Capítulo vigésimo sexto

Es el tiempo el que, en definitiva, te enseñará quién eres dado que es el tiempo el que te proporcionará las imágenes, el que despertará el sonido de tu alma, que se distingue de todas las demás; y , claro, si no te dejas abrumar por bazofia imitada de los otros, que sepulta todo lo que tú eres. "Conócete a ti mismo", significa defenderte contra todo lo que no eres. Lo que haces, debes hacerlo con la misma fuerza con la cual un martillo cae sobre un yunque, entonces puedes estar seguro de que no imitas.

Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás,
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas sobre el mar.
¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar...?
Todo el que camina anda,
como Jesús sobre el mar.

Así dijo el poeta. No imites. No hay camino que puedas simplemente seguir. Olvídate de todo. No digas que eres carpintero, albañil, estudiante o arquitecto cuando te pregunten. La respuesta correcta, debería ser: yo seré el que se muestre y revele. En la puerta de tu casa no pongas tu nombre, mejor pon: yo seré. Si alguien te dice que eres así o asá, respóndele: yo seré.
No seas flojo como la gente que imita. Puesto que no sabes qué imágenes necesitan las simientes de tu alma, tienes que verlas todas. Y no seas un Don Quijote, que por todo se entusiasma y llora porque por nada siente entusiasmo ni dolor.

¡¡Tantos sentimientos hay, tantos, tantos!!

Algunos elogiados, alabados, cantados y venerados por los poetas, otros muchas veces menospreciados y algunos, esto es lo más raro, simplemente callados.
Sí, se canta al dolor, pero solamente como si fuera el resultado de otros sentimientos, se le trata como un mero apéndice de otra cosa. Mucho se canta a las delicias del amor, mas nadie nos enseña a disfrutar del dolor. Incluso al vino, se le canta y se nos explica que tal vino va mejor con tal o cual comida, el vino blanco con pollo y pescado, el vino tinto con carne de cerdo y ciervo. ¿Pero quién nos enseña la bebida que va bien con un dolor determinado? Hay dolores finos, o suaves que nos acompañan, como una dulce melancolía, y los hay fuertes, pensemos si no en la rabia sentida, cuando nuestro caballo, que nos ha costado una fortuna, se quiebra una pierna.
Dolores hay, que nacen sin razón aparente alguna, que más bien anhelos son; y otros, que tienen una razón muy concreta, como por ejemplo cuando nos damos con la cabeza contra una pared que no debía de haber estado ahí. ¿Qué bebida tomar con cada dolor específico?
Ese dolor suave que por ejemplo sentimos cuando nos vemos rechazados por la mujer a la que amamos por sobre todas las cosas, se toma con un vino tinto y sentado a las orillas del mar, mirando una puesta del sol o escribiendo un poema de amor. Los dolores más fuertes, como por ejemplo aquéllos que sentimos cuando una granizada destruye nuestra cosecha, se disfruta echado en la cama y con una botella de whisky. Los pequeños dolorcillos que no duran más que un par de horas y no tienen ninguna importancia, se acompañan con una copa de ron.
Los dolores más delicados, finos y sofisticados, digámoslo así, que resultan ser un poco más abstractos, se corresponderían con la alta cocina, mientras que ese tipo de dolor cotidiano que siente uno al perder mucho dinero o porque el vecino se pudo comprar un caballo nuevo o un nuevo carruaje, son las patatas entre los dolores, sirven para aportarnos combustible y energía. No obstante, no se pueden comparar con los dolores de la alta cocina en la que sus platos son refinados, sutiles y extravagantes, y cuyo fin no es dar energía o ponernos en marcha, sino el puro disfrute y deleite, sin fin alguno, dolores de puro lujo que únicamente nos embellecen, como la ausencia del sol embellece la piel de la duquesa, que al estar pálida, se distingue de la piel tostada por el sol de la mujer que trabaja la tierra. Y estos dolores, finos, hermosos, sutiles, sublimes pueden desarrollarse hasta adquirir pleno esplendor cuando sobra dinero o falta fantasía y compasión para llenar el gran vacío.

