Capítulo quincuagésimo segundo

Que cuenta de las hazañas de los cabreros

Al otro día, los cabreros se despertaron muy temprano y llevaron sus ovejas a un gran cercado, para que un cabrero solo pudiese custodiar el ganado y se pusieron en marcha hacia la aldea a la cual debía llegar la caravana de Don Quijote y efectivamente la encontraron a unos cinco kilómetros de distancia de la aldea, Don Quijote en su jaula por delante, acompañado de los cuatro soldados de la Santa Hermandad, después el cura y el canónigo y por último Sancho Panza.
Fueron los cincuenta cabreros a su encuentro y a una distancia de unos veinte metros se arrodillaron, bloqueando de esta forma la calle. Habían ya aprendido los soldados de la Santa Hermandad que contra esta gente no se podía hacer nada, ni siquiera contra cuatro, porque tan hábiles eran en manejar sus cayados, tan ágiles y tan fuertes, que antes de que uno hubiese sacado la espada ya tenía la mano destrozada.
Viendo a los cabreros de rodillas bloqueando la calle, la caravana se detuvo, porque no quedaba otra cosa que hacer. Tras una tensa espera, uno se puso de pie y dijo:

- Caballero Andante Don Quijote de la Mancha, aquí están los cabreros de Andalucía, que harán tu brazo fuerte, más fuerte todavía. ¡Mandad a vuestros servidores!

Gran asombro en la caravana. El cura y el canónico no sabían qué decir. Si hubiese sido un solo cabrero, o dos,... incluso si hubiesen sido tres o cuatro, se hubiera podido pensar que se estaban burlando. Pero era todo un ejército de cabreros y no daban la impresión de burlarse. Los que estaban arrodillados tenían la mirada inclinada, pero asiendo férreamente sus bastones y estaba bien claro que con una velocidad de relámpago podían levantarse y atacar.
Pero el más asombrado era Don Quijote mismo. Primero porque en todos los libros de caballería no había leído nunca que cabreros acudiesen en socorro de un caballero andante y segundo porque ni siquiera él estaba completamente seguro de que todo lo descrito en los libros sobre los caballeros andantes fuese cierto. Tantas palizas había recibido, que ya comenzaba a dudar como el pueblo judío dudó al ser perseguido por los egipcios; y más todavía, cuando no hubo nada que comer en el desierto y fue menester que Jehová mandara maná del cielo, para que creyesen de nuevo. Después de otro largo rato, lanzó esta arenga.

- ¡Cabreros de Andalucía! En el momento justo venís, para que nuestros esfuerzos se unan bajo la bandera de la sin par Dulcinea del Toboso. Hora era que el gran mago Merlín os mandara, para pararle definitivamente los pies a la fuerza del mal que me ha metido en esta jaula. Abrid os ruego la jaula, para que la edad dorada se haga realidad, usando la persuasión, si es posible o por la fuerza, si no lo fuere.

No era menester decir nada. Bastaba con que los cincuenta cabreros se pusiesen de pie y que su cabecilla hiciera una señal apenas perceptible para los cuatro soldados de la Santa Hermandad, para que la jaula fuese abierta. Salió Don Quijote de la jaula y se comportó como las leyes de la caballería andante lo exigían. Una vez libre dijo:

- ¡Soldados de la Santa Hermandad! Más grande es aquél que perdona en el momento del triunfo que aquél que toma feroz venganza. Habéis sido hechizados por las fuerzas del mal, no habéis podido distinguir entre lo bueno y lo malo. Yo os perdono y os permito integraros en el ejército que lucha bajo la bandera de la sin par Dulcinea del Toboso. Repetid este juramento y seréis inmediatamente aceptados.

Bandera de la sin par Dulcinea del Toboso
legado de nuestros héroes,
símbolo de la unidad
de nuestros padres
y de nuestros hermanos.
Te prometemos
ser siempre fieles
a los principios de libertad y justicia,
que hacen de nuestra sin par Dulcinea del Toboso
la dama de nuestro corazón,
la estrella que nos guía
y a la que entregamos nuestra existencia.

