Capítulo cuadragésimo quinto

Donde aprendemos cómo los cabreros pusieron orden en todos estos asuntos

Estos cabreros eran gente generosa, como ya hemos visto. No leían libros, pero algunos hacían poemas. No eran poemas de doncellas ni de amores abstractos o copias de copias de sentimientos copiados, sino cosas que habían inventado ellos mismos y que con el tiempo aprendieron a cantar.
Al ser cabreros, tenían contacto con todos los otros cabreros y estaban al tanto de todo. Sabían que Cardenio había llevado vida de loco en Sierra Morena, historia que los cabreros de aquellos lares les habían contado cuando estaban sentados alrededor del fuego. Eran sabedores también de que Don Quijote había atacado dos manadas de ovejas tomándolas por ejércitos y que los cabreros de aquellas manadas lo habían derribado del caballo con sus hondas. Es más, sabían incluso que había liberado a los encadenados y que la Santa Hermandad lo tenía en su punto de mira, lo que les pareció muy gracioso, porque pensaban que el rey Felipe II podía perfectamente quedarse en su Escorial y organizar la guerra contra Inglaterra, Flandes, Francia o lo que mejor le viniese en gana, siempre que a ellos los dejara en paz en sus majadas y transitando por sus cañadas reales.

Todo lo que se refería a este asunto: Iglesia, soldados, jueces y Santa Hermandad los tenían ya hasta las mismísimas narices. Un caballero andante cincuentón que atacaba a una manada de ovejas, sobre un jamelgo con una lanza que parecía la simple rama de un árbol, no les parecía un problema tan grave. Antes bien era algo bastante divertido y no hacía daño a nadie. Sin embargo, tanto toda esa gente vestida de negro que pertenecía a la Santa Inquisición como estos soldados equipados con armas compradas con un dinero que no habían ganado ellos y más todavía los marqueses y duques a los cuales, nadie sabe por qué, les pertenece la mitad de la tierra, ésos sí que eran molestos y gravosos.

No les pareció nada bien que se burlaran de Don Quijote. Y lo que más les disgustó fue que el propio Cardenio, que durante semanas había llevado vida de loco en Sierra Morena y sólo pudo sobrevivir gracias a que ellos, los cabreros, se ocuparon de él, ahora se burlara de Don Quijote.

Y les bastó entrar en la taberna para enterarse de lo que pasaba con la niña, situación que tampoco les gustó; sobre todo porque esta historia les hizo pensar en su compañero Crisóstomo que realmente se había vuelto loco, tan loco que murió, que es otra cosa que hace el loco como este Cardenio, por puro aburrimiento.

En fin, todo lo que pasaba no les gustó en absoluto.

Al padre de la niña también lo conocían, porque era un juez que no tenía, como solía ser el caso de esta gente, ni pizca de idea de la vida.

Entraron todos juntos en la taberna, pidieron una botella de vino y se sentaron. Poco después entraron Don Quijote, el cura, el barbero, Cardenio, el juez y el tabernero.

- ¡Maldito sea el hechicero!, feroz enemigo suyo - dijo el cura a Don Quijote - que ató su brazo vencedor al marco de la barbacana de este castillo.

¡Ah! Este condenado cura que vive de nuestro trabajo, se burla de Don Quijote - pensaron todos los cabreros sin que hubiese sido menester que se pusieran de acuerdo-. El fanático seguidor de Tomás de Torquemada se burla de este hidalgo inocente e inofensivo. Se le van a quitar las ganas de guasa ahora mismita.
Con sus cayados empezaron a dar golpes en el suelo. Bum, bum. Al principio suavemente, apenas perceptible, después más fuerte, después más fuerte. Bum, bum. Y cada vez más fuerte. Bum, bum. Y finalmente entonaron todos juntos esta canción.

No puedo creer
que entre tanto despelote,
haya encontrado
un Cristo en un escote
¡AY, un Cristo en un escote!

Era un busto
como una cordillera,
era como pa' darse gusto.

Yo miraba al Cristo allí,
con cara de enfermizo;
clavado ahí en la cruz,
en pleno paraíso.

Tremendo despelote.
¡Un Cristo en un escote!,
¡Un Cristo en un escote!
Ah, ah, ah

A lado y lado,
no habían dos ladrones.
Eran como dos fresas,
dos rosados pezones.

