Capítulo vigésimo octavo

Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y al barbero sucedió en la misma sierra y donde aprendemos que las mujeres siempre tienen razón

Apenas Cardenio hubo terminado su cuento, oyeron otra canción que provenía de un lugar no muy alejado de donde estaban ellos.

Tierra de leyendas,
de unicornios blancos,
donde los amores se elevan alados.
Tierra de doncellas,
tierra de misterios,
príncipes valientes surcando los retos.

Tierra de honor, de esperanza y dolor
sueños, magia, luz y color,
de almas en busca de libertad,
sangre, lucha, amor y piedad...

Tierra de esperanza, tierra de ensueño,
tierra de destinos en carros de fuego,
lágrimas de plata,
pétalos al viento.

Suspiros rosados buscando secretos,
tierra de leyendas,
de unicornios blancos amores eternos,
dulzura y pasión.

Sueños de doncella,
sueño enamorado...
esperanza de amor...

¡Qué milagro! Parecía que en estas agrestes tierras floreciera el arte. Jamás en su vida habían oído algo tan hermoso y el mismo Cardenio, gran poeta como ya sabemos, se quedó pasmado. Fueron al lugar de donde provenía la música y vieron allí a una chica hermosísima, disfrazada de chico. Era ella quien tan bellamente cantaba.
Se quedaron en silencio, absortos, hasta que terminó la música. Después vieron que se le caían las lágrimas y oyeron cómo se quejaba de un cierto Fernando, un cabrón, que la había engañado como ya, cierto marqués Villaco, lo hizo a una doncella en un libro de caballería cuyo título mencionaba mas todos los que estaban allí, el cura, el barbero y Cardenio, desconocían. Se lamentaba de que, a diferencia de lo que ocurría en el libro mencionado, a ella no la socorriera ningún caballero andante que castigara a aquel bellaco. Apenados, se acercaron a ella y le dijeron que estaban a su servicio, no para enderezar el entuerto, siendo esto imposible por no ser ellos caballeros andantes, sino para consolarla y compartir su dolor.
Y como ya sabemos que no hay nada más sabroso en la vida que una hermosa historia llena de tristeza, le pidieron que les contara todo lo que había ocurrido. ¡Cuán hermoso es escuchar una historia de este tipo contada por un hombre! Pero cuánto más bello es oírla de labios de una mujer hermosísima, joven y esbelta. Siendo así ¿tiene sentido discutir sobre cuánta veracidad hay en el cuento? El lector avezado ya se habrá dado cuenta de que la que tan hermosamente cantaba era Dorotea, aquella muchacha de la que nos habló Cardenio al narrar su historia, aquella por la cual tuvo que ausentarse, aquella por la cual había ido a su aldea, porque Fernando tuvo que ausentarse. ¡Vamos a creer todo lo que ella dice! ¡Sí! Palabra, por palabra. Vamos a estar pendientes de su labios, beber con fruición cada palabra suya como verdad divina. ¿Qué? ¿Qué es injusto que no se permita que Fernando cuente su versión de los hechos? ¡Bah! Como caballeros andantes estamos al servicio de las doncellas.

Ella contó la historia tal y como la había contado Cardenio con anterioridad, pero de manera más detallada. Que Fernando le había escrito miles de cartas, algunas incluso bastante poéticas, porque cuando la ocasión lo merecía, también él se iba a la biblioteca de su padre para ver si encontraba allí algo que pudiese ablandar el corazón de una doncella. De vez en cuando no está mal, previsto que no se exagere tanto como hacía Cardenio. La había lisonjeado, le había hecho obsequios y todas esas cosas que sirven para derribar el castillo más fortificado que imaginarse pudiere.