Tanto les daba a estos soldados que el juramento fuese al rey, a la patria, a Dios, a Muhammad o a la sin par Dulcinea del Toboso, que juraron fervientemente lo que se les mandaba.
Mostraron los cabreros que aceptaban a sus nuevos hermanos arrodillándose de nuevo. Después el cabrero preguntó:

- ¿Qué más manda la flor y nata de la caballería andante, nuestro señor Don Quijote de la Mancha?

A lo cual Don Quijote respondió:

- Clemencia debe de haber, para los guiados por la ignorancia. Siguieron a las fuerzas del mal, mas justicia para las fuerzas del mal que llevaron a los pobres inocentes a la perdición con vagas promesas, despertando instintos malvados, haciéndoles creer que nunca habrá castigo para sus actos criminales, convirtiendo hombres en bestias, justificando el robo y burlándose de la Humanidad. Meted a los dos cuervos negros, que van al final de la caravana, en la jaula. Después voy a decidir lo que haré con ellos.

No hacía falta que se hablara o que se dieran nuevas órdenes. Cuatro cabreros se pusieron en marcha y se dirigieron al cura y al canónigo, los tomaron por los brazos y los encerraron en la jaula. Cuando estuvieron en la jaula Don Quijote dio nueva orden que constaba solamente de una palabra:

- ¡Vamos!

Así se puso otra vez en marcha toda la caravana, los cincuenta cabreros delante de la jaula, Don Quijote sobre Rocinante detrás de ellos, detrás de él la jaula, con el cura y el canónigo dentro y a cada lado de la jaula dos soldados de la Santa Hermandad.
No habían caminado de esta forma ni siquiera dos kilómetros, cuando vieron que se acercaba un grupo de personas disfrazadas de penitentes que llevaban sobre sus hombros una figura de la Virgen María. Hacían esto porque desde hacía meses no había llovido y creían que Dios les mandaba ese castigo -la sequía- por algún pecado que inconscientemente habían cometido y pedían a Dios que dejara caer agua para salvar la cosecha.
Levantó Don Quijote la mano y la caravana se detuvo. Esperó Don Quijote hasta que se hubieron acercado lo bastante para que le pudiesen oír y les preguntó:

- ¿Quién es la dama que lleváis sobre vuestros hombros?
- Es la virgen María - respondieron los falsos penitentes.

Don Quijote lleno de cólera preguntó a los cabreros:

- Soldados que conocéis las reglas de la caballería andante: ¿Quien es esta dama?
- Es la sin par Dulcinea del Toboso - dijeron a coro

Nada más decir esto, agarraron sus garrotes con las dos manos, dispuestos a atacar.

Don Quijote preguntó nuevamente a los penitentes:

- ¿Quién es la dama que lleváis sobre vuestros hombros?
- Es la sin par Dulcinea del Toboso – manifestaron los penitentes.

A lo que Don Quijote respondió:

- Se distingue el caballero andante de Tomás de Torquemada por ser los caballeros andantes clementes y aquél inexorable. A vosotros, gente sencilla que no habéis podido comprender lo malvado de vuestros actos, os perdono como condeno los que os han inducido a seguir el camino de la perdición. Para mayor gloria de la sin par Dulcinea del Toboso andad ahora a la cabeza de la caravana.

Y de esta manera entraron en la aldea donde Don Quijote había tranquilamente vivido durante cincuenta años.
Era un día de domingo. Toda la gente, que a decir verdad, no era demasiada, estaba reunida en la Plaza Mayor y el silencio se escurría por las paredes de las casas como la grasa fría en una olla.

Quiso la casualidad que, justo en el momento en que la caravana entraba en el pueblo, tocaran las campanas de la iglesia. Muy sorprendidos quedaron los aldeanos al ver a su cura en la jaula y a Don Quijote, de cuyas hazañas ya estaban enterados todos y de las cuales se habían reído un montón, montado sobre Rocinante, dando órdenes a los cabreros y hasta a los soldados de la Santa Hermandad.

El cabecilla de los cabreros, o más bien aquél que hacía de cabecilla, porque los cabreros en general hacían lo que se les daba la gana, se puso encima del muro de una fuente que se encontraba en medio de la plaza y pronunció un discurso que dejó perplejos a los aldeanos.

