Capitulo octavo

Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantosa y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de feliz recuerdo y donde aprendemos por qué la gente modifica la verdad a su gusto

Es tiempo ahora de narrar la historia que tú, lector mío, en cuyo seso he podido meter un poco de luz aunque de momento no es nada más que una diminuta llama y en cuyo corazón, a lo mejor, un sentimiento más noble ahora anida, tú que como otros, la habrás oído mil veces y que tantas veces te reíste de esta hazaña del Quijote como cuantas no la entendiste.
Tan simple e insignificante es esta historia como famosa, y bastan dos frases, para contarla. Por ser tan simple es famosa, porque incluso un borracho la entiende.

Cabalgaba sobre Rocinante el uno y sobre un burro, cuyo nombre desconocemos porque no es uso en las leyes de los caballeros andantes dar nombre al burro de sus escuderos, detrás de éste, el otro. Vislumbraron a lo lejos un par de molinos de viento, que la locura de Don Quijote, que en su desesperado deseo de aventuras no se dejaba desanimar nunca, transformó inmediatamente en una serie de gigantes malvados, tan gigantes y malvados como los que había parido Gaya, la diosa griega que la tierra representaba y que ayudó a los titanes en la lucha contra los dioses y con ellos pereció. Obvio es, que gigantes de esta envergadura debían ser aniquilados en singular batalla y todos los consejos, súplicas y amonestaciones de su escudero fueron en vano.
Bajó su lanza apuntando al enemigo, hincó sus espuelas en las ijadas de Rocinante, sabía poco este caballo, pero que a este signo debía ir un poco más de prisa, eso, lo sabía, y arremetió contra el enemigo. Pero como era de esperar, habiendo sido estos molinos bien construidos por albañiles, carpinteros y labradores experimentados y no por una diosa cualquiera que sólo era un producto de la fantasía griega, el choque fue durísimo. No para los molinos, que ni siquiera se dieron cuenta de ello y que no sufrieron daño alguno, sino para Don Quijote, que cayó al suelo, la lanza hecha pedazos.

Ésta es toda la historia tan famosa.

Mil veces fue pintada. No por nuestro pintor real El Greco, que por tan pueril sujeto nunca se habría interesado, mas sí por otros miles de otros; y, obviamente, por cantidad de pintores franceses, pueblo ligero y superficial, que de toda profundidad carece.

Antes de interpretar los hechos, hay que conocerlos, aunque esto raramente se suele hacer. En las tabernas se prefiere interpretar hechos desconocidos en vez de quedarse en casa y estudiar primero los datos, porque interpretar algo no es un trabajo tan arduo como averiguar lo que realmente había pasado.

