Capitulo quinto

Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero y donde aprenderemos que la realidad no respeta la locura

Su paraíso fantástico, lleno de dulces dolores fantásticos que ninguna cura que no fuera igual de fantástica necesitaba ni exigía, porque una cura real para un hermoso dolor fantástico, es un verdadero dolor, le procuraba un efecto placentero a pesar de la golpiza recibida . Feliz aquél que con este bicho feo que suele llamarse realidad no tiene contacto nunca. Dichoso aquél que vive una vida fantástica y muere una muerte fantástica, porque el paso de una vida fantástica a una muerte fantástica no puede compararse con el fin abrupto que representa el tránsito violento de la vida real a la muerte real.

Ahí en el suelo habría podido quedarse Don Quijote hasta que lo único, su cuerpo, que lo ligaba a la realidad, esta prisión implacable que no deja a nadie ser lo que quiere ser, hubiese dejado de existir. Únicamente su fantasía habría puesto limites a sus posibilidades de ensoñación; pero ya se sabe que toda fantasía se mueve siempre – y más aún si en la mente se tiene a disposición un rico tesoro de joyas - con la ligereza de un albatros, con la velocidad de un rayo de luz y que tiene más colores de los que el ojo humano es capaz de percibir y que provoca los sentimientos más hondos, sentimientos que dejan su sello en nuestra alma como jamás hubiera podido hacerlo un sentimiento inspirado por la realidad. ¡Ay realidad, cuán bruta eres! Nos conviertes en esclavos de tu omnipresencia. Nuestros pensamientos, sentimientos y hasta nuestros intestinos se adaptan a tus necesidades. Nos conviertes en una rueda dentada que da vueltas en tu máquina infernal. Creas una verdad toda tuya que no tiene nada que ver con nosotros mismos. Eliminas lo que no corresponde a tu verdad, atribuyes cosas que no tienen nada que ver con nosotros, vives tu vida y nos impones vivir la tuya también.
Ahí, en el suelo, Don Quijote era Don Quijote. Era lo que siempre quiso ser. ¡En toda plenitud!

Y justo en ese momento, se encontró con un vecino que se dirigía a casa. Pedro Alonso se llamaba el vecino, quien sacó de su paraíso a nuestro caballero andante.
No dudamos de sus buenas intenciones, sin embargo su aparición significó que la realidad se presentara en la peor de sus formas, no como mera decoración, como había sido el caso cuando Don Quijote se dejaba arrastrar por Rocinante por donde éste quería mas dejándolo en paz, sino de forma invasiva, exigiéndole una reacción.
La amenaza a su felicidad se llamaba Pedro Alonso y la locura - o sea la feliz cordura - recurrió, para defenderse de este invasor, a astucias similares, aunque no iguales, a las que ya conocemos. Conocemos ya los artificios de la locura cuando un obstáculo loco dentro del sistema loco disminuye la felicidad loca. Ése fue el caso, cuando la felicidad loca se vio amenazada por el hecho de que Don Quijote todavía no había sido armado caballero andante; pero allí se trataba de un problema loco dentro del sistema loco que podría resolverse con un artificio loco. Era por tanto, un invasor que la locura misma había producido. En ambos casos hacía falta modificar la realidad. Entonces, para resolver el problema de que no había sido armado caballero andante, hizo falta convertir al tabernero en caballero andante; y ahora, para resolver el problema que produjo la aparición de Don Alonso, hacía falta que éste se convirtiera en el marqués de Mantua, que había venido en su socorro, al ser informado por la sin par Dulcinea del Toboso de que en inexorable batalla había sido derrotado, aunque, como hemos visto, no vencido.

Poco a poco vas aprendiendo, estúpido lector gracias a que yo te lo explico de manera clara y concisa.
En el primer caso, la locura es la causa del problema y la transformación de la realidad es necesaria para resolver el problema. En el segundo caso es la realidad misma el problema y la locura tiene que combatir a este invasor con los medios de los cuales dispone.
Tú, mi estúpido lector, que tienes la mollera más dura que la madera de un roble, dirás que el comportamiento de Don Quijote podía ser descrito de manera más simple, que se podría haber dicho que él simplemente ignoraba la realidad y que esto no puede hacerse, que esto sería como ignorar que hay paredes y muros contra los cuales uno puede chocar haciéndose daño; y que ninguna locura impediría, que este dolor se sintiese.

