pies descalzos, que gozaban del contacto con la tierra, la malicia y el duende en aquellos ojos negros. Habría visto cómo echaron la cabeza hacia atrás cuando estallaron en una carcajada, el enternecerse de sus ojos y la sonrisa amable al comprobar que delante de ellas había un loco que quería pasar por caballero andante y que a pesar de su locura era divertido.
Cuando el sentido práctico de las dos chicas, característico en gente que poco juzga y mucho vive, les hizo entender con qué tipo de persona estaban, empezaron a tratarle como caballero andante y se comportaron como dos doncellas de castillo. Le ayudaron a salir de su armadura y le hicieron compañía cuando Don Quijote se sentó a cenar.
La taberna le ofreció muy poco pero, a pesar de estar medio podrida, era la cena más sabrosa que Don Quijote de la Mancha jamás había comido porque era la primera vez que comía en compañía de dos esbeltas damas de castillo. Al levantar el vaso de vino que sabía a vinagre, pasó un porquero con una especie de trompeta que le servía para llamar a sus puercos. De esta manera en el castillo también había música en honor al caballero andante Don Quijote de la Mancha.

Así se acabó el primer día de la primera salida de Don Quijote y no hay otra cosa que merezca ser contada, pues el sueño de un loco no se distingue del sueño de los sensatos.

 

Zweites Kapitel

Das vom ersten Aufbruch Don Quijotes aus seinem Dorf handelt

Seit die Bücher ihn gelehrt hatten, dass ein anderes Leben möglich war, hatten seine Dorfnachbarn unseren fahrenden Ritter Don Quijote de la Mancha nicht mehr wiedergesehen und seit diesem Tag, trennte ihn ein Abgrund von jenen.
Man hätte sagen können, dass der Abgrund, der ihn von seinen Nachbarn trennte, derselbe wäre wie jener, die den Dichter von seiner Umgebung trennt, doch so war es nicht. Was ihn von seinen Dorfnachbarn trennte, war derselbe Abgrund, der den Verrückten vom Verständigen trennt. Ja, so war es, warum lange darum herumreden, Don Quijote war wahnsinnig geworden.

Ein Dichter sieht die Schönheiten der Realität da, wo sie keiner sieht, aber Don Quijote sah die Wirklichkeit gar nicht mehr, sondern ersetzte sie durch seine Visionen, die interessanter waren als die Realität, aber ohne jede Beziehung zu dieser. Beide jedoch, dieser bestimmte Verrückte und der Dichter, haben eines gemeinsam: Sie ertragen die Welt nicht so, wie sie ist.

Stellen wir uns nur für einen Moment vor, was aus unserem fahrenden Ritter geworden wäre, wenn die Araber sein Dorf bedroht hätten, wie sie früher die fünf christlichen Königreiche bedroht hatten, oder wenn sein Dorf von den Heeren der Finsternis, wo es von grausamen Soldaten ohne Erbarmen nur so wimmelte, belagert worden wäre. Dann hätte sich das Dorf sicher gewünscht, dass ein zweiter Cid Campeador käme, dessen Schwert funkelte, wenn er es zum Himmel erhob und so die Reihen des Feindes vor Entsetzen erstarren ließ. Dann hätte er in heroischen Zeiten gelebt, ja, groß und schön wären seine Taten gewesen und die Realität hätte seinem mutigen Herzen entsprochen, das seit fünfzig Jahren wie ein Löwe in einer dunklen Höhle hauste.

Oh in was für Zeiten leben wir! Nachdem Amerika entdeckt und erobert worden war, die Araber aus Spanien vertrieben waren und die Türken besiegt, auch wenn sie fünf Jahrzehnte später das Reich unseres Herrn Jesus Christus wieder angreifen würden, ohne einen Papst, der zur Wiedereroberung Jerusalems aufrief, was sollte man da mit einem so großen Herzen machen? Wie sollte man berühmt werden und von den Jungfrauen bewundert, denen man inmitten der Schlacht Verse schrieb, um sie dann, vor ihr kniend, nachdem der Feind besiegt ist, zu rezitieren?