Atado a una cruz,
estaba allí Jesús.
¿Cómo estar en un regazo
y no dar un abrazo?

Tremendo despelote.
¡Un Cristo en un escote!
¡Un cristo en un escote!
Ah, ah, ah

Ese bendito escote,
lo lleva a todas partes.
Por religión o agujero,
de su pecho no sale.

El escote corre,
danza, sale a caminar;
él todo lo soporta, cabizbajo
y sin mirar.

 

 

(Lento)
Cuando el escote peca y reza
y todo sale bien.
Toma el cristo entre sus manos
y lo besa.
Ah, ah, ah

Cuando va a bañarse
toda se desnuda,
aprovecha el Cristo
para refrescarse.

Y mientras se baña,
le dice a su padre
¿por qué me has abandonado
en semejante lugar?
Dime qué quieres,
¿que me ponga a rezar?

Tremendo despelote.
¡Un Cristo en un escote!,
¡Un Cristo en un escote!

¡Quién iba a pensar
en su futuro incierto!;
menos mal que tiene
los brazos abiertos.

O si no se iría
por ese tobogán;
y quién sabe, el pobre,
adónde iría a parar.

(Lento)
A veces el tal escote,
hace el amor.
¡Y no se quita el Cristo,
hágame el favor!

Tremendo despelote.
¡Un Cristo en un escote!
¡Un cristo en un escote!
Ah, ah, ah

Quién entiende, cómo
después de tanta historia,
de hacer tanto milagro,
de hacer de piedras pan.

¡Venir allí a parar!;
por tanto despelote,
a ser crucificado
en semejante escote.

En semejante busto,
en semejante pecho
como pa' darse gusto.

¡Un Cristo en el escote!,
tremendo despelote.

Y mientras así cantaban, se acercaron al cura, se pusieron alrededor de él, para que estuviese bien claro para quién era la canción, finalmente tocaban con sus bastones la cruz que colgaba de su pecho.
Rojo como un tomate se puso el cura de cólera, de vergüenza y de impotencia. Y cuando terminaron, le dieron unas palmaditas en el hombro y le dijeron:

- ¡Vaya, pastor de almas!, es curioso comprobar cuántas locuras hay en esta Tierra. Algunas inocentes, que hubiesen podido ser bellas en otros tiempos pueden crear algo nuevo, abrir nuevos caminos, incitar a la gente a dudar, a utilizar su propia cabeza, pero locuras hay, que fueron engendradas en el infierno más siniestro, que impiden a la gente pensar por sí misma, que sirven para esclavizar a la gente y que incitan al odio entre iguales.
Deja en paz a nuestro Don Quijote. Es el humilde consejo que te dan los cabreros cuyas manadas de ovejas, en su demencia, tomó por dos ejércitos; porque no dudan, que con la misma fuerza con la cual hubo atacado aquellas dos manadas de ovejas, atacado hubiera igualmente a cualquier ejército enemigo, que hubiese querido invadir nuestra Andalucía. Él no es como ese loco del Escorial, que manda sus tropas a cualquier parte del mundo en tanto que él se queda en su cama con dosel.
La fama que quería ganarse, quería ganarla con su propia fuerza, arriesgando su propia vida y bien merecido tendría que trovadores y juglares cantasen sus hazañas.
Pero ya lo sabemos. Tus condenados libros únicamente hablan de reyes que en su vida arriesgaron nada y que mandan a otra gente a luchar por ellos. De ésos que arriesgaron sus vidas no hablan tus libros, hablan de los reyes, caudillos y otros locos por la gracia de Dios.

A continuación se dirigieron al padre de la niña y le preguntaron por qué lloraba su hija. El juez o más bien oidor, no había comprendido todavía muy bien de qué iba la cosa y creyendo que los cuatro armados mozos que lo acompañaban le servirían para algo, les hizo la señal convenida para que desenvainaran sus espadas.
Poco sabía el juez de los cabreros de Andalucía, dado que hasta ahora nada más que los había conocido cuando habían tenido que comparecer en juicio, desarmados y encadenados, en la mayoría de los casos, por no haber pagado lo que al rey se debía. Porque estos cabreros, en un abrir y cerrar de ojos y con gran fuerza y precisión milimétrica dieron tal manotazo al brazo de estos mozos, que al punto, dejaron caer sus espadas con la mano quebrada y aullando como perros que acabaran de recibir una patada.

