Capítulo cuadragésimo tercero

Donde se continúa la agradable historia del mozo con otros estraños acontecimientos en la venta sucedidos

No podían imaginarse Dorotea y Lucinda qué relación podía haber entre el niño cantor de la cima de la colina, que según se podía adivinar por la forma en la cual estaba vestido, era un pobre cabrero, y esta niña que, aparentemente, provenía de una familia noble o por lo menos muy acomodada porque si así no fuere, no viajarían con cuatro mozos. Su padre no había oído al ángel músico, porque como no había cama en la taberna, hubo cantidad de cosas que aclarar con el tabernero. Si bien, al final, llegaron a un acuerdo.

Lucinda y Dorotea se acercaron a la niña que sollozaba desconsoladamente con la cara entre las manos; y para no asustarla, se arrodillaron delante de ella y le preguntaron por qué lloraba con tanta congoja.

- No sé - dijo ella - ¡me ponen tan tristes estas canciones!
- ¿Las del cabrero? - preguntáronle seguidamente.
- Pero si no es un cabrero - respondió ella.
- ¿Cómo, que no es un cabrero? ¿Y tú, cómo lo sabes?
- ¡Es que lo conozco!
- ¡Ah! Y estás enamorada de él ¿verdad? –le espetaron las dos empedernidas románticonas.
- ¡¡Sí, sí, sí!! - dijo la zagala mientras seguía llorando.

¡Caray, qué historia! Y parece que el niño también la quería puesto que ciegamente y sin importarle nada, la había seguido.

- ¿Y dónde ha aprendido a cantar de esta manera? - quisieron saber.
- ¡Es que no lo sé, él siempre ha sido así!
- Siempre así ¿cómo?
- Me refiero a que él siempre canta, no habla - les aclaró.

Y otra vez se oyó aquella música celestial que hizo temblar a la niña, al tiempo que las lágrimas rodaban por sus sonrojadas mejillas.

Pones… tu mano
sobre… mi alma.
No puedo imaginar
estar con nadie más…
no lo quiero ni pensar…

Sigue tu mano,
duermes con calma.
Me duele recordar
que pronto acabará.
¡No lo puedo soportar!

¡Cuántos bellos recuerdos! entre fuertes oleadas
como océanos inmensos, ahora ya se devastan.
Ahora escucha la brisa de ayer, tan llena de calma.
Hoy se ha roto el acuerdo;
hoy mi vida, la cambias.

¡Cuántos bellos recuerdos! entre fuertes oleadas
como océanos inmensos, ahora ya se devastan.
Ahora escucha la brisa de ayer, tan llena de calma.
Hoy se ha roto el acuerdo;
hoy mi vida... ¡se acaba!

Lucinda y Dorotea no sabían qué hacer de lo aturdidas que estaban y tampoco se atrevían a preguntar lo que había pasado. Acariciaron las manos de la niña sin decir nada y cuando por fin se tranquilizó un poco, Dorotea le preguntó:

- ¿Siempre son tan amargas sus canciones?
- ¡No, qué va! Normalmente canta jotas. ¡Y también baila! ¡Es muy divertido!- respondió ella sin apartar las manos de su cara.
- ¡Ah, vale! Pues bueno es saberlo - añadió la buena de Dorotea.

Ninguna de las dos se atrevía a preguntar algo más concreto porque no sabían si había remedio para el dolor de esta niña. De hito en hito miraron al padre que no parecía mala gente pues se notaba enseguida, que su hija era lo que más quería en este mundo ya que repitió hasta la saciedad al tabernero que quería que se preparara una cama para ella, costara lo que costara.
En ese momento, afuera, se oyó un grito desgarrador, un grito como si alguien estuviese muriendo.
¿Qué pasa? - fue la pregunta que se hicieron todos.