Dame meines Herzens, Stern der mich leitet.
Stärker noch wurde mein starker Arm
als inmitten der Schlacht, ich Ihr Auge sah.

Wie sollte man hinter einem Pflug hergehend, den Acker pflügend, Ruhm erwerben? Goldene Zeiten waren das, in denen man noch nach Ruhm streben konnte! Grundlage aller Dichtung sind diese Zeiten, aus diesen Zeiten nährt sich die Dichtung. Nie wäre der Gesang El Cantar de mio Cid geschrieben worden, wenn der Cid nicht gelebt hätte.

Und du, mein trotteliger Leser, mit deinem Hasenherzen? Du freust dich, dass Amerika schon entdeckt ist, dass die Araber besiegt sind, die Türken in weiter Ferne, und dass der Papst ein Faulpelz ist. Dir reichen die Gedichte, die dich ein bisschen kitzeln. Merkst du nicht, dass hinter jedem Gedicht eine wahre Geschichte steckt?

Kehren wir zu der Eingangsfrage zurück. Warum bist du gekommen? Ist dein Hasenherz etwa von Sehnsüchten erfüllt, die es in den Büchern stillen möchte? Bist du etwa so sehr Mädchen, du Esel, dass du bei der Lektüre eines Gedichtes seufzen willst? Möchte dein Hasenherzchen gespürt werden?

Gut gut, mein trotteliger Leser, ich kenne dich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Genies, mir wirst du keinen Schwachsinn erzählen. Was das Bedürfnis zu seufzen angeht, die innigeren Saiten deiner Seele zu spüren, so ist dies, wenn man es auf dich bezieht, ein Schwachsinn, weil es in diesem Stück Fleisch, das deine Seele ist, keine innigen, unbekannten Saiten gibt, die ein Dichter zum Erklingen bringen könnte, wie der Musiker die Saiten seines Instrumentes. Damit deine Seele gerührt wird, muss man sie behandeln, wie der Metzger ein Stück Fleisch behandelt, mit schweren und harten Schlägen. Du, ich weiß das, bist wegen der starken Gefühle gekommen. Dir gefällt es zu hören, wie der Herr Quesada von seinem Pferd fiel, wie man ihm eine ordentliche Tracht Prügel verabreichte. Dir gefällt es, zuzuhören, wenn von seinem grotesken Benehmen erzählt wird.

Was sind das für Zeiten! Das ist das Vergnügen, dem sich Spanien hingibt!

Können wir, dies ist die einzige Hoffnung, in diesen Sehnsüchten der fleischigen Seele, etwas erkennen, was an etwas Menschliches denken lässt? Ähnelst du ein bisschen diesem Herrn Quesada? Willst du nicht nur ein Leben leben, sondern mehrere? Spürst du, dass du mehrere Leben in dir trägst, aber nur eines leben kannst? Gibt es etwa in dieser fleischigen Seele Melodien, die singen wollen, an das Tagelicht kommen wollen? Melodien, von denen du nur ein leichtes Rauschen hörst, weil sie nicht im Einklang mit dem stählernen Rhythmus des einzigen Lebens, das du lebst, stehen?
Fasziniert dich der fahrende Ritter Don Quijote de la Mancha, weil du ihn im tiefsten Innern deines Seins, so denn dieser Ausdruck in Beziehung zu einem Stück Fleisch einen Sinn ergibt, verstehst? Verstehst du ihn, obwohl du es nicht weißt? Hast du schon davon geträumt, jemand anderes zu sein, auch wenn du es dir selber nicht zugestanden hast? Ist es wahr, was der Dichter sagt?

Im Wahnsinn des Einzelnen
entpuppt sich die Wahrheit der Gattung.

Oh, wie sehr wünschte ich für mein Vaterland, dass dies richtig ist! Dass die Faszination für den Wahnsinn des fahrenden Ritters Don Quijote de la Mancha nicht nur Schadenfreude über das Missgeschick anderer ist.

