Capítulo cuadragésimo octavo

Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballería, con otras cosas dignas de su ingenio

Estaban de acuerdo el cura y el canónico, ¿quién habría esperado otra cosa?, en que los libros de caballería deberían ir todos a la hoguera, ya que ellos eran sin duda, los responsables de todas las miserias que aquejaban a la sociedad de aquellos días. Estaban de acuerdo también que mejor sería que sólo pudieran ver la luz aquellos libros, que antes de ser publicados, hubieran sido sometidos al criterio de una persona discreta y fiel funcionario de la corte, sin cuya aprobación preliminar no podrían ser publicados. De ahí pasaron a las obras de teatro, que les parecieron casi tan peligrosas como los libros de caballería.
En ese momento llegaron a una pradera, con un césped tan verde que el corazón de los bueyes cantaba, un roble grande en el medio, cuya sombra invitaba a una siesta; y un arroyo, cuya agua parecía aun más rica que el vino de la Rioja. Había allí - hablando del rey de Roma por la puerta asoma - una compañía de teatro con sus carromatos decorados con escenas de obras que ya habían representado. Estaban ensayando una obra de mi colega Lope de Vega, como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos. Cuando los actores vieron aquella extraña caravana gritaron:

- Vaya, no es mala la idea, ¿pero cómo cobráis? ¿Pedís limosna a la gente?
- No cobramos nada - les respondió el cura.
- Ah, entiendo, hacéis el espectáculo gratis. Entonces, ¿de qué vivís?
- Acaso no veis que soy cura - les contestó el cura la mar de indignado.
- ¡Ah! Nada mal, parecido a un actor entonces, pero los diálogos tienen mucho de monólogo - manifestó el actor con toda la normalidad del mundo.
- Y tampoco se cobra, porque nadie pagaría por eso, no hay público para sermones - añadió otro.
- Y ese montaje con el león en la jaula, ¿qué es? - interesó a un tercero.
- Es nuestro vecino, se ha vuelto loco y lo llevamos a casa - le aclaró el cura.
- Sí, más fácil es volverse loco que quedar cuerdo - añadió una actriz riendo.
- Sobre todo si se hace lo que hacéis vosotros - arremetió el canónico.
- ¿Nosotros? ¿Y qué hacemos nosotros?
- Contar historias absurdas que no tienen ningún sentido - le respondió el canónico.
- ¡Ah!, nuestro colega nos envidia porque su teatro está vacío y el nuestro lleno - replicó un actor.
- Cuando hay concierto de órgano la gente también va a la iglesia - fue su respuesta esta vez.
- ¿Cuándo cantáis todas esas cosas con el sursum corda, la historia ésa de levántate corazón? - quiso saber la actriz.
- Bueno, un poco de sursum corda puede haber, pero sursum corda durante dos horas, es mucho - siguió diciendo la actriz.
- ¿Por qué no utilizáis vuestro arte para mejorar a la gente? - les preguntó el cura.
- ¿Mejorar? Creo que hay personas que no quieren que se las mejore, pero pagan - les respondieron estallando en carcajadas.

Uno había que de vez en cuando modificaba un poco la obra que habían cobrado de uno de los tantos poetas que había, y dijo:

- Bueno hombre, si es un espectáculo ágil con mucha música, chicas guapas, baile y de todo, sí se podía poner de vez en cuando un poco de sursum corda, un poco de ese levántate corazón, para la gente que vino para eso, para que se le saliese una lagrimita, se vaya contenta, pero no hay que exagerar.
- Debería haber en la corte real alguien inteligente que controlase las obras que representáis - soltó el canónico para ver lo que pensaban de su idea.
- ¡Uy! Pero el rey y la reina, la princesa, el príncipe, los matrimonios reales y demás es ya la obra ideal, ni siquiera hay que escribirla, basta contarla tal como ocurre. ¡Vaya hombre! Esto incluso es demasiado cursi para nosotros y te digo que nosotros no somos nada exigentes. Vaya, ¡qué historias! La plebeya que se casa con un príncipe de Asturias, ¡eso sí que es miel sobre hojuelas! No hombre, ganar dinero sí, hay que ganarse la vida, la gente tiene que pagar, pero si la corte controla las representaciones, todo el público se nos ahogará en lágrimas.
- ¿Así que estáis en contra de su majestad el Rey y la Santa Fe Cristiana?
- ¡Qué va, hombre! Me parece bien un poco de sursum corda, también puede ser un poco lacrimoso, en teatro cabe todo pero hay otras cosas en la vida también, ¿no? - se pronunció el modificador de obras teatrales.