Punto de vista completamente erróneo el tuyo, palurdo entre una cohorte de torpones que es lo que eres. Has de saber que la realidad es, ante todo, aquello que nos formamos nosotros mismos; y que si todos la ignorásemos, la realidad podría estar al servicio de la locura en vez de combatirla; y tal vez así, tanto o más claramente, podríamos ver el mundo.
La realidad es un pesado lodo del cual difícilmente y sólo después de un arduo trabajo, podemos extraer algo útil, algo bello. E incluso si logramos extraerlo, únicamente con mucha fantasía y bastante mal lo vislumbramos y jamás en todo su esplendor, porque mal se presta el barro a presentarnos la belleza.
Pero la locura, móvil, ágil y no sometida a las leyes de la gravitación universal, en un abrir y cerrar de ojos nos presenta la esencia pura de la belleza liberada de todo barro. O mejor dicho, no le hace falta barro para ponerla delante de nuestros ojos, y sólo la locura nos revela lo que realmente somos, porque el único interés que tiene la realidad es ella misma, no tiene el menor interés en saber lo que somos, mientras que la locura lucha en favor nuestro, combatiendo la realidad con todos los medios que tiene a su disposición como si las fuerzas de todos los caballeros andantes se hubiesen unido formando un ejército, elevando las espadas hacia el cielo, haciendo lucir sus armas, poniéndose el casco, arremetiendo sin dejarse desanimar, luchando como una fiera, acompañando cada golpe que cae sobre el feroz enemigo de un ¡No!. ¡No al compromiso!, ¡No al imperio de la realidad!, ¡No a esta hidra a la que cada vez que se le corta una cabeza, le crecen otras diez. ¡No!, ¡no! y ¡no!.

Y así era la locura de Don Quijote cuando su vecino Pedro Alonso lo echó fuera de su paraíso, tratando de hacerle funcionar nuevamente como una rueda de dientes en la maquinita de la realidad, tan loca ésta, dicho sea de paso, como la locura misma. ¿No es una locura este anhelo por convertir a todo el mundo en una mecánica rueda dentada? ¿No es una locura una máquina que para nada sirve, que no produce nada? ¿que gasta energía sin hacer nada en concreto? ¡Qué máquina tan soez, cobarde y vil es la realidad!
En vez de luchar como hombre, con la espada en la mano, en el campo de batalla, en combate feroz pero transparente, utiliza astucias de mujer. Lisonjea a aquél que la encuentra bonita, otorga gratificaciones a las ruedas de dientes que cualquier locura esconden en los pliegues más profundos de su pecho! ¿Qué podía hacer la locura de Don Quijote para combatir a este invasor? ¡Ignorarlo!, simplemente ignorarlo.