¿Cómo ha podido llegar nuestro Don Quijote a tal estado? ¿Hay locos de este tipo hoy en día? ¿No se asemeja nuestro señor bastante a los filolocos, que no tienen nada mejor que hacer que buscar problemas donde no los hay o inventar dilemas que nadie tiene? Se llenan los cerebros de paja y sus reflexiones se parecen bastante a lo que hizo nuestro caballero en aquellas montañas apartadas, que estaban tan lejos de la vida como la biblioteca del palacio real donde los filolocos y otros logos locos pasan su tiempo.

Después de que se hubo marchado Sancho Panza, para avisarle a Dulcinea de todo aquello ocurrido en su honor, o sea cuando no había nadie más a quien mostrar su dolor, digno de un Amadís de Gaula, Don Quijote se sentó sobre una peña y comenzó a reflexionar sobre un asunto que lo tenía preocupado desde hacía mucho tiempo.
Era uso de los caballeros andantes el volverse locos por razones de amor, ya fuese porque la señora de su corazón los rechazaba, o bien por su engaño.

El caso de Dulcinea del Toboso era un poco más complejo. No tuvo la oportunidad de rechazar a Don Quijote, porque ella ni siquiera sabía que reinaba en el corazón de Don Quijote y lo mismo sirve por lo que se refiere a engañarlo. Ambos delitos eran muy irreales, si bien, uno era más grave que el otro. El segundo habría sido un ultraje de Dulcinea del Toboso, el primero no; y por lo tanto, era preferible seguir el ejemplo del Amadís de Gaula, ya que su dama, simplemente, lo había rechazado; mientras que la señora de Roldán, el segundo modelo que tenía a su disposición, había engañado a aquél en cuyo corazón reinaba.

Vemos pues, que los dolores que carecen de sustancia, son realmente complicadísimos; o sea, que el hecho de que la gente imite a otro, crea situaciones bastante complejas y dolores rarísimos.
Gente hay, que corre tras una bandera y si ésta se hunde, por cualquier razón, están tristes y se vuelven locos como si se tratara de algo real. Y al igual que Don Quijote imitó paso a paso la locura del Amadís de Gaula: escribir poemas, rezar rosarios, romperse la camisa, llorar o gritar, esta gente se pone la mano en el corazón cuando se iza la enseña, se inclina delante de ella, la besan, hace maniobras con sus fusiles tras ella y cantidad de cosas locas en honor a algo que ni tan siquiera existe, que nadie sabe lo que es.
¿No lo crees? ¡Pues yo, lo he visto con mis propios ojos! Hay gente que adora una bandera como Don Quijote a Dulcinea del Toboso. ¡Te lo digo en serio! ¡Yo lo he visto! ¿Que por qué no les he preguntado por qué lo hacían? ¡Pero si les pregunté! Me dijeron algo así como lo que dice Don Quijote a cada rato. Que pertenecen a los fieles, valientes y honrados caballeros. Y que tienen reglas, y que estas reglas hay que respetarlas y que la bandera representa un ideal, la patria, una religión o cualquier cosa.
¿No lo crees? ¡Pues yo, lo he visto con mis propios ojos! Créeme cuando te digo que, algunos, incluso lloraban y les temblaban los labios de la emoción cuando me respondían. ¿Que es asunto de viejitos como Don Quijote? No, te digo que no, he visto a jovencitos hacer lo mismo, sí, créemelo, yo lo he visto con mis propios ojos.

¿Por qué lo hacen? No tengo ni puta idea. ¡¡Pero esta gente, está tan loca como Don Quijote!! Pues sí, loca de remate. No te digo más, que incluso están dispuestos a morir por su bandera. Y Don Quijote, por lo menos, es divertido y gracioso, pero esta gente pone una cara como si la bandera que izan, fuese una chuleta enorme y súper jugosa que se le aleja de la boca.