Die Ereignisse, die sich beim ersten Ausritt des Don Quijote de la Mancha ergaben, sind schnell erzählt. Zumindest stimmt dies, wenn wir das, was wir sehen, als Ereignis betrachten, auch wenn wir alle wissen, dass es unterschiedliche Standpunkte gibt. Der, der betrachtet, sieht, was er betrachtet und dieser Anblick erfüllt ihn ganz und gar. Für denjenigen jedoch, der gesehen wird, ist das, was er denkt sehr viel bedeutsamer, und das was wir sehen, ist das Resultat dessen, was der andere denkt. So ist denn das, was der andere denkt, wichtiger als das, was wir sehen.
Was jedoch den ersten Ausritt von Don Quijote angeht, ist dies alles völlig bedeutungslos, denn niemand sah ihn.

Eines Tages, bestieg er in der Morgendämmerung sein Pferd, Rocinante, wie wir wissen, nahm seine Lanze und sein Schild, setzte sich den Helm auf und ließ sich von dem Klepper führen, soll heißen, dass er die Zügel locker ließ und Rocinante dahin trottete, wohin er wollte, denn dies war, da es ja überall irgendwelches Unrecht zu rächen galt, das Günstigste. Was zwischen der Morgen- und der Abenddämmerung geschah, wissen wir nicht, weil ja niemand Don Quijote in diesem Zeitraum gesehen hatte. Nichtsdestotrotz können wir aber einige Schlüsse ziehen.

Der erste und wichtigste war, dass sein Wahnsinn endgültig war und nicht geheilt werden konnte, denn wenn dem anders wäre, wenn es sich nur um eine vorübergehende Laune gehandelt hätte, dann hätten ihn der Hunger, die Hitze und die Müdigkeit dazu gebracht, nach Hause zurückzukehren. Doch dies war nicht der Fall. Sein Wahnsinn war dergestalt, dass er nicht mal eine Sekunde an seiner Mission zweifelte und zu keinem Zeitpunkt kam es ihm in den Sinn, nach Hause zurückzukehren. Was dies angeht, besteht kein Zweifel.

Was wir allerdings nicht sicher wissen, ist, ob er glücklich war oder nicht. Was dies angeht, können wir nur Vermutungen anstellen. Wir wissen, dass es ganz unterschiedliche Typen von Verrückten gibt. Es gibt Verrückte, die immer vergnügt sind, die ruhig sind und niemanden belästigen. Andere hingegen schreien, sind verzweifelt, aggressiv. Die Verrückten unterscheiden sich also von den Leuten, die wir normalerweise als normal bezeichnen, nicht sonderlich. Der bedeutendste Unterschied besteht offensichtlich darin, dass die Verrückten immer in der Minderheit sind, das Glück hängt aber nicht davon ab, ob man verrückt ist oder nicht.

Doch all dies beantwortet die Frage nicht, die wir beantworten müssen. War Don Quijote glücklich, als er auf Rocinante ohne ein bestimmtes Ziel, Hunger leidend, Hitze und Müdigkeit, durch La Mancha ritt? Wir glauben, dass dies der Fall war, denn er war mit Phantasie ausgestatt und diese Phantasie blüht am schönsten, wenn ihr der Verstand keine Grenzen mehr setzt und was Don Quijote angeht, setzte der Verstand überhaupt keine Grenzen mehr, denn er war abwesend. Es war sogar so, dass alles, was seine Phantasie malte, Wirklichkeit war und was kann es Köstlicheres geben, als eine Wirklichkeit, die man sich nach seinem Geschmack formen kann? In diesem Fall hängt das Glück nur von der Phantasie ab und je mehr Vergnügen diese anbietet, desto größer ist der Genuss. Dies ist der Unterschied zwischen einem glücklichen Verrückten und einem unglücklichen Verrückten. In beiden Fällen ist die Wirklichkeit für das Glück kein Hindernis mehr. Ein Verrückter jedoch, der nicht mit Phantasie ausgestattet ist, kann die Wirklichkeit nicht nach seinem Geschmack malen und noch viel weniger eine Realität zeichnen, die den verborgensten Sehnsüchten seiner Seele entspricht. Weiter braucht auch ein Verrückter, um eine Realität zu malen, die all den Sehnsüchten seines Herzens entspricht, auch den verborgensten, Beispiele, denn nur dann, wenn er alle Schönheiten kennt, kann er die wählen, die ihm am meisten entsprechen.