- ¡Aldeanos! Volvió el caballero andante Don Quijote de la Mancha a su aldea natal, para que parte de su esplendor recaiga también sobre la aldea en cuyo regazo pudo prepararse para embestir a todos los malvados gigantes de la Tierra, deshacer toda clase de entuertos, socorrer a los menesterosos, caer como un rayo sobre los ejércitos del Infierno en honor de la sin par Dulcinea del Toboso, cuya imagen veis ahí. A menudo Jehová no acudió en socorro de su pueblo y no dejó a Moisés entrar en la tierra prometida, mientras la sin par Dulcinea del Toboso nunca se movió del lado de nuestro caballero andante Don Quijote de la Mancha. Aunque la relación no esté siempre muy equilibrada, Dulcinea os ama tanto como vosotros la amáis. Dulcinea del Toboso no es divina, es el Cielo llevado a la Tierra, que es mucho mejor que llevar la Tierra al Cielo, porque eso de esperar hasta que la Tierra llegue al Cielo es cosa de indolentes y, cuando se es perezoso, se engorda, lo que es algo muy malo. Ahora rezad conmigo.

Pater noster, qui es in caelis,
sanctificatur nomen tuum:
Adveniat regnum tuum:
Fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra:
panem nostrum quotidianum da nobis hodie et
dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.

Y así con las manos devotamente entrelazadas rezó, murmurando en latín lo que le pareció muy oportuno, porque ni él ni los otros entendían lo que rezaba y de esta manera nadie, fuese del credo que fuese, podía reprocharle ninguna blasfemia.

Los aldeanos no sabían realmente qué pensar del asunto, mas como la forma, y eso era lo que contaba, se asemejaba tanto a una misa a pesar de que el contenido era algo distinto, creían que se trataba de algo que ya conocían.
Habiendo terminado su oración, los cabreros comenzaron a tocar un ritmo con las manos y sus garrotas y de repente cantaron.

Quiero sentir el despertar del canto,
que incluso en las piedras duerme;
y que se entienda, en el fondo de cualquier alma,
la luna que brilla clara y resplandeciente.

Quiero tener un tambor para tocar la utopía,
en los ojos del gusano más vil
asomar la sorpresa
y quiero ver desaparecer cualquier ideología.

Quiero que no haya verdades,
que la piel no sienta
y que entre la piel y el puño,
aparezca la belleza

Y después de haber terminado esta canción, la cantaron otra vez y mientras cantaban dejaron salir al cura y al canónigo de la jaula, les dieron un par de palmaditas en el hombro y se despidieron de ellos. Luego se despidieron también de Don Quijote y haciendo señas a los que en la plaza estaban y siguiendo cantando, salieron de la plaza y lentamente se perdieron en la oscuridad de la noche que mientras tanto había caído.
Poco a poco también se atenuó el canto y únicamente se oían un par de carcajadas a las cuales se unieron, esto se podía oír claramente, algunas risas de mujeres.
Los aldeanos no sabían muy bien lo que debían pensar de todo esto, pero cuando oyeron el "cabrones" del cura, ellos también prorrumpieron sonoras y profundas carcajadas.

FINIS OPERIS

 

Kapitel zweiundfünzig

Wo von der Heldentat der Hirten erzählt wird

Am nächsten Tag standen die Hirten früh auf und brachten ihre Schafe in ein großes Gehege, damit ein einziger Hirte sie hüten konnte und machten sich auf den Weg in das Dorf, wohin sich auch die Karawane mit Don Quijote bewegte. Tatsächlich stießen sie in fünf Kilometer Entfernung vom Dorf auf diese, Don Quijote in seinem Käfig an der Spitze, begleitet von vier Soldaten der Santa Hermandad, dann der Pfarrer und der Geistliche und am Schluss Sancho Panza.

Die fünfzig Hirten gingen ihnen entgegen und knieten sich zwanzig Meter vor der Karawane auf den Boden, wodurch sie die Straße blockierten. Die Soldaten der Santa Hermandad wussten bereits, dass man gegen diese Leute nichts ausrichten konnte, nicht mal gegen vier von ihnen, denn sie handhabten ihre Hirtenstäbe so flink und mit solcher Kraft, dass die Hand zertrümmert war, noch bevor man überhaupt ein Schwert ziehen konnte.