El deseo de Don Quijote, era seguir fielmente el ejemplo del Amadís de Gaula y se acordó de la ceremonia en la cual todo caballero andante jura dedicar su vida entera a la señora de su corazón. Conózcalo o no y ámelo o no, a ella dedicará toda su vida aunque ella mil veces lo rechazara o desdeñase; e incluso, aunque su muerte le fuese indiferente.
Esta ceremonia consistía en un diálogo entre el rey y el caballero andante; mas como en este caso, no había rey alguno y ni siquiera contaba con otra persona que hubiese podido hacer el papel de éste. Don Quijote se imaginó a un árbol siendo rey y su perfecta locura le permitió oír hablar al árbol como si rey fuese. Se puso de rodillas delante del Árbol-rey y comenzó la ceremonia.

Árbol Real:
- ¡Caballero andante! ¿Juras por Dios o prometes por tu conciencia
y honor, cumplir fielmente tus obligaciones militares, guardar
el honor de tu señora como norma fundamental de la caballería andante, obedecer a tus jefes, no abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar tu vida en defensa de la sin par Dulcinea del Toboso?

Don Quijote:
- ¡Si, lo juro!

Árbol Real:
- Si cumplís vuestro juramento o promesa, Dulcinea del Toboso os lo agradecerá y premiará, y si no, mereceréis su desprecio y su castigo, como indigno hijo de ella. ¡Caballero andante! ¡Viva Dulcinea del Toboso!

Don Quijote:

- ¡Viva!

Árbol Real:

- Ruego a Dios que os ayude a cumplir lo que habéis jurado y prometido.

Después de esta ceremonia, Don Quijote permaneció de rodillas pensativo, ensimismado y altamente conmovido, en un estado tan indefinido como emocional. El que lo hubiera visto en este momento, habría comprendido algo que le permitiría entender y encarar mejor la vida.
Tú, mi muy estimado lector, no lo viste, razón por la que no llegarás a pillar el sentido completo de la situación y, tal vez, no lo creerás. Tú crees que cada emoción necesita un objeto, que el amor necesita algo concreto a lo que amar, el odio algo tangible a lo que odiar y el anhelo algo preciso que anhelar. Si hubieses visto a Don Quijote en ese instante, habrías comprendido que no es así. Ni el amor, ni el odio, ni el anhelo necesitan un objeto. Les basta una vaga idea y tras cierto tiempo, no hace falta ni siquiera dicha vaga idea.

En ese momento, Don Quijote no pensaba en la sin par Dulcinea del Toboso. Todo su cuerpo temblaba y las lágrimas le rodaban por las mejillas. Habrías comprendido que en su locura no había menester de una señora real para que reinara en su corazón, porque la felicidad más profunda se logra, cuando hay emoción sin objeto. La emoción que depende de un objeto, está sometida a los avatares de la vida y al azar que la rige; sin embargo, cuando la emoción se libera del objeto, es pura y libre. Por esto, precisamente, es por lo que la gente sigue ciegamente a una bandera. Seguir una bandera es liberar la emoción del objeto y las emociones sin un objeto que las desencadene.
Después de un rato bien largo, volvió en sí, con la mirada perdida en la lejanía. Tan dulce era esta emoción, que quería vivirla una vez más. Y si antes se había preguntado qué modelo seguir, el del Amadís de Gaula o el de Roldán, ahora se preguntaba cuál podía ser la ceremonia más hermosa. Siempre tenía que haber Dios y rey, de eso no cabía duda, pues no había libro de caballería donde no aparecieran los dos. Centenares de ceremonias similares pasaron por su mente en un segundo; entre otras, ésta. En ésta, no se establecía un diálogo como en la anterior, sino que se trataba de un monólogo que debía recitarse, arrodillado delante el rey y con la mano derecha sobre el corazón.