En ese preciso instante, Don Quijote hacía guardia delante del castillo porque era menester hacerlo así, estando dentro la reina de Micomicón.
Maritornes, la moza de la taberna, y la hija del tabernero lo observaban desde una buhardilla y oyeron sus suspiros; pues cuando estaba solo sobre Rocinante, y la realidad no se entrometía en sus cosas, era sólo lo que quería ser. Y si únicamente lo hubiese sido en su fantasía, no habría pasado nada, mas como hablaba consigo mismo, se produjo un conflicto con la realidad, porque de esta manera las dos chicas pudieron oír lo que pensaba y eso les pareció muy gracioso.
Se lamentaba de que su Dulcinea del Toboso lo rechazara, repetía hasta la saciedad que sólo ella reinaba en su corazón, que día y noche soñaba con ella y que no pensaba en otra cosa más que en ella.
Las dos chicas eran buenas personas, pero tan gracioso les pareció el comportamiento de Don Quijote que no pudieron resistirse a burlarse de él. La hija del tabernero lo llamó y lo llamó de tal manera, que aunque no hubiese sido un loco, habría caído en la trampa.
Don Quijote se acercó a ella diciéndole que podía pedirle cualquier cosa, pero que nunca podría ser suyo, porque su corazón pertenecía enteramente a la sin par Dulcinea del Toboso, cosa que no era del todo cierta, pues ya sabemos que no había echado de su cama a Maritornes cuando se encontró por segunda vez en la taberna y Maritornes confundió su cama con la del arriero.

Encontrándose muy en alto la buhardilla donde las dos chicas estaban, Don Quijote tuvo que ponerse de pie sobre la silla de montar para verlas, mas ni tan siquiera así conseguía estar a la misma altura que ellas. La hija del tabernero le pidió que al menos le diese la mano, porque quería sentir su mano fuerte y los músculos y nervios de aquella mano que tantos entuertos había enderezado, lo que Don Quijote hizo con sumo gusto. Alzó un brazo hasta que ellas pudieron alcanzarlo. Maritornes ya había ido a coger las riendas de un caballo y con este cuero ataron la mano de Don Quijote al marco de la buhardilla.
Al principio, Don Quijote se maravilló de que la mano de una chica pudiera ser tan gruesa, pero por la poca experiencia que tenía en estas lides, no podía distinguir bien entre la mano de una mujer y el cuero de una vaca. Siguieron hablando durante un rato más de esta guisa: Don Quijote con el brazo en alto, y las dos chicas haciendo esfuerzos para no estallar en carcajadas.

Cuando ambas se hubieron retirado de la buhardilla, Don Quijote quedó de pie sobre Rocinante, con un brazo en alto; y poco a poco se fue dando cuenta de que una vez más el hechicero, inexorable enemigo suyo, lo había hechizado y había convertido la mano lisa de una mujer, en cuerdas de cuero.
A lo largo de una hora pudo mantenerse más o menos bien erguido sobre Rocinante; después, con gran esfuerzo, pudo resistir las dos horas, mas finalmente sus piernas cedieron y quedó colgado por el brazo al marco de la buhardilla, por lo que no le quedó otra que comenzar a gritar buscando el auxilio de quien tuviera a bien oírlo. Gritaba como si lo estuvieran degollando, con gritos tan agudos que provocó escalofríos en todos los que allí estaban.
Oyendo estos gritos terribles, el barbero, el cura, el tabernero, los cuatro mozos del señor que acaba de llegar, el señor mismo y Cardenio, corrieron hacia afuera a fin de averiguar quién daba tales chillidos. Al ver a Don Quijote colgado a la buhardilla de un brazo, Cardenio se subió al techo y cortó con su cuchillo las cuerdas de cuero.

Gran estruendo hizo la armadura cuando nuestro caballero se desplomó sobre la tierra y la niña, Lucinda y Dorotea se quedaron solas en la taberna.

 

Kapitel dreiundvierzig

Wo mit der angenehmen Geschichte von dem Knaben fortgefahren wird und von anderen komischen Dingen, die sich in der Schenke ereigneten

Dorotea und Luscinda konnten sich nicht vorstellen, welche Beziehung zwischen dem singenden Knaben auf dem Hügel, der, wie man aus seiner Kleidung schließen konnte, ein armer Hirte war und diesem Mädchen, das offensichtlich aus einer noblen oder wenigstens wohlhabenden Familie stammte, denn sonst würden sie kaum mit vier Lakaien reisen, bestehen könnte. Ihr Vater hatte den Musikengel, da es in der Taverne kein Bett gab, es gab mit dem Kneipenwirt eine Menge Dinge zu klären, obwohl sie sich zum Schluss einigten.

