Capítulo trigésimo primero

De los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos y donde aprendemos que no hay diferencia alguna entre un loco tonto y un tonto

Sí, sí, sí, tú eres un chico muy listo, muy graciosa te parece la historia. ¡No, qué va, tu no tienes nada de Sancho Panza ni de Don Quijote! Pero una cosa tendrás que explicarme. Si esta historia se hizo tan famosa, tiene que haber algo muy verdadero en ella ¿no te parece? No has oído decir miles de veces "¡¡menuda quijotada acabas de hacer!!", "vaya, éste sí que es un Sancho Panza" "pero hacer eso, sería como luchar contra molinos de viento".
Siempre se les achaca estos comportamientos quijotescos a los otros. Claro, tú eres la excepción, nada de locura, muy cuerdo ¿no verdad? Tú, no tienes ninguna Dulcinea del Toboso como la patria, por ejemplo, en la que piensas mucho pero ella nunca en ti; o como la santa fe cristiana, cuyas promesas son tan irreales como las islas con las que sueña Sancho Panza ¿ a que no?
Si lo piensas bien, tú también sabes que no es para nada verosímil, que crucificasen a alguien, mitad Dios y mitad hombre, porque hacía seis mil años una mujer comió una manzana, ¿o me equivoco? Y si tantas cosas haces para honrar a ese alguien, que murió para purgarte del pecado original que cometieron vuestros primeros padres al comer la manzana, ¡¡perdóname!! Pero es que has de estar bastante desesperado.

Te comprendo mi hijito, no hay por qué avergonzarse. ¿No hubo caudillos en España que lo eran por la gracia de Dios y tú creías en ellos? ¡Madre mía, cuántas cosas te prometían y cuán dulces los sentimientos que te invadían cuando salías a dar la vida por algo tan impreciso y ambiguo! Con qué facilidad, con sólo un "viva la muerte", sustituías tu vacío interior por una locura, incluso a sabiendas de que era una locura, pues todo lo soportas mejor que el vacío. Te diré aun más, no me interesa mucho ese futuro del que me habla el sabelotodo futurista que cada a cada rato, se entromete en esta historia mas te diré, que incluso dentro de cuatrocientos años y por todas las partes de la Tierra, surgirán gran cantidad de Dulcineas del Toboso.
Búrlate, de todo aquello en lo que crees desesperada y fervientemente. Como muestra nuestro sabelotodo del futuro, esta historia se leerá también en los tiempos venideros, porque es una historia verdadera, más verdadera que la pura verdad.

Muy gracioso el diálogo entre Don Quijote y Sancho Panza.
Ya que esta nueva hazaña lo había liberado de su penitencia, quiso saber lo que la sin par Dulcinea del Toboso había dicho al recibir noticias de su caballero andante. Como Sancho Panza había llegado nada más que hasta la taberna, tuvo que responder con mentiras, aunque tales mentiras resultaban al final más verdaderas que la verdad misma; y esto, a pesar de que las preguntas eran falsas, porque provenían de los libros de caballería.
En los libros de caballería, las doncellas que reinaban en el corazón de los caballeros andantes siempre hacían cosas poco prácticas, como ensartar perlas para hacerse un collar, bordar tejidos con hilos de oro, escribir sonetos y cosas por el estilo. Pero cuando Don Quijote preguntó a Sancho lo que su dueña hacía en el momento en que llegó a su encuentro, éste le respondió que Dulcinea estaba cribando trigo. De inmediato, este trigo se convirtió, en la mente de Don Quijote, en un montón de perlas cultivadas, de entre las cuales su reina seleccionaba las más hermosas.
Pero lo que más interesó a Don Quijote fue saber qué había hecho ella con la carta que él le había escrito con tanto cuidado, poniendo en ella tanto esmero como Cardenio en las que había escrito a Lucinda; o sea, todo el arte que poseía un caballero andante. ¿Y cuál fue la respuesta de Sancho Panza?, una trola monumental, que encerraba una gran verdad. Le dijo que la había rasgado y echado después al fuego porque como no sabía leer, no quería que alguien le leyera un texto tan pedante y aburrido; y añadió algo menos verdadero pero más práctico - pues si la historia con la penitencia no acababa, él nunca sería gobernador - que ella le había dicho que quería que dejara de una vez esta tontería de la penitencia y volviera a casa.
A tal afirmación, Don Quijote no le puso ni un pero porque le confirmaba lo que para su mente enferma era bastante obvio, que la sin par Dulcinea del Toboso quería tener a tan valiente caballero andante a su lado cuanto antes.
Repasando mentalmente de nuevo todos los libros de caballería leídos, se le ocurrió también a Don Quijote preguntar a Sancho si Dulcinea le había dado algún obsequio para él, un anillo de oro incrustado de rubíes, por ejemplo, en señal de aprecio.
A lo que le respondió Sancho, que únicamente le había dado un pedazo de pan con queso para saciar el hambre, de lo cual Don Quijote dedujo, que su estima por él era tanta, que las joyas normales, ésas que se dan a los caballeros andantes normales, no le parecieron dignas para él, puesto que los superaba a todos en valor y gloria y prefirió, por lo tanto, no mandarle nada.
Sancho Panza se reía mucho de todo esto, tanto de sus mentiras verdaderas como de las preguntas erróneas; pero a nosotros nos parece muy normal, por ser muy sano transformar un poco la realidad a nuestro gusto.
Pero lo que nos sorprende de verdad es el hecho de que una persona tan tonta como tú, mi muy estimado lector, suelte una frase como ésta. Al decirle su amo que era muy normal que una dama tuviese varios caballeros andantes en cuyos corazones reinaba, aunque ninguno de ellos recibiera cosa alguna de ella, le respondió:

Sancho Panza:

- Con esa manera de amor he oído yo predicar que se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.

Sí, sí, sí. A pesar de que este Sancho es tan estúpido como tú, de vez en cuando suelta una frase muy lúcida. No hay que amar a Dios esperando recompensa alguna, ni por temor, hay que amarlo así no más, amarlo a pesar de que esté tan lejos como la sin par Dulcinea del Toboso.

Mientras así platicaba el escudero con su amo, el primero divirtiéndose con sus mentiras y el otro transformando las mentiras en loca, pero bonita realidad, fueron llamados por el barbero, que se había convertido en escudero de la reina de Micomicón, para hacerles saber que los otros que allí estaban, querían detenerse un rato para beber agua en una fuente que quedaba cerca y comer, lo que pareció muy buena idea a Don Quijote, porque a lo largo de todo el tiempo que había durado su penitencia, no había comido nada.
Entretanto estaban sentados bajo la sombra de un árbol pasó Andrés, aquel mozo que Don Quijote había liberado de las garras y el azote de su amo que no quería pagarle lo que le debía; y de esta manera, todos supieron el fin de esta hazaña.
Viendo Andrés a Don Quijote, se acercó a él. Pero cuál no fue el asombro de Don Quijote al saber que estaba enojado en lugar de agradecido, pues con una voz que temblaba de rabia le dijo:
- Mire señor caballero alucinante, si me ve otra vez atado a un árbol, no acuda en mi socorro y déjeme en paz, que mejor sabré valerme por mí mismo… Si no os hubieseis inmiscuido en el asunto, mi amo me habría dado un par de azotes más hasta que se le hubiera pasado la ira, me habría pagado lo que me debía y la historia se habría acabado. Mas como por vos y vuestras locuras se enfadó tanto, me azotó hasta que quedé más muerto que vivo; porque, inmediatamente después de que vos hubisteis partido, me amarró nuevamente a la encina y me fustigó con toda la fuerza que tenía y tiene. Y de pagarme, ni hablar. Me dijo que me fuese a pedir mi sueldo adonde el caballero tan valiente, que él, aparte de mil latigazos, nada me debía.

Sí, sí, sí. Muy divertido el episodio y, claro está, todos tuvieron que contenerse para no estallar en carcajadas al ver como Don Quijote se puso rojo como un tomate de vergüenza. Y él que más se divertía era el cura, que tan bien vivía de las riquezas que la Iglesia recibía en contrapartida por la fe cristiana.


 

Kapitel einunddreißig

Das von dem köstlichen Zwiegespräch handelt, das Don Quijote mit Sancho Panza, seinem Knappen führte, mit anderen Ereignissen und wo wir lernen, dass es keinen Unterschied gibt zwischen einem dummen Verrückten und einem Dummkopf

Ja, ja, ja, du bist ein ganz schlauer Junge, so lustig findest du diese Geschichte. Ach was, du hast gar nichts von einem Sancho Panza an dir und von einem Don Quijote auch nicht. Wenn diese Geschichte so berühmt ist, dann muss etwas sehr Wahres an ihr sein, glaubst du nicht? Hast du nicht schon Tausend Mal gehört "was für eine Quijoterie hast du da veranstaltet", "also wirklich, dieser ist schon ein Sancho Panza", "also dagegen anzugehen, das ist wie gegen Windmühlen kämpfen".

Solche quijotesken Verhaltensweisen zeigen immer die anderen. Klar, du bist die Ausnahme, kein bisschen verrückt, sehr vernünftig, stimmt's? Du hast keine Dulcinea del Toboso, wie etwa das Vaterland zum Beispiel, an die du jeden Tag denkst, wohingegen sie nie an dich. Oder wie der heilige christliche Glauben, dessen Versprechen so irreal sind, wie die Inseln, von denen Sancho Panza träumt. Stimmt's?