- ¿Qué pasa con su hija, señor magistrado? - le preguntó el mismo cabrero.
- A esa pregunta no tengo que responderte - respondió el juez algo intimidado.
- Creo que sí - le replicó el cabrero y los otros dieron un golpe sobre el suelo produciendo el bum, bum que ya conocía.
- Mi niña se viene conmigo a las Indias - agregó esta vez el juez.
- Creo que no va a ser así - le espetó el cabrero convencidísimo de lo que decía.
- ¿Y se puede saber por qué no? - preguntó el juez a la vez asombrado y algo irritado ya.
- Pues porque parece que ella no quiere irse - manifestó el cabrero en esta ocasión.
- ¿Y a ti qué te importa? - le interpeló rápidamente el juez.
- Fíjese que a mí me importa todo lo que me interesa - le respondió el cabrero.
- Yo soy juez, yo me conozco el derecho familiar, y éste dice muy claro que es el padre quien decide lo que debe de hacer una hija - le objetó altanero el juez.
- Y yo, soy cabrero y el derecho familiar pertenece a ese género de cosas que ni me importan ni me interesan. - fue capaz de decirle el cabrero.
- ¿Y vas a decidir tú lo que ha de hacer mi hija? - le demandó el juez algo acobardado.
- Yo he decidido que su hija no va a las Indias si ella no quiere. - afirmó el cabrero.
- ¡¡Una buena hija, a quien tiene que obedecer sin rechistar siquiera, es a su padre!! - exclamó el padre fuera de sí.
- ¿Eres turco de Anatolia? - le espetó el cabrero.
- Pero vamos a ver, hombre de Dios, ¿eso a qué viene ahora? - dijo el juez.
- ¿Por qué se luchó en la batalla de Lepanto? - se apresuró a decir el cabrero.
- Para defender la Santa Fe Cristiana - saltó como una bala el cura.
- ¿Para sustituir una locura por otra, sin posibilidad de que haya un cambio real? - le inquirió el cabrero.
- ¿A qué llamas tú exactamente locura? - interrumpió el juez.
- Llamo locura a todo aquello que se cataloga como verdad absoluta impidiendo, cuando no prohibiendo directamente, que la gente piense por si misma - le rebatió el cabrero, sabiendo muy bien lo que decía.
- Así que tú no crees en el orden divino representado por el rey Felipe II y el Papa, ¿no?
- Sepa Vd. que no. No creo en ello porque soy yo el que paga la factura y por lo tanto controlo más en detalle.
- ¿Y por qué te importa tanto mi hija? - le preguntó extrañado el juez.
- Me importa lo que me interesa - le repitió el cabrero.
- ¿Y tú crees saber lo que conviene a mi hija mejor que yo? - le refutó el juez.
- Sí, su señoría, en este caso le conviene cometer sus propios errores y no soportar errores ajenos.
- ¿Y cómo piensas impedir que me la lleve a la Indias? - le replicó el juez muy altivo.
- ¿Cuántos kilómetros hay de aquí a Sevilla? - le preguntó tranquilamente el cabrero.
- Pues serán unos trescientos - aseguró el otro.
- ¿Y sabe también cuántos cabreros debe haber desde aquí hasta Sevilla?
- No, ¿por qué debería saberlo yo? - manifestó el juez.
- Supongo que siendo tan listo, habrá entendido a qué me refiero. Y otra cosa os diré. Si queréis comportaros como un talibán y decidir con quién tiene que casarse vuestra hija, mejor váyase a Irán. No creo que en las Indias haga falta gente como vos, mas eso me es indiferente, no me interesa. Pero aquí en Andalucía cada uno ama a quien quiere y tiene derecho a cometer sus propios errores pues así, vamos aprendiendo.

