Capítulo vigésimo segundo

De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir y donde aprendemos que hay una gran diferencia entre un cuento y la realidad

Con qué alivió habrá oído Cide Hamate Benengeli de la aventura que en este capítulo se cuenta. Ya sabemos que él cuenta la verdad y nada más que la verdad, aunque su corazón llore. Pero qué alivio será para él, nuestro tierno hermano árabe, lo que en este capítulo se cuenta. Un signo de esperanza.

Asqueado del mundo, de su mezquindad, su avaricia, su mentira, su idolatría al oro y de la traición, se había retirado de este mundo, se había encerrado en su biblioteca teniendo como compañeros sólo los libros, de los cuales se habían callado a lo largo del tiempo aquéllos que justificaban todo lo que odiaba y se habían impuesto aquéllos que fueron escritos en busca de la verdad. Esto ya, para él, era un consuelo y un signo de que finalmente la malicia y la mentira serían vencidas, porque prueba era que lo único que perduraba en el tiempo, era la verdad; y como los libros, que son mero fruto de las distintas malicias aparecen y desaparecen quedando sólo los que buscaban desinteresadamente la verdad, desaparecerá finalmente la mentira.

Pero no creamos por esto que describirá al Quijote de un modo benevolente, que se vaya a hacer un héroe a su gusto, un hombre bueno con el cual consolarse. ¡No! Esto ya lo hemos visto en otros. Cide Hamate Benengeli no es hombre de consuelos baratos que se construya el mundo a su antojo o que se refugie en un mundo de fantasía. Describe a Don Quijote tal como su rigor científico se lo imponía y si este rigor destruía al único hombre bueno que había conocido pues, mal que le pesase ¡que fuera destruido!

El lector, si no es un burro, se habrá preguntado ya cómo puede ser que la misma persona pueda ser representante de una locura que sólo quiere disfrazar intenciones viles y al mismo tiempo un caballero andante en eterna lucha con la realidad. ¿Cómo puede ser que exista en la misma persona lo sublime y lo banal? ¿Se trata de dos personas distintas que en la tabernas se mezclaron porque el pueblo no podía distinguir entre una locura y la otra, porque no consideró que eran dos locuras completamente distintas?

Esta teoría, Cide Hamate Benengeli la descartó. Claro que sus estudios se basaban en lo que contaba la gente, pero él verificó todo, visitó los sitios donde ocurrieron estas hazañas, habló con la gente y por lo tanto estaba seguro de que se trataba de la misma persona.

Sin embargo no se puede tampoco negar, que todas las hazañas de Don Quijote no se cuenten en una sola noche y que tampoco sea siempre la misma persona quien las cuenta. Tomando en cuenta esto, es bastante lógico que el carácter de Don Quijote cambie según la persona que narra la historia y cuándo la cuenta.

A pesar de que Cide Hamete Benengeli había tratado de eliminar todo lo subjetivo, no se puede obviar que el cambio que sufre Don Quijote de un día para otro y de una hazaña a la siguiente, se debe también a esto.

Pero hay un tercer problema, más general que los otros. Después de haber reflexionado mucho tiempo sobre el asunto, Cide Hamete Benengali llegó a una conclusión más genérica que las ya vistas. Una noche, después de haber pensado durante horas acerca del tema que le ocupaba y preocupaba, se le ocurrió esta pregunta: ¿Son verdaderos los personajes de los libros? Pregunta simple, pero de gran repercusión. El personaje del Don Quijote nos parece raro porque su carácter es muy cambiante y porque, en general, es algo que no suele suceder en los libros; ya sean éstos libros escritos con rigor científico o bien, libros para mujeres, es decir, novelas.

¿Pero no será esto debido al hecho de que el autor de un libro se construye inconscientemente en su mente unas características del protagonista de su libro, así como nosotros nos formamos una imagen específica de nuestro vecino? Dicho comportamiento, tan humano por cierto, hace que sustraigamos, siempre inconscientemente, todo aquello que no pega con la imagen que nos hemos hecho de antemano de tal o cual personaje.
Esta forma de jugar con la personalidad de los personajes no representa ningún problema cuando se trata de un libro escrito ex profeso para mujeres, de una ficción, porque el único que conoce al personaje es el autor mismo y por lo tanto no cambia de un día para otro ya que su autor siempre lo ve, siente y muestra de la misma forma. Sin embargo, cuando se trata de un personaje real, de un personaje que ha vivido, como Don Quijote, la cosa cambia.

