Capítulo cuadragésimo séptimo

Donde se cuenta el plan que tenía el cura para llevar a Don Quijote a casa.

Habiendo arreglado los cabreros todo lo que por arreglar había, dijeron a los dos niños que era hora de volver a casa y se fueron.

Lucinda y Dorotea se quedaron un rato más a hablar sobre la música de ese rapaz y cómo era posible que un niño cantara cosas que estaban muy por encima de lo que correspondía a su edad. Luego se fueron a la cama, porque a la mañana siguiente pensaban volverse cada una a su casa jurándose que, a partir de entonces, se iban a visitar muy a menudo pues no vivían muy alejados la una de la otra.

El otro barbero, no el vecino de Don Quijote, se había ido ya para seguir sin dilación los consejos del cabrero.

Y el tabernero ya pensaba en las riquezas que ganaría gracias a Don Quijote.

Quedaron allá el barbero vecino de Don Quijote, el cura, los cuatro soldados de la Santa Hermandad, Sancho Panza y Don Quijote. Este último estaba tan cansado después de que lo hubieran hechizado otra vez dejándolo colgado de un brazo al marco de la buhardilla, que pronto le entró sueño, así que pudieron llevarlo a la cama.

Por miedo a que los cabreros contaran que cuatro soldados de la Santa Hermandad fueron vencidos por un único hombre, los cuatro soldados preferirían también que se volviera a casa y no apareciera por ningún tribunal, porque entonces todo el mundo se habría dado cuenta de que no servían para nada y toda España se habría reído de ellos.
Pensaron pues en la mejor manera de llevar a Don Quijote a casa.

En tanto así hablaban, entró un carretero de bueyes. Al ver su carro se les ocurrió inmediatamente que este carro, bien podría convertirse en una especie de prisión sobre ruedas en la cual podían llevar a Don Quijote de manera más segura a casa y sin burlarse de él, es decir, tal como el cabrero había ordenado. Con un par de palos y tablas, convirtieron el carro en una jaula. Creyendo que sería más fácil meter a Don Quijote en esta jaula si creía que se trataba de la artimaña de un hechicero, se disfrazaron todos para que no pudiese reconocer a nadie.
Una vez disfrazados se fueron al cuarto donde Don Quijote tranquilamente roncaba, le asieron por los brazos y los pies y lo metieron en la jaula. Don Quijote hizo lo que en él era habitual en semejantes circunstancias, cuando para él la realidad era demasiado humillante o hiriente. Buscó en su mente si alguna vez hubo caballero andante que hubiese sido metido en una jaula de este tipo, pero no encontró un hecho similar por ninguna parte en todos los libros de caballería que conocía; y de esto dedujo, que él era un caballero andante muy excepcional que ya superaba en hazañas al mismísimo Amadís de Gaula.

Después, la caravana se puso en marcha. El carro con los dos bueyes iba delante, escoltado por los cuatro soldados de la Santa Hermandad. Tras ellos, Sancho Panza montado en su burro, tirando de las riendas de Rocinante y al final el cura y el barbero.

Así iban, cuando vieron acercarse a seis jinetes que los alcanzaron poco después, porque avanzaban a la velocidad de los caballos y no de los bueyes. El mejor vestido de ellos, como después se supo, era un canónigo de Toledo que preguntó al cura, quién era aquél que estaba en la jaula. El cura le contó brevemente la historia de Don Quijote, o sea repetía las mismas tonterías que ya iban de boca en boca por toda España, que la causa de su locura eran los libros de caballería. A eso el canónigo le comentó, que él también era de los que creían que los libros de caballería eran dañinos.

Suerte tenía este canónigo de que poca gente prestara atención a sus palabras porque literalmente dijo esto y podría uno preguntarse si no hubo confundido algo. Refiriéndose a un libro de caballería dijo:

Canónigo:

-Pues, ¿qué hermosura, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, puede haber en un libro o fábula donde un mozo de dieciséis años da una cuchillada a un gigante como una torre? -

Sí, sí, sí, esto es muy ilógico.

