Capítulo vigésimo noveno

Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo y del comportamiento raro de Sancho Panza

Cuando Dorotea hubo terminado el relato de su cuento, Cardenio se presentó ante ella, diciéndole que él era aquel Cardenio, amante de Lucinda, aquél que debía de desposarla.

Normalmente, esto habría debido ser acogido de muy buen grado ya que no puede haber en el mundo cosa más estupenda, que una mujer hermosa contando sus penas de amor a un chico guapo (supongamos que Cardenio era más bien atractivo a fin de embellecer un tantito la historia), que sufre el mismo dolor, de modo que podían consolarse mutuamente, sin olvidarnos de que estaban lejos de la casa de sus padres y en tal situación, podían hacer lo que les viniera en gana.
Pero tan metidos estaban ambos en sus respectivas fantasías, Dorotea no pensando en otra cosa que la trastada de haber sido engañada por un hombre al que ni tan siquiera amaba - porque en esto coinciden ambas versiones, la verosímil y la inverosímil - y Cardenio en su quimera de que Lucinda era la única mujer que amaría en toda su vida, a pesar de que tenía presente a Dorotea, por la que sentía algo más que atracción.

¿Por qué no habían dejado en paz a Lucinda y Fernando, que todavía tenían veinte años por delante para aburrirse? Este chico, Cardenio, era realmente muy teórico. En vez de disfrutar y profundizar en los enigmas del amor, que siempre son temas muy ricos cuando se habla con una mujer con un vaso de vino en la mano y en ausencia de cualquier problema concreto, le dijo que Fernando tendría que reconocer que Lucinda le pertenecía y como buen cristiano, asumir también lo que a Dorotea debía y que, caso contrario, habría una manera de forzarle a aceptar y asumir sus respectivos deberes.

Afortunadamente, en ese preciso instante, volvió Sancho Panza que les contó que su táctica había fracasado. Él creyó que habría bastado con que Dulcinea le ordenase acabar su penitencia, para que su amo hubiese salido pitando de este lugar. El más corto sentido común habría bastado para darse cuenta de que esto era una necedad, simple y llanamente, porque Don Quijote no tenía adónde ir.
A pesar de estar loco, sí que había comprendido que cabalgando por zonas desiertas jamás encontraría aventuras dignas de un caballero andante y aun si, por casualidad, se tropezaba con alguna, nadie la contaría puesto que no había nadie a quien repetirla; así que, daba exactamente igual si se quedaba ahí o continuaba su vida de caballero andante. Lo más acertado que podía hacer era quedarse allí en eterna penitencia y dar a conocer sus hazañas con los medios que tenía a su disposición, o sea, mandar a Sancho Panza a difundirlas por todas las partes posibles.

 

Afortunadamente para él, ahí estaba Dorotea quien dentro de poco, como vamos a ver, le ofrecería una real hazaña y una razón para salir de este solitario e inhóspito lugar.
Al ver lo desesperado que estaba Sancho Panza porque su amo no quería salir de este lugar dejado de las manos de Dios, y visto que tal decisión significaba que no iba a conquistar ningún reino para él y que no iba ser gobernador de ninguna ínsula, el cura le dijo (Tenemos que saber, que él no había oído nada del cuento de Dorotea, porque vino más tarde):
- La mujer que ves ahí - y señaló a Dorotea - es la reina de Micomicón, un reino sito en África, que ha viajado a España para pedir al caballero andante Don Quijote de la Mancha, que con su audacia y valor, mate a un gigante que amenaza su reino. Es por lo tanto menester, que Don Quijote termine su penitencia y asuma el primer deber de un caballero andante, o sea socorrer a los menesterosos y a los que necesitan de su brazo fuerte porque no pueden defenderse por ellos mismos.

Habiendo oído esto, Sancho Panza ya se veía gobernador de una región de dicho reinado, porque si Don Quijote mataba a aquel malvado gigante - se dijo Sancho - la reina debería pagar a su amo algo a cambio de la proeza, mínimo una parte de sus posesiones en el país africano; y, claro está que Don Quijote le debía algo a él, y el pago, seguramente, consistiría en una parte de la parte recibida. El único inconveniente era, que todos sus súbditos serían negros como el carbón; y eso, por algo que desconocemos, no le hacía ninguna gracia. Aunque tras haberlo sopesado un ratillo, tuvo la gran ocurrencia de que podía vender a sus súbditos y con el dinero ganado comprarse tanta tierra que podría vivir como un marqués.

La idea de hacerse pasar por reina de Micomicón, se le había ocurrido a la propia Dorotea cuando el cura y el barbero le contaron por qué estaban allí y por qué se habían disfrazado de doncella andante y escudero. Propuso ella, al oír esto, que más valía que ella se hiciese la doncella, porque sería más natural y no sería menester ningún disfraz al efecto, lo que a todos pareció una gran idea. Sancho Panza sin embargo, que no había estado presente cuando Dorotea contó su historia, creía que se trataba de una reina de verdad.