 

El lector ya se habrá dado cuenta de que todo el mundo interpreta el comportamiento de un vecino de manera distinta. Unos dirán que es listo; en cambio otros, creen que es tonto. Para algunos es gentil y para otros no. Y a alguna gente le parece generoso mientras que otros lo encuentran un poco avaro. Y no importa cuán rigoroso sea el estudio, nunca se podrá eliminar la parte subjetiva de la información que tenemos sobre una persona.

¿No sería más bien raro, si Don Quijote siempre fuera el mismo? Si siempre fuera el mismo, sería más bien una figura que no existe, una figura ficticia que fue construida por un autor según las preferencias de éste. Los libros de Historia, incluidos los de los grandes historiadores romanos y griegos, como Tácito, Tucídices y Herodoto nos presentan dichas figuras tal y como los autores las veían; por eso, no cambian de un día para otro aunque no sean personajes ficticios.

El hecho de que Don Quijote, tal como lo describe Cide Hamate Benengeli, fuera tan contradictorio, tan sublime un día como banal el otro, no se debe al hecho de que el científico árabe no poseyera el rigor científico necesario. ¡Todo lo contrario! Este mismo rigor le hizo negarse a resolver las contradicciones, dejando al lector la posibilidad de decidir cómo era, realmente, esta figura real.

Cuánto más fácil habría sido para él contarnos un cuento ficticio, incluso un cuento más romántico o más patético sobre un personaje que lucha por sus ideales altruistas, ¿pero para qué nos habría servido? Cantidad de libros de este tipo han existido desde siempre, ¿pero para qué han servido? ¿Han cambiado algo todos estos libros románticos? ¡No! Sólo la verdad nos sirve. Probablemente, la gente no deja de disfrazar su infamia con locuras, por lo menos así, saben lo que hacen.

La verdad no es una dulce mentira como intentaba hacernos ver el romanticismo, la verdad nos devuelve nuestra propia imagen diciendo "este cabrón, eres tú".

Con todo lo dicho antes, está claro que lo que sigue es la verdad y nada más que la verdad.

Vieron Don Quijote y Sancho Panza a un grupo de personas que iban encadenadas unas a otras con una cadena al cuello y acompañadas de dos personas de uniforme a caballo más otros dos uniformados a pie.

Estos, ¿quiénes son? - preguntó Don Quijote.
Son criminales condenados, que son llevados a galeras para que paguen por sus crímenes - respondió Sancho.

¿Quién los ha condenado? - preguntó Don Quijote.
Pues un tribunal de su majestad el Rey - respondió Sancho Panza.
Tengo que averiguar yo, si los condenaron con razón para, si no, liberarlos -respondió Don Quijote.
Señor, es el Rey quien los ha condenado a través de sus tribunales, no se les puede liberar y el que lo hiciere, será castigado por el mismo Rey. Además, sepa vuestra merced que la Santa Hermandad caza a cualquiera que se oponga a la voluntad del monarca - respondió Sancho Panza.

¡Qué me importa a mí, Don Quijote de la Mancha, la voluntad del Rey! Si por justa razón los condenaron, bien está; si no, hay que liberarlos - agregó Don Quijote.

Señor, no haga tonterías. Si los libera o más bien si trata de hacerlo, porque no va ser posible siendo soldados bien armados quienes los acompañan, sentirá de por vida el resuello de la Santa Hermandad en su cogote.

Qué me importa a mí el adusto Rey o la temida Inquisición- repitió Don Quijote.

¡Qué locura!
¿Es ésta la misma persona que aquélla que hemos visto en el capitulo anterior? ¿Es el Don Quijote con sueños banales de llegar al poder y subyugar a sus súbditos? ¿Es él, el mismo Quijote que quería ser venerado por haber conquistado a una princesa anémica? ¿Se nos asemeja al Quijote que adora el oro o al Quijote que desvalija o deja desvalijar a los otros? ¿Quizá sea el Quijote que permite que sus locuras sirvan para disfrazar la infamia?