Wenn du es dir überlegst, dann weißt du schon, dass es nicht besonders wahrscheinlich ist, dass man jemanden, der halb Gott halb Mensch ist, steinigt, weil sechstausend Jahre vorher eine Frau einen Apfel gegessen hat. Oder irre ich mich? Und wenn du zu Ehren dessen, der starb, um dich von der Erbsünde zu erlösen, die darin besteht, dass deine allerersten Ahnen einen Apfel aßen, soviel tust, dann, entschuldige, musst du schon ziemlich verzweifelt sein.

Ich verstehe dich, mein Sohn, du musst dich nicht schämen. Gab es keine Anführer von Gottes Gnaden in Spanien und du hast an sie geglaubt? Mein Gott, was haben sie dir alles versprochen und wie süß die Gefühle, die dich durchströmten, als du dich aufmachtest, um dein Leben für so unklare und zweideutige Dinge hinzugeben. Mit welcher Leichtigkeit, mit nur einem "Hoch lebe der Tod", hast du deine innere Leere gegen eine Verrücktheit ausgetauscht, obwohl du wusstest, dass es eine Verrücktheit ist, denn alles ist erträglicher, als die Leere. Ich sage dir noch was. Die Zukunft, von der der futuristische Besserwisser, der sich dauernd in das Gespräch einmischt, interessiert mich nicht, ich sage dir jedoch, dass noch in vierhundert Jahren, in allen Teilen der Welt, ein große Anzahl an Dulcineas del Toboso entstehen werden.

Mach dich lustig über all das, woran du verweifelt und inbrünstig glaubst. Wie unser Besserwisser aus der Zukunft beweist, wird man diese Geschichte auch in kommenden Zeiten lesen, weil es eine wahre Geschichte ist, wahrer noch als die reine Wahrheit.

Sehr witzig, dieser Dialog zwischen Don Quijote und Sancho Panza.
Da ihn dieses neue Abenteuer aus seiner Buße erlöst hatte, wollte er wissen, was die unvergleichliche Dulcinea de Toboso gesagt hatte, als sie die Nachrichten ihres fahrenden Ritters erhielt. Da Sancho Panza ja nur bis zur Kneipe gekommen war, musste er sich Lügen ausdenken, aber diese Lügen enthielten, obwohl die Fragen falsch waren, weil sie aus den Ritterbüchern stammten, mehr Wahrheit, als die Wahrheit selbst.

In den Ritterbüchern taten die Jungfrauen, die im Herzen der Ritter herrschten, immer wenig praktische Dinge, wie zum Beispiel Perlen einfädeln, um sich eine Kette zu machen, aus Goldfäden einen Stoff zu weben, Sonette schreiben und Dinge dieser Art. Als aber Don Quijote Sancho Panza fragte, was seine Herrin tat, als er auf sie traf, antwortete dieser ihm, dass sie im Begriff war, Weizen zu sieben. Für Don Quijote verwandelte sich dieser Weizen sofort in einen Berg gezüchteter Perlen, aus denen sich seine Königin die Schönsten aussuchte.

Doch was Don Quijote am meisten interessierte war, was sie mit dem Brief gemacht hatte, den er ihr mit soviel Sorgfalt geschrieben hatte, in den er soviel Sorgfalt gelegt hatte, wie Cardenio in die Briefe, die er Luscinda schrieb, also die ganze Kunst, über die ein fahrender Ritter verfügte. Und was war die Antwort von Sancho Panza? Eine gewaltige Lüge, die eine große Wahrheit beinhaltete. Er sagte ihm, dass sie ihn zerrissen und dann ins Feuer geworfen habe, denn sie konnte nicht lesen und wollte nicht, dass irgendjemand einen so pedantischen und langweiligen Text vorlesen würde. Dann fügte er noch etwas hinzu, was zwar weniger wahr, dafür aber praktischer war, denn wenn das mit der Buße nicht aufhören würde, dann würde er nie Gouverneur werden. Dass sie wünschte, dass er diesen Unsinn mit der Buße nun endlich lasse und nach Hause zurückkehren solle.

An der Richtigkeit dieser Aussage hatte Don Quijote keinen Zweifel, denn es bestätigte ihm, was für seinen kranken Geist offensichtlich war. Dulcinea del Toboso wollte einen solch tapferen Ritter schnellstmöglich an ihrer Seite haben.