Luscinda und Dorotea näherten sich dem Mädchen, welches das Gesicht in den Händen verborgen, weinte. Um es nicht zu erschrecken, knieten sie sich vor ihr hin und fragten sie, warum sie so schmerzlich weine.

„Ich weiß nicht“, sagte sie, „diese Lieder machen mich so traurig!“
„Die des Hirten?“, fragten sie.
„Aber er ist doch kein Hirte“, antwortete sie.
„Wie das? Er ist kein Hirte? Woher weißt du das?“
„Ich kenne ihn doch!“
„Ah! Und du bist verliebt in ihn, stimmt’s?“, fragten ihn die zwei Romantikerinnen.

„Ja, ja!“, sagte das Mädchen, während sie weiter weinte.

Meine Güte, was für eine Geschichte! Und es schien, dass auch der Knabe sie liebte, denn er war ihr blind, ohne auf irgendetwas Rücksicht zu nehmen, gefolgt.

„Und wo hat er so singen gelernt?“, wollten sie von ihm wissen.
„Ich weiß es doch nicht, er war schon immer so!“
„Wie so?“
„Also er singt immer, er spricht nicht“, klärte sie sie auf.

Und wieder hörte man diese himmlische Musik, die das Mädchen erzittern ließ, während die Tränen über ihre Wangen flossen.

Du legst ...deine Hand auf ...meine Seele.
Ich kann mir nicht vorstellen,
mit jemandem anderen zu sein...
will es mir nicht mal vorstellen...

Du behälst deine Hand,
du schläfst ruhig.
Die Erinnerung schmerzt mich,
die bald gelöscht,
Ich kann es nicht ertragen!

Wieviele schöne Erinnerungen! Zwischen den Wellen,
wie große Ozeane, jetzt werden sie zerstört.
Ich höre jetzt die gestrige Brise, so voll der Stille.
Heute ist der Einklang zerbrochen.
Heute änderst du mein Leben

Wieviele schöne Erinnerungen! Zwischen den Wellen,
wie große Ozeane, jetzt werden sie zerstört.
Ich höre jetzt die gestrige Brise, so voll der Stille.
Heute ist der Einklang zerbrochen.
Heute endet mein Leben!

Luscinda und Dorotea waren so verwirrt, dass sie nicht wagten, zu fragen, was vorgefallen war. Sie streichelten die Hände des Mädchens, ohne etwas zu sagen. Als sie sich schließlich etwas beruhigte, fragte sie Dorotea:“Sind seine Lieder immer so traurig?“
„Nein, gar nicht! Normalerweise singt er Jotas. Und er tanzt auch! Er ist lustig!“, antwortete sie, ohne ihre Hände vom Gesicht zu nehmen.
„Ah, das ist gut zu wissen“, fügte die gute Dorotea hinzu.

Keine der Zwei wagte es, Genaueres zu erfragen, denn sie wussten nicht, ob es für den Schmerz des Mädchens eine Linderung geben könne. Von Zeit zu Zeit betrachteten sie den Vater, der ein anständiger Mann zu sein schien, denn man sah sofort, dass seine Tochter das war, was er auf dieser Welt am meisten alles liebte, denn er forderte den Kneipenwirt immer wieder auf, für seine Tochter ein anständiges Bett zurechtzumachen, koste es was es wolle.

In diesem Moment hörte man draußen einen grauenhaften Schrei, einen Schrei, als ob jemand stürbe.

„Was ist los?“, fragten sich alle.

Genau zu diesem Zeitpunkt hielt Don Quijote Wache vor der Burg, denn dies war unumgänglich, da doch die Königin von Micomicón in dieser Burg verweilte.