¡Sí, sí, sí! Esto, en parte le gustaba, lo admitía, porque incluso la mujer más hermosa, necesita a alguien que la adore, si no la belleza no tendría sentido alguno, sería como sepultar el oro diez metros bajo tierra, algo que únicamente se le ocurriría a un avaro. Esto de que las mujeres hermosas necesiten a alguien que las adore, es un gran consuelo, dicho sea de paso, porque demuestra, que los chicos también sirven para algo, a pesar de que todos, toditos, son unos cabrones, como muestra esta historia.
Una noche, con la ayuda de una sirvienta suya, Fernando se alojó en su alcoba. Ésta sería, si nos interesara la verdad, lo que no es el caso, la parte interesante. Hay que admitirlo, tenía fantasía este Fernando, y era guapo y con la ayuda de una biblioteca, incluso podía escribir algo sensato, siempre y cuando no se alejara mucho del original. ¿Para toda la vida? Bueno, eso ya es otra historia y además sería injusto para los otros zagales, porque ellos también necesitaban algo bello con lo que soñar. Sea como fuere, pues no sabemos realmente lo que pasó por la mente de Dorotea, al final se divirtieron.
Y siguió contando Dorotea, que después este Fernando se comportó como un hijo de mala madre, lo que es muy probable que pasase. Así son estos jovenzuelos, aunque como ella era tan hermosísima, también pudo haber ocurrido otra cosa. También puede ser que Fernando, que hasta ese día nunca había visto a una mujer desnuda y menos a una tan hermosa, se volviera loco de amor y quisiera pasar toda su vida con ella, lo que a ella, que por ser tan hermosa tenía más posibilidades que él, le resultó un deseo un poco exagerado. Tampoco le hizo mucha ilusión tenerlo a sus pies, implorando su clemencia, porque estaba cansada y quería dormir. Tan creíble es que Fernando se ausentase para no estar obligado a verla de nuevo, como que ella lo mandase a casa, diciéndole que no volviera más.

Con el corazón destrozado y escribiendo o declamando sonetos - sí, sí, sí, así era pues es sabido, que en determinadas ocasiones cualquiera se convierte en poeta - se fue con Cardenio a la casa de los padres de éste, donde conoció a la hermosa Lucinda. Como estaba harto de sufrir, pensaba que podía olvidar a Dorotea si se enamoraba de Lucinda.
A la otra –léase Lucinda-, le insinuó con un soneto bastante bien pergeñado, que él ya sabía cómo funcionaba todo esto, lo cual era cierto y despertó la fantasía de Lucinda que ya estaba como hemos dicho, un poco harta de teorías. Es que los poetas son divertidos, ¡pero, por favor, no todo el año!
Y de esta guisa, ganaron experiencia ambos, en tanto que el cándido Cardenio quedó igual de inexperto que antes.

Estando pendientes de los labios, sensuales y a la vez finos y rojos como una fresa de Dorotea e inundándonos estos labios de tanta alegría, la veracidad o no del asunto, no nos importa en lo más mínimo. Sea verdad o no, según Dorotea Fernando se enamoró realmente de Lucinda, porque esto suele ocurrir. Los chicos que se enamoran al ver a una chica hermosa vestida, se vuelven locos de atar cuando la ven desnuda y tal imagen se les clava en el corazón de tal forma, que necesitan años para olvidarla. Basta visitar la Capilla Sixtina, aquélla cuya bóveda pintó Michel Ángelo, y ver cómo todos los jóvenes de la Tierra, están mirando a la Sibila délfica...¡¡¡Madre mía, qué llanto!!! Yo estuve allí cuando vivía en Roma y ver a todos esos chicos, la verdad que da pena contemplar tanta aflicción.
De todos modos, si tuviésemos la intención que realmente no tenemos, de relatar lo que pasó, diríamos que Fernando quería casarse de verdad con Lucinda, era ella quien no quería ni al poeta pedante, ni al loco Fernando, quería simplemente gozar de la vida. Mas el hecho de que Fernando la hubiese olvidado en tan poco tiempo, fastidiaba a Dorotea. ¿Cómo era posible que la hubiera olvidado tan rápidamente? Para comprobarlo más de cerca y le quedase más claro, marchó a la aldea donde Lucinda y Fernando se iban a casar.

Preguntando a la gente aquí y allá, se enteró también de que Cardenio era amante de Lucinda, o mejor dicho, ex-amante y ex prometido y ex futuro esposo. Hasta ahora no hemos conocido nada que nos pueda extrañar en demasía, dado que tanto la versión improbable, en la que queremos creer porque proviene de labios tan hermosos, como la versión verosímil, en la cual no queremos creer, son cuando menos, lógicas y razonables. No obstante, lo que sin duda llama la atención en el cuento, es el contenido de esta frase, que recogemos palabra por palabra.

