Capítulo cuadragésimo sexto

De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero Don Quijote y cómo finalmente su fama se convirtió en algo muy rentable

El juez se despidió de su querida hija pues a la mañana siguiente muy temprano quería seguir camino a Sevilla. Tanto ella como él lloraron aunque la chiquilla realmente no se quería ir a las Indias con su padre, pues todo lo que había oído de aquellas tierras no le había gustado.
Después de que el juez se hubo retirado, los cabreros bebieron tranquilamente su vino, escuchando las hermosas canciones del chicuelo, que tal y como había dicho la chiquilla no hablaba nunca, sino que cantaba, al pensar que únicamente en la música hay algo de verdad.

Quiero caer en sus manos,
sentir cayendo su traje.
Ser una florecilla de cereza
en esta mano liviana de mujer.

Quisiera que me mirara,
ver su alma reposando en su mano
cuando sus ojos planean
sobre mis hojitas blancas.

Les hizo pensar sus canciones en su infeliz compañero Crisóstomo y se veía una que otras lágrimas cayendo por las mejillas.

De repente entraron tres soldados de la Santa Hermandad acompañados del barbero, cuyo yelmo de Mambrino había conquistado Don Quijote en singular batalla y cuyo aparejo había robado Sancho Panza en no tan singular hurto. Apenas vio el barbero, no hay que confundir este barbero con el otro, a Sancho Panza, gritó a los soldados de la Santa Hermandad:

- ¡Detenedlos! El flaco - y diciendo esto apuntó a Don Quijote - me robó mi bacía y el gordito - apuntando a Sancho Panza - mi aparejo.

Les contó toda la historia. Cómo Don Quijote lo había agredido sin ninguna razón, cómo se había salvado saltando de su mulo, cómo había escapado y que había vuelto después para constatar que lo habían desplumado y que le habían robado su bacía, su aparejo y su alforja.
Tantos detalles dieron del asalto, que los soldados lo creyeron.

Don Quijote estaba seguro de que finalmente comprenderían que todo era mentira y que en honesta batalla, caballero andante contra caballero andante, fue el modo en que se hubo adueñado del yelmo de la polémica. Sancho Panza, que se veía ya yendo encadenado a galeras, temblaba como un flan.
Los soldados se encaminaron primero hacia Sancho Panza, porque de él esperaban más resistencia que de Don Quijote, siendo éste mucho más flaco.

- ¡Tranquilos! - pidió solícito el cabrero a los soldados.

Los soldados no le hicieron el menor caso y se oyó nuevamente el bum, bum de los garrotes.

 

- ¡Tranquilos, he dicho! - repitió el cabrero.
- ¡Canalla! - le replicó uno de los soldados - ¿Tú sabes quiénes somos?
- Sí - respondió el cabrero – unos miserables servidores del rey.

Trataron de desenfundar sus espadas, pero aunque estaban de pie y los cabreros tranquilamente sentados y a pesar de que tenían los garrotes en el suelo, no lograron hacerlo. Con tal rapidez se movieron los cabreros que antes de que pudiesen echar mano a sus espadas, ya habían recibido sendos puñetazos en el pecho y en el brazo; y con tanta fuerza, que tuvieron que dejar las espadas donde estaban.