Maritornes, das Hausmädchen der Kneipe, und die Tochter des Kneipenwirtes betrachteten ihn von einer Luke aus und hörten seine Seufzer, denn wenn er alleine auf Rocinante saß und sich die Realität nicht einmischte, war er ganz der, der er sein wollte. Und wenn er es nur in seiner Phantasie gewesen wäre, wäre auch nichts passiert, da er jedoch mit sich selber sprach, entstand ein Konflikt mit der Realität, denn so konnten die zwei Mädchen hören, was er dachte und das erschien ihnen ausgesprochen lustig.

Er beklagte sich, dass die unvergleichliche Dulcinea del Toboso ihn verschmähte, wiederholte unzählige Male, dass nur diese in seinem Herzen regiere, dass er Tag und Nacht an nichts anderes als an sie denke.

Die zwei Mädchen waren eigentlich nett, doch das Verhalten des Don Quijote erschien ihnen so witzig, dass sie der Versuchung, sich über ihn lustig zu machen, nicht widerstehen konnten. Die Tochter des Kneipenwirts rief nach ihm, und tat dies auf eine solche Art, dass er auch dann, wenn er nicht verrückt gewesen wäre, in die Falle getappt wäre.

Don Quijote näherte sich ihr und sagte ihr, dass er ihr jede Bitte erfüllen würde, er aber nie der ihrige sein könne, denn sein Herz gehörte ewig der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso, was aber nicht ganz stimmte, denn wir wissen ja bereits, dass er Maritornes, als er sich zum zweiten Mal in der Kaserne befand, nicht aus dem Bett geworfen hatte, als diese sein Bett mit dem des Maultiertreibers verwechselte.

Da sich die Dachluke, wo sich die zwei Mädchen befanden, in großer Höhe befand, musste sich Don Quijote auf den Sattel stellen, um sie zu sehen, doch nicht mal dann, war er auf derselben Höhe wie diese. Die Tochter des Kneipenwirts bat ihn, ihr die Hand zu reichen, denn sie wollte seine starke Hand fühlen, die Muskeln und die Nerven der Hand, die soviel Unrecht gerecht hatte, was Don Quijote mit großem Wohlgefallen tat. Er hob eine Hand, bis jene sie erreichen konnten. Maritornes hatte bereits die Zügel eines Pferdes geholt und mit diesem Lederriemen banden sie die Hand Don Quijotes an den Rahmen der Dachluke.

Zu Beginn wunderte sich Don Quijote darüber, dass die Hand eines Mädchens so grob sein könne, doch da er mit solchen Dingen nur wenig Erfahrung hatte, konnte er zwischen einer Frauenhand und einem Stück Kuhleder nicht unterscheiden. So sprachen sie noch eine Weile miteinander. Don Quijote mit erhobenem Arm und die zwei Mädchen, die an sich hielten, um nicht laut los zu lachen.

Als sich die beiden von der Dachluke zurückgezogen hatten, blieb Don Quijote auf Rocinante stehen, den einen Arm erhoben. Allmählich wurde ihm bewusst, dass der Hexer, sein unerbittlicher Feind, ihn ein weiteres Mal verhext hatte und die zarte Haut einer Frau in einen Lederriemen verwandelt hatte.

Eine Stunde lang konnte er sich ohne weiteres aufrecht auf Rocinante halten, dann, unter großen Mühen, weitere zwei Stunden, doch schließlich gaben seine Beine nach und er hing mit einem Arm am Rahmen der Dachluke, weshalb ihm nichts anderes übrigblieb, als um Hilfe zu schreien, damit ihn jemand hörte. Er schrie, als ob man ihn abmurksen würde, mit so spitzen Schreien, dass allen Anwesenden ein Schauer über den Rücken lief.

Als sie diese Schreie hörten, rannten alle, der Barbier, der Pfarrer, die vier Lakaien des Herrn, der Herr selbst und Cardenio nach draußen, um nachzuschauen, wer solche Schreie von sich gab. Als sie Don Quijote an einem Arm am Rahmen der Dachluke hängen sahen, stieg Cardenio auf das Dach und durchschnitt mit einem Messer die Lederriemen.

Die Rüstung klapperte laut, als unser Ritter auf den Boden plumpste und Luscinda, Dorotea und das Mädchen blieben alleine in der Kneipe.