¡No! A este Don Quijote no le interesa servir al rey, no adora el poder terrestre, no le interesan las princesas anémicas. Si el rey los había condenado con razón, ¡justicia sea hecha! Si no, ¡hay que liberarlos! Pero que no se diga que es el rey quien lo decide. Él, Don Quijote de la Mancha, tenía que averiguar lo que había pasado y poco le importaba lo que el rey dicho hubiere.

¡Pueblo español! ¡Levántate! - nos grita Cide Hamate Benengeli. No os quedéis al borde de la calle cuando pasa el carruaje del rey a aplaudirlo. Dejad de venerar el poder, dejad de ir a guerras que no comprendéis, dejad de seguir una bandera. Controlad todo vosotros mismos, porque vosotros también vais a pagar la factura.

¿El rey dijo que son criminales? ¿Y? ¿Cómo saber si es cierto sin haberlo averiguado? Yo sé que tú, lector idiota, me vas decir que ya escuchaste esta historia multitud de veces y que siempre estallaste en una carcajada al oír el final, pues muy sabroso y muy divertido te parece que los condenados a galeras dieran una paliza a Don Quijote, su libertador.

 

Menuda tontería liberar a ladrones, alcahuetes, gente que engaña a mujeres o incluso a criminales que ya se conocen por toda España. Gente, que incluso está orgullosa de sus crímenes y escriben libros sobre ellos - decís.

Sois una manada de idiotas. Claro que puede errar el que con su propia cabeza piensa y aquel que cree todo y no duda nunca, no se equivoca jamás, porque siempre podrá echar la culpa de su equivocación a la persona a la cual creía. Más vergonzoso es creer algo sin saber si es cierto o no, que haberse equivocado por cuenta propia.

Muy asombrados quedaron los soldados cuando Don Quijote, después de haber preguntado a los condenados y decidido que el castigo era injusto, les ordenó liberarlos de las cadenas para que quedaran libres. Éstos, obviamente, se negaron a hacerlo, por lo que Don Quijote bajó su lanza y arremetió con tal fuerza contra uno de los soldados a caballo, que sin poder remediarlo, cayó de su montura. Siendo las posibilidades de Don Quijote más bajas que su voluntad, la historia, irremediablemente habría terminado muy mal, si los encadenados no hubiesen sacado provecho de la situación para deshacerse de sus cadenas, en tanto que toda la atención de los otros tres soldados se concentraba en Don Quijote.

Una vez libres, comenzaron a bombardear a los soldados con piedras, de manera que a éstos, sólo les quedaba escaparse. Cide Hamate Benengeli no quiso omitir el final de este acontecimiento, a pesar de que sabía lo que la gente diría:
Ves, esto es lo que pasa cuando uno se opone a la voluntad del rey.

¿Y qué pasa cuando nadie se opone? Tan tontos sois vosotros, que esta historia no traerá luz a vuestro entendimiento, sino que, bien al contrario, os hará aun más pasivos de lo que hoy en día ya sois; porque en el fin, veréis una justificación a vuestra pereza. ¡Da igual! Otras generaciones habrá y la verdad triunfará.

Una vez liberados los encadenados, Don Quijote pidió o más bien ordenó, incluso podría decirse que exigió, que fuesen al Toboso para contar a la sin par Dulcinea todo aquello que allá había acontecido y por qué le dieron libertad a él, a Don Quijote de la Mancha, servidor de la sin par Dulcinea del Toboso, señora que reinaba en su corazón.

A esto, los malvados respondieron que no les servía de nada sustituir unas cadenas por otras y que no tenían ninguna intención de ir al Toboso a contar a la susodicha dama tamaña chorrada. Don Quijote se enojó y los llamó descarados, malvados, tontos y todo lo que se le vino a la cabeza. Oyendo esto, los liberados dejaron caer sobre su libertador una lluvia de piedras que mandó al suelo a Don Quijote y Rocinante.

Desvalijaron tanto a amo como a escudero y se fueron, sabiendo que la Santa Hermandad dentro de poco los perseguiría, cosa que Sancho Panza tenía muy claro también, porque lo mismo valía para él y hasta para su amo. Estos malandrines les habían robado todo lo que llevaban encima y los habían dejado casi desnudos. Pidió a su amo alejarse de este lugar cuanto antes. Lo que, efectivamente, hicieron.


