Capitulo cuarto

De lo que sucedió a nuestro caballero cuando salió de la taberna y en el cual podremos corroborar lo dicho anteriormente, que las locuras son un placer en tanto que nos evitan el choque con la realidad

El tabernero, al armar a nuestro héroe caballero andante, le dijo que no podía haber caballero andante sin escudero ni dinero, siendo para él la falta de dinero más importante que la falta de escudero, pues Don Quijote no pudo pagarle por los servicios rendidos. Para evitar todos los problemas que pudieran surgirle por la falta de dinero, le aconsejó volver a casa y llenar su bolsa con todo el dinero que en su casa hubiere; con lo que, así lo suponemos nosotros, la bolsa se quedaría tan vacía como antes.
Volvió a casa de la misma manera en la que había venido, dejando las riendas sueltas para que Rocinante tomara el camino que le pareciera bien y éste era el camino a casa. Montado sobre Rocinante, ensimismado en sus dulces locuras, oyó Don Quijote de repente unas voces, una que gritaba de dolor y otra que gritaba de rabia. La situación fue comprendida de inmediato por Don Quijote. El que gritaba de dolor, necesitaba su fuerte brazo de caballero andante, para que éste lo defendiera de sus agresores. Dirigiendo a Rocinante hacia el lugar de donde provenían los gritos, vio a un mozo semidesnudo atado a un árbol y a otro que lo maltrataba a latigazos.
No cabía duda de que había menester de un caballero andante para que liberara al uno y castigara al otro. Apuntando al fustigador con su lanza le dijo:

- Fuerte y valiente eres cuando de atacar a seres inocentes e indefensos se trata. Pero ahora te toca luchar como hombre contra mí, Don Quijote de la Mancha. ¡Súbete a tu caballo y defiéndete como tal!
Viendo delante de sus ojos la punta de la lanza, el opresor se quedó pasmado por el susto y en vez de subir a su caballo balbuceó:

- Señor, sea usted quién sea, malinterpreta la situación. Este mozo está encargado de cuidar de mis ovejas pero cada día me roba una, diciéndome que la ha perdido.
- Mentira es esto, señor - intervino el mozo-. Yo no le he robado nada a este señor, todo lo contrario, él me ha robado a mí el fruto de mi trabajo, porque hace ya seis meses que no me paga el sueldo que me debe; y es por eso, que yo me pago a mí mismo.
- ¡Ah bellaco! -dijo Don Quijote al opresor- . Te atreves a mentirme en la cara. Desata a este mozo y págale lo que le debes o conocerás la fuerza de mi brazo.

Sé que puede sonar a cuento chino, mas este hombre fuerte, que con un manotazo habría podido mandar a Don Quijote al suelo, estaba tan asustado, que obedeció.

Tras desatarlo, Don Quijote le ordenó dar al mozo lo que le debía y éste le respondió que no llevaba dinero encima, pero que podía ir a su casa con el mozo y allí le pagaría.

- Está bien, te creo - le dijo Don Quijote- , porque tú sabes que los caballeros andantes no toleran que no se les obedezca. Tú sabes que volveré, si a tus palabras no le siguen hechos.

Y tocando con la punta de su lanza el pecho del opresor, agarró las riendas de Rocinante, le hizo dar la vuelta y siguió su camino.

Ambos, mozo y opresor, lo vieron alejarse, temblando de miedo uno y estremeciéndose de ira el otro. Apenas se había perdido la silueta de nuestro caballero andante de la vista, el opresor tomó el látigo en la mano y fustigó al mozo con toda la fuerza que pudo, y que ahora se había incrementado por la rabia, diciéndole que si no le gustaba el pago, que le pidiese ayuda a cualquier caballero andante que encontrase y tantos azotes le dio como reales le debía, dejando al mozo medio muerto.