- Escuchad, si queréis haceros los héroes aquí, seguramente moriréis como héroes, mas sabed que eso a vuestro rey no le importará lo más mínimo - les expuso el cabrero.
- ¿Acaso sois vos otro bandido? – le inquirió el soldado agarrando con una mano aquélla de la que anteriormente había recibido el golpe, ¿sois compañero de este malnacido?
- No, yo soy aquél que te da de comer, porque yo soy el que paga los impuestos, para que el rey te pueda pagar - le arguyó el cabrero - y por eso quiero estar seguro de que trabajas bien y de momento, te confieso que no estoy nada convencido de ello.
- Pero nuestro oficio es apresar a los criminales y estos dos no sólo despojaron al barbero, sino que también liberaron a seis delincuentes que iban con cadenas a las galeras.
- Ah. ¿Eso es lo que os han contado vuestros compañeros?
- Sí, esto nos dijeron: que diez caballeros, muy bien armados y fuertes como robles, los habían embestido; y a pesar de que lucharon como fieras, finalmente fueron vencidos. Y éste es uno de ellos, porque de él se acuerdan muy bien.
- Ah. ¿Decís que diez eran? ¿Es posible también que fuese uno solo pero tus colegas estaban tan borrachos que uno bastaba para vencerlos?
- A mí me dijeron que eran diez - y de ahí no salía el soldado.
- Y yo no veo más que uno, porque el otro apenas cuenta. ¿Quieres que entremos más en los detalles y que contemos a tu superior lo que realmente pasó? - dijo el cabrero intimidando al lacayo de la Santa Hermandad.
- Mas cierto es, que me despojaron de todo lo que dije - intervino el barbero.
- Mira - añadió el cabrero - Tu problema no es que te robaron tu bacía y tu aparejo, tu problema es que tu negocio no va bien y que te mueres de hambre porque esperas que la gente vaya a tu negocio a hacerse afeitar, pero la gente que trabaja no tiene tiempo que perder en eso. Nosotros, por ejemplo, no podemos dejar nuestras ovejas en el campo para ir a tu barbería para que nos afeites. Me imagino que ya te habrás dado cuenta de que en las laderas y a lo largo del arroyo que pasa por tu pueblo siempre hay cabreros. ¿Por qué no te vas tú donde están ellos, puedes incluso cobrar un poco más? Creo que este consejo te puede servir más que tu bacía.

Tales consejos eran tan convincentes como los garrotes y por lo tanto los soldados y el barbero prefirieron no insistir. El último que se quejó fue el tabernero, porque la otra vez Don Quijote no le había pagado por los servicios rendidos.

- Verás - le comentó el cabrero - el nombre de Don Quijote ya está propagándose por toda España y seguramente, dentro de un par de años, habrá miles de personas que querrán visitar todos los sitios donde ocurrieron estas hazañas que ahora se cuentan en las tabernas, lo que significa que habrá miles de personas que se desplazarán hasta aquí sólo por ver la Taberna donde Don Quijote había pasado un par de días con sus respectivas noches. Lo único que tienes que hacer tú es llamar tu taberna "Al Don Quijote" y poner unos carteles anunciadores a lo largo del camino que lleva a tu taberna. Y te aseguro, que gracias a este hombre más pronto que tarde, serás un hombre rico. Él no te debe nada; tú le debes a él todo lo que ganarás en el futuro.

Habiendo dicho esto, se dirigió al cura.

- Escuchadme vos, Sr. cura. He visto que os burlabais de este caballero, vuestro vecino para más señas. Y creo, porque de tonto no tenéis ni un pelo, que ya comprendisteis que eso no me gusta.
Yo quiero que lo llevéis a casa, porque efectivamente se corre el riesgo de que, en su locura, se agrede a si mismo; mas esta vez lo vais a hacer, os lo ruego, sin burlaros más de él.

Si llegamos a enterarnos de que hacéis burla de él, y os advierto que somos como Dios mismo, nos enteramos de todo, de absolutamente todo y os encontraremos adondequiera que vayáis y os haremos pagar por tal ofensa. Ya por último os diré, que la recompensa a vuestros actos no la encontrará en el más allá, sino más bien en este mundo y os puedo asegurar que esto es más seguro que cualquier verdad divina. ¿Me habéis entendido?

Sí, sí, sí - contestó atropelladamente el cura.

Y la reina de Micomicón también comprendió que su misión se había acabado.

 

Kapitel sechundvierzig

Wo von dem bemerkenswerten Abenteuer mit den Soldaten und von der großen Wildheit unseres guten Ritters Don Quijote berichtet wird und wie sein Ruhm rentabel wurde

Der Richter verabschiedete sich von seiner geliebten Tochter, denn am nächsten Morgen in der Frühe, wollte er seinen Weg nach Sevilla fortsetzen. Sie wie er weinten, doch das Mädchen wollte wirklich nicht mit ihrem Vater nach Amerika gehen, denn alles, was sie über diesen Kontinent gehört hatte, hatte ihr nicht gefallen.

Nachdem der Richter sich zurückgezogen hatte, tranken die Hirten ruhig ihren Wein und lauschten dem wunderbaren Gesang des Knaben, der tatsächlich, ganz so wie das Mädchen es gesagt hatte, nie sprach, sondern nur sang, wohl in dem Glauben, dass allein in der Musik Wahrheit sei.

Ich möchte in ihre Hände fallen,
fallend ihr Gewand spüren.
Eine Kirschblüte sein
in dieser leichten Frauenhand.