 

Kapitel zweiundzwanzig

Wo erzählt wird, wie Don Quijote viele Unglückliche befreite, die man sehr zu ihrem Missfallen, dahin brachte, wohin sie nicht gehen wollten und wo wir lernen, dass zwischen einer Geschichte und der Realität kein allzu großer Unterschied besteht

Mit welcher Erleichterung wird Cide Hamete Benengeli die Geschichte gehört haben, die in diesem Kapitel erzählt wird. Wir wissen bereits, dass er die Wahrheit und nichts als die Wahrheit erzählt, auch wenn sein Herz dabei blutet. Doch welche Erleichterung wird für unseren sanften arabischen Bruder das gewesen sein, was in diesem Kapitel erzählt wird. Ein Zeichen der Hoffnung.

Angeekelt von der Welt, ihrer Niederträchtigkeit, ihrer Gier, der Lüge, ihrer Verehrung des Goldes und des Verrates hatte er sich von dieser Welt zurückgezogen, sich in seine Bibliothek eingeschlossen und hatte als einzige Kumpane nur noch die Bücher, von denen im Laufe der Zeit die verstummt waren, die all das rechtfertigten, was er hasste und sich die durchgesetzt hatten, die auf der Suche nach der Wahrheit geschrieben worden waren. Allein dies was schon ein Trost für ihn und ein Zeichen, dass schließlich die Bosheit über die Lüge triumphieren würde, denn es war ein Beweis dafür, dass das Einzige, was in der Zeit Bestand hat, die Wahrheit ist. Und da die Bücher, die nur eine Frucht der Niederträchtigkeiten sind, auftauchen und wieder verschwinden und nur die bleiben, die die Wahrheit suchen, wird schließlich auch die Lüge verschwinden.

Doch sollte uns dies nicht veranlassen zu glauben, dass er Don Quijote wohlwollend beschreiben würde, er sich einen Helden nach seinem Geschmack formen würde, einen guten Menschen, mit dem er sich trösten könne. Nein! Das haben wir bereits erfahren. Cide Hamete Benengeli ist kein Mann des billigen Trostes, der sich seine Welt nach seinem Geschmack formt oder sich in ein Reich der Phantasie zurückzieht. Er beschreibt Don Quijote so, wie es seine wissenschaftliche Strenge von ihm forderte und wenn diese Strenge den einzigen guten Menschen, den er jemals kenne gelernt hatte zerstören würde, dann möge er eben zerstört werden!

Der Leser wird sich, wenn er kein Esel ist, schon gefragt haben, wie es sein kann, dass dieselbe Person der Repräsentant einer Verrücktheit sein kann, die nur die schlechten Absichten verschleiern will und gleichzeitig ein fahrender Ritter, der sich in ewigem Streit mit der Wirklichkeit befindet. Wie kann es sein, dass wir in derselben Person Banales und Sublimes finden? Handelt es sich etwa um zwei verschiedene Personen, die man in den Kneipen zu einer vermischte, weil das Volk zwischen der einen Verrücktheit und der anderen nicht zu unterscheiden vermochte, weil es nicht merkte, dass es sich um zwei völlig unterschiedliche Verrücktheiten handelte?

Diese Theorie schob Cide Hamete Benengeli zur Seite. Natürlich basierten seine Studien auf dem, was die Leute sagten, doch er prüfte alles vor Ort, besuchte die Plätze, wo diese Heldentaten stattfanden, sprach mit den Leuten und war deshalb davon überzeugt, dass es sich um dieselbe Person handele.

Man kann aber auch nicht verneinen, dass nicht alle Heldentaten des Don Quijote in einer Nacht erzählt werden, und dass es auch nicht immer dieselbe Person ist, die sie erzählt. Wenn man das berücksichtigt, dann ist es ziemlich naheliegend, dass sich der Charakter des Don Quijote ändert, je nachdem wer die Geschichte erzählt und wann sie erzählt wird.