Mas pregunto yo ¿cómo se llama el libro de caballería donde se cuentan cosas de este tipo? De dónde fue sacada la historia de que un mozo de dieciséis años mata un gigante tan o más grande que una torre. ¿Se llamaba por casualidad este libro de caballería Biblia?

Biblia, 1 Samuel 17:49 Metió David su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, la tiró con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó a tierra sobre su rostro. 50 Así venció David al filisteo con honda y piedra. Hirió al filisteo y lo mató, sin tener David una espada en sus manos.

¿Qué quiere decirnos el canónigo? ¿Qué las locuras son hermosas sólo si Jehová ayuda? O mejor todavía, ¿si tenemos cañones más potentes que el otro y Jehová embellece nuestros actos?

¡Bah! El que necesita un Dios para saber lo que es bueno o malo, rara vez hace algo bueno; y la mayoría de las veces, únicamente ataca cuando sabe que Dios vendrá en su ayuda, por lo tanto, no es muy valiente que digamos, ¿cierto? Más valientes son los caballeros andantes, que atacan aun sin saber si Dios les ayudará o no.

 

Kapitel siebenundvierzig

Wo von dem Plan berichtet wird, den der Pfarrer hatte, um Don Quijote nach Hause zu bringen

Nachdem die Hirten alles geregelt hatten, was zu regeln war, sagten sie den zwei Kindern, dass es Zeit wäre, nach Hause zurückzukehren und reisten ab.

Luscinda und Dorotea verweilten noch eine Weile, um über die Musik des Knaben zu sprechen und wie es sein konnte, dass ein Knabe von Dingen sang, die für sein Alter so ungewöhnlich waren. Dann gingen sie zu Bett, denn am nächsten Morgen gedachten sie nach Hause zurückzukehren, schworen sich aber, dass sie sich von nun an oft besuchen würden, denn sie lebten nicht weit voneinander entfernt.

Der andere Barbier, also nicht der Nachbar Don Quijotes, war schon gegangen, um ohne Verzögerung die Ratschläge des Hirten umzusetzen.
der Kneipenwirt dachte nun an die Reichtümer, die er dank Don Quijote verdienen würde.

Es verblieben der Barbier, der Nachbar Don Quijotes, der Priester, die vier Soldaten der Santa Hermandad, Sancho Panza und Don Quijote. Letzterer war, nachdem er abermals verhext und an einem Arm an der Dachluke aufgehängt worden war, so müde, das er sofort müde wurde, so dass man ihn zu Bett bringen konnte.

Aus Angst, dass die Hirten erzählen würden, dass vier Soldaten der Santa Hermandad von einem einzigen Mann besiegt worden waren, schien es auch den Soldaten günstiger, dass man ihn nach Hause brächte und er nicht vor Gericht erscheinen würde, denn dann hätte alle Welt erfahren, dass sie zu nichts nütze sind und ganz Spanien hätten sie verspottet.

Folglich sannen sie alle über die beste Möglichkeit nach, Don Quijote nach Hause zu bringen.

Während sie so sprachen, kam der Kutscher eines Ochsenkarrens herein. Als sie den Karren sahen, kamen sie sofort auf die Idee, dass dieser Karren sich hervorragend als eine Art fahrendes Gefängnis nutzen ließe, mit dem man Don Quijote auf eine sichere Art und Weise und ohne sich über ihn lustig zu machen, also so, wie der Hirte es angeorndet hatte, nach Hause bringen konnte. Mit ein paar Pfählen und Brettern verwandelten sie den Ochsenkarren in einen Käfig. Da sie glaubten, dass es einfacher wäre, Don Quijote in diesen Käfig zu sperren, wenn er glaubte, dass es sich um die List eines Hexers handle, verkleideten sich alle, damit sie keiner mehr erkennen könne.