Habiendo dicho esto, llamó al ángel músico que bajó de inmediato de su colina y le dijo que al otro día los dos volverían con ellos al lugar de donde habían venido. Se supo después que este niño, a pesar de estar vestido como cabrero, no era cabrero en absoluto, sino hijo de un noble muy importante, cuyo padre veía de mal ojo que su hijo se había enamorado de una niña de origen tan humilde. A esto los cabreros dijeron que no presenta obstáculo alguno y que dentro de poco será resuelto este problema. Y así se hizo. El próximo día el juez continuó su viaje a Sevilla donde se embarcó para las Indias. El padre del niño se resistió un poco pero después de que le habían clavado un par de ratas muertas a su puerta, dejó amar a su hijo a quién quería. La niña seguía viviendo en la misma casa donde había vivido antes y en la cual también vivía su abuela. Si estos dos se casaron o si quedaron solo buenos amigos nunca se supo y tampoco interesa.

 

Kapitel fünfundvierzig

Wo wir lernen, wie die Hirten Ordnung in die Angelegenheit brachten

Diese Hirten waren großzügige Leute, wie wir gesehen haben. Sie lasen keine Bücher, aber einige machten Gedichte. Es waren keine Gedichte über Jungfrauen und auch nicht über abstrakte Liebschaften oder Kopien von Kopien von kopierten Gefühlen, sondern Dinge, die sie selber erfunden hatten und die sie mit der Zeit auch singen lernten.
Da sie Hirten waren, hatten sie Kontakt zu allen anderen Hirten und waren über alles informiert. Sie wussten, dass Cardinao in der Sierra Morena den Verrückten spielte, die Hirten dieser Gegend hatten es ihnen erzählt, als sie um das Feuer saßen. Sie wussten auch, dass Don Quijote zwei Schafherden angegriffen hatte, die er für zwei Heere gehalten hatte und dass die Hirten ihn mit Schleudern vom Pferd geholt hatten. Sie wussten sogar, dass er die Gefangenen befreit hatte und die Santa Hermandad hinter ihm her war. Das erschien ihnen sehr lustig, denn sie dachten, dass der König Phillip II am besten in seinem Escorial bliebe, um dort Kriege gegen England, Flandern, Frankreich zu organisieren oder was ihn sonst gut dünkte, vorausgesetzt, dass er sie auf ihren Weiden in Ruhe ließe und auf seinen königlichen Hohlwegen bliebe.

Von all dem, was damit zusammenhing, Kirche, Soldaten, Richter und die Santa Hermandad, hatten sie die Nase gestrichen voll. Ein fünfzig Jahre alter fahrender Ritter der auf einem Klepper mit einer Lanze, die ein einfacher Ast eines Baumes war, eine Herde Schafe angriff, schien ihnen kein so großes Problem zu sein. Das war sogar ziemlich lustig und schmerzte niemanden. Diese ganzen in Schwarz gekleideten Leute jedoch, die zur Heiligen Inquisition gehörten, wie diese Soldaten, die mit Waffen ausgestattet waren, die mit Geld gekauft wurden, das nicht sie verdient hatten und diese Grafen und Herzöge, denen, keiner weiß warum, die Hälfte des Bodens gehörte, die waren wirklich lästig und ärgerlich.

Sie hatten kein Verständnis dafür, dass man sich über Don Quijote lustig machte. Was sie aber am meisten ärgerte, war, dass selbst Cardenio, der wochenlang in der Sierra Moreno das Leben eines Verrückten geführt hatte und nur dank ihnen, den Hirten, überleben konnte, weil sie sich um ihn kümmerten, sich jetzt über Don Quijote lustig machte.

Es reichte ihnen, die Kneipe zu betreten, um zu wissen, was mit dem Mädchen los war. Und auch das missfiel ihnen, denn diese Geschichte erinnerte sie an ihren Gefährten Grisóstomo, der tatsächlich verrückt geworden war, so verrückt, dass er starb, was ja etwas anderes ist, als den Verrückten zu spielen, aus lauter Langeweile, wie Cardenio dies tat.
Zusammenfassend kann man sagen, dass alles, was dort geschah, ihnen total missfiel.

Auch den Vater des Mädchens kannten sie, denn er war ein Richter, der, wie das bei dieser Sorte von Leuten der Fall war, vom Leben keine Ahnung hatte.

Sie betraten alle zusammen die Kneipe, bestellten ein Glas Wein und setzten sich. Kurze Zeit später kamen Don Quijote, der Pfarrer, der Barbier, Cardenio, der Richter und der Kneipenwirt.