Cuando Pedro Alonso lo colocó sobre Rocinante para llevarlo a casa, la locura construyó alrededor de Don Quijote una fortaleza tan recia y fornida, que no había modo de penetrarla. Todas las historias de los caballeros andantes pasaban por su mente dándole ejemplo y consuelo. Lo que decía Pedro Alonso, los comentarios que daba éste o lo que decía en voz alta, simplemente lo ignoraba. Hablaba consigo mismo, dirigía la palabra a los otros caballeros andantes que ante sus ojos nítidamente se presentaban, respondía a lo que dijeron ellos, porque lo que dijeron ellos era más adecuado a su situación. ¿Qué habría podido decirle su vecino Don Alonso, ese espectro salido de la realidad? ¿Debía someterse a la realidad? ¿Ser nuevamente el señor Quesada que era antes? ¿Para qué? ¿Para tener nuevamente la vida que había tenido durante cincuenta años?
Sí, sí, sí lo sabemos, todo lo que hizo Pedro Alonso lo hizo con buenas intenciones. Quería darle ánimos a su vecino, le dijo que se curaría, que no habría problemas, que bastaba con que reposara en la cama, con que comiera bien y poco más. Que en vez de pasar todo el día en un cuarto oscuro leyendo libros, más le valdría dar un paseo por la tarde después de la siesta; y que así, dentro de poco estaría como nuevo y sería el señor Quesada de antaño, aquél que tomaba una copa de vino con sus amigos.
Sí, sí, lo juraba, dejarían de fastidiarlo con aquello de que no sabía cómo trabajar la tierra y le ayudarían a aprender a hacerlo, sí, sí, sí.
Buena gente era Pedro Alonso. Amaba la naturaleza y le gustaba ver crecer su maíz. A la orilla de su campo había incluso plantado un par de rosales; y por la noche, cuando volvía a casa, siempre llevaba rosas a su mujer. Y le dolía lo que había pasado con el señor Quesada, le dolía de verdad. Hasta se reprochaba el no haberle ayudado a bien poner el yugo a sus bueyes o haberle mostrado cómo arar bien la tierra.
Sí, sí, sí, es verdad que le había molestado un poco el comportamiento presuntuoso de éste y que siempre insistiera en que era hidalgo y que sus antepasados habían participado en esta o aquella batalla.
Sí, sí, sí, esto le había parecido un poco tonto, la verdad. ¡Madre mía, hace ya siglos que no hay moros en toda España!; y la única batalla que hay es ésa entre el vecino Mario González y Julián Martínez. Porque estos dos, ¡¡¡vaya rollo!!!, cuando están borrachos son peores que este loco sobre su caballo que no deja de hablar consigo mismo de dragones, magos, damas, principesas, espadas, adargas, lanzas, tesoros, islas y esas cosas.
Aunque un poco raro este señor Quesada, siempre lo fue. Bueno, yo no quiero calumniar a nadie, pero todos los problemas de este señor podrían resolverse si trabajara más y no perdiera tanto tiempo con sus libros de cabalgadura, caballería o yo que sé qué. Porque éste, seguramente, era su problema.
No importaba lo que cultivase, fuese trigo, maíz o lentejas, su cosecha nunca crecía ; y, literalmente, se estaba muriéndo de hambre, mas de vender lo que le sobraba ni hablar, porque, no le sobraba nada. Cuántas veces le dije que tenía que arar bien, poner un poco de estiércol , regar un poco en julio. Bueno, esto no se lo llegué a decir, porque en julio, a mí también me hace falta agua. Pero en el futuro se lo diré.
Sí, sí, yo también tengo un poco de culpa en este rollo.

Así, cada uno hablando consigo mismo pero de cosas bien distintas, al anochecher llegaron a su aldea y Pedro Alonso metió a su vecino Quesada en la cama.

 

Fünftes Kapitel

In dem die Geschichte vom Pech unseres Ritters weitergeht und wo wir lernen, dass die Realität die Verrücktheit nicht respektiert

Sein phantastisches Paradies, voll mit phantastischen Schmerzen, die keine Medizin benötigte noch verlangte, es sei denn eine ähnlich phantastische, denn eine reale Kur für einen herrlichen, phantastischen Schmerz, ist ein wirklicher Schmerz, verschaffte ihm, trotz der Tracht Prügel, die er erhalten hatte, einen hohen Genuss. Glücklich ist der, der mit diesem hässlichen Wurm, den man üblicherweise Realität nennt, keinerlei Kontakt hat. Glücklich jener, der ein phantastisches Leben führt und einen phantastischen Tod stirbt, denn den Übergang von einem phantastischen Leben zu einem phantastischen Tod kann man nicht vergleichen, mit dem abrupten Übergang von einem realen Leben zu einem realen Tod.