- Bueno, difícil de explicar, ¿sabes? Es que hay cosas que apenas las oyes, te conmueven y te hacen llorar y dos semanas más tarde no te acuerdas de ellas; y hay cosas, que no te entran tan fácilmente, pero que te dan una idea de lo caótica que es la vida. Mira, por ejemplo, esto.

Lo mismo que el fuego fatuo,
lo mismito es er queré.
Le huyes y te persigue,
le llamas y echa a corré.
¡Lo mismo que el fuego fatuo,
lo mismito es er queré!

¡Malhaya los ojos negros
que le alcanzaron a ver!
¡Malhaya er corasón triste
que en su yama quiso arder!
¡Lo mismo que el fuego fatuo
se desvanece el queré!

- ¿Ves? Esto enseña a la gente que la vida es un poco más complicada de lo que tú crees. Las pasiones, a veces, son un tanto oscuras. Tú, en tus sermones crees que tienes una respuesta para todo; sin embargo hay cosas, que no tienen respuesta, ¿sabes? Y a alguna gente le consuela ver que no todo es tan fácil como tú lo planteas. También el valle de lágrimas, que según vosotros, es la vida se puede presentar de manera bonita, ¿sabes? Cuando estemos en la tumba o en el paraíso, claro, entonces todo deberá ser muy fácil, pero de momento estamos aquí.
- Vosotros mináis con vuestra obra la fe católica y la monarquía - lo acusó el canónigo.
- Madre mía, tú sí que eres un poco pesado. Nosotros hacemos espectáculos, en los cuales pasan muchas cosas. Hay de todo, dragones, hechiceros, flamenco, tambores, canciones,...En realidad incluimos todo lo que se nos ocurre; cuanto más, mejor. Es que cada uno va a divertirse con lo que quiere.
A los niños les gustan los dragones, las brujas, los payasos; vuestro vecino en la jaula, por ejemplo, les fascinaría. A los hombres las chicas, sobre todo cuando bailan y muestran algo. A las mujeres más la música y algunos habrá a quienes incluso les gustan los poemas, que de vez en cuando metemos entre una escena y la siguiente. Nuestro teatro tiene que estar repleto, ¿entiendes?, no es como vuestro teatro, al cual la gente va para el sursum corda y que siempre está vacío.

- Dices bien; por dinero, vosotros haríais de todo - le respondió el canónico.
- No creas que es así de fácil, mi hijo. Contar las mismas tonterías durante1600 años, las eternas historias de la Magdalena, la Virgen María, el pecado mortal, los apóstoles y todo eso es bastante fácil. Con eso, ganaríamos tanto dinero como tú.
- No se enseña la verdad para ganar dinero – replicó el canónico.
- Es posible, pero de alguna parte tienen que llegar los escudos, ¿no crees? No podemos todos vivir del diezmo que os tiene que pagar el labrador le guste o no.
- ¿Y cuando va al teatro recibe más por su dinero, de lo que le damos nosotros en la misa? - le preguntó el canónico.
- Bueno, padre mío, el arte perdona más que la fe cristiana y condena con más vigor. El arte muy a menudo, muestra la belleza de una caída por mirar las cosas más de cerca y de manera más concreta, no obstante lo que ni siquiera el arte puede perdonar, porque se trata de un hecho que más vil parece cuanto más de cerca se mira, entonces ese comportamiento es condenado. Y tú dices, mi hijo, que sólo los que creen en Dios saben lo que es bueno y lo que es malo, ¿pero tú has ido alguna vez a uno solo de los espectáculos que organizamos nosotros? ¿Te has dado cuenta con qué facilidad la gente distingue entre el bueno y el malo, sufriendo con el primero y esperando que muera el segundo? Tú, en tus eternos y aburridos sermones, enseñas que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza...

Biblia, Génesis 1, 27: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó.