Als die Karawane die Hirten sah, die kniend die Straße blockierten, hielt sie an, denn dies war das Einzige, was sie tun konnte. Nach einer angespannten Stille erhob sich einer der Hirten und sprach.
„Fahrender Ritter Don Quijote de la Mancha, hier sind die Hirten von Andalusien, die deinen starken Arm noch stärker machen werden. Befehlt euren Dienern!“

Groß war die Überraschung in der Karawane. Der Pfarrer und der Geistliche wussten nicht, was sie sagen sollten. Wenn es nur ein einziger Hirte gewesen wäre, oder zwei... auch noch wenn es drei oder vier gewesen wären, dann hätte man glauben können, dass sie sich lustig machten. Doch es war ein ganzes Herr, und sie machten nicht den Eindruck, sich lustig zu machen. Die, die knieten, hielten den Blick gesenkt, wobei sie ihre Hirtenstöcke fest umklammert hielten und es war vollkommen klar, dass sie mit der Geschwindigkeit eines Blitzes aufstehen und angreifen konnten.

Doch der, der am meisten überrascht war, war Don Quijote selbst. Erstens, weil er noch nie in einem Buch über die fahrenden Ritter gelesen hatte, dass die Hirten einem fahrenden Ritter zur Hilfe eilten, und zweitens weil auch er nicht richtig sicher war, ob denn alles, was in den Ritterbücherns steht, auch tatsächlich richtig war. So viele Tracht Prügel hatte er bezogen, dass er anfing zu zweifeln wie das jüdische Volk, als es von den Ägyptern verfolgt wurde oder als es in der Wüste an Nahrung mangelte und Jehova Mana vom Himmel schicken mussste, damit sie wieder glauben konnten. Nach einer langen Zeit, hielt er diese Ansprache.

„Hirten von Andalusien! Ihr kommt zum richtigen Zeitpunkt, damit sich unsere Kräfte unter dem Banner der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso vereinigen können. Es war an der Zeit, dass der große Zauberer Merlin euch entsandte, um die Füße des Bösen, das mich in diesen Käfig gebannt hat, für immer zu binden. Öffnet den Käfig, damit das Goldene Zeitalter anbreche. Möge dies durch die Überzeugungskraft geschehen, so dies möglich, oder durch die Kraft, wenn es nicht möglich.“

Es war nicht nötig, etwas zu sagen. Es reichte, dass die fünfzig Hirten sich aufrichteten und ihr Anführer ein Zeichen gab, von den vier Soldaten der Santa Hermandad kaum wahrnehmbar, damit der Käfig sich öffnete. Don Quijote entstieg dem Käfig und benahm sich so, wie die Regeln der fahrenden Ritterschaft dies verlangten. Als er frei war sagte er:“Soldaten der Santa Hermandad! Größer ist der, der im Moment des Triumphes vergibt, als der, der schreckliche Rache nimmt. Ihr seid durch die Kräfte der Finsternis verhext worden, konntet nicht zwischen dem Guten und dem Bösen unterscheiden. Ich verzeihe euch und erlaube euch, euch in das Heer, das unter dem Banner der unvergleichen Dulcinea del Toboso kämpft, einzureihen. Wiederholt diesen Schwur und ihr seid akzeptiert.“

Banner der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso,
Vermächtnis unserer Helden,
Zeichen der Einheit unserer Väter und unserer Brüder.
Wir versprechen, den Prinzipien der Freiheit
und Gerechtigkeit immer treu zu sein, die die unvergleichliche Dulcinea del Toboso zur Dame unseres Herzen macht, zum Stern, der uns leitet und der wir unser ganze Leben widmen.

Den Soldaten war es völlig egal, ob sie dem König, der Vaterland, Gott, Mohammad oder der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso inbrünstig schworen, was man ihnen befahl.