„Verflucht sei der Hexer, Ihr entsetzlicher Feind“, sagte der Pfarrer zu Don Quijote, „der Ihren rächenden Arm an den Rahmen der Dachluke fesselte.“

Ah! Dieser verfluchte Pfarrer, der von unserem Geld lebt, macht sich über Don Quijote lustig, dachten alle Hirten, ohne dass es nötig war, auch nur ein Wort darüber zu wechseln.
Der fanatische Gefolgsmann des Tomás de Torquemada macht sich über diesen unschuldigen und harmlosen Ritter lustig. Seine Lust auf Scherze werden ihm gleich vergehen.

Mit ihren Hirtenstäben begannen sie auf den Boden zu klopfen, bum, bum. Zu Beginn nur sanft, kaum hörbar, dann immer stärker, immer stärker, bum, bum. Und immer stärker, bum, bum. Und schließlich begannen sie alle gleichzeitig dieses Lied zu singen.

Ich kann es kaum glauben,
dass in dieser ganzen Unordnung
ich einen Christus in einem Ausschnitt gefunden habe,
einen Christus in einem Ausschnitt

I

Es war eine Büste
wie eine Gebirgskette
es war ein reines Vergnügen

Ich betrachtete den Christus dort,
mit kränkelndem Gesicht dort angenagelt an das Kreuz
mitten im Paradis

Chor
Welch eine Unordnung.
Ein Christus in einem Ausschnitt,
ein Christus in einem Ausschnitt!
Ah, ah, ah

II

Ihm zur Seite
waren keine zwei Diebe.
Es waren wie zwei Erdbeeren,
zwei rosarote Brustwarzen.

Festgebunden an ein Kreuz
war Jesus dort.
Also ob er in einem Schoß läge
und nichts umarmen könnte?

Chor
Welch eine Unordnung.
Ein Christus in einem Ausschnitt,
ein Christus in einem Ausschnitt!
Ah, ah, ah

III

Dieser geweihte Ausschnitt
bringt ihn überall hin.
Sei es aus Religiösität oder aus Vorahnung,
von ihrer Brust weicht er nicht.

Der Ausschnitt rennt,
tanzt, geht spazieren,
und all das erträgt er gesenkten Hauptes
und ohne zu schauen.

langsam
Wenn der Ausschnitt sündigt und betet
und alles geht gut aus.
Nimmt sie den Christus in ihre Hände
und küsst ihn.
Ah, ah, ah

IV

Wenn sie baden geht,
entkleidet sie sich ganz,
das nutzt der Christus,
um sich zu erfrischen.

Und während sie sich badet,
sagt er zu seinem Vater:
„Warum hast du mich verlassen
an einem solchen Ort?
Sag mir, was willst du,
dass ich anfange zu beten?“

Chor
Welch eine Unordnung.
Ein Christus in einem Ausschnitt,
ein Christus in einem Ausschnitt!
Ah, ah, ah

V

Wer hätte das gedacht
bei seiner unsicheren Zukunft,
glücklicherweise hat er
die Arme ausgebreitet.

Oder wenn er
diese Rutschbahn nicht hinunter rutschen würde,
und wer weiß, wo der Arme
ankommen würde.

langsam
Manchmal schläft dieser
Ausschnitt mit jemandem
und den Christus nimmt sie nicht weg,
ich bitte dich darum!

Chor
Welch eine Unordnung.
Ein Christus in einem Ausschnitt,
ein Christus in einem Ausschnitt!
Ah, ah, ah

VI

Wer versteht, dass er nach
soviel Geschichte,
nach sovielen Wundern,
nachdem er aus Steinen Brot gemacht hat,

er hier landet,
inmitten dieser Unordnung,
gekreuzigt,
in einem solchen Ausschnitt.

In einem solchen Ausschnitt,
an einem solchen Busen,
der soviel Freude macht.

Ein Christus in einem Ausschnitt,
oh welche Unordnung.