Wir sehen also, dass es nicht reicht, verrückt zu sein und auch nicht, mit Phantasie ausgestattet zu sein, zwei Dinge, die man leicht erreichen kann. Ein Verrückter muss auch alle Schönheiten dieser Welt kennen.

Über die Schönheiten, die Don Quijote kannte, sind wir bestens informiert. Bis er fünfzig Jahre alt war, kannte er keine einzige, denn um die Schönheiten in seinem Dorf zu entdecken, hätte er ein Dichter sein müssen oder eine Begabung besitzen müssen, die er nicht besaß. Nichts gab es in seiner Umgebung, was die Schönheiten seines Herzens hätte erwachen lassen können, wie ja auch ein Samen, dem es an Wasser mangelt, nie zu einer Blume wird. Nur die Dichter können aus eigener Kraft die Erde zum Blühen bringen, doch es besteht wohl kein Zweifel daran, dass der Herr Quesada nichts von einem Dichter hatte. Wir wissen jedoch von anderen Autoren, die zwar nicht die Erfahrung hatten, über die ich, Miguel de Cervantes Saavedra, Gipfel des spanischen Genies verfüge, aber dennoch einige Daten liefern konnten, die es uns erlauben, unseren Helden vollständig zu beschreiben, dass alle Schönheiten, über die sein Wahnsinn und seine Phantasie verfügten, aus den Büchern über die fahrenden Ritter stammten, denn andere Bücher las er nicht. Diese jedoch hatte er mit der Aufmerksamkeit gelesen, die sie verdienten. Da er nur wenig Erfahrung besaß, fühlte er sich zu Beginn von den einfachen Schönheiten angezogen, wie etwa den Rittern, die die Ketten der Sklaven brechen, die Beschreibung von Schwertern mit magischen Kräften, Ritter, die über übernatürliche Kräfte verfügten und Dinge dieser Art, die auch heute noch Kinder faszinieren, deren Spiele manchmal denen des delirierenden Don Quijote ähneln, weil der Verstand in diesem Alter der Phantasie noch keine Grenzen setzt. Hätte er mehr gelesen und Unterschiedliches, dann hätte er auch subtilere Dinge erfasst, wie den letzten Blick, den die Jungfrau dem Ritter zuwirft, wenn er, die eine Hand auf seinem Herzen, mit der anderen das Schwert zum Abschied hebt, bereit, gegen das Heer des schrecklichen, grausamen und barbarischen Feindes zu kämpfen; oder die Freundschaft zwischen zwei Rittern, die sich geschworen hatten, bis in den Tod zusammen zu kämpfen und sich so in gemeinsamer Anstrengung von zweihundert Sarazenen befreien konnten, deren Kräfte nicht so groß waren, wie ihre Niederträchtigkeit und deren Wildheit dem Mut der zwei im Schwur vereinten Ritter nichts entgegenzusetzen hatte.

Von der Intelligenz als Bedingung der Glückseligkeit haben wir noch nicht gesprochen, weil diese nicht so bedeutsam zu sein scheint, wenn man auch nicht sagen kann, dass sie völlig unbedeutend sei. Die Phantasie des Don Quijote, der auf Rocinante durch La Mancha ritt, ganz so, wie es seinem Pferd beliebte, nährte er sich aus allen den Kleinigkeiten und Details, die er in seinen Büchern gelesen hatte, weil sein Gehirn diese alle gespeichert hatte. Ganz so wie die Rubine, die Perlen, die Ringe, die Halsketten des königlichen Schatzes die Prinzessin zieren, so zierten diese Details seine Phantasien, die sich von der Realität völlig unbehindert ausdehnen konnten.