Hemos ya dicho, que la historia de las hazañas de Don Quijote corre por toda España, uno se la cuenta a otro y éste a otros que a su vez la divulgan. Esta gente nunca ha tenido el libro de ningún historiador en la mano, de Tácito, Plutarco o Herodoto, jamás han oído hablar. Nada saben del trabajo escrupuloso de un historiador. Cuentan las cosas tal como las recuerdan, sea su versión coherente o incoherente, posible o imposible. Cuando la historia finalmente llega al historiador, éste tiene algo completamente absurdo en la mano, porque algunos datos necesarios que habrían permitido comprender cómo y por qué un acontecimiento era el resultado de otro, faltan.
Pero en el caso de Don Quijote es todavía peor. Por casualidad me enteré de que un cierto Cide Hamete Benengeli, que quiere pasar por historiador a pesar de que no es más que un impostor, que falsifica la historia al querer ponerla al servicio de las naciones musulmanas, denigrando a aquéllos, los caballeros andantes, que hace siglos los vencieron, escribió un libro sobre Don Quijote, lleno de mentiras, medias verdades y falsedades para denigrar la santa coalición cristiana, que contra los musulmanes se había puesto en marcha. Al problema de los datos se añade el problema de que la gente interpreta los hechos, inconscientemente, adaptándolos a sus necesidades. Este malvado árabe, por ejemplo, dice que de esta historia, por loca que sea, los españoles pueden sacar una conclusión: Nunca combatir a un enemigo demasiado grande o contra algo que no pueda ser vencido.
Y esta villana interpretación de dicho miserable, la han aceptado todos los apoltronados de la Tierra. Cuando hay un problema grave, que solo un pecho grande podría resolver, dicen:
- No, no, déjalo, tratar de resolver eso es luchar contra molinos de viento.
Conviene esta interpretación a los flojos, buena excusa es para su flojera.
- No, no se puede resolver, hay que conformarse, es luchar contra molinos- oigo por todas partes.
- No, no, ya lo he intentado diez veces, pero no ha cambiado nada. Seguir, sería luchar contra molinos de viento.
Cuantas veces lo he oído y cuán falsa es la interpretación de toda esta gente de la lucha de Don Quijote. ¡Todo lo contrario! Cuando no hay ninguna posibilidad de ganar la batalla, ¡al ataque! Cuando ya se ha probado mil veces sin éxito. ¡Volver a hacerlo! Cuando todo el mundo dice que no es posible. ¡Comprobad que es posible! ¿Cómo se descubrió América? Diciendo:
- No, el Atlántico es un poco grandecito, podemos mojarnos los pies, más vale dejarlo.
¿Cómo se expulsó a los moros de España? Diciendo:
- No, es que son muchos, nos pueden hacer daño, más vale dejarlo.
¡No! Arremetiendo se descubrió América. No se sabía lo que había al otro lado, no se sabía cuán grande era el Atlántico, no se sabía cuántos huracanes habría. La locura descubrió América.

Y este execrable árabe, qué pensaría de lo que dijo la madre de Boabdil a su hijo, el último rey árabe, al tener que salir de Granada, vencido por los Reyes Católicos.

Llora como mujer
lo que no has sabido
defender como hombre

Si Boabdil hubiese luchado contra los molinos de viento, deshaciéndose de su pereza, a lo mejor todavía sería rey de Granada.
Lucha con armas de mujer el árabe cobarde. Susurra cosas dulces en los oídos de los españoles, que emprenden sólo proyectos cuyo éxito esté asegurado, porque tan flojo deben ser, como los príncipes de la Alhambra, que al dulce murmullo del agua, en poesías dulces se perdieron.
¡Ningún consejo necesitamos de éste!

¿Descubrieron América los griegos? ¡No!, dijeron:
- ¡Uy!, más allá de Gibraltar nunca hemos estado, no sabemos lo que pasa ahí. Más vale que nos quedemos en casa.

Éste es el verdadero significado de este ‘luchar contra molinos de viento’. Cuando alguien trata de sobrepasar un límite, muestra a sus contemporáneos nuevos caminos, entonces lucha contra molinos de viento. Sí, sí, lo sé, no me cuentes banalidades, no me cuentes cosas, que ya sé. Que la lucha contra los molinos de viento fue absurda. Yo lo sé. ¿Pero tú dudas que Don Quijote hubiera atacado con el mismo fervor a gigantes reales? ¿Qué importancia tiene para el análisis de su alma si los gigantes eran reales o molinos? Sí, lo sabemos ya, este mundo era demasiado chico para él, como león enjaulado no sabía qué hacer con su fuerza. Loco era, pero flojo no, y su locura, era el único caballero andante, que en determinación le superaba, como vamos a ver en seguida.