Und während sie so sangen, näherten sie sich dem Priester, stellten sich um ihn herum, damit auch deutlich werde, an wen dieses Lied gerichtet war. Schließlich berührten sie mit ihren Stöcken das Kreuz, das er um den Hals hängen hatte.
Rot wie eine Tomate wurde der Pfarer vor Wut, vor Scham und Machtlosigkeit. Als sie fertig waren, gaben sie ihm noch einen Klaps auf die Schulter und sagten zu ihm:“Hör mal, Hirte der Seelen, es ist schon eigenartig, wie viele Verrücktheiten es auf dieser Welt gibt. Manche Unschuldige, die in anderen Zeiten hätten schön sein können, können etwas Neues eschaffen, neue Wege öffnen, die Leute dazu bringen, zu zweifeln, ihren eigenen Kopf zu benutzen. Doch es gibt auch Verrücktheiten, die stammen aus den unheilvollsten Schlünden der Hölle, die die Leute daran hindern, nachzudenken, sie dienen dazu, die Leute zu versklaven und sie stacheln zum Hass auf.
Lass Don Quijote in Ruhe, das ist der bescheidene Rat, den die dir Hirten geben, deren Herden er in seinem Wahnsinn für zwei Heere hielt, denn sie zweifeln nicht daran, dass er mit derselben Kraft, mit der er die zwei Herden angriff, auch jedes feindliche Herr angegriffen hätte, das unser Andalusien überfällen hätte. Er ist nicht wie der Verrückte im Escorial, der seine Truppen in alle Weltteile schickt, während er in seinem Himmelbett bleibt.

Den Ruhm, den er sich erwerben wollte, wollte er sich aus eigener Kraft erwerben, riskierte sein eigenes Leben und er hätte es verdient, dass Minnesänger und Bänkelsänger von seinen Heldentaten singen.

Doch wir wissen es alle. Deine verdammten Bücher reden nur von Königen, die Zeit ihres Lebens nichts riskierten und den anderen Leuten befehlen, für sie zu kämpfen. Von denen, die ihr Leben riskierten, spricht niemand in deinen Büchern. Sie sprechen von den Königen und anderen von Gott eingesetzten Anführern.

Dann wandten sie sich dem Vater des Mädchens zu und fragten ihn, warum seine Tochter weine. Der Richter hatte noch nicht genau verstanden, was vor sich ging und glaubte daher, dass seine vier bewaffneten Lakaien, die ihn begleiteten, ihm helfen würden. Er gab ihnen ein Zeichen, die Schwerter zu ziehen.

Wenig nur wusste der Richter über die Hirten von Andalusien, da er sie bislang nur einzeln erlebt hatte, wenn sie unbewaffnet und in Ketten vor Gericht erscheinen mussten, meistens, weil sie dem König noch etwas schuldeten.
In der Zeitspanne eines Wimpernschlages und mit großer Kraft und Präzision schlugen diese Hirten den Lakaien auf den Arm, dass diese sofort ihre Schwerter fallen ließen, mit gebrochener Hand und heulend wie Hunde, die soeben einen Fußtritt bekommen hatten.

„Was ist mit Ihrer Tochter, Herr Richter?“, fragte ihn der Hirte.
„Auf diese Frage muss ich dir nicht antworten“, antwortete der Richter etwas eingeschüchtert.
„Ich glaube schon“, antwortete ihm der Hirte und die anderen schlugen auf den Boden, was das bereits bekannte Bum, Bum ertönen ließ.
„Meine Tochter geht mit mir nach Amerika“, fügte der Richter hinzu.
„Ich glaube nicht, dass das eintritt“, erwiderte der Hirte, wobei er von dem, was er sagte, vollkommen überzeugt war.
„Und darf man erfahren warumnicht?“, fragte der Richter eingeschüchtert und fassungslos.
„Weil es den Anschein hat, dass sie nicht gehen will“, tat der Hirte kund.
„Und was geht dich das an?“, fragte in der Richter schnell.
„Stellen Sie sich vor, mich geht all das was an, was mich interessiert“, antwortete ihm der Hirte.
„Ich bin Richter, ich kenne mich aus im Familienrecht, und nach dem Familienrecht ist es der Vater, der bestimmt, was die Tochter macht“, erwiderte hochmütig der Richter.
„Und ich bin Hirte, und das Familienrecht gehört nun zu den Dingen, die mich nicht interessieren“, sagte ihm der Hirte ins Gesicht.