Wir können also sagen, auch wenn wir es nicht mit der Eindeutigkeit beweisen können, die einen gewissenhaften, streng wissenschaftlich arbeitenden Historiker zufriedenzustellen vermöchte, dass Don Quijote bei seinem ersten Ausritt durch die Landschaft La Manchas, trotz des Hungers, der Müdigkeit und der Hitze, und obwohl er bei diesem ersten Ausritt noch keine Begleitung hatte, glücklich war. Wir können sogar sagen, dass diese vierzehn Stunden zwischen der Morgen- und der Abenddämmerung vergingen, als ob es nur fünf Minuten gewesen wären.

Was aber Rocinante anging, so war der Fall ganz anders. Rocinante hätte es natürlich vorgezogen, in seinem Stall zu bleiben, oder besser gesagt zwischen den zwei mit Stroh bedeckten Mauern, die als Stall dienten, vor einem schmackhaften Heuhaufen und einem Eimer Wasser. Was er wirklich fühlte, wissen wir nicht, doch wir nehmen an, ohne es zu wissen, dass er nichts besaß, was es ihm erlaubt hätte, unter diesen Umständen glücklich zu sein. Erstens war er nicht verrückt. Doch selbst wenn er es gewesen wäre, das zumindest vermuten wir, ohne es zu wissen, ermangelte ihm alles, was man braucht, um ein glücklicher Verrückter zu sein, also Phantasie und die entsprechende Intelligenz, die das für die Phantasie nötige Material zur Verfügung stellt.

Wir geben zu, dass wir es nicht wissen. Wenn es schon so schwer ist und soviel wissenschaftliche Präzision verlangt, um die Bedingungen der Glückseligkeit eines Irren zu erforschen, der uns ähnelt, wie viel schwieriger ist es dann, in die Seele eines Pferdes einzudringen.

Nach einem ganzen Tag auf einem Pferd, eine Erfahrung, die er bis jetzt noch nicht gemacht hatte und völlig glücklich, wie wir gerade eben wissenschaftlich nachgewiesen haben, sah er in der Ferne eine Kneipe, die seine wohl ausgestatte Phantasie und in Abwesenheit des Verstandes, der diese daran hätte hindern können, die Realität umzugestalten, in eine Burg verwandelte.

Um unsere wissenschaftliche Abhandlung zu vervollständigen und um dem Leser zu zeigen, dass eine richtige These sich auch in den Details bestätigt findet, teilen wir mit, dass er in seiner wohlgenährte Phantasie von all dem, was die Intelligenz gespeichert hatte, die Kneipe nicht nur in ein Schloss verwandelte, sondern dass er auch die Zügel Rocinantes in die Hand nahm, damit er innehalte, weil es üblich war, dass ein Zwerg einem fahrenden Ritter, der sich einer Burg näherte, entgegenkommt, um ihn zu begrüßen. Dieser Moment war kritisch, denn die vollständige Umwandlung der Realität nach den Bedürfnissen der Phantasie ist nur dann möglich, wenn die Rolle der Realität vollkommen passiv ist. Sind die Anforderungen der Phantasie dergestalt, dass die Realität eine aktive Rolle spielen muss, kann es zu Konflikten kommen. Doch ist dies kein größeres Problem und der Unterschied zwischen der Mehrheit und der Minderheit, also den Verrückten, ist nicht so groß. Die Mehrheit reagiert auf einen abrupten Wandel der Realität durch eine Änderung ihres Verhaltens, während die Verrücken auf eine solche Änderung mit einer Anpassung ihrer Phantasien reagieren.