Juramento a la bandera

Juro por Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi Dulcinea del Toboso ya sea en mar, en tierra o en cualquier lugar, hasta rendirle la vida si fuese necesario.
Cumplir con mis deberes y obligaciones de caballero andante, conforme a las leyes de la caballería andante. Obedecer con prontitud y puntualidad las órdenes de mis superiores y poner todo mi empeño en ser un soldado valiente, honrado y fiel amante de mi Dulcinea del Toboso,

Igual efecto que antes. Ensimismado, absorto y casi catatónico quedó; hasta se habría podido mencionar el nombre de cualquier otra dama en lugar del de Dulcinea del Toboso, que el efecto habría sido el mismo.

Mientras Don Quijote estaba de rodillas delante del árbol real, Sancho Panza llegó cabalgando sobre Rocinante a la taberna donde, un par de días antes, no había querido pagar lo que debía. A pesar de que tenía hambre, pues era la hora del almuerzo, no quiso entrar, temiendo que el tabernero se acordara de él.
En tanto allí estaba, vacilando entre el hambre y el miedo, salieron de la taberna el cura y el barbero de su aldea, aquéllos que quemaron todos los libros que en casa de Don Quijote había, creyendo que los libros eran la causa de su locura.
Les relató Sancho todo lo que había pasado hasta entonces; y que su amo, ahora, seguía el ejemplo del Amadís de Gaula sufriendo, en las soledades de aquellos montes apartados, los rigores de la hambruna y el frío hasta que Sancho regresara de visitar a la sin par Dulcinea del Toboso para liberarlo de sus pesares.

Sabemos ya, que la cosa era un poco difícil de entender y Sancho Panza tampoco lo explicó demasiado bien; mas finalmente, el cura y el barbero entendieron de qué iba la cosa.
Andaban ellos en busca de Don Quijote para llevarlo a casa, sin tener una idea muy concreta de cómo hacerlo. Así que al oír lo que Sancho Panza les contaba, se les ocurrió la idea de vestirse como dama andante el uno y como escudero que la acompañaba el otro. Para este fin, pidieron a la mujer del tabernero que les diera todo que les hacía falta; o sea, un vestido, un velo para ocultar la cara y una peluca. Con estas prendas, el uno se convirtió en dama andante y el otro en escudero y se pusieron en marcha hacía el lugar exacto donde Don Quijote sufría, como debe hacerlo un caballero andante.


 

Kapitel sechsundzwanzig

Die Zeit ist es, die dich schließlich lehren wird, wer du bist, wenn die Zeit dir nur die Bilder gibt, die den Klang deiner Seele, die sich von allen anderen unterscheidet, erwachen lässt. Aber nur, das ist klar, wenn du dich nicht von dem imitierten Fraß der anderen, der das bedeckt, was du bist, erdrücken lässt. "Erkenne dich selbst", heißt, du sollst dich gegen alles verteidigen, was du nicht bist. Was du tust, sollst du mit derselben Kraft tun, mit dem ein Hammer auf den Amboss knallt, dann kannst du dir sicher sein, dass du nicht imitierst.

Wanderer, nur deine Spuren
sind der Weg, sonst nichts.
Wanderer, es gibt keine Weg,
den Weg macht man beim Wandern.
Wandernd formt man den Weg
und beim Zurückschauen
sieht man den Pfad,
den man nie mehr betreten wird.
Wanderer, es gibt keinen Weg,
sonder nur Funkeln auf dem Meer.
Warum soll man Weg nennen,
die Furchen des Zufalls?
Alle, die wandern, gehen
wie Jesus auf dem Meer.

So sagt es der Dichter. Imitiere nicht. Es gibt keinen Weg, dem du einfach nur zu folgen brauchst. Vergiss alles. Sag nicht, dass du Schreiner, Maurer, Student oder Architekt bist, wenn man dich fragt. Die richtig Antwort ist, ich bin der, der sich offenbaren wird. An der Tür deines Hauses, bringst du nicht deinen Namen an, schreib: Ich werde sein. Wenn jemand zu dir sagt, dass so oder so bist, dann antwortest ihm, ich werde sein.