Obwohl Cide Hamete Benengeli versucht hatte, alles Subjektive zu eliminieren, kann man nicht übersehen, dass der Wandel, den Don Quijote von einem Tag auf den anderen, von einer Heldentat zur folgenden, erlebt, auch hiermit zusammenhängen kann.

Doch es gibt noch ein drittes Problem, ein generelleres. Nachdem er lange Zeit darüber nachgedacht hatte, kam Cide Hamete Benengali zu einer allgemeineren Schlussfolgerung, als die oben genannten. Eines Nachts, nachdem er viele Stunden über das Thema, das ihn so beschäftigte, nachgedacht hatte, kam ihm diese Frage in den Sinn: Sind die Bücher wahr? Eine einfache Frage, die aber gewaltige Bedeutung hat. Die Persönlichkeit des Don Quijote erscheint uns seltsam, weil sein Charakter sich ständig ändert und weil dies normalerweise in den Büchern nicht so ist, egal ob es sich um Bücher handelt, die mit wissenschaftlicher Strenge geschrieben wurden oder um Bücher für Frauen, also Romane.

Doch ist dies nicht aufgrund der Tatsache, dass der Autor eines Buches sich unbewusst ein Bild vom Protagonisten seines Buches macht, so wie auch wir uns ein bestimmtes Bild von unserem Nachbarn machen? Dieses Verhalten, sehr menschlich, führt dazu, dass wir all das abziehen, wenn auch unbewusst, was mit dem Bild, das wir uns von dieser oder jener Persönlichkeit gemacht haben, nicht übereinstimmt.

 

Diese Art mit dem Charakter der Persönlichkeiten zu spielen, stellt kein Problem dar, wenn es sich um ein Buch handelt, dass schon von vorneherein für Frauen geschrieben wurde, also um eine Fiktion, denn der Einzige, der die Person kennt, ist der Autor selbst und deshalb ändert sie sich auch nicht von einem Tag auf den anderen, da ja der Autor sie immer gleich sieht, das gleiche für sie empfindet und sie in gleicher Weise zeigt. Handelt es sich aber um eine reale Gestalt, wie zum Beispiel Don Quijote, dann ist das was anderes.

Der Leser wird schon bemerkt haben, dass alle Welt das Verhalten eines Nachbarn anders interpretiert. Einige sagen er ist gewitzt, wohingegen andere sagen, er ist dumm. Einige finden ihn nett, andere nicht. Manchen erscheint er großzügig, anderen geizig. Völlig egal, wie streng die Untersuchung ist, man wird den Anteil an Subjektivität, der in den Informationen über eine Person steckt, nie eliminieren können.

Wäre es nicht merkwürdig, wenn Don Quijote immer derselbe wäre? Wenn er immer derselbe wäre, dann hätten wir es eher mit jemandem zu tun, der gar nicht existierte, einer fiktiven Figur, die von einem Autor nach dessen Präferenzen konstruiert worden wäre. Selbst die Bücher über die Geschichte, die der großen Geschichtsschreiber wie Tacitus, Thukydides oder Herodot zeigen uns die Figuren so, wie die Autoren sie sahen, weswegen sie sich nicht von einem Tag auf den anderen ändern, auch wenn es keine fiktiven Personen sind.

Die Tatsache, dass Don Quijote, so wie ihn Cide Hamete Benengeli beschreibt, so widersprüchlich ist, so hochgreifend an einem Tag und so banal an einem anderen, ist nicht dem Umstand geschuldet, dass der arabische Wissenschaftler nicht über genug wissenschaftliche Strenge verfügte. Das Gegenteil ist der Fall! Es ist genau diese wissenschaftliche Strenge, die ihn dazu brachte, die Widersprüche nicht aufzulösen und dem Leser die Entscheidungen darüber zu überlassen, wie diese reale Gestalt wirklich war.

Wie viel einfacher wäre es für ihn gewesen, uns mit einer fiktiven Geschichte zufriedenzustellen, vielleicht sogar eine romantischere Geschichte, eine pathetischere, eine Geschichte über jemanden, der für seine altruistischen Ziele kämpft. Doch wem hätte dies genützt? Viele Bücher dieser Art sind schon geschrieben worden, doch was haben sie genützt? Haben diese romantischen Bücher irgendwas verändert? Nein! Nur die Wahrheit bringt uns voran. Wahrscheinlich werden die Leute auch dann nicht aufhören, ihre Niederträchtigkeit mit Verrücktheiten zu maskieren, doch sie wissen dann wenigstens, was sie tun.