Dort auf dem Boden hätte Don Quijote bleiben können, bis das einzige, sein Körper, was ihn an die Realität band, dieses unbarmherzige Gefängnis, das niemanden das sein lässt, was man sein will, aufgehört hätte zu existieren. Allein seine Phantasie hätte die Möglichkeiten seiner Träumereien eingeschränkt. Doch jeder weiß, dass sich die Phantasie, vor allem dann, wenn ihr ein reicher Schatz an Schmuck zur Verfügung steht, mit der Leichtigkeit eines Albatros, mit der Geschwindigkeit eine Blitzes bewegt und ihr mehr Farben zur Verfügung stehen, als das menschliche Augen wahrzunehmen in der Lage ist, und dass sie tiefere Gefühle hervorruft, Gefühle die ihren Stempel in unsere Seele einprägen, wie dies ein Gefühl, das von der Realität inspiriert ist, nie hätte tun können. Oh Realität, wie hässlich bist du! Du verwandelst uns in die Sklaven deiner Allgegenwart. Unsere Gedanken, Gefühle und sogar unsere Gedärme passen sich deinen Bedürfnissen an. Du verwandelst uns in ein Zahnrad, das in deiner Höllenmaschine Runden dreht. Du schaffst eine eigene Wahrheit, die nichts mit uns zu tun hat. Alles, was nicht zu deiner Wahrheit gehört, vernichtest du, fügst Dinge an, die mit uns nichts zu tun haben, du lebst dein Leben und zwingst uns, ebenfalls dein Leben zu leben.
Dort auf dem Boden war Don Quijote Don Quijote. Dort war er, was er schon immer sein wollte. In seiner ganzen Fülle!

Und genau in diesem Moment traf er auf einen seiner Nachbarn, der auf dem Heimweg war. Pedro Alonso hieß der Nachbar, der unseren fahrenden Ritter aus seinem Paradies riss.

Wir zweifeln nicht an seinen guten Absichten, doch ohne Zweifel bedeutete seine Erscheinung, dass sich die Realität in der niederträchtigsten Erscheinungsform zeigte, nicht als bloße Dekoration, wie dies der Fall war, als Don Quijote sich von Rocinante dahin führen ließ, wohin dieser wollte, ihn aber ihn Ruhe ließ, sondern in einer eindringlichen Art und Weise, die eine Reaktion erforderte.

Die Bedrohung seines Glückes hieß Don Alonso und der Wahnsinn, also die glückliche Vernunft, benutzte, um sich gegen diesen Eindringling zu wehren, eine List, die der ähnelt, wenn sie auch nicht mit dieser identisch ist, die wir bereits kennen. Wir kennen schon die List der Verrücktheit, wenn ein verrücktes Hindernis innerhalb des verrückten Systems das verrückte Glück verringert. Dies war der Fall, als die verrückte Glückseligkeit durch die Tatsache bedroht wurde, dass Don Quijote noch nicht zum Ritter geschlagen worden war. Doch dort hatten wir es mit einem verrückten Problem innerhalb eines verrückten Systems zu tun, das man mit einer verrückten List lösen konnte. Es handelte sich also um einen Eindringling, den die Verrücktheit selbst erzeugt hatte. In beiden Fällen musste die Realität geändert werden. In dem einen Fall, um das Problem zu lösen, dass er noch nicht zum Ritter geschlagen worden war, musste aus dem Kneipenwirt ein fahrender Ritter werden und jetzt, um das Problem zu lösen, das durch das Auftauchen von Don Alonso entstanden war, war es notwendig, dass sich dieser in den Marquis von Mantua verwandelte, der, von der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso in Kenntnis gesetzt, dass er in einer unerbittlichen Schlacht geschlagen, aber, wie wir gesehen noch lange nicht vernichtet, gekommen war, um ihm zu Hilfe zu eilen.

Langsam, Stück für Stück, beginnst du, trotteliger Leser, weil ich es dir klar und knapp erkläre, zu begreifen.

Im ersten Fall ist die Verrücktheit selbst das Problem und die Transformation der Realität ist notwendig, um das Problem zu lösen. Im zweiten Fall ist die Realität selbst das Problem und die Verrücktheit muss diesen Eindringling mit den Mitteln, über die sie verfügt, bekämpfen.