“Luego, con más ligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré por estas montañas, sin llevar otro pensamiento ni otro designio que esconderme en ellas y huir de mi padre y de aquéllos que de su parte me andaban buscando.”

¡Huía de su padre que tanto la quería, que habría hecho cualquier cosa para ella, que la amaba tan profundamente como sólo un padre a una buena hija quiere! ¿Por qué? Tan mal compagina dicha afirmación con el resto del cuento, que a pesar de que viene de labios tan hermosos nos parece ilógica. ¿Era ella una caballera andante que vivía en el destierro para seguir un patrón que desconocemos? ¿Hay en estos libros un Amadís de Gaula femenino? No lo sabemos.
Mas a pesar de que su comportamiento se asemeja un poco al de Don Quijote, ella no estaba loca, como vamos a ver en seguida, bien al contrario está muy cuerda, es lista como el hambre y tenía unas ganas enormes de divertirse.

 

 

Kapitel achtundzwanzig

Das von dem neuen und angenehmen Abenteuer handelt, das dem Pfarrer und dem Barbier in derselben Bergkette zugestoßen ist und wo wir lernen, dass die Frauen immer Recht haben

Kaum hatte Cardenio seine Geschichte beendet, da hörten sie einen anderen Gesang, der von einem nicht allzu weit entfernten Platz kam.

Reich der Legenden,
der weißen Einhörner,
wo die Liebe Flügel hat,
Reich der Jungfrauen.

Reich der Mysterien,
mutige Prinzen, die sich im Kampf bewähren.

Reich der Ehre, der Hoffnung und des Schmerzes,
Träume, Zauberei, Licht und Farbe,
Seelen auf der Suche nach der Freiheit,
Blut, Kampf, Liebe und Verehrung.

Reich der Hoffnung, Reich der Träume,
Reich des Schicksals mit Feuerwagen,
Tränen aus Silber
Blütenblätter im Wind.

Rosige Seufzer auf der Suche nach Geheimnissen,
Reich der Legenden,
der weißen Einhörner, der ewigen Liebe.

Träume der Jungfrau,
verliebte Träume.
Die Hoffnung auf Liebe

Welch ein Wunder! Es scheint, dass an diesem unwirtlichem Ort die Kunst blüht. Noch nie in ihrem Leben hatten sie etwas derartig Schönes gehört und sogar Cardenio, ein großer Dichter, wie wir wissen, blieb wie versteinert. Sie gingen an den Ort, wo diese Musik herkam und sahen eine wunderschöne Frau, die als Junge verkleidet war. Sie war es, die so schön sang.

Sie blieben schweigend stehen, bis die Musik verstummte. Dann sahen sie, dass ihr Tränen über die Wangen liefen und wie sie sich über einen gewissen Fernando beklagte, einen Schurken, der ganz so wie ein gewisser Villaco in einem Ritterbuch, dessen Namen sie nannte, den aber alle, die dort waren, der Priester, der Barbier und Cardenio, nicht kannten, eine Jungfrau betrogen hatte. Sie beklagte, dass ganz im Gegensatz zu dem, was in dem Ritterbuch geschildert wurde, ihr kein fahrender Ritter zur Hilfe eilte, der diesen Halunken bestrafte. Betrübt näherten sie sich ihr und sagten ihr, dass sie ihr zu Diensten stünden. Nicht um das Unrecht zu rächen, denn dies sei, da sie ja keine fahrenden Ritter seien, unmöglich, sondern um sie zu trösten und ihren Schmerz zu teilen.

Und da wir nun ja schon wissen, dass es im Leben nichts Köstlicheres gibt, als eine schöne Geschichte, voller Traurigkeit, baten sie sie, ihnen alles zu erzählen, was vorgefallen war. Wie schön ist es, eine solche Geschichte von einem Mann zu hören! Doch wie viel schöner ist es, sie von einer wunderschönen, jungen und grazilen Frau zu hören. Da dem so ist, hat es da einen Sinn, sich über die Wahrscheinlichkeit dieser Geschichte Gedanken zu machen? Der gewitzte Leser weiß schon, dass es Dorotea war, die so herrlich sang, jenes Mädchen, von dem Cardenio sprach, als er seine Geschichte erzählte, jenes, wegen dem sich Fernando in sein Dorf begab, weil er verreisen musste. Wir werden alles glauben, was sie sagt! Ja! Wort für Wort. Wir werden an ihren Lippen hängen, mit Wonne jedes ihrer Worte, wie eine göttliche Wahrheit trinken. Was? Es ist ungerecht, Fernando nicht zu erlauben, seine Version der Dinge zu erzählen? Bah! Wie die fahrenden Ritter dienen wir den Jungfrauen.

