Capítulo trigésimo séptimo

Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

Fernando se había ido para digerir la lección recibida que tanta falta le hacía a él como a los turcos de Anatolia que hablan mucho de la honra de su hija, hermana o esposa y que por cuidar esa honra incluso matan, mas a ellos les está todo permitido. La lección tenía que ser clara y dolorosa para que aprendiera algo.
Claro, que durante todo el camino hacia la casa de su padre, echaba espuma por la boca de rabia y si no hubiese habido tanta gente en la taberna, habría vuelto y habría sacado su cuchillo para imponerse como le gustaba ¡¡por la fuerza!! Porque jamás en la vida se le había ocurrido siquiera pensar, que estuviera permitido que las chicas jugaran con él como él constantemente hacía con ellas.
Dura, sí muy dura, fue la lección pero con gente como él, así tenía que ser.

Locuras hay, que pueden ser semilla de una cosa buena, aunque también hay locuras que hay que atajar cuanto antes.

Los otros se quedaron en la taberna. Todos, menos Sancho Panza, estaban contentos porque ya era demasiado tarde para proseguir camino. Sancho Panza vio que su reino se había esfumado, porque la infanta Micomicona se había convertido en la hija de un campesino. Frustrado se dirigió a Don Quijote, que no se había enterado de nada porque había dormido todo el tiempo, para decirle que el reino de Micomicón se había desvanecido. A esto le respondió Don Quijote que no le sorprendía pues esta taberna o castillo estaba, como ya lo hubieron comprobado la última vez, hechizado y probablemente un brujo malvado, enemigo suyo, había transformado a la infanta Micomicona en la hija de un simple campesino.

Las locuras son difíciles de curar porque siempre interpretan la realidad de manera loca, quizá porque sólo ven las cosas que pegan bien con su demencia o tal vez porque encuentran explicaciones locas cuando no es el caso y por eso, únicamente cuando la realidad es muy intensa, se cura la locura.

Muy intensa era la realidad para Sancho Panza, porque no se podía dudar, que la paliza que había recibido en esta taberna la última vez, fue muy real y muy concreta, era una realidad que no se podía negar.
Comenzó a burlarse de Don Quijote diciéndole que creía cualquier cosa, que no era un caballero andante sino un simple loco que enderezaba entuertos que no existían. Furibundo salió de su cama y se acercó a Dorotea, la infanta Micomicona, para preguntarle quién era y ella le respondió que Sancho Panza no había comprendido bien lo que había pasado y que ella, a pesar de haberse producido un cambio en su vida, seguía siendo la misma que antes y que como antes, había menester de su brazo fuerte para matar a aquel gigante que amenazaba su reino.
Fácil era convencer a Don Quijote, porque la locura nunca se interesa por la verdad y tantas locuras hay, como realidades negadas; y como, por muchísimas razones, siempre habrá locuras, siempre habrá también, a su sombra, realidades negadas.

Habiendo oído Don Quijote que había todavía un gigante que matar, se sentaron a cenar y después de haber bebido un vaso de vino Don Quijote instruyó a todos los que estaban sentados alrededor de la mesa sobre por qué el oficio de caballero andante superaba a todos los otros oficios. Y este discurso, le procuraba más placer si cabe, que cabalgar por tierras apartadas en busca de entuertos que enderezar, porque son más afín a la locura las palabras que los actos.

Estúpido lector, si no fueras tan imbécil, te podrías imaginar lo que decía nuestro caballero andante. ¿Nunca has oído hablar a los soldados de su oficio? ¿Nunca te has dado cuenta de cuántas pamplinas dicen? Con qué regocijo cuentan su dura vida en los campos militares, los sacrificios que hacen por la Patria - lo que está muy bien, porque los sacrificios cuestan poco al rey y enternecen el corazón de las mujeres - con qué placer describen y visten sus uniformes, armas, banderas y cuán heroica es para ellos la pobreza, cuando no queda otra cosa. Cuanto dinero pueden ahorrar el rey y otras Dulcineas del Toboso, y ¡¡ojo que hay muchas!!! , inculcando a los soldados que su profesión es la más útil, la más heroica, la más ardua y la que más respeto merece.