Du, mein trotteliger Leser, dessen Schädel härter ist als der einer Eiche, wirst sagen, dass man das Verhalten von Don Quijote auch einfacher beschreiben könne, dass man auch hätte sagen können, dass er die Realität schlicht ignorierte, und dass man so was nicht tun könne, dass dies so wäre, als ob man ignorierte, dass es Wände und Mauern gäbe, gegen die man stoßen und sich weh tun kann; und dass keine Verrücktheit verhindern würde, dass man den Schmerz spürt.

Das ist eine vollkommen falsche Sicht der Dinge, du Tölpel in einer Herde von Trotteln, der du bist. Du musst begreifen, dass die Realität vor allem etwas ist, dass wir uns selbst formen und wenn wir sie alle ignorieren würden, dann könnte die Realität der Verrücktheit dienen, anstatt sie zu bekämpfen und dann könnten wir die Welt vielleicht viel klarer sehen.

Die Realität ist ein zäher Schlamm, dem wir nur mühsam und unter Einsatz von viel Arbeit, etwas Nützliches und Schönes abgewinnen können und selbst wenn uns dies gelingt, erkennen wir es nur mit viel Phantasie und unscharf und nie in seiner ganzen Pracht, denn ungeeignet ist dieser Schlamm, um daraus etwas Schönes zu formen.

Der Wahnsinn jedoch, beweglich, flink und den Kräften der Gravitation nicht unterworfen, zeigt uns im Nu die reine, von allem Schlamm befreit Schönheit, oder besser gesagt, sie braucht überhaupt keinen Schlamm, um vor unseren Augen zu erscheinen. Allein der Wahnsinn zeigt uns, wer wir wirklich sind, denn das einzige Interesse der Realität ist die Realität selbst. Sie interessiert sich überhaupt nicht dafür, wer wir sind, während die Verrücktheit auf unserer Seite kämpft, die Realität mit allen Mitteln, die ihr zur Verfügung stehen,bekämpft, als ob sich alle fahrenden Ritter zu einem Heer vereinigt hätten, die Schwerter gegen den Himmel streckend, ihre Waffen blitzen lassend, sich den Helm aufsetzten und wie ein wildes Tier kämpfend, bei jedem Schlag, der auf den schrecklichen Feind niederprasselt ein Nein ausstießen. Nein zum Kompromiss, nein zur Knechtschaft der Realität, nein zu dieser Hydra, der jedes Mal, wenn man ihr einen Kopf abschlägt, zehn neue wachsen. Nein, nein, nein.

Dies war die Verrücktheit des Don Quijote, als sein Nachbar Pedro Alonso ihn aus seinem Paradies vertrieb und versuchte, ihn wieder wie ein Zahnrad im Räderwerk der Realität funktionieren zu lassen, wobei diese Realität so verrückt ist, wie die Verrücktheit selbst. Ist nicht eine Maschine, die zu nichts gut ist, die nichts produziert, völlig verrückt? Die Energie verbraucht, ohne etwas Konkretes zu leisten? Was für eine niederträchtige, feige und gemeine Maschine ist die Realität!

Anstatt wie ein Mann zu kämpfen, mit dem Schwert in der Hand, auf dem Schlachtfeld, in schrecklichem aber transparentem Kampf, arbeitet sie mit der List der Frauen. Sie schmeichelt dem, der sie schön findet, sie gesteht den Zahnrädern Vergünstigungen zu, die jede Verrücktheit im hintersten Winkel ihrer Seele vergraben! Was konnte Don Quijote tun, um diesen Eindringling zu bekämpfen? Ihn ignorieren, einfach ignorieren!

Als Pedro Alonso ihn auf Rocinante setzte, um ihn nach Hause zu führen, umgab die Verrücktheit Don Quijote mit einem Schutzwall, der so fest und sicher war, dass kein Durchkommen war. Alle Geschichten der fahrenden Ritter ließ er im Geist Revue passieren, sie waren ihm Vorbild und spendeten Trost. Was Pedro Alonso sagte, die Kommentare, die er von sich gab oder was er laut vor sich hin sprach, das ignorierte er einfach. Er sprach mit sich selbst, richtete das Wort an die anderen fahrenden Ritter, die klar und deutlich vor seinen Augen standen, antwortete auf das, was sie sagten, denn das, was diese sagten, entsprach mehr seiner Situation. Was hätte ihm sein Nachbar Don Alonso, dieses der Realität entschlüpfte Gespenst, auch sagen können? Dass er sich der Realität unterwerfen solle? Dass er wieder der Herr Quesada sein solle, der er fünfzig Jahre lang war? Wozu? Um von neuem das Leben zu haben, das er fünfzig Jahre lang hatte?