Muy contento sin embargo, siguió Don Quijote su camino, imaginándose cómo generaciones futuras narrarían esta primera proeza en la que su brazo fuerte acudió por primera vez en ayuda de un menesteroso. Ésta, su primera proeza, no representó ningún peligro para su locura, porque la realidad no opuso resistencia alguna. Veremos en lo que sigue, que muy a menudo no será éste el caso.
Tampoco había riesgo alguno para su locura cuando seguía su camino y su fantasía loca - algo que podríamos considerar un pleonasmo porque la fantasía siempre tiende a ser un poco loca, por no decir muy loca - producía, nutrida de todas las joyas que su inteligencia había almacenado leyendo todos esos libros de caballería, unos cuadros tan extravagantes que toda la mitología griega, en comparación con los productos de su fantasía tan colorida y emocionante, era tan simple como una patata. Abundaban en estos cuadros doncellas que suspiraban al oír sus proezas, ejércitos que llevaban su nombre en la bandera, estudiosos que analizaban su forma de atacar para aprender de su ejemplo, filósofos que interpretaron sus palabras para desvelar en ellas moralejas ejemplares con las que se pudiese mejorar el mundo.

Extasiado encima de su caballo, era la persona más feliz del mundo, aun más feliz que cuando salió por primera vez de su pueblo; puesto que entonces, aún le atormentaba el hecho de no haber sido armado caballero andante. Si hubiese guardado sus sentimientos y fantasías dentro de su pecho, lo que nosotros, más cuerdos que él, en general solemos hacer, habría vuelto felicísimo a su casa. Sin embargo quiso el destino que en el camino, por el que pacíficamente trotaba Rocinante hacia casa, Don Quijote viera a unos mercaderes que imaginó venían a su encuentro. A pesar de que muchos estudiosos han hecho toda clase de esfuerzos para averiguar dónde había leído Don Quijote que un caballero andante tenía que exigir a todo transeúnte con el que se cruzase que rindiera homenaje a su señora, nunca se ha podido averiguar.
Pero tomase esta idea, bien por algo que había en su almacén de joyas o bien por invención suya, consta que quiso obligar a estos transeúntes a tributar homenaje a la sin par Dulcinea del Toboso, esto era el nombre que había dado a la dama de su corazón. Mas estos mercaderes eran personas que habían vivido en ciudades, que habían corrido mundo y que, por lo tanto, habían visto ya a otros locos y no manifestaron respeto a la sin par Dulcinea del Toboso; todo lo contrario, se mofaron de ella y a la vez de Don Quijote mismo. Dijeron que era tuerta, que tenía los pies deformados, que era medio calva y cosas por el estilo, algo que Don Quijote, obviamente, no podía tolerar. Hincó sus espuelas en el costillar de Rocinante, y por ello iba un poquito, un poquitito, más rápido, aprestóse para la embestida bajando la lanza y arremetió como sólo puede arremeter un caballero andante de los libros de caballería.
No sabemos si Don Quijote habría hecho daño alguno a uno de estos mercaderes si su lanza hubiese alcanzado su meta o si simplemente habría caído del caballo, porque a medio camino, Rocinante, poco entrenado en estas lides, tropezó y echó a su dueño por tierra.
Al ver en el suelo a aquél que hacía poco quería humillarlos y herirlos, los mercaderes se le echaron encima y le dieron tal paliza que Don Quijote ni siquiera podía levantarse del suelo por sus propios medios. Al punto, siguieron su camino hablando todavía un buen rato de la sin par Dulcinea del Toboso, la principesa de todos los locos de esta tierra.