Sei nicht faul, wie die Leute, die imitieren. Da du nicht weißt, welche Bilder die Keime deiner Seele brauchen, musst du sie dir alle anschauen. Und sei kein Don Quijote, der sich für alles begeistert und um alles trauert, weil er sich für nichts begeistert und um nichts trauert.

So viele Gefühle gibt es, so viele.

Manche werden von den Dichtern gepriesen, gelobt, besungen und verehrt, andere oft verachtet und manche, das ist das Merkwürdigste, schlicht verschwiegen.

Ja, man besingt den Schmerz, doch nur als ob er das Ergebnis anderer Gefühle wäre, als ob es sich lediglich um ein Anhängsel von etwas anderem handle. Oft besingt man die Freuden der Liebe, doch niemand lehrt uns, den Schmerz zu genießen. Selbst den Wein besingt man und man berichtet, dass dieser oder jener Wein zu diesem oder jenem Gericht passt. Der Weißwein passt zu Huhn und Fisch, der Rotwein zu Schweinefleisch und Wild. Doch wer lehrt uns welches Getränk am besten passt zu welchem Schmerz? Es gibt feine, sanfte Schmerzen, die uns wie eine süße Melancholie begleiten und es gibt die starken, wie zum Beispiel die Wut, die wir spüren, wenn das Pferd, das uns ein Vermögen gekostet hat, sich ein Bein bricht.
Es gibt Schmerzen, die
erwachsen ohne jeden Grund, sind mehr Sehnsüchte als Schmerzen und andere, die haben einen sehr konkreten Grund, wie zum Beispiel der, den wir spüren, wenn wir mit dem Kopf gegen eine Wand rennen, die da nicht hätte sein sollen. Welches Getränk passt zu welchem Schmerz?

Dieser sanfte Schmerz zum Beispiel, den wir spüren, wenn die Frau, die wir über alles lieben uns zurückweist, nimmt man mit einem Schluck Rotwein, am Ufer des Meeres sitzend, den Sonnenuntergang betrachtend oder ein Gedicht schreibend. Die kräftigeren Schmerzen, wie zum Beispiel jene, die wir fühlen, wenn ein Hagelschauer die Ernte vernichtet hat, genießt man am besten mit einer Flasche Whisky im Bett liegend. Die kleinen Schmerzen, die nur ein paar Stunden dauern und keine Bedeutung haben, begleitet man mit ein paar Gläsern Rum.

Die delikateren Schmerzen, fein und raffiniert, die ein bisschen abstrakter sind, ähneln der Haute Cuisine, während der schlichte Alltagsschmerz, den man spürt, wenn man Geld verliert oder weil der Nachbar sich eine neues Pferd oder eine neue Kutsche kaufen konnte, sind die Kartoffeln unter den Schmerzen, sie dienen dazu, uns Kraft und Energie zu geben. Man kann sie jedoch nicht mit den Schmerzen der Haute Cuisine vergleichen, deren Gerichte raffiniert, subtil und extravagant sind, deren Ziel es nicht ist, Energie zu geben oder uns anzutreiben, sondern die reine Lust und das Vergnügen, Schmerzen von reinem Luxus, ohne jeden Sinn, die uns lediglich verschönern, wie die Abwesenheit der Sonne die Haut der Herzogin verschönert, die, so blass, sich abhebt von der, von der Sonne gebräunten Haut der Frau, die auf den Feldern arbeitet. Und diese feinen, schönen, subtilen Schmerzen können sich zu ganzer Blüte entwickeln, wenn man zuviel Geld und zu wenig Phantasie oder Mitgefühl hat, um die große Leere zu füllen.

Wie konnte Don Quijote in diesen Zustand gelangen? Gibt es Verrückte dieser Art heutzutage noch? Ähnelt unser Herr nicht ziemlich den verrückten Philologen, die Probleme suchen, wo keine sind oder Dilemmas erfinden, diie niemand hat? Sie füllen sich ihre Hirne mit Stroh und ihre Gedanken ähneln ziemlich jenen unseres fahrenden Ritters in diesen abgelegenen Bergregionen, die so weit vom Leben entfernt waren, wie die königliche Bibliothek des Königspalastes, wo die verrückten Philologen und andere Logen ihre Zeit verbringen.