Tras la singular batalla contra los molinos de viento, Don Quijote recuperó la conciencia echado en el suelo y a pesar de que todos sus huesos le dolían, no se quejaba, porque los caballeros andantes no se quejan. Ayudado por su escudero Sancho Panza montó sobre Rocinante y siguieron su camino en busca de nuevas aventuras, no importaba el lugar o la forma en que éstas apareciesen. Por el especial carácter de su locura, Don Quijote, no tenía, por lo general, ninguna dificultad para encontrar entuertos que enderezar, sin embargo ese preciso día no encontró ningún otro.
Lo único que le quedaba por lo tanto por hacer ese día, era fabricarse una nueva lanza con una rama que cortó de un roble, porque la vieja fue vencida por el ala de un molino de viento gigantesco. Después buscaron un árbol fuerte, bajo el cual poder pasar la noche. Roncando Sancho Panza como un trueno y Don Quijote pensando en su sin par Dulcinea de Toboso, delante de la cual dentro de poco se presentarían todos aquellos a los que Don Quijote había vencido, pasaron la noche.
Al día siguiente continuaron su camino; y si ya nos había llamado la atención que no hubiera otra hazaña el día anterior, no nos sorprenderá en absoluto que al día siguiente, se presentara una cada media hora.

 

Kapitel acht

Wo geschildert wird, was sich während des schrecklichen und unvorstellbaren Abenteuers ereignet hat, welches Don Quijote mit den Windmühlen hatte und wo wir lernen, dass die Leute die Realität nach ihrem Gusto formen

Es ist nun an der Zeit, die Geschichte zu erzählen, die du, mein Leser, in dessen Hirn ich nun ein bisschen Licht habe bringen können, auch wenn es noch nicht viel mehr ist, als ein schwaches Flämmchen, und in dessen Herz jetzt vielleicht ein etwas nobleres Gefühl nistet, wie auch andere, wohl schon tausend Mal gehört hast und über die du schon so oft gelacht hast, da du sie nicht verstanden hast.

So einfach und unbedeutend ist diese berühmte Geschichte, dass zwei Sätze reichen, sie zu erzählen. Weil sie so einfach ist, ist sie berühmt, so dass sie sogar ein Besoffener versteht.

Es ritt der eine auf Rocinante und der andere, hinter diesem, auf einem Esel, dessen Namen wir nicht kennen, weil es nicht den Gepflogenheiten der fahrenden Ritter entspricht, dem Esel des Schildknappen einen Namen zu geben. In der Ferne sahen sie ein paar Windmühlen, die die Verrücktheit Don Quijotes, der sich in seinem verzweifelten Wunsch nach Abenteuern nie entmutigen ließ, sofort in ein paar ruchlose Giganten verwandelte, so gigantisch und ruchlos, wie die, die Gaya, die griechische Göttin, die die Erde darstellt, hervorgebracht hatte und die den Titanen im Kampf gegen die Götter beistanden und mit diesen vernichtet wurden. Es ist offensichtlich, dass Giganten dieses Ausmaßes in einer ungeheuren Schlacht zu vernichten waren und alle Ratschläge, alles Flehen und alle Warnungen seines Schildknappen waren vergeblich.

Er senkte seine Lanze und zielte auf den Feind, drückte die Sporen in die Flanken von Rocinante, der zwar nur sehr wenig wusste, aber dass er bei diesem Zeichen ein bisschen schneller gehen sollte, das wusste er, und griff den Feind an. Doch wie zu erwarten, war der Aufprall sehr hart, da diese Windmühlen von erfahrenen Maurern, Schreinern und Arbeitern erbaut worden waren und nicht von irgendeiner Göttin, wie sie die Phantasie der Griechen hervorgebracht hatte. Nicht für die Windmühlen, die das nicht mal merkten und keinerlei Schaden erlitten, sondern für Don Quijote, der, mit zersplitterter Lanze, auf den Boden stürzte.

Das ist die ganze berühmte Geschichte.

Sie wurde schon tausendmal gemalt. Natürlich nicht von unserem El Greco, der sich für so ein kindisches Sujet nie interessieren würde, doch von tausend anderen und natürlich auch von französischen Malern, diesem leichten und oberflächlichen Volk, dem jeder Tiefsinn abgeht.