Ja, ja, ja, wir wissen es. Alles was Pedro Alonso tat, tat er in bester Absicht. Er wollte seinen Nachbarn aufmuntern, sagte ihm, dass er wieder gesund werden würde, dass es keine Schwierigkeiten gäbe, dass es reichte, wenn er eine Weile im Bett bleiben würde, dass er nur gut essen möge. Dass es besser wäre, wenn er nach der Siesta einen Spaziergang machen würde, statt den ganzen Tag in seinem dunklen Zimmer Bücher zu lesen, und dass er so schon nach kurzer Zeit wie neu wäre, der alte Herr Quesada von früher, der, der mit seinen Freunden ein Glas Wein trank. Ja, ja, er schwor es, sie würden aufhören, sich über seine Unfähigkeit, die Felder zu bewirtschaften, lustig zu machen und sie würden ihm helfen, es zu lernen, ja, ja, ja.

Ein anständiger Mann war Pedro Alonso. Er liebte die Natur und es gefiel ihm zu sehen, wie sein Mais wuchs. Am Rande seines Feldes hatte er sogar ein paar Rosensträucher gepflanzt und abends, wenn er nach Hause ging, brachte er seiner Frau Rosen mit. Was Herrn Quesada zugestoßen war, schmerzte ihn wirklich. Er warf sich auch vor, ihm nicht dabei geholfen zu haben, das Joch richtig zu befestigen und ihm zu zeigen, wie man die Erde pflügt.

Ja, ja, ja, es ist schon richtig, dass ihn das prätentiöse Verhalten seines Nachbarn, und dass dieser darauf bestand, ein Hidalgo zu sein und das Gerede von seinen Ahnen, die an dieser oder jenen Schlacht teilgenommen hatten, gestört hatte.

Ja, ja, ja, das hatte er etwas dumm gefunden, wirklich. Meine Güte, das war jetzt ja schon etliche hundert Jahre her, dass die Araber in Spanien waren und die einzige Schlacht, die es tatsächlich gab, war die zwischen dem Nachbar Mario González und Julián Martínez, weil die zwei, was für ein Theater, wenn sie betrunken sind, schlimmer sind, als der Verrückte auf dem Pferd, der ständig mit sich selber spricht, von Drachen, Zauberern, Damen, Prinzessinnen, Schwertern, Schildern, Lanzen, Schätzen, Inseln und von allem möglichen.

Ein bisschen komisch ist der Herr Quesada ja schon, das war er immer. Also ich will ja niemanden anschwärzen, aber die ganzen Probleme dieses Herrn ließen sich lösen, wenn er mehr arbeiten würde und nicht soviel Zeit mit seinen Reitbüchern, Ritterbüchern oder was weiß ich verbringen würde. Denn das war wohl sein Problem.

Es war völlig egal, was er anpflanzte, Weizen, Mais oder Linsen, seine Ernte wuchs nie und er fast am Verhungern war. Keine Rede davon, dass er das, was er nicht selber brauchte, verkaufte, weil gar nichts übrig blieb. Wie oft hab ich ihm gesagt, dass er anständig pflügen, ein bisschen Mist ausstreuen, im Juli ein bisschen bewässern soll. Also gut, das hab ich nicht gesagt, weil ich im Juli selber das Wasser brauche. Aber in Zukunft werde ich es ihm sagen. Ja, ich habe auch ein bisschen Schuld an der ganzen Geschichte.

So sprach jeder mit sich selbst von zwei völlig unterschiedlichen Dingen und als es dämmerte, kamen sie im Dorf an, wo Pedro Alonso Don Quijote in sein Bett steckte.