Im Geiste seine Ritterbücher von neuem durchgehend, kam es Don Quijote in den Sinn, Sancho Panza zu fragen, ob Dulcinea ihm ein Geschenk für ihn gegeben habe, einen Goldring, mit einem Rubin verziert, zum Beispiel, ein Zeichen ihrer Wertschätzung.
Darauf antwortete Sancho, dass sie ihm nur ein Stück Brot und ein Stück Käse gegeben habe, um den Hunger zu stillen, woraus Don Quijote schloss, dass ihre Wertschätzung für ihn so groß war, dass ein normales Schmuckstück, also eines das Damen gewöhnlichen Rittern geben, ihr nicht würdig erschienen, da er ja alle an Mut und Ruhm überragte und sie es folglich vorzog, ihm gar nichts zu schicken.

Sancho Panza lachte herzlich über all dies, sowohl über seine wahren Lügen wie auch über die falschen Fragen. Doch uns erscheint das sehr normal, weil es gesund ist, die Realität ein bisschen nach unserem Geschmack umzuformen.

Was uns jedoch am meisten überrascht ist die Tatsache, dass jemand der ähnlich dämlich ist wie du, mein verehrter Leser, einen Satz wie diesen sagt. Als sein Herr ihm erklärte, dass es ganz normal sei, dass eine Dame mehrere Ritter habe, in deren Herzen sie regiere, auch wenn keiner von diesen etwas von ihr erhielte, antwortete Sancho Panza.

Sancho Panza:

„Von dieser Art Liebe habe ich gepredigen hören , man müsse unseren Herrn nur um seinetwillen lieben, ohne Hoffnung auf Ruhm oder Angst vor Strafe. Wenn ich ihn auch lieben und ihm dienen wollte, so wie ich konnte.“

Ja, ja, ja. Obwohl dieser Sancho so dämlich ist wie du, sagt er manchmal ziemlich schlaue Dinge. Man soll Gott weder in Erwartung einer Gegenleistung lieben, noch aus Angst, man soll ihn einfach so lieben, auch wenn er so weit weg ist, wie die unvergleichliche Dulcinea del Toboso.

Während sein Herr nun so mit seinem Knappen sprach, wobei der eine viel Spaß mit seinen Lügen hatte und der andere sich damit vergnügte, die Lügen in eine verrückte, aber schöne Wahrheit zu verwandeln, rief sie der Barbier, der sich als Knappe der Königin von Micomicón verkleidet hatte, um ihnen mitzuteilen, dass die anderen kurz anzuhalten wünschten, um Wasser aus einer sich in der Nähe befindlichen Quelle zu trinken und etwas zu essen. Dies erschien Don Quijote eine gute Idee, denn während der Zeit seiner Buße, hatte er nichts gegessen.

Während sie nun im Schatten eines Baumes saßen, kam Andrés vorbei, jener Junge, den Don Quijote aus den Krallen und der Peitsche seines Herrn, der ihm nicht geben wollte, was er ihm schuldete, befreit hatte. So erfuhren denn nun alle das Ende dieser Geschichte.

Als Andrés Don Quijote sah, näherte er sich ihm. Doch wie überrascht war Don Quijote, als er erkennen musste, dass dieser empört und keineswegs dankbar war, denn mit einer Stimme, die vor Wut zitterte, sagte er:“Schau mein halluzinierender Ritter, wenn Ihr mich noch mal angebunden an einen Baum vorfindet, dann kommt mir nicht zur Hilfe und lasst mich in Ruhe, denn ich weiß mir besser selbst zu helfen. Wenn Ihr Euch nicht in die Angelegenheit eingemischt hättet, dann hätte mein Herr mir noch ein paar Peitschenhiebe gegeben, bis seine Wut verraucht gewesen wäre. Anschließend hätte er mir das Geld gegeben, das er mir schuldete. Doch Euretwegen und wegen Euren Verrücktheiten ist er so zornig geworden, dass er mich peitschte, bis ich mehr tot als lebendig war. Denn unmittelbar nachdem Ihr weg wart, band er mich wieder an und peitschte mich mit aller Kraft, über die er verfügte. Von Zahlen war nicht mehr die Rede. Er sagte mir, dass ich mir meinen Lohn bei dem so mutigen Ritter holen solle und dass das Einzige, dass er mir schulde, tausend Peitschenhiebe wären.“

Ja, ja, ja. Sehr witzig die Episode, und es ist vollkommen klar, dass sich alle beherrschen mussten, um nicht loszulachen, als sie sahen, dass Don Quijote vor Scham rot wie eine Tomate wurde. Der, der sich am meisten amüsierte war der Pfarrer, der so gut von dem Reichtum lebte, den die Kirche als Gegenleistung für den christlichen Glauben erhielt.