Ich möchte, dass sie mich anschaut,
in ihrer Hand ruhend ihre Seele sehen,
wenn ihre Augen gleiten
über meine weißen Blütenblätter.

Seine Lieder erinnerten sie an ihren Gefährten Grisóstomo und man sah die eine oder andere Träne über ihre Wangen fließen.

Plötzlich betraten drei Soldaten der Santa Hermandad, vom Barbier begleitet, dessen Helm des Mambrino Don Quijote in einer einzigartigen Schlacht erobert hatte und dessen Pferdegeschirr Sancho Panza in einem weniger einzigartigen Diebstahl gestohlen hatte, die Kneipe. Der Barbier sah Sancho Panzo sofort, man muss diesen Barbier nicht mit dem andern verwechseln, er schrie den Soldaten der Santa Hermandad zu:“Nehmt sie gefangen! Der Dünne-, hierbei zeigte er auf Don Quijote, -hat mir meine Schüssel gestohlen und der Dicke-, dabei deutete er Sancho Panza, -mein Pferdegeschirr.“

Er erzählte ihnen die ganze Geschichte. Wie Don Quijote ihn ohne Grund angegriffen hatte, wie er sich durch einen Sprung von seinem Maultier gerettet hatte, wie er geflüchtet und dann zurückgekommen war, um festzustellen, dass man ihn ausgeplündert und seine Schüssel, sein Pferdegeschirr und seine Satteltasche gestohlen hatte.
So detailliert beschrieb er den Überfall, dass die Soldaten ihm glaubten.

Don Quijote war sich sicher, dass sie schließlich verstehen würden, dass dies alles eine Lüge war, dass er sich in ehrlicher Schlacht, fahrender Ritter gegen fahrenden Ritter, des fraglichen Helmes bemächtigt hatte. Sancho Panza, der schon sah, wie man ihn in Ketten auf die Galeeren schleppte, zitterte wie ein Pudding.

Die Soldaten wandten sich Sancho Panza zu, weil sie von ihm mehr Widerstand als von Don Quijote erwarteten, da dieser ja so viel dünner war.

„Ruhig Blut!“, sagte der Hirte zu den Soldaten.

Die Soldaten achteten nicht auf ihn und man hörte wieder das Bum, Bum der Hirtenstäbe.

„Ruhig Blut, hab’ ich gesagt“, wiederholte der Hirte.
„Schurke!“, antwortete ihm einer der Soldaten, „weißt du wer wir sind?“
„Ja“, antwortete der Hirte, „einige erbärmliche Diener des Königs.“

Sie versuchten, ihre Schwerter zu ziehen, doch obwohl sie standen und die Hirten friedlich saßen und ihre Knüppel auf dem Boden lagen, schafften sie es nicht. Mit einer solchen Geschwindigkeit bewegten sich die Hirten, dass noch, bevor sie ihre Schwerter zücken konnten, sie schon so gewaltige Faustschläge gegen die Brust und auf den Arm bekommen hatten, dass sie die Schwerter da lassen mussten, wo sie waren.