Nachdem Don Quijote gegangen war, um Dulcinea über all das, was zu ihren Ehren sich ereignet hatte in Kenntnis zu setzen, also niemand mehr da war, dem er seine Schmerzen, die auch einem Amadis de Gaula würdig gewesen wären, zu zeigen, setzte sich Don Quijote auf einen Felsen und begann über einen Gegenstand nachzudenken, der ihn schon seit langem beschäftigte.

Es war üblich, dass die fahrenden Ritter der Liebe wegen verrückt werden, entweder, weil die Frau ihres Herzens sie verschmähte, oder weil sie sie betrog.

Der Fall Dulcinea del Toboso war aber komplizierter gelagert. Sie hatte gar nicht die Möglichkeit, Don Quijote zu verschmähen, weil sie ja gar nicht wusste, dass sie in dessen Herz regierte und das Gleiche galt, was den Betrug anging. Beide Delikte waren gleichermaßen unwahrscheinlich, das eine jedoch gravierender als das andere. Das zweite wäre ein Affront gegen die Ehre Dulcineas gewesen, das erstere nicht. Von daher war das Beispiel Amadis de Gaulas eher angezeigt, denn dessen Dame hatte ihn verschmäht, wohingegen die Dame des Roldán, das zweite Vorbild, welches ihm zur Verfügung stand, denjenigen, in dessen Herzen sie herrschte, betrogen hatte.

Wir sehen also, dass die Schmerzen, die jeglichen Grundes entbehren, sehr kompliziert sind, dass die Tatsache, dass die Menschen imitieren, höchst komplizierte Situationen und sehr merkwürdige Schmerzen hervorbringt.

Es gibt Leute, die rennen einer Fahne hinterher, und wenn diese untergeht, aus welchem Grund auch immer, dann sind sie traurig und werden verrückt, ganz so, als ob es sich um etwas Reales handeln würde. Und ganz so, wie Don Quijote die Verrücktheit des Amadis de Gaula imitierte, Gedichte schrieb, Rosenkränze betete, sich das Hemd zerfetzte, schrie und weinte, so legen diese Leute die Hand auf das Herz, wenn die Fahne gehisst wird, verneigen sich vor ihr, küssen sie, machen alle möglichen Manöver mit ihren Gewehren und völlig verrückte Dinge zu Ehren von etwas, das gar nicht existiert, von dem niemand weiß, was es ist.

Das glaubst du nicht? Ich habe das mit eigenen Augen gesehen! Es gibt Leute, die verehren eine Fahne wie Don Quijote Dulcinea del Toboso. Ich meine das ernst! Ich habe es gesehen! Warum ich sie nicht gefragt habe, warum sie das tun? Ich habe sie doch gefragt! Sie haben mir etwas in der Art gesagt, wie Don Quijote das ständig tut. Dass sie zu den gläubigen, mutigen und ehrenhaften Rittern gehören. Dass sie Regeln haben, und dass man diese Regeln respektieren müsse. Dass die Fahne etwas darstelle, das Vaterland, eine Religion oder irgendwas.

Du glaubst es nicht? Ich habe es mit eigenen Augen gesehen! Glaub mir, einige weinten sogar und die Lippen zitterten ihnen vor Rührung, als sie mir antworteten. Das sei ein Thema für alte Leute wie den Don Quijote? Nein, ich sage dir, dem ist nicht so, ich habe junge Menschen gesehen, die dasselbe taten, habe sie mit eigenen Augen gesehen.