Als Don Quijote sah, dass ihm kein Zwerg entgegenkam, um ihn zu begrüßen, erklärte er sich dies damit, dass der Zwerg damit beschäftigt war, den zwei Damen zu huldigen, die er vor der Burg sah. Diese zwei Damen offenbarten eine andere Facette des Wahnsinns. Wir haben bisher gesagt, dass der Wahnsinn, genährt von den Details, die die Intelligenz gesammelt hatte, die Realität nach ihrem Geschmack umformt, da sie vom Verstand nicht behindert wird. Doch hier haben wir einen speziellen Fall. Als die zwei Frauen hörten, dass Don Quijote sie mit "Damen" ansprach, brachen sie in schallendes Gelächter aus, was unseren Ritter verärgerte, denn dies erschien ihm ein für Damen ungebührliches Verhalten, woraus wir schließen können, dass es sich nicht um Damen handelte und sie auch keine sein wollten. Das heißt, dass in diesem Fall die Phantasie die Realität offenbarte und sie nicht verhüllte.

Doch dies ist es nicht, was uns beunruhigt. Was uns wirklich beunruhigt, ist die große Ähnlichkeit zwischen der Mehrheit und der Minderheit. Beide sind gleichermaßen weit entfernt vom Dichter, oder von der Schönheit.

Don Quijote sah und interpretierte die Ereignisse durch die Brille seines verrückten Systems, welches sich in seinem Geist durch die Lektüre der Ritterbücher gebildet hatte und dieser Geist verwandelte die zwei Mädchen, die höchstens in den Augen eines Dichters hätten anmutig sein können, in zwei hochstehende Damen.

Doch unterscheidet sich dieser Wahnsinn von demjenigen, durch den die Mehrheit die Wirklichkeit betrachtet? Was hätte der Pfarrer des Dorfes oder der Nachbar, der Barbier des Herrn Quesada beim Anblick dieser zwei Mädchen gesagt, die mit einem Lächeln, als ob es sich um Blumen handelte, die am Wegesrand stehen, jede Lust pflückten, ohne danach zu fragen, ob Gott oder der Teufel sie gepflanzt hatte? Mit Überlegungen, die dem Wahnsinn des Don Quijote sehr ähnlich waren, hätten sie sie verdammt, weil sie die Wirklichkeit durch die Brille eines vom Verstand errichteten verrückten Gedankengebäudes betrachteten.

Allein der Dichter, und nicht ein einfacher Mann wie der Herr Quesada oder der Pfarrer, wäre in der Lage gewesen, die Wirklichkeit zu sehen, ohne dass auch nur der Schatten des Wahnsinn oder eines Gedankengebäudes auf diese fallen würde. Er hätte ihre nackten Füße gesehen, die den Kontakt mit der Erde genossen, die koboldartige Bosheit in den schwarzen Augen; er hätte gesehen, wie sie den Kopf nach hinten warfen, wenn sie lachten, wie zärtlich ihre Augen wurden und das sanfte Lächeln, als sie sahen, dass vor ihnen ein Verrückter stand, der ein fahrender Ritter sein wollte und der bei aller Verrücktheit amüsant war.

Als der praktische Sinn dieser zwei Mädchen, charakteristisch für Leute, die wenig urteilen, aber intensiv leben, ihnen zu verstehen gab, mit wem sie es zu tun hatten, begannen sie, ihn wie einen fahrenden Ritter zu behandeln und verhielten sich wie zwei Burgfräulein. Sie halfen ihm, sich seiner Rüstung zu entledigen und leisteten ihm Gesellschaft, als er sich zum Abendessen hinsetzte.

Nur wenig hatte die Kneipe zu bieten, doch obwohl das Abendessen halb verdorben war, war es das schmackhafteste Essen, das Don Quijote jemals zu sich genommen hatte, denn es war das erste Mal, dass er in Gesellschaft von zwei anmutigen Burgfrauen speiste. Als er das Glas mit Wein erhob, der nach Essig schmeckte, kam ein Schweinhirte mit einer Art Trompete vorbei, die dazu diente, die Schweine zu rufen, so dass in der Burg auch Musik zu Ehren des fahrenden Ritters Don Quijote de la Mancha erklang.

So endete der erste Tag des Ausritts des Don Quijote und es gibt nichts mehr, das es verdiente, erzählt zu werden, weil der Traum eines Verrückten sich vom Traum eines Besonnen in nichts unterscheidet.