Capítulo trigésimo quinto

Donde se da fin a la novela del curioso impertinente y donde se cuenta la indignación del cura

Como en sueños había leído el cura mi cuento. Estando absorto al leerlo y no acordándose de quién era, incluso le pareció graciosa la expresión utilizada por Locario de que Camila le había contado cosas más reveladoras que todas las revelaciones divinas que se encuentran en la Biblia. Tenía la impresión de que algunas palabras, pues esto es lo que suelen hacer los lectores que suelen leer cada cosa como si hubiesen sido escritas por ellos mismos, estaban dirigidas directamente a él, como por ejemplo lo de la poca experiencia. Tan sumido estaba en el cuento, que se preguntó para sus adentros cuánto podría aprender él de una mujer como Camila.
Al leer mi cuento, no pensaba precisamente en los diez mandamientos y menos aún en el sexto de ellos que dice explícitamente que no se debe cometer actos impuros, ni tampoco en el noveno, que dice que no hay que tener pensamientos ni deseos impuros.

Pero cuando hubo terminado con mi cuento volvió en sí, recordó que era cura, que el matrimonio era para toda la vida, que el adulterio era un pecado mortal y que todo el cuento iba en contra de la santísima fe cristiana, es decir, en contra de la Santa Madre Iglesia, o sea en contra de su bolsillo. No podía ser que la gente viviera como les diera la gana, sin adoctrinamiento alguno.
Este cuento era infinitamente más perjudicial que los libros de caballería y se arrepintió sobremanera de haber mostrado algún tipo de interés por este cuento delante del tabernero. Y lo que más le preocupaba no era que este cuento fuese una copia ilegal ni tampoco que él mismo quisiera hacer una copia ilegal de una copia ilegal, sino el contenido del cuento.
Le daba exactamente igual que no se me pagara por mi trabajo, pero que este cuento pusiera en riesgo su trabajo, si se puede llamar trabajo a lo que hacía, eso sí que no le daba igual, así que decidió mandar mi cuento a la Santa Inquisición. En este punto digo alto y claro que esa gente es una manada de idiotas, lo eran, lo son y lo serán. Son los don quijotes del infierno. Con argumentos locos quieren obligar a la gente a someterse a su Dulcinea del Toboso, ven gigantes y demonios por todas partes y los más demoníacos son aquéllos, cuya fortuna se puede confiscar. Son los don quijotes del infierno que despiertan los apetitos poco sanos en los sancho panzas. Únicamente en esto se distinguen de nuestro Don Quijote que también habría podido hacerse cura y sustituir su sin par Dulcinea del Toboso por la Virgen María, como lo hacen los curas.

Pero él quiso traer el Cielo a la Tierra. No cabe duda de que la sin par Dulcinea del Toboso también era algo abstracto, aunque más terrestre que la Virgen María en cuya defensa salía el cura. Nuestro Don Quijote buscaba algo completamente nuevo, en este mundo, y para eso entró en contacto con nuestra realidad muy terrestre que no se correspondía siempre, por no decir nunca, con las expectativas que él se había hecho de ella. Pero él puso a prueba sus ideas y mal que le pesase fracasó, a pesar de que no quería aceptarlo sin embargo, en alguna medida y muy „sui generis“ era consciente de que de esta manera iba aprendiendo.
Los don quijotes del Infierno no someten sus ideas jamás a ninguna prueba y por lo tanto no aprenden nunca nada, nada aprendieron y jamás aprenderán algo.
Que se envíe mi cuenta a la Inquisición, el futuro mostrará quién tenía razón.