Warum sie das tun? Ich habe keine Ahnung. Aber diese Leute sind so durchgeknallt wie Don Quijote! Ja, komplett durchgeknallt. Ich sage dir, die Leute sind sogar bereit, für die Fahne zu sterben. Und Don Quijote ist wenigstens noch lustig, witzig, aber diese Leute setzen, wird die Fahne gehisst, ein Gesicht auf, als ob die Fahne ein riesiges und saftiges Kottelet wäre, das sich von ihrem Mund entfernt.

Es war der Wunsch Don Quijotes, dem Beispiel des Amadis de Gaula treu zu folgen und er erinnerte sich an eine Zeremonie, bei der fahrende Ritter schwören, ihr ganzes Leben der Herrin ihres Herzens zu dienen. Ob er sie kennt oder nicht, sie ihn liebt oder nicht, ihr wird er sein Leben widmen, auch wenn sie ihn verschmäht oder verachtet, auch dann wenn sein Tod ihr gleichgültig wäre.

Diese Zeremonie bestand in einem Dialog zwischen dem König und dem fahrenden Ritter, es gab im Wald aber keinen König, nicht mal jemand anderes, der dessen Rolle hätte einnehmen können. Don Quijote stellte sich also vor, dass einer der Bäume der König wäre und sein völliger Irrsinn erlaubte es ihm, den Baum sprechen zu hören, als ob er ein König wäre. Er kniete vor dem Baumkönig nieder und begann die Zeremonie.

Königlicher Baum:

„Fahrender Ritter! Schwörst du bei Gott, deinem Gewissen und deiner Ehre, deine militärischen Pflichten zu erfüllen, die Ehre deiner Herrin als die Grundlage
der fahrenden Ritterschaft hochzuhalten, deinen Vorgesetzten zu gehorchen, sie nie zu verlassen und dein Leben, so dies nötig, der Dulcinea del Toboso zu opfern?“

Don Quijote:

„Ja, das schwöre ich!“

Königlicher Baum:

„Wenn du deinen Eid und dein Versprechen erfüllst, dann wird Dulcinea del Toboso
dir es ewig danken und dich hochschätzen, wenn aber nicht, verdienst du ihre Verachtung und Strafe, als ein ihr unwürdiger Sohn! Hoch lebe Dulcinea del Toboso!“

Don Quijote:

„Sie leben hoch!“

Königlicher Baum:

„Ich bitte Gott, dass er dir beisteht, das zu leisten, was du geschworen und versprochen hast.“

Nach dieser Zeremonie, verharrte Don Quijote auf den Knien, in Gedanken versunken, in sich gekehrt und tief gerührt, in einem Zustand, der so undefiniert wie erregt war. Der, der ihn in diesem Moment gesehen hätte, hätte etwas verstanden, was es ihm erlaubte, das Leben besser zu verstehen und zu bewältigen.

Du, mein geschätzter Leser, hast ihn nicht gesehen, weshalb du die ganze Bedeutung des Vorgangs nicht erfassen kannst, vielleicht wirst du es nicht mal glauben. Du glaubst, dass jedes Gefühl einen Grund braucht, die Liebe etwas, was man liebt, der Hass, etwas, was man hasst, die Sehnsucht etwas, nachdem man sich sehnt. Hättest du Don Quijote in diesem Moment gesehen, hättest du verstanden, dass dem nicht so ist. Weder die Liebe, noch der Hass, noch die Sehnsucht brauchen ein Objekt. Eine vage Idee reicht ihnen und nach einer gewissen Zeit, bedarf es nicht mal mehr dieser vagen Idee.

In diesem Moment dachte Don Quijote nicht an die unvergleichliche Dulcinea del Toboso. Sein ganzer Körper zitterte und die Tränen rannen ihm die Wangen herab. Du hättest verstanden, dass es für seine Verrücktheit keiner Herrin bedurfte, die in seinem Herzen regierte, denn die tiefste Glückseligkeit findet man, wenn das Gefühl kein Objekt hat. Ein Gefühl, das von einem Objekt abhängt, ist den Wechselfällen des Schicksals und dem Zufall unterworfen. Wenn jedoch das Gefühl sich vom Objekt befreit, ist es rein und frei. Deswegen folgen die Leute blind einer Fahne. Einer Fahne folgen heißt, das Gefühl von dem Objekt befreien, das sie auslöst.