Die Wahrheit ist keine süße Lüge, wie die Romantik uns das hat glauben machen wollen, die Wahrheit zeigt uns unser wahres Angesicht, sie sagt uns, dies bist du, Schurke.

Nachdem all dies gesagt ist, ist es offensichtlich, dass all das, was nun folgt, die Wahrheit ist und nichts als die Wahrheit.

Don Quijote und Sancho Panza sahen eine Gruppe Leute, die, an den Hälsen zusammengekettet, von zwei Personen in Uniform zu Pferde und zwei anderen Uniformierten zu Fuß begleitet wurden.

„Was sind das für Leute?“, fragte Don Quijote.
„Das sind verurteilte Verbrecher, die auf die Galeeren gebracht werden, damit sie dort für ihre Verbrechen sühnen“, antwortete Sancho Panza.
„Wer hat sie verurteilt?“, fragte Don Quijote.
„Na ein Gericht seiner Majestät des Königs“, antwortete Sancho Panza.
„Ich muss prüfen, ob man sie zu Recht verurteilt hat, wenn nicht, sie befreien“, antwortete Don Quijote.
„Mein Herr, der König hat sie durch seine Gerichte verurteilt, man kann sie nicht befreien und der, der dies tut, wird von demselben König bestraft werden. Des Weiteren sollte Ihre Gnaden wissen, dass die Santa Hermandad jeden jagt, der sich dem Willen des Monarchen widersetzt“, antwortete Sancho Panza.
„Was interessiert mich, Don Quijote de la Mancha, der Wille des Königs! Wenn man sie zu Recht verurteilt hat, dann ist es gut und wenn nicht, dann muss man sie frei lassen“, fügte Don Quijote hinzu.
„Mein Herr, machen sie keine Dummheiten. Wenn Ihr sie befreit oder besser gesagt, wenn Ihr versucht, sie zu befreien, denn dies wird nicht möglich sein, da die, die sie begleiten gut bewaffnete Soldaten sind, dann werdet Ihr bis zum Ende Eurer Tage den Atem der Santa Hermandad in Eurem Hinterkopf spüren.“
„Was interessiert mich der finstere König oder die gefürchtete Inquisition“, wiederholte Don Quijote.

Was für eine Verrücktheit! Ist das dieselbe Person, die wir im vorangegangenem Kapitel gesehen haben! Ist das der Don Quijote mit seinen banalen Träumen, der an die Macht kommen und seine Untertanen unterwerfen wollte? Ist das der Don Quijote, der bewundert werden wollte, weil er eine anämische Prinzessin erobert hatte? Ähnelt der dem Don Quijote, der das Gold liebt oder plündert, bzw. andere plündern lässt? Ist es vielleicht der Don Quijote, der zulässt, dass seine Verrücktheit dazu dient, die Niederträchtigkeit zu verhüllen? Nein! Dieser Don Quijote strebt nicht danach, dem König zu dienen, er bewundert nicht die irdische Macht, ihn interessieren die anämischen Prinzessinnen nicht. Wenn der König sie zu Recht verurteilt hat, dann möge die Gerechtigkeit obwalten! Wenn nicht, dann muss man sie frei lassen! Das entscheidet aber nicht der König. Er, Don Quijote de la Mancha, musste prüfen, was vorgefallen war und es interessierte ihn nicht, was der König gesagt hatte.

„Spanisches Volk! Erhebe dich!“, ruft uns Cide Hamete Benengeli zu. „Bleibt nicht am Straßenrand stehen, wenn die königliche Kutsche vorbeifährt um zu applaudieren. Hört auf, die Macht zu bewundern, hört auf, in Kriege zu gehen, die ihr nicht versteht, hört auf, einer Fahne zu folgen. Kontrolliert alles selbst, denn ihr bezahlt auch die Rechnung.“

Der König hat gesagt, dass es Verbrecher sind? Und? Wie kann man wissen, ob das stimmt, wenn man es nicht geprüft hat? Ich weiß, was du, trotteliger Leser, der du die Geschichte nun schon so oft gehört hast und immer schallend gelacht hast, als du das Ende hörtest, denn köstlich und lustig schien es dir, dass die zu einer Strafe auf den Galeeren verurteilten Don Quijote, ihrem Retter, eine Tracht Prügel verabreichten.