Sie erzählte die Geschichte, die vorher schon Cardenio erzählt hatte, doch detaillierter. Dass Fernando ihr Tausende an Briefen geschrieben habe, sogar einige sehr poetische, denn wenn die Situation dies erforderte, dann ging auch er in die Bibliothek seines Vaters, um zu sehen, ob er etwas finden könne, was das Herz einer Jungfrau erweichen könne. Manchmal ist das nicht schlecht, vorausgesetzt, man übertreibt nicht derart wie Cardenio. Er hatte ihr geschmeichelt, hatte ihr Geschenke und diese Dinge gemacht, die geeignet waren, auch die stärkste Festung, die man sich vorstellen konnte, einzureißen.

Ja, ja, ja! Zum Teil gefiel ihr das, das gab sie zu, denn selbst die schönste Frau braucht jemanden, der sie bewundert, denn sonst hätte die Schönheit keinen Sinn, es wäre sonst, als ob man Gold zehn Meter unter der Erde vergraben würde, etwas, was zu tun, nur einem Geizhals einfiele. Dass selbst noch die schönsten Frauen jemanden brauchen, der sie bewundert, ist ein großer Trost, das sei im Vorübergehen noch gesagt, denn es zeigt, dass auch die Jungs zu etwas gut sind, obwohl alle, ohne Ausnahme, Schurken sind, wie diese Geschichte zeigt.

Eines Nachts schlich sich Fernando mit Hilfe einer ihrer Mägde, in ihr Zimmer. Das wäre, wenn uns die Wahrheit interessieren würde, was ja nicht der Fall ist, der interessante Teil. Man muss zugeben, dass dieser Fernando Phantasie hatte, hübsch war und mit der Bibliothek seines Vaters konnte er sogar etwas Vernünftiges schreiben, vorausgesetzt, dass er nicht allzu stark vom Original abwich. Für das ganze Leben? Nun gut, das ist nun eine andere Geschichte und außerdem wäre es ungerecht für die anderen Jungs, denn diese brauchten auch etwas Schönes, von dem sie träumen konnten. Sei dem wie dem sei, wir wissen nicht, was im Kopf von Dorotea vorging, aber schließlich hatten sie eine lustige Zeit.

Dorotea fuhr dann fort, dass Fernando sich anschließend wie der Sohn einer schlechten Mutter benahm, was sehr wahrscheinlich ist, dass es passiert. So sind die Jungs. Da sie aber so wunderschön war, war auch etwas anderes möglich. Es kann auch sein, dass Fernando, der bislang noch nie eine unbekleidete Frau gesehen hatte und noch weniger eine so schöne, verrückt vor Liebe wurde und sein ganzes Leben mit ihr verbringen wollte, was ihr wiederum, da sie ja wunderschön war und sehr viel mehr Möglichkeiten hatte als er, ein etwas übertriebener Wunsch erschien. Es beeindruckte sie auch nicht sonderlich, ihn um ihre Gnade flehend, zu ihren Füßen zu sehen, denn sie war müde und wollte schlafen. Es kann sein, dass Fernando verreiste, um sie nicht wiederzusehen, aber genau so wahrscheinlich ist es, dass sie ihn nach Hause schickte, damit er nicht zurückkomme.

Mit zerrissenem Herzen, Sonette schreibend und rezitierend - ja, ja, ja, so war es, denn es ist gewiss, dass jedwelcher in bestimmten Situationen zum Poeten wird - reiste er mit Cardenio in dessen Heimatdorf, wo er die schöne Luscinda kennenlernte. Da er es satt hatte, zu leiden, dachte er, dass er Dorotea vergessen könne, wenn er sich in Luscinda verliebte.