Yo te digo que fue al revés. El hombre creó un Dios a su imagen. No vamos a decir que un producto de la fantasía humana sea perfecto. La imagen que da el espejo no puede ser mejor que el original, pero en cuanto al arte se refiere, el hombre es bastante divino y sabe distinguir entre lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo y eso incluso sin haber comido una manzana.
- Eres un hereje, mereces ser quemado en la hoguera - sentenció el cura.
- Puede ser, padre, mas eso no cambia para nada el hecho de que la gente encuentre más consuelo en mi teatro que en el suyo, porque yo sólo les doy imágenes, en las cuales sus almas se reflejan, mientras que usted les da dogmas de fe y verdades y las verdades absolutas son muy aburridas. Aburre a la gente con su verdad única, porque la verdad es diferente para cada uno y en mi teatro cada uno se refleja en la imagen que quiere.

Tan acostumbrado estaba el cura a burlarse de los otros, a tener razón siempre, que simplemente, no sabía qué decir y mientras los cuatro soldados de la Santa Hermandad comían y bebían, el cura y el canónigo estaban muy pensativos, preguntándose si no pertenecían a una especie en peligro de extinción y que en un futuro no muy lejano, el arte explicaría a la gente cómo funciona la vida.

Después de que hubieron terminado de comer y dado algo de comer y beber a Don Quijote, siguieron su camino.

 

Kapitel achtundvierzig

Wo der Geistliche von den Ritterbüchern spricht und von anderen Dingen, die seines Geistes würdig waren

Der Pfarrer und der Priester waren sich einig, wer hätte auch etwas anderes erwartet, dass die Ritterbücher auf dem Scheiterhaufen verbrannt werden müssten, da diese ja unstrittig an allem Elend schuld waren, das über die Gesellschaft jener Tage hereingebrochen war. Sie waren sich auch einig darüber, dass es besser wäre, dass nur solche Bücher ans Licht kommen sollten, die vorher von einer verständigen Person und einem treuen Beamten des Hofes geprüft worden waren und ohne deren Genehmigung nicht veröffentlicht werden sollten. Dann wandten sie sich den Theaterstücken zu, die ihnen genauso gefährlich wie die Ritterbücher schienen.

Während sie so sprachen, kamen sie an eine Wiese, dessen Gras so grün war, dass das Herz der Ochsen sang, mit einer großen Eiche in der Mitte, deren Schatten zu einer Siesta einlud und einem Bach, dessen Wasser köstlicher als der Wein von Rioja schien. Es befandenn sich dort, wenn man vom Teufel spricht, erscheint er, eine Theatergruppe mit ihren Wagen, die bemalt waren mit Szenen aus den Stücken, die sie schon aufgeführt hatten. Sie studierten ein Stück meines Kollegen Lope de Vega ein, wie es ja zu jener Zeit nicht anders sein konnte. Als die Schauspieler jene ungewöhnliche Karawane sahen, schrieen sie.

„Nicht schlecht, keine schlechte Idee, aber wie kassiert ihr. Bittet ihr die Leute um Almosen?
„Wir verlangen gar nichts, antwortete der Pfarrer.
„Ah! Ich verstehe, ihr gebt eine Vorführung gratis. Aber wovon lebt ihr?“
„Seht ihr nicht, dass ich ein Pfarrer bin“, antwortete ihnen der Pfarrer entrüstet.
„Ah! Nicht schlecht. So was
Ähnliches wie ein Schauspieler, doch die Dialoge sind eher Monologe“, erwiderte der Schauspieler, als ob er eine ganz alltägliche Bemerkung machen würde.
„Ich verlangt auch nichts, weil ja niemandfür so etwas bezahlen würde, für Predigten gibt es kein Publikum“, fügte ein anderer hinzu.
„Und diese Inszenierung mit dem Löwen im Käfig, was ist das?“, interessierte sich ein dritter.
„Das ist unser Nachbar, er ist verrückt geworden und wir bringen ihn nach Hause“, klärte ihn der Pfarrer auf.
Ja, ja, es ist leichter, verrückt zu werden, als normal zu bleiben“, fügte eine Schauspielerin lachend hinzu.
„Vor allem, wenn man das macht, was ihr macht“, ging der Geistliche zum Angriff über.
„Wir? Und was machen wir?“
„Abwegige Geschichten erzählen, die keinen Sinn ergeben“, antwortete der Geistliche.
„Ah! Unser Kollege ist neidisch, weil sein Theater leer ist und unseres voll“, erwiderte ein Schauspieler.
„Wenn es Orgelkonzerte gibt, gehen die Leute auch in die Kirche“, war die Antwort dieses Mal.
„Wenn ihr alle diese Sachen singt von sursum corda, erhebt dann die Geschicht das Herz?“, wollte die Schauspielerin wissen.
„Also ein bisschen sursum corda ist ja nicht schlecht, aber sursum cordawährend zwei Stunden, ist ein bisschen viel-, sagte die Schauspielerin.
„Warum benutzt ihr eure Kunst nicht, um die Leute zu bessern?“, fragte der Pfarrer.
„Bessern? Ich glaube es gibt Leute, die wollen nicht gebessert werden, die zahlen aber“, gaben diese zur Antwort und lachten schallend.