„Was für ein Unsinn, Diebe, Kuppler, Frauenverführer oder sogar Verbrecher zu befreien, die schon in ganz Spanien bekannt sind. Leute, die sogar stolz sind auf ihre Verbrechen und Bücher darüber schreiben“, sagst du.

Eine Horde Schwachköpfe seid ihr. Natürlich kann der, der mit seinem eigenen Kopf denkt, irren, wohingegen der, der alles glaubt und nie zweifelt, sich nie irrt, denn er kann die Schuld seines Irrtums immer auf den abwälzen, dem er geglaubt hat. Beschämender ist es, zu glauben, ohne zu wissen, ob es wahr ist, als sich auf eigene Rechnung zu irren.

Die Soldaten waren sehr überrascht, als Don Quijote, nachdem er die Gefangenen befragt und beschlossen hatte, dass die Strafe zu Unrecht erfolgt sei, ihnen befahl, diese von den Ketten zu befreien, damit sie frei seien. Diese weigerten sich natürlich, dies zu tun, weshalb Don Quijote seine Lanze senkte und einen der Soldaten zu Pferde mit einer solchen Wucht angriff, dass dieser, ohne dass er es hätte verhindern können, vom Pferd fiel. Da nun die Möglichkeiten Don Quijotes geringer waren, als sein Wille, wäre die Geschichte unausweichlich sehr übel ausgegangen, hätten die in Ketten Liegenden nicht die Chance beim Schopf ergriffen und, während die Aufmerksamkeit der drei Soldaten auf Don Quijote gerichtet war, sich von ihren Ketten befreit.

Nachdem sie frei waren, begannen sie die Soldaten mit Steinen zu bombardieren, so dass diesen nichts anderes blieb, als Reißaus zu nehmen. Cide Hamete Benengeli wollte das Ende der Geschichte nicht unterdrücken, obwohl er wusste, was die Leute sagen würden:“Siehst du, was einem zustößt, der sich dem Willen des Königs widersetzt.“

Und was passiert, wenn niemand sich widersetzt? Ihr seid so dämlich, dass diese Geschichte kein Licht in euren Schädel bringen wird, ganz im Gegenteil, sie wird euch noch passiver machen, als ihr heute schon seid, denn sie gibt euch eine Rechtfertigung für eure Faulheit. Egal! Zukünftige Generationen werden auf die Welt kommen und die Wahrheit wird triumphieren.

Nachdem die in Ketten Liegenden befreit waren, bat sie Don Quijote, besser gesagt befahl, man könnte sogar sagen, verlangte, dass sie sich nach Toboso begeben, um der unvergleichlichen Dulcinea alles zu erzählen, was vorgefallen war, warum sie ihre Freiheit ihm, Don Quijote de la Mancha, dem Diener der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso, Herrin seines Herzens, verdanken.

Hierauf antworteten die Ruchlosen, dass es nichts nütze, die einen Ketten durch andere zu ersetzen, und dass sie in keinster Weise vorhätten, nach Toboso zu gehen und der oben genannten Dame diesen Schwachsinn zu erzählen. Don Quijote wurde ärgerlich, nannte sie schamlos, dumm und alles was ihm in den Sinn kam. Als sie dies hörten, ließen die Befreiten einen Regen aus Steinen auf ihren Befreier niederprasseln, der Don Quijote und Rocinante auf den Boden schickte. Sie plünderten sowohl den Herrn wie auch seinen Knappen aus und machten sich, wohl wissend, dass bald die Santa Hermandad sie verfolgen würde, was auch Sancho Panza klar war, denn dasselbe galt auch für ihn und seinen Herrn, von dannen. Diese Übeltäter hatten ihnen alles gestohlen, was sie bei sich trugen und sie fast nackt zurückgelassen. Sancho Panza bat seinen Herrn, sich so schnell wie möglich von diesem Ort zu entfernen, was sie tatsächlich taten.