El pozo del Yocci - A María Patrick

Cuando al escribir estas líneas, te las dediqué, Mary, lejos estaba de imaginar que cuando las publicara, traicionados los vínculos que nos unían, y la probidad del más noble de los sentimientos, esta dedicatoria había de ser para ti un sangriento reproche. Que Dios te perdone, Mary, como te perdona el corazón que destrozaste sin piedad.


- I -

El Abra de Tumbaya
Mediaba el año de 1814. La libertad sudamericana había cumplido su primer lustro de existencia entre combates y victorias; era ya un hecho: tenía ejércitos guiados por heroicos paladines, y desde las orillas del Desaguadero, hasta la ciudadela de Tucumán, nuestro suelo era un vasto palenque, humeante, tumultuoso, ensangrentado, que el valor incansable de nuestros padres, disputaba palmo a palmo, al valor no menos incansable de sus opresores.
En aquel divorcio de un mundo nuevo, que quería vivir de su joven existencia, y de un modo añejo, que pretendía encadenarlo a la suya, decrépita y caduca; en ese inmenso desquiciamiento de creencias y de instituciones, todos los intereses estaban encontrados, los vínculos disueltos; y en el seno de las familias ardía la misma discordia que en los campos de batalla.
A los primeros ecos del clarín de mayo, los jóvenes habían corrido a alistarse bajo la bandera de los libres. Los viejos, apegados a sus tradiciones, volvían los ojos hacia España; y temiendo contaminarse al contacto del suelo rebelde que pisaban, recogían sus tesoros, y se alejaban desheredando a sus hijos insurgentes y dejándoles por único patrimonio una eterna maldición.
Vióseles a centenares, arrastrando consigo el resto de sus familias, vagar errantes, siguiendo los ejércitos realistas en sus peligrosas etapas al través de frígidos climas, o marcharse a la Península, dejándolas abandonadas entre hostiles pueblos del Alto Perú.
De esos tristes peregrinos, cuán pocos volvieron a ver el suelo hermoso de su patria. Dispersos, como los hijos de Abrahán, moran en todas las latitudes; y en las regiones más remotas, encontraréis con frecuencia, bajo una cabellera cana dos ojos negros que han robado su fuego al sol de la Pampa, y una voz, de acento inolvidable traerá a vuestra mente el radiante miraje de esa tierra amada de Dios.
Sin embargo, los que a ella regresaron, en fuerza del tiempo y de acontecimientos, vinieron tristes y devorados de tedio.
Pensaron hallar en sus hogares la dicha de la juventud, y encontraron, sólo, un doloroso tesoro de recuerdos.
Al ponerse el sol de una tarde de octubre, tibia y perfumada, una columna, compuesta de un escuadrón, y dos batallones, sabía la quebrada de León, mágico pensil que desde la tablada de Jujuy, se extiende, en un espacio de nueve leguas, hasta las mineras rocas de El Volcán.
Era aquella fuerza la retaguardia de las aguerridas tropas que, victoriosas en Vilcapugio, invadieron segunda vez el territorio argentino, y que retrocediendo ante las improvisadas huestes de San Martín, se retiraban, sino en desorden, llevando, al menos, vergüenza y escarmiento.
En pos de la columna, y cubriendo todos los senderos de la quebrada, venía una numerosa caravana, compuesta de jinetes, bagajes y literas.
Era la emigración realista.
Eran los godos, que se alejaban murmurando con rencor el judica me Deus; mientras obcecados por una culpable ceguedad, arrastraban a sus hijas, coros de hermosas vírgenes, hacia aquella gente non sancta, entre la cual tantas fueron profanadas.
Numerosas falanges de guerrilleros patriotas coronaban las alturas de uno y otro lado de la quebrada, flanqueando al enemigo con un vivo y sostenido fuego.
Los realistas rugían de cólera ante la imposibilidad de responder a esa mortífera despedida de adversarios, que, ocultos entre los  bosques que cubren nuestras montañas, los fusilaban a mansalva, acompañando sus descargas de alegres y prolongados hurras.
En fin, diezmados, y pasando sobre los sangrientos cadáveres de sus compañeros, los españoles llegaron a la boca de la quebrada. Los cerros, en aquel paraje, apartándose a derecha e izquierda, forman un vasto anfiteatro cortado al norte por el Abra de Tumbaya, honda brecha abierta por la ola hirviente del volcán que le dio su nombre. Figura una ancha puerta, que, cerrando el risueño valle de Jujuy, da entrada a un país árido y desolado, verdadera Tebaida, donde acaba toda vegetación. Enormes grupos de rocas cenicientas se alzan en confuso desorden sobre valles estrechos, sembrados de piedras y de salitrosos musgos. Nunca el canto de una ave alegró esos yermos barridos por el cierzo y los helados vendavales; y cada uno de aquellos grises y pelados riscos, parece una letra, parle integrante del fúnebre lasciate ogni speranza de la terrible leyenda.
La columna realista atravesó el solemne paso.
Siguiola el inmenso convoy de emigrados, que al trasponerlos, volvieron una dolorosa mirada hacia la hermosa patria que dejaban.
Nosotros también, un día de eterno luto, paramos en esa puerta fatal, y al contemplar los floridos valles que era forzoso abandonar, y los dédalos de peñascos sombríos que al otro lado nos aguardaban, invocamos la muerte... Y después... después, la alegría y la dicha volvieron; y perdido nuestro edén, bastonos el cielo azul; y encontramos poesía en aquellos peñascos, y los amamos como una segunda patria. ¿En qué terreno, por árido que sea, no te arraigas, corazón humano?
Guerreros y peregrinos, atravesada el Abra, desfilaron a lo largo de los fragosos senderos, y se alejaron, confundiéndose luego con la bruma del crepúsculo... para perderse después en ese huracán de balas de metralla que, durante catorce años, barrió Sudamérica del septentrión al mediodía.