Guiados por Sancho Panza, fueron adonde se encontraba Don Quijote para pedirle que enderezara los entuertos que sufría la reina de Micomicón, dando de esta forma a Don Quijote una razón para salir de este lugar además de un objetivo en la vida, algo que todos necesitamos
Mencionamos, porque muy a menudo se menciona, que todos los que allí en ese instante estaban presentes, excepto Sancho Panza, en alguna ocasión habían leído libros de caballería; lo que en parte era el problema, como ya hemos visto, y en parte fuente de distracción; porque habiendo leído Dorotea tantos libros de caballería, sabía perfectamente cómo había de comportarse delante de un caballero andante.

Cuando llegaron, bajó de su caballo y se hincó de rodillas delante de Don Quijote, le besó la mano y le suplicó que la socorriese, lo que tan valiente caballero andante estaba, evidentemente, dispuesto a hacer. Mas como la meta era llevarlo a casa, o sea que pasara por su aldea de camino a Micomicón, era menester que prometiera también no emprender hazaña alguna hasta haber matado al gigante que amenazaba con destruir el reino de Micomicón, lo que Don Quijote prometió igualmente, visto que de todas formas, no tenía cosa mejor que hacer.
Y de los eventos que tuvieron lugar camino a Micomicón, vamos a dar cuenta en los capítulos siguientes.

 

 

Kapitel neunundzwanzig

Das davon handelt, wie vernünftig die schöne Dorotea ist, von anderen Dingen guten Geschmacks und Zeitvertreib und vom merkwürdigen Verhalten von Sancho Panza

Als Dorotea ihre Geschichte zu Ende erzählt hatte, stellte sich Cardenio ihr vor und teilte ihr mit, dass er jener Cardenio, der Liebhaber von Luscinda, sei, derjenige, den sie hätte heiraten sollen.

Normalerweise hätte dies wohlwollend aufgenommen werden müssen, denn nichts Schöneres kann es auf der Welt geben, als eine schöne Frau, die ihre Leiden einem schönen Mann erzählt (wir nehmen jetzt mal an, um die Geschichte zu verschönern, dass Cardenio hübsch war), die genau wie er leidet und die sich so gegenseitig trösten können, ohne zu vergessen, dass sie weit von zu Hause entfernt waren, also tun konnten, was sie wollten.

Doch beide waren völlig verbohrt in ihre jeweiligen Phantasien. Dorotea dachte an nichts anderes, als an die Abfuhr, die sie erhalten hatte, als sie von einem Mann betrogen wurde, den sie nicht mal liebte, darin stimmten ja beide Versionen überein, die wahrscheinliche und die unwahrscheinliche, und Cardenio lebte in der Wahnvorstellung, dass Luscinda die einzige Frau wäre, die er jemals lieben würde, obwohl er Dorotea vor der Nase hatte, für die er mehr als nur eine gewisse Sympathie empfand.

Warum hatten sie Luscinda und Fernando, die noch mehr als zwanzig Jahre Zeit hatten, sich zu langweilen, nicht einfach in Ruhe gelassen? Dieser Cardenio war wirklich ein reichlich theoretisch veranlagter Junge. Statt die Rätsel der Liebe zu genießen und zu vertiefen, was ja immer reichhaltige Theman sind, wenn man darüber, mit einem Glas Wein in der Hand, mit einer schönen Frau spricht und keine konkreten Probleme hat, sagte er zu ihr, dass Fernando anerkennen müsse, dass Luscinda ihm gehöre und als guter Christ, auch das geben müsse, was er Dorotea schulde. Tue er dies nicht, so hätte es Möglichkeit, ihn zu zwingen, seine Pflichten zu akzeptieren und zu erfüllen.

Glücklicherweise kam genau in diesem Moment Sancho Panza zurück, der ihnen mitteilte, dass seine Taktik gescheitert sei. Er glaubte, dass es reichen würde, wenn Dulcinea Don Quijote befehlen würde, seine Buße zu beenden, damit sein Herr diesen Ort verließe. Noch der Allerdümmste hätte begriffen, dass dies einfach und schlicht ein Schwachsinn war, weil Don Quijote ja nirgends hingehen konnte.

Obwohl er verrückt war, hatte er sehr wohl verstanden, dass er in diesen entlegenen Gegenden niemals eines fahrenden Ritters würdige Abenteuer finden würde und selbst wenn er, rein zufällig, eines erleben würde, er es niemandem erzählen würde, da es ja niemanden gab, dem man es erzählen konnte. Es war von daher völlig egal, ob er dort blieb, oder sein Leben als fahrender Ritter weiterführte. Das Vernünftigste, was er tun konnte war, dort in ewiger Buße zu verharren und seine Heldentaten mit den Mitteln, die ihm zur Verfügung standen, also durch Sancho Panza, der ganzen Welt zu verkünden.