Bevor man die Tatsachen interpretiert, muss man sie erstmal kennen, auch wenn man dies selten tut. In den Kneipen zieht man es vor, unbekannte Ereignisse zu interpretieren, anstatt zu Hause zu bleiben und erstmal die Tatsachen zu ermitteln, weil es weit weniger mühsam ist, etwas zu interpretieren, als zu untersuchen, was tatsächlich vorgefallen ist.

Wir haben gesagt, dass sich die Abenteuer des Don Quijote in Spanien verbreiten, der eine erzählt sie dem anderen und dieser wieder jemandem, der sie weiter verbreitet. Diese Leute hatten nie ein Buch eines Historikers in den Händen, von Tacitus, Plutarch, Herodot, haben sie nicht mal gehört. Sie wissen nichts von der gründlichen Arbeit eines Historikers. Sie erzählen die Dinge, wie sie sich an sie erinnern, ob ihre Erinnerung einen Sinn ergibt oder nicht, egal, ob sie plausibel oder unplausibel ist. Wenn die Geschichte schließlich an den Historiker gelangt, hat dieser etwas völlig Absurdes in Händen, weil einige Daten, die es erlaubt hätten zu klären, wie und warum ein Ereignis das Resultat eines anderen war, fehlen.

Was jedoch Don Quijote angeht, so ist es noch schlimmer. Zufällig habe ich erfahren, dass ein gewisser Cide Hamete Benengali, der sich als Historiker ausgibt, obwohl er nichts anderes als ein Betrüger ist, der die Geschichte fälscht, weil er sie in den Dienst der muselmanischen Völker stellen will, um so die fahrenden Ritter anzuschwärzen, die diese vor Jahrhunderten besiegt haben, ein Buch über Don Quijote geschrieben hat, voll von Lügen, Halbwahrheiten und Fälschungen, die geeignet sind, die christliche Koalition zu diskreditieren, die sich gegen die Muselmanen in Marsch gesetzt hatte. Doch nicht nur die Faktenlage ist unklar, hinzukommt, dass die Leute unbewusst die Fakten interpretieren, sie an ihre Bedürfnisse anpassen. Dieser ruchlose Araber sagt zum Beispiel, dass die Spanier aus dieser Geschichte, so verrückt sie auch ist, eine Lehre ziehen können: Man soll nie einen Feind bekämpfen, der so mächtig ist, dass man ihn nicht bezwingen kann.
Diese niederträchtige Interpretation dieses Elenden haben alle Faulpelze der Erde übernommen. Wenn es ein schwieriges Problem gibt, dass nur ein breite Brust lösen könnte, dann sagen sie:“Nein, nein, der Versuch, dieses Problem zu lösen, heißt gegen Windmühlen kämpfen.“

Das ist die Interpretation, die den Faulpelzen, die eine Entschuldigung für ihre Faulheit suchen, gefällt.

„Nein, nein, das kann man nicht lösen, man muss sich damit abfinden, das ist wie gegen Windmühlen kämpfen,“ höre ich allerorten.

„Nein, nein, ich habe es schon zehnmal versucht, aber es hat nichts geändert. Weitermachen wäre, wie gegen Windmühlen kämpfen.“

Wie oft habe ich das gehört, und wie falsch ist die Interpretation von Don Quijotes Kampf all dieser Leute. Ganz im Gegenteil! Wenn es keine Aussicht gibt, die Schlacht zu gewinnen, zum Angriff! Wenn man es schon tausend Mal ohne Erfolg versucht hat. Noch mal machen! Wenn alle Welt sagt, es ist nicht möglich. Beweist, dass es möglich ist! Wie hat man Amerika entdeckt? Etwa so?

„Nein, der Atlantik ist ein bisschen groß, da machen wir uns vielleicht die Füße nass, das lassen wir besser.“

Wie hat man Spanien von den Arabern befreit?

„Nein, das sind so viele, die können uns weh tun, das lassen wir besser.“

Nein! Indem man zum Angriff rief, entdeckte man Amerika. Man wusste nicht, was man am anderen Ende vorfinden würde, man wusste nicht, wie groß der Atlantik war, man wusste nicht, wie viele Unwetter es geben würde. Die Verrücktheit entdeckte Amerika.