¡Al fin libre! – exclamó Don Quijote para sus adentros. Libre estaba, ahí solo, tirado en el suelo. Libre de la realidad que ponía cadenas a su fantasía. Libre porque su fantasía podía divagar a gusto. Libre porque ahí en el suelo, indefenso e incapaz de encarar la realidad, era realmente donde quería estar, era lo que quería ser sin que nada ni nadie pudiese poner en duda la veracidad de sus fantasías. Todas las desgracias ejemplares de los caballeros andantes se le pasaban por la mente, recitaba los dulces poemas con los cuales éstos cantaron sus dolores, recordaba que no había caballero andante que no hubiese caído en una inexorable batalla para después, con la fuerza que da la ira que surge de la derrota, vencer a enemigos feroces a quienes, sin aquella derrota y la fuerza y disciplina adquiridas, no habría podido vencer nunca.
Sí, poca realidad necesita la Humanidad para ser feliz y cuanta menos haya, mejor. Sí, no es la locura la que nos impide ser lo que somos, la realidad es la causa de todos los males de la Tierra.

 

Viertes Kapitel

Welches von den Dingen erzählt, die unserem Ritter zugestoßen sind, als er die Kaserne verließ und wo wir bestätigt finden, was wir zuvor gesagt haben, nämlich dass der Wahnsinn ein großes Vergnügen ist, wenn er uns die Realität vom Leib hält

Als der Kneipenwirt unseren Helden zum fahrenden Ritter schlug, sagte er ihm, dass es keine fahrenden Ritter ohne Geld und einen Schildknappen gäbe, wobei der Mangel an Geld für ihn bedeutsamer war, als der nicht vorhandene Schildknappe, denn Don Quijote hatte kein Geld, um für die erbrachten Dienste zu bezahlen. Um alle Probleme, die ihm durch den Mangel an Geld entstehen könnten zu vermeiden, riet er ihm, nach Hause zurückzukehren und seinen Beutel mit all dem Geld, das sich in seinem Haus befinden möge, zu füllen, wodurch, dies vermuten wir, der Beutel so leer geblieben wäre wie zu Beginn.

Er kehrte auf demselben Weg heim, auf dem er gekommen war, ließ also die Zügel locker, damit Rocinante den Weg gehen konnte, der ihm der beste schien und dies war der Weg nach Hause. Hoch zu Ross auf Rocinante, in seinem süßen Wahnsinn versunken, hörte Don Quijote auf einmal einige Stimmen. Eine, die vor Schmerz und die andere, die vor Wut schrie. Die Situation wurde von Don Quijote sofort erfasst. Der, der schrie, war seines starken, ritterlichen Armes bedürftig, damit er ihn gegen die Angreifer verteidige. Er führte Rocinante zu dem Ort, woher die Schreie kamen und sah einen halbnackten Jungen, der an einen Baum gebunden war und einen anderen, der ihn mit einer Peitsche schlug.

Es bestand kein Zweifel daran, dass es hier eines fahrenden Ritters bedurfte, der den einen befreien und den anderen bestrafen würde. Mit der Lanze auf den zielend, der die Peitsche führte, sagte er.

„Stark und mutig bist du, wenn es darum geht, unschuldige und schwache Wesen anzugreifen. Doch jetzt ist es an dir gegen Don Quijote de la Mancha zu kämpfen. Steig auf dein Pferd und verteidige dich!“

Da er die Spitze der Lanze vor seinen Augen sah, war der Angreifer wie gelähmt vor Schreck und anstatt auf sein Pferd zu steigen, stammelte er.

„Mein Herr, wer immer Sie auch sein mögen, Sie interpretieren die Situation falsch. Dieser Junge soll meine Schafe hüten, aber jeden Tag stiehlt er mir eines und sagt, er hätte es verloren.“

„Das ist eine Lüge, mein Herr,“ mischte sich der Junge ein. „Ich habe diesem Herrn gar nichts gestohlen, ganz im Gegenteil, er hat mir die Früchte meiner Arbeit gestohlen, weil er mir seit nun schon sechs Monaten nicht den Lohn bezahlt, den er mir schuldet und deswegen zahle ich mich selber aus.“

„Ah, was für ein Schurke!,“ sagte Don Quijote zu dem Unterdrücker. „Du wagst es, mir ins Gesicht zu lügen. Binde diesen Jungen los und zahle ihm, was ihm zusteht oder du lernst die Kraft meines Armes kennen.“

Ich weiß, das klingt, wie aus einem Märchen, aber dieser kräftige Mann, der Don Quijote mit einem einzigen Schlag hätte zu Boden schicken können, war so verschreckt, dass er gehorchte.

