Capítulo trigésimo sexto

Que trata de otros raros sucesos que en la venta le sucedieron y que hay hombres que se comportan como lo turcos en Anatolia

Hemos aprendido ya en el capítulo vigésimo séptimo y siguiente, que la historia de Lucinda, Cardenio, Dorotea y Fernando se cuenta en dos versiones diferentes.
En la versión que se cuenta cuando el cura está presente, hay un solo cabrón, Fernando, al cual le gustan mucho las mozas y las deshonra una detrás de otra. En esta versión las muchachas son todas muy honestas y púdicas, tal como exigía la fe cristiana, y evidentemente súper aburridas. Honor en las féminas significaba también que se quedaban en casa, adoraban a su esposo y no hacían otra cosa en todo el día que trabajos de punto. Por todas estas cuestiones de honor y estando obligadas a tener sumo cuidado con lo que dice y piensa la gente, fuese tal vez porque se aburrían hasta más no poder o porque tenían un esposo imbécil, la realidad era, que sus vidas eran sumamente aburridas y ellas extremadamente infelices.
En la segunda versión, que se cuenta cuando el cura no está presente y que es la versión verdadera, hacen más o menos lo que les da la gana y de ninguna manera cumplían religiosamente con todo lo que les mandaba la fe cristiana.

Todo esto no habría sido ningún problema, si Fernando no se hubiese comportado como un turco en Anatolia. Claro que tampoco había sido muy cortés lo que le hizo Lucinda, recordemos, aquello de fingir que estaba profundamente enamorada de Cardenio, que era a quien quería como esposo y toda la perorata que se inventó para que la dejase en paz. Mas, por supuesto que esto no era ninguna razón para comportarse como un turco de Anatolia llamándola ramera, porque ella sólo se había permitido hacer algo que él siempre se permitía.
Al igual que un turco de Anatolia salió con el cuento de que Dios, Allah, Mohammed u otra Dulcinea del Toboso - léase Virgen María - mandaba a las chicas ser castas y puras, que debían de llevar velo para preservar su respetabilidad y reputación y todas esas paparruchadas; y se puso realmente pesado cuando ella insinuó, para deshacerse de él, que Cardenio le gustaba más. Se puso como un macho islámico, amenazándola con todo tipo de cosas e incluso le pegó.
A Lucinda le pareció mejor ausentarse por un corto espacio de tiempo hasta que el chico se calmara porque, realmente, había perdido el juicio, se pasaba todo el día delante de su casa a caballo , la seguía cuando salía de casa, interrogó a sus sirvientas y le hizo la vida insoportable. Decidió irse a Sevilla por un par de semanas, a casa de una amiga que tenía allí, con la esperanza de que por fin se calmara o se aburriera de tanto seguirla. Pero esta versión cristiana del turco islámico había sobornado a una sirviente suya y seis horas después de que Lucinda hubiese partido dirección a Sevilla, la siguió. Quiso la fortuna que ambos llegaran al unísono a la taberna donde estaban Don Quijote, que dormía, el cura, el barbero, Dorotea y Cardenio. Y lo que pasó entonces se asemeja bastante a mi cuento, porque yo no niego que mis cuentos estén inspirados en la realidad.
Puede ser que un día, a pesar de que la Santa Inquisición va a prohibirlo y se copiará clandestinamente sin pagarme por los derechos de autor, mi cuento sea modelo de verdad, mas en el momento en que fue escrito, la realidad era el original y mi cuento la versión de ella. Cuando Lucinda casi había llegado a la taberna dejando pasmados a cuantos allí estaban al ver a una mujer tan hermosa, todavía le faltaban a Fernando unos cien metros para alcanzarla lo que no le impidió empezar, desde lejos, a vituperarla, a tratarla de ramera, cabrona, infiel.
Llegada a la taberna, Lucinda se bajó de su caballo, esperando a que algunos de los que estaban presentes acudieran en su socorro cuando Fernando apenas hiciera amago de agredirla, aunque con la ofuscación del momento, ni Fernando ni ella se dieron cuenta de quién allí estaba.
El turco cristiano de Fernando hablaba mucho de mujer honrada a lo que ella le respondió que le parecía muy bien, siempre y cuando también los hombres fuesen honrados y que a su historia con Dorotea para nada podía llamársela ni respetable ni honesta.
Al oír su nombre, Dorotea se metió en la disputa, preguntando a Fernando si él había puesto al corriente a Lucinda de la historia que había tenido con ella. Asombrados quedaron los dos, Fernando más que Lucinda, que respondió por él:

- Claro que me lo contó, incluso estaba orgulloso de ello; me dijo que se lo había relatado a todo el mundo, a algunos incluso de manera muy detallada, presumiendo y jactándose de ello. Y, ¿venirme a mí ahora con estos arrebatos de honradez? Creo que deberíamos contárselo todo a su padre, para que le tire un poco de las orejas, o al cura, o a su hermano mayor, para que el chiquillo aprenda a comportarse como la gente de bien.

Rojo como un tomate se puso Fernando y más rojo todavía, cuanto todos los presentes empezaron a reírse al ver como enrojecía.

 

La que más gozaba de la situación era la hija del tabernero:

- ¿Tan honrados son los muy honrados nobles que se ponen rojos como tomates cuando se les echa su honradez en cara? - se le ocurrió apuntar.

Y tantas ganas tenían de humillarlo, que Lucinda apostilló que sería muy sano también, que de de vez en cuando se lavara y Dorotea, no quiso ser menos que las otras y mencionó que sería igualmente muy apreciado si se animara a hacer algo de deporte.

Cardenio, viendo a su ex-amigo en tan lamentable situación, sintió pena por él. Además comprendió que Lucinda no quería casarse con Fernando ni con él, lo que a él pareció perfecto porque su amor por ella no era ya tan puro como el primer día, condición „sine qua non“ para la producción de sonetos, pues ya sabemos, como demostró Dante, que las mujeres van vía sonetos al cielo, o vuelven a la tierra y que eso de casarse no es ninguna genial idea, al menos no lo es para un poeta y, que se sepa, bien pocos poetas hay casados.

Al final, ¡¡cómo no!! Se inmiscuyó el cura, con su eterno sermón cristiano, diciendo que por ley divina Fernando tenía que casarse con Dorotea, porque él había sido el primer varón que ella había conocido y Lucinda, por razones similares, debía de hacer lo propio con Cardenio.
Con esta intervención salomónica, es más que evidente no consiguió convencer a nadie ya que para cuando los espíritus se hubieron calmado un poco, todos los allí reunidos habían sacado una conclusión.

La vida es un poco más complicadilla de lo que la fe cristiana, musulmana u otra sugerían; y a pesar de que la lección fue dada de manera bastante clara y violenta, algo aprendieron todos y por eso afirmamos que fue positivo.

Después de que le hubieron dicho lo que no quería oír, Fernando se volvió a la casa de su padre.

 

Kapitel sechsunddreißig

Welche von anderen seltsamen Ereignissen berichtet, die sich in der Schenke ereignet haben und davon, dass es Leute gibt, die sich wie die Türken in Anatolien aufführen

Wir haben in den Kapiteln siebenundzwanzig und folgenden gesehen, dass die Geschichte von Luscinda, Cardenio, Dorotea und Fernando in zwei unterschiedlichen Versionen erzählt wird.

In der Version, die man erzählt, wenn der Pfarrer zugegen ist, gibt es nur einen Schurken, Fernando, dem nun mal alle Mädchen gefallen und der eine nach der anderen entehrt. In dieser Version sind alle Mädchen ehrenhaft und sittsam, so wie es der christliche Glaube verlangt, und natürlich völlig langweilig. Frauenehre bedeutet natürlich auch, dass diese zu Hause bleiben, ihren Gatten bewundern und den ganzen Tag nichts anderes als Strickarbeiten machen. Wegen all diesen Fragen rund um die Ehre, sind sie verpflichtet, sehr auf das zu achten, was die Leute sagen und denken. Vielleicht war es, weil sie sich bis zum geht nicht mehr langweilten, oder weil ihr Mann ein Idiot war, die Realität war, dass ihre Leben höchst langweilig und sie sehr unglücklich waren.