Und dieser widerliche Araber soll daran denken, was die Mutter von Boabdil ihrem Sohn, dem letzten König der Araber sagte, als er Granada verlassen musste, von den Katholischen Königen besiegt.

Beweine wie ein Weib,
was wie ein Mann zu verteidigen
du nicht vermochtest.

Hätte Boabdil gegen die Windmühlen gekämpft, sich aufgerafft aus seiner Faulheit, dann wäre er vielleicht noch König von Granada.
Der feige Araber kämpft mit den Waffen der Frau. Er flüstert den Spaniern süsse Sachen in die Ohren, sie sollen nur Projekte in Angriff nehmen, deren Erfolg garantiert sei, weil sie so schwach sein müssen wie die Prinzen der Alhambra, die beim süssen Gemurmel des Wassers, in süsser Poesie sich verloren.

Von diesem brauchen wir gar keine Ratschläge!

Haben die Griechen Amerika entdeckt? Nein! Sie sagten: „Uy, jenseits von Gibraltar sind wir noch nie gewesen, wir wissen nicht, was da los ist. Es ist besser, wir bleiben zu Hause.“

 

Das ist die wahre Bedeutung dieses "gegen Windmühlen kämpfen". Wenn jemand versucht, eine Grenze zu überschreiten, seinen Zeitgenossen neue Wege aufzeigen will, dann kämpft er gegen Windmühlen. Ja, ich weiß, was du mir erzählen willst, erzähl mir keine Banalitäten, erzähl mir nichts, was ich schon weiß. Dass der Kampf gegen Windmühlen sinnlos war. Das weiß ich. Aber zweifelst du etwa, dass Don Quijote mit der gleichen Kraft auch reale Giganten bekämpft hätte? Welche Bedeutung hat es für die Analyse seiner Seele, ob die Giganten echt waren oder Windmühlen? Ja, wir wissen es bereits, diese Welt war zu klein für ihn, wie ein Löwe im Käfig, wusste er nicht wohin mit seiner Kraft. Er war verrückt, aber nicht faul, und seine Verrücktheit war der einzige fahrende Ritter, der ihn an Entschlossenheit noch übertraf, wie wir im Folgenden sehen werden.

Nach dieser einzigartigen Schlacht gegen die Windmühlen, erlangte Don Quijote auf dem Boden liegend wieder das Bewusstseins, und obwohl ihm alle Knochen weh taten, klagte er nicht, weil die fahrenden Ritter nicht klagen. Mit Hilfe seines Schildknappen Sancho Panza bestieg er Rocinante auf der Suche nach neuen Abenteuern, egal wo und in welcher Form diese ihm begegnen würden. Bedingt durch den besonderen Charakter Don Quijotes hatte er in der Regel kein Problem, ein Unrecht zu finden, das gesühnt werden musste, doch an diesem Tag, fand er keines mehr.

Das Einzige, was ihm an diesem Tag noch zu tun blieb, war, sich aus einem Ast, den er von einer Eiche abgeschnitten hatte, eine neue Lanze zu schnitzen, weil die alte vom gigantischen Flügel einer Windmühle zerbrochen worden war. Anschließend suchten sie einen starken Baum, unter dem sie die Nacht verbringen konnten. So verbrachten sie die Nacht, Sancho Panza schnarchend wie ein Donner und Don Quijote in Gedanken an die unvergleichliche Dulcinea del Toboso, vor der in Kürze alle diejenigen erscheinen würden, die Don Quijote besiegt hatte.

Am nächsten Tag machten sie sich wieder auf den Weg und da wir uns schon darüber gewundert hatten, dass es am Vortag kein Abenteuer mehr gab, wird es uns kaum wundern, dass es am nächsten Tag jede halbe Stunde eines zu bestehen galt.