„Du wirst also entscheiden, was mit meiner Tochter geschieht?“, fragte ihn der Richter verängstigt.
„Ich habe entschieden, dass Ihre Tochter nicht nach Amerika geht, wenn sie das nicht will“, erwiderte der Hirte.
„Eine gute Tochter muss ohne zu mucksen ihrem Vater gehorchen!“, wetterte der Richter.

„Bist du ein Türke aus Anatolien?“, warf ihm der Hirte an den Kopf.
„Und was hat das nun in Gottes Namen damit zu tun?“, fragte der Richter.
„Warum hat man in Lepanto gekämpft?“, antwortete der Hirte auf die Frage mit einer Frage.
„Um den christlichen Glauben zu verteidigen“, kam es wie aus der Pistole geschossen.
„Um eine Verrücktheit durch eine andere zu ersetzen, ohne dass es einen wirklichen Wechsel gäbe?“, hakte der Hirte nach.
„Was nennst du genau Verrücktheit?“, unterbrach ihn der Richter.
„Verrücktheit nenne ich all das, was sich als absolute Wahrheit einordnet und verhindert, oder sogar verbietet, dass die Leute selber denken“, erwiderte der Hirte, der sehr genau wusste, was er sagte.
„Du glaubst also nicht an die göttliche Ordnung, dessen Symbol Phillip II und der Papst ist?
„Nein mein Herr, daran glaub ich nicht, denn ich bin der, der die Rechnung bezahlt und deswegen schaue ich ein bisschen genauer hin.“
„Und was geht dich meine Tochter an?“, fragte ihn der Richter befremdet.
„Mich geht all das was an, was mich interessiert“, wiederolte der Hirte.
„Und du glaubst, dass du besser als ich weißt, was gut für meine Tochter ist?“, gab der Richter zurück.
„Ja mein Herr, in diesem Fall ist es besser, dass sie ihre eigenen Fehler macht und nicht unter den Fehlern der anderen leidet“.
„Und wie willst du verhindern, dass ich sie nach Amerika mitnehme?“, fragte ihn der Richter in arrogantem Tonfall.
„Wieviele Kilometer sind es von hier nach Sevilla?“, fragte ihn der Hirte ruhig.
„Nun, so etwa dreihundert, schätzte der Richter.
„Und wissen Sie auch, wie viele Hirten es gibt zwischen hier und Sevilla?“
„Nein, warum muss ich das wissen?“, erwiederte der Richter.
„Nun, da Sie so schlau sind, gehe ich davon aus, dass Sie verstanden haben, wovon ich rede. Ich sage Ihnen noch was anderes. Wenn Ihr euch benehmen wollt wie ein Taliban und entscheiden wollt, wen eure Tochter heiratet, dann gehen Sie besser nach Anatolien. Ich glaube kaum, dass man in Amerika Typen wie Sie braucht, doch das ist mir egal, das interessiert mich nicht. Doch hier sind wir in Andalusien und hier liebt jeder den, den er lieben will und jeder hat das Recht, seine eigenen Fehler zu machen, so lernen wir.“

Nachdem er das gesagt hatte, rief er den Musikengel, der sofort von seinem Hügel herunterkam und sagte ihm, dass die zwei am nächsten Tag zu dem Ort zurückgehen würden, von dem sie gekommen waren. Später erfuhr man, dass dieser Junge, obwohl er als Hirte verkleidet war, gar kein Hirte war, sondern der Sohn eines hochstehenden Adeligen, dessen Vater es missfiel, dass sich sein Sohn in ein Mädchen von so geringer Abstammung verliebt hatte. Die Hirten sagten den beiden, dass dies kein Hindernis sei, und dass in wenigen Tagen das Problem gelöst wäre. Und so geschah es. Am nächsten Tag machte sich der Richter auf den Weg nach Sevilla, wo er sich nach Amerika einschiffte. Der Vater des Jungen weigerte sich ein bisschen, doch nachdem er einige tote Ratten angenagelt an seiner Tür gefunden hatte, ließ er seinen Sohn lieben, wen er lieben wollte. Das Mädchen wohnte im gleichen Haus, in dem sie vorher gewohnt hatte und in dem auch ihre Oma wohnte. Ob diese zwei heirateten oder nur gute Freunde blieben, wissen wir nicht und das interessiert auch nicht.