Sí, mi hijito, poco peso tienen las palabras, pero de las palabras nacen las locuras y mucho dinero ahorra el que da como pago una locura en vez de oro y ¡cuán atractiva es la locura, cuando no hay esperanza!

El por qué, la meta, no interesaba a Don Quijote. Demostró con centenares de ejemplos que el estudiante también vivía en la pobreza, pero que esta pobreza nunca es tan miserable como la pobreza de un soldado y por lo tanto la profesión de soldado supera a la profesión de estudiante.
Gracioso argumento éste, pues significa que la gente a la que no le gusta mucho preguntar por el porqué de las cosas y prefieren que otros piensen por ellos, superan a los que prefieren pensar por sí mismos y a los que no aceptan locuras como pago.

Tantos argumentos tenía Don Quijote para demostrarles que el oficio de caballero andante o el de soldado es el más honroso de todos, que necesitaremos otro capítulo entero para describir todos los argumentos que adujo. Decía lo que ya se ha venido diciendo desde hace dos mil años y que se dirá también los próximos dos mil.

 

Kapitel siebenunddreißig

Wo mit der Geschichte der Prinzessin von Micomicón fortgefahren wird und anderen lustigen Abenteuern

Fernando war gegangen, um die erhaltene Lektion zu verdauen, die er so sehr brauchte, wie die anatolischen Türken, die viel von der Ehre ihrer Tochter, Schwester oder Frau reden, um deretwillen sie sogar töten, wobei ihnen jedoch alles erlaubt ist. Die Lektion musste klar und schmerzhaft sein, damit er was lernte.

Natürlich schäumte er auf dem ganzen Heimweg vor Wut und wenn nicht so viele Leute in der Kneipe gewesen wären, wäre er zurückgegangen, hätte sein Messer gezückt und hätte sich gewaltsam durchgesetzt, denn nie im Leben wäre es ihm in den Sinn gekommen, dass es erlaubt sein könnte, dass die Mädchen so mit ihm spielen, wie er das andauernd mit ihnen machte.

Hart, ja, sehr hart war die Lektion, doch bei Leuten wie ihm, musste sie so hart sein.

Es gibt Verrücktheiten, die Keim einer guten Sache sein können, aber es gibt auch solche, die man so früh wie möglich beenden muss.

Die anderen blieben in der Taverne. Alle, ausser Sancho Panza waren zufrieden, weil es jetzt zu spät war, den Weg fortzusetzen. Sancho Panza sah, wie sich sein Königreich in Luft aufgelöst hatte, denn die Prinzessin von Micomicón hatte sich in die Tochter eines Bauer verwandelt. Enttäuscht ging er zu Don Quijote, der nichts bemerkt hatte, weil er ja die ganze Zeit geschlafen hatte, um ihm zu sagen, dass das Königreich Micomicón sich aufgelöst habe, worauf Don Quijote erwiderte, dass ihn das nicht überrasche, denn diese Schenke oder diese Burg sei, wie sie ja schon letztes Mal bemerkt hätten, verzaubert und so habe vielleicht ein ruchloser Hexer, einer seiner Feinde, die Prinzessin von Micomicón in die Tochter eines Bauers verwandelt.

Die Verrücktheiten sind schwer zu heilen, denn sie interpretieren die Realität immer auf ihre eigene verrückte Art, entweder, weil sie nur das sehen, was zu ihrer Verrücktheit passt, oder weil sie verrückte Erklärungen finden, wenn die Realität nicht zu ihrer Verrücktheit passt und deswegen kann die Verrücktheit nur geheilt werden, wenn die Realität sehr intensiv ist.

Sehr intensiv war die Realität für Sancho Panza, denn man konnte nicht verneinen, dass die Tracht Prügel, die er das letzte Mal in der Kneipe erhalten hatte, sehr konkret war, sie war eine Realität, die man nicht verneinen konnte.