Nachdem sie verkleidet waren, gingen sie in das Zimmer, in dem Don Quijote friedlich schnarchte, packten ihn an den Armen und den Beinen und steckten ihn in den Käfig. Don Quijote tat, was er in solchen Situationen, wenn die Realität ihn zu sehr erniedrigte und verletzte, zu tun pflegte. Er suchte in seinem Gedächtnis nach einem fahrenden Ritter, der in einen solchen Käfig gesteckt worden war, fand jedoch in keinem der Ritterbücher, die er kannte, ein ähnliches Ereignis. Hieraus schloss er, dass er ein ganz ungewöhnlicher fahrender Ritter sein müsse, dessen Heldentaten die des Amadis de Gaula nun schon überstiegen.

Danach setzte sich die Karawane in Marsch. Der Karren mit den zwei Ochsen vorneweg, von den vier Soldaten der Santa Hermandad eskortiert. Nach diesen Sancho Panza auf seinem Esel, der Rocinanten an den Zügeln führte und am Ende der Priester und der Barbier.

So gingen sie, als sie sahen, wie sich ihnen sechs Reiter näherten, die sie kurze Zeit später erreichten, da sie sich mit Pferdegeschwindigkeit und nicht mit der Geschwindigkeit von Ochsen bewegten. Der von ihnen am besten Gekleidete war, wie man nachher wusste, ein Geistlicher aus Toledo, der den Pfarrer fragte, wer derjenige sei, der sich im Käfig befinde. Der Pfarrer erzählte ihm kurz die Geschichte Don Quijotes, er wiederholte also dieselben Dummheiten, die man sich jetzt in ganz Spanien erzählte, dass der Grund seines Wahnsinns die Bücher seien. Darauf antwortete ihm der Geistliche, dass auch er der Meinung sei, dass die Ritterbücher schädlich seien.

Der Geistliche hatte Glück, dass nur so wenige auf seine Worte acht gaben, denn wörtlich sagte er das Folgende und man könnte auf die Idee kommen, dass er etwas verwechselt habe. Sich auf ein Ritterbuch beziehend sagte er wörtlich:“Welche Schönheit, oder welchen Zusammenhang eines Teiles mit dem Ganzen kann ein Buch oder eine Fabel haben, bei der ein Junge von sechzehn Jahren, mit ein paar Messerstichen einen Giganten groß wie ein Turm niederwirft?“

Ja, ja, ja, das ist ganz und gar unlogisch.

Doch, so frage ich, wie heißt das Buch, wo Dinge dieser Art erzählt werden? Wo steht die Geschichte von einem sechzehnjährigen Jungen, der einen Giganten groß wie ein Turm niederstreckt. Heißt dieses Buch von den fahrenden Rittern etwa Bibel?

Bibel, Samuel 1, 17 Vers 49 bis 50: Und David tat seine Hand in die Tasche und nahm einen Stein daraus und schleuderte und traf den Philister an seine Stirn, daß der Stein in seine Stirn fuhr und er zur Erde fiel auf sein Angesicht. Also überwand David den Philister mit der Schleuder und mit dem Stein und schlug ihn und tötete ihn, ohne ein Schwert zu haben.

Was will uns der Geistliche sagen? Dass die Verrücktheiten nur schön sind, wenn Jehova hilft? Oder besser noch, wenn wir mächtigere Kanonen haben als der andere und Jevova unser Taten verschönt?

Bah! Wer einen Gott braucht, um zu wissen was gut und böse ist, macht selten etwas Gutes oder attackiert nur dann, wenn er weiß, dass Gott ihm zur Hilfe eilt, was ja nicht besonders mutig ist, stimmt’s? Mutiger sind die fahrenden Ritter, die auch dann angreifen, wenn sie nicht wissen, ob Gott ihnen hilft oder nicht.