Zu seinem Glück war aber Dorotea da, die, wie wir gleich sehen werden, ihm eine richtige Heldentat anbot und so einen Grund, diese einsame und unwirtliche Gegend zu verlassen.

Als sie sah, wie verzweifelt Sancho Panza ob der Tatsache war, dass sein Herr diese gottverlassene Gegend nicht verlassen wollte, was ja wiederum bedeutete, dass dieser kein Königreich für ihn erobern würde, er folglich auch nie Gouverneur einer Insel werden würde, sagte der Priester zu ihm: (Wir müssen wissen, dass er von der Geschichte Dorotea nichts gehört hatte, weil er später kam.)
„Die Frau, die dort siehst“, dabei zeigte er auf Sancho Panza, „ist die Königin von Micomicón, einem Königreich in Afrika, die nach Spanien gereist ist, um den fahrenden Ritter Don Quijote de la Mancha zu bitten, dass er mit Kühnheit und Mut, den Giganten tötet, der ihr Reich bedroht. Deshalb ist es notwendig, dass Don Quijote seine Buße beendet und die erste Pflicht eines fahrenden Ritters erfüllt, nämlich den Bedürftigen und denen, die seines starken Armes bedürfen, weil sie sich nicht selbst helfen können, zur Hilfe zu eilen.“

Als Sancho Panza dies gehört hatte, sah er sich schon als Gouverneur einer Region dieses Reiches, denn wenn Don Quijote diesen verruchten Giganten töten würde, so sagte sich Sancho Panza, dann müsse die Königin ihm im Gegenzug als Bezahlung für seine Heldentat zumindest einen Teil ihrer Gebiete in dem afrikanischen Land geben und Don Quijote wiederum schuldete dann ihm etwas, und die Bezahlung würde sicher aus einem Teil dieses erhaltenen Teils bestehen. Das einzig Ärgerliche dabei war, dass alle seine Untertanen schwarz wie Pech wären, was ihm, aus Gründen, die wir nicht kennen, überhaupt nicht gefiel. Nachdem er jedoch ein Weilchen darüber nachgedacht hatte, kam ihm der geniale Einfall, dass er seine Untertanten ja verkaufen könnte und mit dem so verdienten Geld, sich Land kaufen und wie ein Graf leben könnte.

Die Idee, sich als Königin von Micomicón auszugeben, war Dorotea selbst eingefallen, als der Pfarrer und der Barbier ihr erzählten, warum sie gekommen und sich als Jungfrau und Knappen verkleidet hatten. Sie schlug vor, als sie dies hörte, dass es besser wäre, wenn sie die Jungfrau spiele, das wäre viel natürlicher und es wäre keine Verkleidung nötig, was allen eine hervorragende Idee schien. Sancho Panza jedoch, der zu dem Zeitpunkt, als Dorotea ihre Geschichte erzählte, nicht anwesend war, glaubte, dass es sich wirklich um eine Königin handle.

Von Sancho Panza geführt, gingen sie dahin, wo sich Don Quijote aufhielt, um ihn zu bitten, das Unrecht, dass der Königin von Micomicón angetan worden war, zu rächen, womit sie Don Quijote nicht nur einen Grund lieferten, diesen Ort zu verlassen, sondern seinem Leben auch einen Sinn gaben, etwas, was wir ja alle brauchen.

Wir erwähnen, weil man das oft erwähnt, dass alle, die sich in diesem Augenblick dort befanden, außer Sancho Panza, einmal in ihrem Leben Ritterbücher gelesen hatten. Was einerseits, wie wir gesehen haben, die Quelle des Unheils, zum anderen aber auch die Quelle des Vergnügens war. Da nämlich Dorotea so viele Ritterbücher gelesen hatte, wusste sie, wie man sich einem fahrenden Ritter gegenüber zu benehmen hatte.

Als sie ihr Ziel erreicht hatten, stiegen sie vom Pferd und sie kniete vor Don Quijote nieder, küsste ihm die Hand und bat ihn, ihr zur Hilfe zu eilen, was ein so tapferer fahrender Ritter natürlich bereit war zu tun. Da jedoch das Ziel war, ihn nach Hause zu bringen, also ihn auf dem Weg nach Micomicón an seinem Dorf vorbeizuführen, war es nötig, dass er auch versprach, keine andere Heldentat mehr zu unternehmen, bevor er nicht diesen Giganten, der das Königreich Micomicón zu zerstören drohte, getötet hätte, was Don Quijote auch versprach, da er ja ohnehin nichts besseres zu tun hatte.

Was nun auf dem Weg nach Micomicón vorgefallen war, werden wir in den nächsten Kapiteln erzählen.