In der zweiten Version, die man erzählt, wenn der Pfarrer nicht anwesend ist und welche die richtige ist, machen sie mehr oder weniger das, was ihnen Spaß macht und lebten keineswegs so, wie der christliche Glaube dies vorschrieb.

All dies wäre kein Problem gewesen, wenn sich Fernando nicht wie ein Türke aus Anatolien aufgeführt hätte. Natürlich war das, was Luscinda mit ihm gemacht hatte, nicht sehr höflich, erinnern wir uns an das mit dem Vortäuschen, dass sie unsterblich in Cardenio verliebt sei, dass sie ihn heiraten wolle und dies ganze Tirade, die sie sich ausdachte, damit er sie in Ruhe ließe. Das war aber kein Grund, sich wie ein Türke aus Anatolien aufzuführen, sie Hure zu schimpfen, nur weil sie sich das herausnahm, was er sich ständig erlaubte.

Wie ein Türke aus Anatolien kam er mit der Geschichte, dass Gott, Allah, Mohammad oder eine andere Dulcinea del Toboso, also die Jungfrau María, den Mädchen gebot, keusch und rein zu sein, dass sie einen Schleier tragen müssten, um ihre Ehre und ihren Ruf zu schützen und dieser ganze Hokuspokus. Er benahm sich wirklich aufdringlich, als sie ihm nahe legte, dass sie sich von ihm trennen wolle, dass ihr Cardenio besser gefalle. Er benahm sich wie ein islamischer Macho und bedrohte sie mit allem, was ihm einfiel und schlug sie sogar.

Luscinda schien es besser, für eine kurze Zeit zu verreisen, bis der Junge sich beruhigt haben würde, denn er hatte tatsächlich den Verstand verloren. Er ritt den ganzen Tag vor ihrem Haus auf und ab, folgte ihr, wenn sie das Haus verließ, fragte ihre Dienstmädchen aus und machte ihr das Leben zur Hölle. Sie beschloss, für eine Zeit nach Sevilla zu gehen, zu einer ihrer Freundinnen, in der Hoffnung, dass er sich schließlich beruhigen oder es ihn langweilen würde, sie den ganzen Tag zu verfolgen. Doch diese christliche Version eines islamischen Türken hatte eines ihrer Hausmädchen bestochen und sechs Stunden nachdem Luscinda nach Sevilla aufgebrochen war, folgte er ihr. Der Zufall wollte es, dass sie gleichzeitig zu der Kneipe kamen, wo sich auch Don Quijote, der schlief, der Pfarrer, der Barbier, Dorotea und Cardenio befanden. Was jetzt folgte, ähnelt ein bisschen meiner Geschichte, denn ich verneine nicht, dass meine Geschichten von der Realität inspiriert ist.

Es kann sein, dass eines Tages, auch wenn die Heilige Inquisition sie verbieten und man sie heimlich kopieren wird, ohne mir Tantiemen zu zahlen, meine Geschichte ein Vorbild für die Realität wird, doch in dem Moment, als ich sie schrieb, war die Realität das Original und meine Erzählung eine Version davon. Als Luscinda die Taverne schon fast erreicht hatte, wobei allen der Mund offen stehen blieb, ob ihrer Schönheit, fehlten Fernando nur noch einige 100 Meter, um sie einzuholen, was ihn jedoch nicht daran hinderte, sie schon von weitem zu beschimpfen, sie als Hure zu bezeichnen, als Schurkin, treulos, kühl (wenn das im sexuellen Sinn gemeint ist, wäre frigide besser und wenn es im Sinne von fehlenden Gefühlen gemeint ist, wäre es möglich, berechnend anzuhängen) und alles was ihm einfiel.