Der anderen – lesen Sie Luscinda - deutete er in einem ziemlich aufdringlichen Sonett an, dass er wisse, wie das alles funktioniere, was ja sogar stimmte, und erweckte damit die Neugierde von Luscinda, die ja, wie wir bereits erwähnten, von Theorien ziemlich die Nase voll hatte. Die Dichter sind ja ganz lustig, aber bitte, nicht das ganze Jahr über!

Auf diese Art wurden dann beide an Erfahrung reicher, während Cardenio so unerfahren blieb wie zuvor.

Da wir an den sinnlichen und zugleich feinen Lippen von Dorotea hängen, rot wie eine Erdbeere, und uns diese Lippen mit soviel Freude überfluten, interessiert uns der Wahrheitsgehalt der ganzen Geschichte überhaupt nicht. Ob dies nun stimmt oder nicht, folgt man Dorotea, so verliebte sich Fernando in Luscinda, denn dies sind Dinge, die nun mal passieren. Die Jungs, die sich beim Anblick einer schönen Frau verlieben, werden verrückt vor Liebe, wenn sie sie unbekleidet sehen und dieses Bild prägt sich so tief in ihr Herz ein, dass sie Jahre brauchen, um es zu vergessen. Man muss nur die Sixtinische Kapelle, jene, deren Gewölbe Michelangelo gemalt hat, besuchen und all die Jungs der Erde sehen, wie sie das delphische Orakel betrachten...
Mein Gott, welch ein Jammer! Ich war dort, während meiner Zeit in Rom und wenn man all die Bengels sieht, dann wird man wirklich traurig, beim Anblick von soviel Trübsal.

Wenn wir also die Absicht hätten, was wir nicht haben, zu erzählen was tatsächlich passiert ist, dann würden wir sagen, dass Fernando Luscinda wirklich heiraten wollte, diese jedoch nicht wollte, weder den pedantischen Poeten, noch den verrückten Fernando, sie wollte ganz einfach das Leben genießen. Die Tatsache jedoch, dass Fernando sie so schnell vergessen hatte, ärgerte Dorotea. Wie konnte es sein, dass er sie so schnell vergessen hatte? Um sich das genauer anzuschauen und sich hierüber Klarheit zu verschaffen, ging sie in das Dorf, wo Luscinda und Fernando heiraten sollten.

Indem sie da und dort die Leute fragte, erfuhr sie auch, dass Cardenio Luscindas Liebhaber, oder besser gesagt, Ex-Liebhaber, Ex-Verlobter und Ex-Zukünftiger war. Bis jetzt gab es noch nichts, was uns hätte sonderlich überraschen können, weil ja die unwahrscheinliche Version, an die wir glauben wollen, weil sie von so schönen Lippen kommt, wie auch die wahrscheinliche Version, an die wir nicht glauben wollen, gleichermaßen logisch und plausibel sind. Was uns nun aber in der Erzählung auf jeden Fall verblüfft, ist der Inhalt dieses Satzes, den wir Wort für Wort wiedergeben.

Dorotea:

„Nachher kam ich, schneller als meine Bestürzung und Niedergeschlagenheit dies erlaubten, in diese Berge, nur von dem Gedanken und der Absicht erfüllt, mich hier vor meinem Vater und denen, die mich suchten, zu verstecken.“

Sie floh vor ihrem Vater, der sie so liebte, der alles für sie getan hätte, der sie so innig liebte, wie nur ein Vater eine gute Tochter lieben konnte. Warum? Diese Aussage passt so schlecht zum Rest der Geschichte, dass sie uns, auch wenn sie von so schönen Lippen kommt, unlogisch scheint. War sie eine fahrende Ritterin, die in dieser öden Gegend einem Vorbild folgte, das wir nicht kennen? Gibt es in diesen Büchern auch einen weiblichen Amadis de Gaula? Wir wissen es nicht.

Doch obwohl ihr Verhalten ein bisschen dem von Don Quijote glich, war sie nicht verrückt, wie wir im Folgenden sehen werden, ganz im Gegenteil, sie war sehr vernünftig, schlau wie ein Fuchs mit einer großen Lust, sich zu amüsieren.