Nachdem er ihn losgebunden hatte, befahl Don Quijote ihm, dem Jungen das zu geben, was er ihm schuldete und dieser antwortete ihm, dass er kein Geld bei sich trüge, aber dass er mit dem Jungen nach Hause gehen könne, wo er ihn bezahlen würde.

„Ist gut, ich glaube dir,“ sagte Don Quijote zu ihm, „denn du weißt, dass die fahrenden Ritter nicht hinnehmen, dass ihren Befehlen nicht Folge geleistet wird. Du weißt, dass ich wiederkomme, wenn deinen Worten keine Taten folgen.“

Er berührte noch ein letztes Mal mit der Spitze seiner Lanze die Brust des Unterdrückers, nahm die Zügel von Rocinante, ließ ihn wenden und setzte seinen Weg fort.

Beide, der Junge und sein Unterdrücker, sahen, wie er davonritt, der eine vor Angst und der andere vor Wut zitternd. Kaum hatte sich die Silhouette unseres fahrenden Ritters am Horizont verloren, da nahm der Unterdrücker die Peitsche in die Hand und peitschte den Jungen mit aller Kraft, über die er verfügte und die jetzt noch durch die Wut gesteigert war, wobei er ihm sagte, dass, wenn ihm die Bezahlung nicht gefiele, er jeden beliebigen fahrenden Ritter, denn er finde könne, um Hilfe bitten möge. Er gab ihm so viele Hiebe, wie er ihm Goldstücke schuldete und ließ ihn halbtot liegen.

Don Quijote jedoch folgte zufrieden seinem Weg und phantasierte von zukünftigen Generationen, die seine erste Heldentat, in welcher sein starker Arm zum ersten Mal einem Bedürftigen zur Hilfe eilte, erzählen würden. Diese seine erste Heldentat, stellte keine Gefahr für seinen Wahnsinn dar, weil die Realität sich in keinster Weise widersetzte. Im Folgenden werden wir sehen, dass dies nicht immer der Fall ist.

Es bestand auch keine Gefahr für seinen Wahnsinn, als er seinen Weg fortsetzte und seine verrückte Phantasie, wobei wir dies als einen Pleonasmus bezeichnen können, denn die Phantasie tendiert immer dazu, ein bisschen verrückt zu sein, genährt von all den Schmuckstücken, die seine Intelligenz während der Lektüre all dieser Ritterromane gespeichert hatte, so extravagante Bilder produzierte, dass die gesamte griechische Mythologie im Vergleich zu den farbenprächtigen und aufrührenden Produkten seiner Phantasie, so simpel waren wie eine Kartoffel. Diese waren bevölkert von Jungfrauen, die seufzten, als sie von seinen Heldentaten hörten, von Heeren, die seinen Namen in ihrem Banner trugen, von Gelehrten, die seine Art anzugreifen studierten, um aus seinem Beispiel zu lernen, von Philosophen, die seine Worte interpretierten, um aus diesen eine Moral abzuleiten, die die Welt verbessern könnte.

Verzückt auf seinem Pferd sitzend, war er der glücklichste Mensch der Welt, noch glücklicher war er als am Vortag, als er zum ersten Mal sein Dorf verlassen hatte, weil ihn damals ja noch die Tatsache quälte, dass er noch nicht zum Ritter geschlagen worden war. Hätte er seine Gefühle und seine Phantasien in seiner Brust verschlossen gehalten, wie wir, vernünftiger als er, dies zu tun pflegen, dann wäre er beglückt nach Hause zurückgekehrt. Doch das Schicksal wollte es, dass Don Quijote auf dem Weg, auf dem Rocinante friedlich nach Hause trabte, einige Händler sah, die ihm entgegenkamen. Obwohl schon viele Gelehrte jede Anstrengung auf sich genommen haben, um herauszufinden, wo Don Quijote gelesen hatte, dass ein fahrender Ritter von jedem Vorübergehenden, der seinen Weg kreuzte, verlangen musste, dass er seiner Herrin Ehre erweise, konnte die Stelle nicht ermittelt werden.