„Hört, wenn ihr die Helden spielen wollt, dann werdet ihr wie Helden sterben. Doch wisst, dass dies euren König nicht im geringsten interessiert“, machte der Hirte ihnen klar.
„Seid Ihr vielleicht ein anderer Bandit?“, fragte ihn ein Soldat und umkammerte mit der einen Hand die Hand, die den Schlag erhalten hatte. „Seid Ihr ein Genosse dieses Halunken?“
„Nein, ich bin der, der dir zu essen gibt, denn ich bin der, der die Steuern bezahlt, damit der König dich bezahlen kann“, erwiderte ihm der Hirte, „und deswegen will ich sicher gestellt sehen, dass du gut arbeitest, wovon ich im Moment absolut nicht überzeugt bin.“
„Aber unsere Aufgabe ist es, die Banditen gefangen zu nehmen und diese zwei haben nicht nur den Barbier ausgeraubt, sondern auch sechs Verbrecher, die in Ketten zu den Galeeren geführt wurden, befreit.“
„Ah! Das haben dir deine Kollegen erzählt?“
„Ja, das haben sie erzählt. Dass zehn Reiter, alle wohl bewaffnet und stark wie Eichen, sie angegriffen hätten. Und obwohl sie wie die Löwen gekämpft hätten, seien sie besiegt worden. Und das ist einer von ihnen, an ihn haben sich alle sehr gut erinnert.“
„Ah. Du sagst es waren zehn? Ist es möglich, dass es nur einer war, aber dass deine Kollegen so besoffen waren, dass einer reichte, um sie zu besiegen?“
„Mir haben sie gesagt, dass es zehn waren“, und davon wich der Soldat nicht ab.
„Also ich sehe nur einen, denn der andere zählt fast nicht. Willst du, dass wir mehr in die Details gehen und deinem Vorgesetzten erklären, was wirklich vorgefallen ist?“ fragte der Hirte und schüchterte damit den Soldaten der Santa Hermandad ein.
„Sicher ist auf jeden Fall, dass sie mich all der Dinge beraubt haben, die ich nannte“, mischte sich der Barbier ein.
„Schau mal“, erwiderter der Hirte. „Dein Problem ist nicht, dass sie dir deine Schüssel und dein Pferdegeschirr geklaut haben. Dein Problem ist, dass dein Geschäft nicht läuft und du fast verhungerst, weil du darauf hoffst, dass die Leute zu dir kommen, um sich rasieren zu lassen, aber die Leute, die arbeiten, haben dafür keine Zeit zu verlieren. Wir zum Beispiel können unsere Schafe auf den Feldern nicht alleine lassen, um in deinen Friseurladen zu gehen, damit du uns rasierst. Ich denke du hast schon bemerkt, dass an den Berghängen und entlang des Flusses, der durch dein Dorf fließt, immer Hirten sind. Warum gehst du nicht dahin, wo sie sind, du könntest sogar mehr verlangen. Ich glaube dieser Ratschlag dient dir mehr, als deine Schüssel.“

Diese Ratschläge waren so überzeugend wie die Knüppel und deshalb zogen es die Soldaten und der Barbier vor, nicht auf ihrer Meinung zu beharren. Der letzte, der sich beklagte war der Kneipenwirt, denn das letzte Mal hatte Don Quijote nicht für die geleisteten Dienste bezahlt.

„Du wirst sehen“, erklärte ihm der Hirte, „der Name von Don Quijote verbreitet sich nun über ganz Spanien und sicher schon in ein paar Jahren wird es Tausende von Leuten geben, die all die Orte besuchen wollen, wo sich diese Heldentaten ereignet haben, die man jetzt in den Kneipen erzählt. Dies bedeutet, dass Tausende von Personen hierher kommen werden, nur um die Kneipe zu sehen, wo Don Quijote ein paar Tage mit den dazugehörigen Nächten verbracht hatte. Das Einzige, was du machen musst, ist deine Kneipe ZUM DON QUIJOTE nennen und ein paar Hinweisschilder an den Wegen anbringen, die zu deiner Kneipe führen. Ich versichere dir, dass du dank dieses Mannes schon sehr bald ein reicher Mann sein wirst. Er schuldet dir nichts, du schuldest ihm etwas für all das, was du durch ihn verdienst.

Nachdem er das gesagt hatte, wandte er sich dem Priester zu.

„Hört mir zu, Herr Pfarrer. Ich habe gesehen, wie Ihr Euch über diesen Ritter, Euren Nachbarn, lustig gemacht habt. Ich glaube Ihr habt verstanden, Ihr seid ja nicht dumm, dass mir das nicht gefällt. Ich will, dass Ihr ihn nach Hause bringt, denn es besteht tatsächlich die Gefahr, dass er sich in einem seiner Anfälle selbst schadet. Doch dieses Mal, darum bitte ich Euch, werdet Ihr es tun, ohne Euch über ihn lustig zu machen. Wenn wir erfahren, dass Ihr Euch über ihn lustig macht, und ich sage Euch, wir sind wie Gott, wir erfahren alles, absolut alles, und wir werden Euch finden, wo immer Ihr auch seid, wir lassen Euch für eine solche Beleidigung bezahlen. Schließlich sage ich Euch, dass Ihr den Lohn für Eure Taten nicht im Jenseits finden werdet, sondern im Diesseits und ich sage Euch, dass dies wahrer ist, als die göttliche Wahrheit. Habt Ihr mich verstanden?“

„Ja,ja,ja“, antwortete der Pfarrer verschreckt.

Und auch die Königin von Micomicón verstand, dass ihre Mission zu Ende war.