An der Kneipe angekommen, stieg Luscinda, in der Hoffnung, dass einige der Umstehenden ihr zu Hilfe eilen würden, wenn Fernando Anstalten machte, sie anzugreifen, vom Pferd, obwohl in der Verdunklung des Augenblicks, weder Fernando noch sie bemerkten, wer dort war.
Der christliche Türke Fernando redete viel von ehrenwerter Frau, worauf sie ihm antwortete, dass sie all das sehr gut fände, vorausgesetzt, dass die Männer ähnlich ehrenhaft wären, und dass man seine Geschichte mit Dorotea wohl weder achtbar, noch ehrenhaft nennen könne.

Als Dorotea ihren Namen hörte, mischte sie sich in den Streit ein und frage Fernando, ob er Luscinda von dem Verhältnis erzählt habe, dass er mit ihr hatte. Sowohl Fernando als auch Luscinda waren nun erstmal überrascht, Fernando mehr als Luscinda, die anstatt ihm antwortete.
„Klar hat er mir das erzählt, er war sogar stolz darauf. Er sagte mir, dass er es auch anderen erzählt habe, manchen sogar ganz detailliert, gab damit an, protze damit. Und jetzt kommt er mir mit seinen Geschichten von der Ehre? Ich glaube, wir müssten das mal alles seinem Vater erzählen, damit er ihm die Ohren lang zieht, oder dem Pfarrer, oder seinem älteren Bruder, damit das Jüngelchen lernt, sich anständig zu benehmen.“

Knallrot wurde da Fernando und röter noch, als die Umstehenden anfingen, schallend zu lachen, als sie sahen, wie er errötete.

Die, die die Situation am meisten genoss, war die Tochter des Kneipenwirtes: “So ehrenvoll sind die ehrenwerten Adeligen, dass sie rot wie eine Tomate werden, wenn man sie auf die Ehre anspricht?“

Und so viel Spaß hatten sie daran, ihn zu erniedrigen, dass Luscinda noch anmerkte, dass es sehr gesund wäre, wenn er sich ab und zu mal wüsche und Dorotea wollte in nichts nachstehen und fügte hinzu, dass man es auch schätzen würde, wenn er ab und zu mal etwas Sport triebe.

Als Cardenio seinen Freund nun in einer solch misslichen Lage sah, hatte er Mitleid mit ihm. Außerdem verstand er, dass Luscinda weder Fernando noch ihn heiraten wollte, was ihm recht war, denn seine Liebe zu ihr war nicht mehr so rein wie am ersten Tag, was ja die „condition sine qua non“ für die Produktion von Sonetten war, denn wir wissen bereits, wie Dante es gezeigt hat, dass die Frauen über die Sonette entweder zum Himmel aufsteigen oder zur Erde zurückkehren und heiraten folglich keine gute Idee ist, zumindest nicht für einen Dichter, weshalb es ja auch so wenig verheiratete Dichter gibt.

Schlussendlich, dies war zu erwarten, mischte sich noch der Pfarrer mit seinem christlichen Sermon ein und sagte, Gottes Gesetz verlange, dass Fernando Dorotea heiraten müsse, denn er sei der erste Mann gewesen, den sie gekannt habe und Luscinda müsse, aus ähnlichen Gründen mit Cardenio das Gleiche tun.

Es ist ziemlich klar, dass er mit diesem salomonischen Urteil niemanden überzeugte, denn nachdem sich die Geister etwas beruhigt hatten, hatten alle Anwesenden einen Schluss gezogen.

Das Leben ist komplizierter, als der christliche, muselmanische oder andere Glaube sich das vorstellten, und wenn die Lektion auch in einer ziemlich klaren und heftigen Art erteilt worden war, so lerten doch alle etwas daraus, und deshalb bestätigen wir, dass es positiv war.

Nachdem sie ihm gesagt hatten, was er nicht hören wollte, kehrte Fernando auf das Gut seines Vaters zurück.