Es war auch einer dabei, der die Werke ein wenig veränderte, die sie von den zahlreichen Dichtern, die es gab, angekauft hatten und er sagte:“Also wenn es ein flottes Stück ist, mit viel Musik, hübschen Mädchen, Tanz und all dem, dann kann man schon ab und zu ein bisschen sursum corda machen, ein bisschen von dem hoch das Herz, für die Leute, die deswegen kamen, damit ihnen eine Träne über die Wange fließt und zufrieden ist, aber man sollte nicht übertreiben.“
„Es sollte am königlichen Hof jemanden mit Verstand geben, der die Werke, die ihr aufführt kontrolliert“, entfuhr es dem Geistlichen, der wissen wollte, was sie von seiner Idee dachten.

“Huh! Aber der König und die Königin, die Prinzessin, der Prinz, die königlichen Ehepaare und all dies ist schon das ideale Werk, das muss man nicht mal schreiben, es reicht, es so zu erzählen, wie es sich ereignet. Mann! Das ist ja selbst für uns zu kitschig und ich sage dir, wir sind nicht anspruchsvoll. Was für Geschichten! Die Bürgerliche, die sich mit dem Prinz von Asturien verheiratet, das ist Honig für die Leckermäuler! Nein, Mensch, man muss schon Geld verdienen, die Leute müssen bezahlen, aber wenn der Hof die Aufführungen kontrolliert, dann wäre das Publikum in Tränen aufgelöst.“
„Dann bist du also gegen Ihre Majestät den König und den heiligen christlichen Glauben?“
„Ach was! Ein bisschen sursum corda ist schon in Ordnung, kann auch ein bisschen weinerlich sein, im Theater ist für alles Platz, aber es gibt noch andere Dinge im Leben, nicht?“, meinte der Umdichter theatralischer Werke.
-„Das ist alles schwer zu erklären, weißt du. Es gibt Dinge, kaum hörst du sie, rühren sie dich und du weinst und zwei Wochen später erinnerst du dich an nichts mehr. Und es gibt Dinge, die du nicht so leicht verstehst, aber die dich lehren, wie chaotisch das Leben ist. Schau mal, dies zum Beispiel.“

Wie das eitle Feuer,
ganz wie das eitle Feuer, ist die Liebe
du flüchtest vor ihr und sie verfolgt dich
du ruft sie und sie verschwindet
Wie das eitle Feuer,
ganz wie das eitle Feuer, ist die Liebe.

Verdammt die schwarzen Augen
die erreichten es zu sehn!
Verdammt das traurige Herz,
das in seinem Feuer brennen wollte!
Ganz wie das eitle Feuer
verschwindet die Liebe.