Die Hirten taten kund, dass sie ihre neuen Brüder akzeptierten und knieten wieder nieder. Dann fragte der Hirte:“Was befiehlt die Blüte der fahrenden Ritterschaft, unser Herr Don Quijote de la Mancha?“

Worauf Don Quijote antwortete:“Gnade für die, die Unwissenheit führte. Sie folgten den Kräften des Bösen. Doch Gerechtigkeit möge walten, was die Kräfte des Bösen selbst betrifft. Sie führten die Unschuldigen mit vagen Versprechen ins Verderben, erweckten niederträchtige Instinkte, ließen sie glauben, dass ihre Verbrechen nie bestraft würden, sie verwandelten Menschen in Raubtiere, rechtfertigten den Raub und traten die Humanität mit Füßen. Sperrt die zwei schwarzen Krähen am Ende des Zuges in den Käfig. Später werde ich entscheiden, was mit ihnen geschehen soll.

Es war nicht nötig, weitere Befehle zu geben. Vier Hirten setzten sich in Marsch und wandten sich an den Priester und den Geistlichen, packten sie an den Armen und sperrten sie in den Käfig. Als sie im Käfig waren, gab Don Quijote einen neuen Befehl, der nur aus einem einzigen Wort bestand:“Los!“

So setzte sich die ganze Karawane wieder in Marsch, die fünfzig Hirten vor dem Käfig, hinter ihnen Don Quijote auf Rocinante, hinter jenem der Käfig, in dem sich der Pfarrer und der Geistliche befanden und an der Seite jeweils zwei Soldaten der Santa Hermandad.

Sie waren noch nicht zwei Kilometer gegangen, als sie sahen, wie sich ihnen eine als Pilger verkleidete Gruppe näherte, die auf ihren Schultern eine Figur der Jungfrau Maria trugen. Sie taten dies, weil es schon seit Monaten nicht mehr geregnet hatte und sie glaubten, dass Gott ihnen diese Plage, die Dürre, gesendet hatte, um sie für eine Sünde zu bestrafen, die sie unbewussterweise begangen hatten, und sie baten Gott, dass er es regnen lassen möge, um so die Ernte zu retten.

Don Quijote hob die Hand, und die Karawane stand still. Don Quijote wartete, bis sie nah genug heran waren, damit sie ihn hören konnten und fragte:“Wer ist die Frau, die ihr auf euren Schultern tragt?“

„Das ist die Jungfrau Maria“, antworteten ihm die falschen Pilger.

Don Quijote fragte voller Wut die Hirten:“Soldaten, die ihr die Regeln der fahrenden Ritter kennt: Wer ist diese Frau?“
„Das ist die unvergleichliche Dulcinea del Toboso“, antworteten diese im Chor.

Kaum hatten sie das gesagt, umfassten sie ihre Hirtenstäbe mit zwei Händen, bereit anzugreifen.

Don Quijote fragte die Pilgerer noch mal:“Wer ist die Frau, die ihr auf euren Schultern tragt?“

„Das ist die unvergleichliche Dulcinea del Toboso“, bekannten die Pilger.

Darauf antwortete Don Quijote:“Hierin unterscheidet sich der fahrende Ritter von Tomás de Torquemada. Die fahrenden Ritter sind barmherzig und jener unerbittlich. Euch, einfache Leute, der euch der Verstand fehlt, die Niedertracht eurer Handlungen zu erkennen verzeihe ich, wie ich jene verdamme, die euch auf den Pfad der Verderbnis führten. Zum größeren Ruhm der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso, geht jetzt an der Spitze des Zuges.“

Und so trafen sie in dem Dorf ein, in dem Don Quijote friedlich 50 Jahre gelebt hatte.

Es war ein Sonntag. Alle Bewohner, es waren ja, um die Wahrheit zu sagen, nicht allzu viele, waren auf der Plaza Mayor versammelt und die Ruhe triefte die Wände herunter wie das Fett an einem Kochtopf.

Der Zufall wollte es, dass genau in dem Moment, als die Karawane in das Dorf kam, die Glocken der Kirche läuteten. Die Bewohner des Dorfes waren sehr überrascht, als sie den Pfarrer im Käfig sahen und Don Quijote, von dessen Heldentaten sie bereits gehört und über die sie schon herzlich gelacht hatten hoch zu Ross auf Rocinante, wie er den Hirten und sogar den Soldaten der Santa Hermandad Befehle erteilte.