Irgendwann kam er wieder zu sich, mit einem Blick, der sich in der Ferne verlor. So süß war diese Gefühlsregung, dass er es noch mal erleben wollte. Und wenn er sich vorher fragte, welchem Vorbild er folgen sollte,dem des Amadís de Gaula oder dem des Roldán dann fragte er sich jetzt, welche Zeremonie die Schönste sei. Ein König und Gott musste immer vorhanden sein, daran bestand kein Zweifel, denn es gab kein Ritterbuch, in dem diese beiden nicht vorkämen. Hunderte von ähnlichen Zeremonien gingen ihm durch den Kopf, unter anderen diese. In dieser gab es keinen Dialog, wie in der vorigen. Es handelte sich um einen Monolog, den man vor dem König hersagen musste, mit der rechten Hand auf dem Herzen.

Eid auf die Fahne

Ich schwöre bei Gott und dieser Fahne, Dulcinea del Toboso treu zu dienen, zu Wasser und zur Erde oder an jedem Ort um ihr, so dies nötig, mein Leben zu opfern.
Mein Aufgaben und Pflichten
als fahrender Ritter zu erfüllen, wie die Regeln der fahrenden Ritterschaft dies verlangen. Den Anordnungen meiner Vorgesetzten unverzüglich und gewissenhaft Folge zu leisten und meine ganze Kraft darauf zu verwenden
ein mutiger, ehrenhafter und treuer Untergebener meiner Dulcinea del Toboso zu sein.

Der gleiche Effekt wie vorher. In sich gekehrt, geistesabwesend und fast katatonisch. Man hätte auch jeden anderen Namen als den von Dulcinea del Toboso nennen können, der Effekt wäre immer der gleiche gewesen.

Während Don Quijote noch vor dem königlichen Baum kniete, hatte Sancho Panza, hoch zu Ross auf Rocinante, die Kneipe erreicht, wo er vor einigen Tagen das nicht bezahlen wollte, was er schuldete. Obwohl er Hunger hatte, es war ja Mittagszeit, wollte er nicht hineingehen, da er Angst hatte, dass der Kneipenwirt sich seiner erinnern könnte.

Während er noch so dastand, zwischen Hunger und Angst hin- und herschwankend, kamen aus der Kneipe der Pfarrer und der Barbier aus seinem Dorf, jene, die alle Bücher im Hause Don Quijotes verbrannt hatten, weil sie diese für die Ursache seines Wahnsinns hielten.

Sancho erzählte ihnen, was bislang vorgefallen war, und dass sein Herr jetzt, dem Beispiel des Amadis de Gaula folgend, in den verlassenen Gegenden jener Berge solange Hunger und Kälte litt, bis Sancho von seinem Besuch bei der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso zurückkäme, um ihn von seinen Leiden zu befreien.

Wir wissen bereits, dass die Angelegenheit ein bisschen schwer zu verstehen war und Sancho Panza es auch nicht gut erklären konnte. Doch schließlich verstanden der Pfarrer und der Barbier, wovon die Rede war.

Sie machten sich nun auf den Weg, um Don Quijote nach Hause zu bringen, ohne dass sie jedoch eine konkrete Idee hatten, wie dies zu bewerkstelligen sei. Als sie nun hörten, was Sancho Panza ihnen erzählte, kamen sie auf die Idee, sich als fahrende Dame in Begleitung ihres Knappen zu verkleiden. Sie baten deshalb die Frau des Kneipenwirtes ihnen alles zu geben, was sie hierfür bräuchten, also ein Kleid, einen Schleier, um das Gesicht zu verbergen und eine Perücke. Mit diesen Utensilien maskierte sich der eine als fahrende Dame und der andere als Knappe. Dann machten sie sich dahin auf den Weg, wo Don Quijote so litt, wie dies ein fahrender Ritter tun sollte.