„Siehst du? Das lehrt uns, dass das Leben ein bisschen komplizierter ist als das, was du in deinen Predigten erzählst. Die Leidenschaften sind manchmal etwas dunkel. Du, in deinen Predigten, tust so, als ob du auf alles eine Antwort hättest. Doch es gibt auch Dinge, auf die es keine Antwort gibt, weißt du? Und manche Leute tröstest es zu wissen, dass nicht alles so einfach ist, wie du dir das vorstellst. Auch das Jammertal, das das Leben eurer Meinung nach ist, kann man auf eine hübsche Art darstellen, weißt du? Wenn wir im Grab liegen oder im Paradies sind, dann ist natürlich alles ganz einfach, aber im Moment sind wir hier.“
„Ihr untergrabt mit euren Werken den katholischen Glauben und die Monarchie“, beschuldigte ihn der Geistliche.
„Mein Gott, du bist wirklich ein bisschen langweilig. Wir machen Spektakel, bei denen viele Sachen passieren. Es gibt alles, Drachen, Hexer, Flamenco, Trommeln, Lieder... In Wirklichkeit bauen wir alles ein, was uns einfällt, je mehr, desto besser. Jeder amüsiert sich dann mit dem, was ihm Spaß macht. Den Kindern gefallen die Drachen, die Hexen, die Clowns. Euer Nachbar im Käfig zum Beispiel, der würde sie faszinieren. Den Männern gefallen die Mädchen, vor allem wenn sie tanzen und etwas zeigen. Den Frauen mehr die Musik und manchen gefallen sogar Gedichte, die wir manchmal zwischen zwei Szenen einschieben. Unser Theater muss voll sein, verstehst du, da ist nicht wie bei eurem Theater, wo die Leute wegen dem sursum corda hingehen, das aber immer leer ist.“
„Du hast es gut gesagt, nur wegen Geld macht ihr das alles“, antwortete ihm der Geistliche.
„Glaub mal nicht, dass das so einfach ist. 1600 Jahre lang denselben Blödsinn erzählen, die ewigen Geschichten von Maria Magdalena, der Jungfrau Maria, der Todsünde, den Aposteln und der ganze Kram, das ist ziemlich einfach. Damit würden wir soviel Geld verdienen wie du.“
„Man verkündet die Wahrheit nicht, um Geld zu verdienen“, antwortete der Geistliche.
„Das ist schon möglich, aber von irgendwoher müssen die Escudos ja kommen, glaubst du nicht? Wir können nicht vom Zehnten leben, den der Bauer euch zahlen muss, ob ihm das nun gefällt oder nicht.“
„Und wenn er ins Theater geht, bekommt er mehr für sein Geld als das, was wir ihm in der Kirche geben?“, fragte ihn der Geistliche.
„Lass es mich mal so sagen, Pater, die Kunst verzeiht mehr als der christliche Glaube und verurteilt härter. Die Kunst zeigt oft die Schönheit eines Falls mehr aus der Nähe und auf konkretere Art, was aber nicht mal die Kunst verzeihen kann, das ist wirklich verflucht, denn je genauer man hinschaut, desto niederträchtiger dieses Verhalten ist. Und du glaubst, mein Sohn, dass nur die, die an Gott glauben, wissen, was gut und böse ist. Aber bist du jemals in eine der Aufführungen gegangen, die wir organisieren? Hast du bemerkt, wie leicht die Leute zwischen dem Guten und dem Bösen unterscheiden können? Wie sie Mitleid haben mit dem ersten und hoffen, dass der zweite stirbt? Du lehrst in deinen ewigen und langweiligen Predigten, dass Gott den Menschen nach seinem Ebenbild geschaffen hat...

Bibel, Genesis 1, 27: Gott schuf also den Menschen nach seinem Ebenbild; als Abbild Gottes schuf er ihn. Als Mann und Frau schuf er sie.

Ich sage dir, es war umgekehrt. Der Mensch schuf Gott nach seinem Ebenbild. Wir sagen nicht, dass ein Produkt der menschlichen Phantasie perfekt ist. Das Bild, das der Spiegel zurückwirft, kann nicht besser sein als das Original, doch was die Kunst angeht, ist der Mensch ziemlich göttlich und kann zwischen Gut und Böse, dem Sublimen und dem Niederträchtigen unterscheiden, und zwar selbst dann, wenn er keinen Apfel gegessen hat.“
„Du bist ein Ketzer und verdienst es, auf dem Scheiterhaufen verbrannt zu werden“, urteilte der Pfarrer.
„Das kann schon sein Pater, doch das ändert nichts an der Tatsache, dass die Leute mehr Trost in meinem Theater finden als in deinem, denn ich gebe ihnen nur Bilder, in denen sich ihre Seelen spiegeln, während du ihnen Dogmen und Wahrheiten gibst und die absoluten Wahrheiten sind sehr langweilig. Du langweilst die Leute mit deinen ewigen Wahrheiten, denn die Wahrheit sieht für jeden ein bisschen anders aus und in meinem Theater spiegelt sich jeder in dem Bild, das ihm gefällt.“

So sehr war der Pfarrer daran gewöhnt, sich über andere lustig zu machen, Recht zu haben, dass er einfach nicht wusste, was er antworten sollte und während die vier Soldaten der Santa Hermandad aßen und tranken, saßen der Pfarrer und der Geistliche nachdenklich da und fragten sich, ob sie nicht einer aussterbenden Gattung angehörten und ob in einer nicht allzu fernen Zukunft es die Kunst sein würde, die den Leuten erklären würde, wie das Leben funktioniert.

Nachdem sie gegessen hatten und auch Don Quijote etwas zu essen und zu trinken gegeben hatten, machten sie sich wieder auf den Weg.