Er begann, sich über Don Quijote lustig zu machen, sagte ihm, dass er allen möglichen Unsinn glaube, dass er kein fahrender Ritter, sondern schlicht ein Verrückter sei, der Unrecht rächte, das nicht existierte. Wütend sprang er aus dem Bett und näherte sich Dorotea, der Prinzessin von Micomicón, um sie zu fragen, wer sie sei, und diese antwortete ihm, dass Sancho Panza die Vorkommnisse falsch gedeutet habe, und dass sie, auch wenn sich in ihrem Leben eine Änderung ergeben habe, noch dieselbe sei wie früher und noch immer seines starken Armes bedürfe, um den Giganten zu bekämpfen, der ihr Königreich bedrohe.

Es war leicht, Don Quijote zu überzeugen, denn die Verrücktheit interessiert sich nie für die Wahrheit und es gibt so viele Verrücktheiten, wie negierte Wahrheiten, und da es viele Gründe für Verrücktheiten gibt, wird es immer Verrücktheiten geben, und immer wird es in ihrem Schatten auch unbrauchbare Wahrheiten geben.

Als er gehört hatte, dass es immer noch einen Giganten gebe, der getötet werden müsse, aßen sie zu Abend und nachdem Don Quijote ein Glas Wein getrunken hatte, klärte er alle, die um den Tisch herum saßen über die Gründe auf, weshalb der Beruf des fahrenden Ritters über allen anderen Berufen stand. Diese Rede verschaffte ihm einen noch größeren Genuss, insofern das möglich war, als durch entlegene Landstriche zu reiten, denn die Worte haben eine größere Nähe zur Verrücktheit als die Taten.

Trotteliger Leser, wenn du nicht so dumm wärest, könntest du dir selber ausmalen, was unser fahrender Ritter sagte. Hast du noch nie Soldaten von ihrem Beruf sprechen hören? Hast du noch nie bemerkt, was für einen Stuss sie erzählen? Mit welchem Genuss sie von ihrem harten Leben in den Militärlagern sprechen, die Opfer, die sie für das Vaterland erbringen - was ja nicht schlecht ist, denn die Opfer kosten den König wenig und rühren das Herz der Frauen - mit welcher Freude sie ihre Uniformen, ihre Waffen, ihre Fahnen beschreiben und anziehen und wie heroisch für sie die Armut ist, wenn ansonsten nicht übrig bleibt? Wie viel Geld können der König und andere Dulcineas del Toboso, davon gibt es unendlich viele, sparen, wenn sie den Soldaten eintrichtern, dass ihr Beruf der nützlichste, heroischste, mühsamste sei und der, der am meisten Respekt verdiene.

Ja mein Sohn, wenig Gewicht haben die Wörter, aber aus den Wörtern erwachsen die Verrücktheiten und viel Geld spart der, der anstatt mit Gold mit Verrücktheit bezahlt und wie anziehend ist die Verrücktheit, wenn es keine Hoffnung gibt.

Das Warum, interessierte Don Quijote nicht. Er zeigte anhand von Hunderten von Beispielen, dass der Student zwar auch im Elend lebe, dass aber diese Armut nie so elendig sei, wie das Elend eines Soldaten und deswegen überrage der Beruf des Soldaten den des Studenten.

Ein witziges Argument ist das, denn es bedeutet, dass all jene, die keinen Gefallen daran finden, nach dem Warum der Dinge zu fragen und es vorziehen, dass andere für sie denken, die überragen, die es vorziehen, mit ihrem eigenen Kopf zu denken und keine Verrücktheiten als Bezahlung akzeptieren.

Soviel Argumente brachte Don Quijote vor, um ihnen zu zeigen, dass der Beruf des fahrenden Ritters oder Soldaten der Allerehrenvollste ist, dass wir ein ganzes weiteres Kapitel brauchen werden, um alle Argumente, die er vorbrachte, hier wiederzugeben. Er sagte all das, was man schon die letzten zweitausend Jahre gesagt hatte und was man auch noch die nächsten zweitausend Jahre sagen wird.