Der Anführer der Hirten, oder besser gesagt, derjenige, der den Anführer spielte, denn die Hirten machten im Allgemeinen, was ihnen Spaß machte, stellte sich auf die Mauer eines Brunnens, der sich in der Mitte des Platzes befand und hielt eine Rede, die Bewohner nun vollends verwirrte.
„Bewohner dieses Dorfes! Der fahrende Ritter Don Quijote de la Mancha ist zurückgekehrt in sein Heimatdorf, damit ein Teil seinen Ruhmes auch dem Dorf zuteil werde, in dessen Schoß er sich darauf vorbereitete, alle ruchlosen Giganten dieser Welt anzugreifen, alles Unrecht zu rächen, den Bedürftigen zur Hilfe zu eilen, wie ein Blitz die Armeen der Hölle zu zersprengen, dies alles zu Ehren der unvergleichlichen Dulcinea del Toboso, deren Antlitz hier zu sehen ist. Oft ist Jehova seinem Volk nicht zur Hilfe geeilt, ließ Moses nicht ins gelobte Land gelangen, während die unvergleichliche Dulcinea del Toboso nie von der Seite unseres fahrenden Ritters Don Quijote de la Mancha wich. Wenn auch die Beziehung nicht immer ausgeglichen ist, so liebt euch Dulcinea del Toboso doch so, wie ihr sie liebt. Dulcinea del Toboso ist nicht göttlich, sie ist der Himmel auf Erden, was viel besser ist, als die Erde, in den Himmel zu heben, denn darauf zu warten, dass die Erde in den Himmel geht, ist was für Faulpelze und wenn man faul ist, wird man dick, was sehr schlecht ist. Betet jetzt mit mir.“

Pater noster, qui es in caelis, sanctificatur nomen tuum: Adveniat regnum tuum:
Fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra: panem nostrum quotidianum da nobis hodie et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.

Und so betete er inbrünstig mit gefalteten Händen, murmelte etwas auf Latein, was ihm sehr günstig schien, denn weder er noch die anderen verstanden, was er betete, so dass niemand, egal welchen Glaubens, ihn der Blasphemie bezichtigen konnte.

Die Dorfbewohner wussten wirklich nicht, was sie von dem Vorgang halten sollten, da jedoch die Form, und das war das Entscheidende, so sehr einer Messe glich, obwohl der Inhalt etwas anders war, dachten sie, dass es sich um etwas handle, was sie kennen.

Nachdem sie ihr Gebet beendet hatten, begannen die Hirten mit ihren Händen und ihren Stöcken einen Rhythmus zu schlagen und dann sangen sie.

Ich möchte, dass der Gesang erwacht,
der selbst noch in den Steinen ruht
dass man erfährt, dass im Grunde jeder Seele
hell und klar, der Mond ruht.

Ich möchte eine Trommel haben, darauf die Utopie zu trommeln,
in den Augen des gemeinsten Wurms
möchte ich Erstaunen sehen,
und ich möchtejede Ideologie verschwinden sehen.

Ich möchte, dass es keine Wahrheiten mehr gibt,
die die Haut nicht spürt
und dass zwischen der Haut und der Faust
die Schönheit entsteht.

Und nachdem sie dieses Lied beendet hatten, sangen sie ihn noch einmal und ließen dabei den Pfarrer und den Geistlichen aus dem Käfig, klopften ihnen ein paar Mal auf die Schultern und verabschiedeten sich von ihnen. Dann verabschiedeten sie sich auch von Don Quijote und winkten allen zu, die auf dem Platz standen, sangen immer weiter, verließen den Platz und verloren sich langsam in der Dunkelheit der Nacht, die inzwischen angebrochen war.

Dann wurde auch der Gesang allmählich leiser und man hörte nur noch Gelächter, unter dem man auch ganz klar das Lachen von Frauen vernehmen konnte.

Die Bewohner wussten immer noch nicht, was sie von all dem halten sollten, doch als sie hörten, wie dem Pfarrer ein „Schurken“ entfuhr, dann brachen auch sie in schallendes Gelächter aus.
Finis operis