 

Kapitel fünfunddreißig

Wo die Geschichte vom neugierigen Aufdringlichen zu Ende erzählt wird und wo die Empörung des Priesters beschrieben wird

Wie im Traum hatte der Priester meine Geschichte gelesen. Da er während der Lektüre wie geistesabwesend war und sich nicht mehr daran erinnerte, wer er war, fand er die Aussage Lotarios, dass das, was Camila erzählt hatte, aufschlussreicher sei, als alle göttlichen Offenbarungen, die man in der Bibel findet, sogar witzig. Er hatte den Eindruck, dass manche Wörter, das ist es ja, was Leser in der Regel tun, sie meinen ein Buch sei direkt für sie bestimmt, wie zum Beispiel das mit der fehlenden Erfahrung, sich direkt an ihn richteten. So versunken war er in die Lektüre, dass er sich fragte, wie viel er von einer Frau wie Camila lernen könnte.

Doch als er mit meiner Geschichte fertig war, dachte er nicht direkt an die Zehn Gebote und noch weniger an das sechste von ihnen, das explizit sagt, dass man keine Unzucht treiben dürfe, nicht einmal ans neunte, das sagt, dass man weder unzüchtige Gedanken, noch Wünsche haben dürfe.

Als er aber mit dem Lesen meiner Geschichte fertig war, kehrte er in sich zurück, erinnerte sich daran, dass er Priester ist, dass die Ehe für das ganze Leben gelte, dass Ehebruch eine Todsünde sei und dass die ganze Geschichte gegen den christlichen Glauben, also gegen die Heilige Mutter Kirche oder gegen seinen Geldbeutel sei. Es konnte nicht sein, dass die Leute ohne Indoktrination, so wie es ihnen Spaß machte, lebten.

Diese Geschichte war noch viel schädlicher, als die Ritterbücher und er bereute über alle Maßen, dem Kneipenwirt sein Interesse daran bekundet zu haben. Was ihn am meisten beunruhigte war nicht die Tatsache, dass diese Geschichte eine illegale Kopie war und auch nicht, dass er selbst von der illegalen Kopie eine Kopie erstellen wollte, sondern der Inhalt der Geschichte.

Dass man mich für eine Arbeit nicht bezahlte, war ihm egal. Nicht egal war ihm, dass die Geschichte seine Arbeit, wenn man es denn Arbeit nennen konnte, in Frage stellte. Er beschloss also, meine Geschichte an die Heilige Inquisition zu senden. Zu diesem Punkt sage ich nun klar und deutlich, dass diese Leute eine Herde von Schwachköpfen sind, das waren sie, das sind sie und das werden sie immer sein. Sie sind die Don Quijotes der Hölle. Mit verrückten Argumenten wollen sie die Leute dazu verpflichten, an ihre unvergleichliche Dulcinea del Toboso zu glauben, sie sehen überall Giganten und Dämonen und die dämonischsten sind jene, deren Vermögen man konfiszieren kann. Es sind die Don Quijotes der Hölle, die in Sancho Panzas einen ungesunden Appetit wecken. Nur darin unterscheiden sie sich von unserem Don Quijote, der auch hätte Priester werden können und seine Dulcinea del Toboso gegen die Jungfrau Maria hätte eintauschen können, wie es die Pfarrer machen.

Doch Don Quijote wollte zumindest den Himmel auf die Erde bringen. Es besteht kein Zweifel, dass auch die unvergleichliche Dulcinea del Toboso etwas abstrakt war, doch irdischer als die Jungfrau Maria, die der Pfarrer verteidigte. Unser Don Quijote suchte etwas völlig Neues in dieser Welt und deswegen trat er in Kontakt mit der sehr irdischen Realität, die selten, wir können auch sagen nie, den Erwartungen, die er an sie stellte, entsprach. Doch er versuchte seine Ideen umzusetzen, was, auch wenn er das nicht wahrhaben wollte, sehr zu seinem Leidwesen, scheiterte, obwohl er sich irgendwie und auf ganz eigene Weise bewusst war, dass er auf diese Weise weiter lernen würde.

Die Don Quijotes der Hölle stellen ihre Ideen nie auf die Probe und lernen folglich nichts und werden auch nie etwas lernen, nichts lerten sie und werden nie etwas lernen.

Soll er meine Geschichte doch der Heiligen Inquisition zusenden. Wer Recht hat, wird die Zukunft zeigen.