Doch wo immer er diese Idee her hatte, sei es, dass er sie in seinem Schmuckspeicher gefunden hatte oder sei es, dass er sich das selbst ausgedacht hatte, fest steht, dass er von den Vorübergehenden verlangte, seiner unvergleichlichen Dulcinea del Toboso, dies war der Name, den er der Dame seines Herzens gegeben hatte, Ehre zu erweisen. Diese Händler jedoch hatten in großen Städten gelebt, waren in der Welt herumgereist, hatten andere Verrückte gesehen und zollten der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso keinerlei Respekt. Ganz im Gegenteil, sie verhöhnten sie und damit auch Don Quijote. Sie sagten, sie sei einäugig, dass sie missgestaltete Füße habe, dass sie halb glatzköpfig sei und solche Dinge, was Don Quijote natürlich nicht tolerieren konnte.

Er stemmte seine Sporen in die Flanken von Rocinante, wodurch dieser ein bisschen, ein ganz kleines bisschen schneller ging, machte sich für den Angriff bereit, indem er die Lanze senkte und griff an, wie nur ein fahrender Ritter, der einem Ritterbuch entsprungen war, angreifen konnte.

Wir wissen nicht, ob Don Quijote einem dieser Händler tatsächlich einen Schaden zugefügt hätte, wenn seine Lanze tatsächlich ihr Ziel erreicht hätte, oder ob er nicht ganz einfach vom Pferd gefallen wäre, denn nach der halben Strecke, stolperte Rocinante, der an diese Art von Kämpfen nicht gewohnt war und warf seinen Besitzer auf die Erde.

Als sie den, der sie bis vor kurzem noch erniedrigen und verletzten wollte, auf dem Boden sahen, warfen sich die Händler auf ihn und verabreichten ihm eine solche Tracht Prügel, dass Don Quijote aus eigener Kraft nicht mehr aufstehen konnte. Dann gingen sie weiter ihres Wegs und unterhielten sich noch eine Zeit lang über die unvergleichliche Dulcinea del Toboso, die Herrin aller Verrückten dieser Welt.

„Endlich frei,“ rief Don Quijote bei sich. Frei war er, dort, allein, auf dem Boden hingestreckt. Von der Realität befreit, die seiner Phantasie ständig Ketten anlegte. Frei, weil seine Phantasie nun ganz ihren Launen folgend umher schweifen konnte. Frei, weil er da auf der Erde, schwach und unfähig der Realität ins Auge zu schauen, er da war, wo er eigentlich sein wollte. Dort war er, was er sein wollte, ohne dass etwas oder jemand die Wahrhaftigkeit seiner Phantasien anzweifeln konnte. Alle Arten von Schicksalsschlägen, die fahrende Ritter zu erdulden hatten, zogen an seinem geistigen Auge vorüber, er rezitierte die süßen Verse, mit denen diese von ihren Schmerzen sangen, er erinnerte sich daran, dass es noch keinen fahrenden Ritter gegeben hatte, der nicht in einer unerbittlichen Schlacht gefallen wäre, um danach, mit der Kraft, die der Zorn gibt, der aus der Niederlage erwächst, die schrecklichsten Feinde zu bezwingen und die er ohne diese Niederlage und der Kraft, die daraus erwachsen war, nie hätte besiegen können.

Ja, nur wenig Realität braucht die Menschheit, um glücklich zu sein und je weniger davon vorhanden ist, desto besser. Ja, nicht der Wahnsinn ist es, der uns daran hindert, das zu sein, was wir sein wollen, sondern die Realität ist die Ursache allen Übels dieser Welt.