 

Der Brunnen von Yocci - María Patrick gewidmet

Mary, als ich diese Zeilen schrieb, dir hab ich sie gewidmet, konnte ich mir nicht vorstellen,
dass diese Widmung, nachdem die Bande, die uns verbanden und das Vornehmste aller Gefühle verraten worden sind, für dich ein durchdringender Vorwurf sein würden. Gott möge dir verzeihen Mary, wie dir auch das Herz verzeiht, dass du ohne Erbarmen zerstört hast.

- I -
Die Bucht von Tumbaja
Es geschah im Jahre 1814. Ein Jahrhundert war bereits verstrichen, begleitet von Kämpfen und Niederlagen, dass Südamerika seine Freiheit erlangt hatte; sie war nun eine Tatsache: Südamerika besaß Armeen, angeführt von heroischen Führern, und von den Ufern des Desaguadero bis zum Wachturm von Tucumán war unser Boden ein einzig großer Schauplatz, dampfend, aufgewühlt, blutüberströmt, den der Mut unserer Väter, Handbreit für Handbreit gegen den nicht weniger unermüdlichem Mut ihrer Unterdrücker verteidigte hatte.
An diesem Scheideweg zwischen einer neuen Welt, die ihre Jugend ausleben wollte und der alten Welt, morsch und baufällig, die diese in Ketten legen wollte, in diesem Zerfall des Glaubens und der Institutionen, waren alle Interessen vermengt, die Bindungen gelöst und im Schoß der Familie herrschte dieselbe Uneinigkeit wie auf den Schlachtfeldern.
Beim ersten Schmettern des Horns im Mai hatte sich die Jugend unter dem Banner der Freien versammelt. Die Alten, die an der Tradition festhielten, schauten nach Spanien und aus Angst sich durch den Kontakt mit dem aufrüherischen Boden, auf dem sie standen,  anzustecken, sammelte sie ihre Schätze ein, enterbten ihre aufrüherischen Söhne und hinterließen ihnen als einzigen Besitz die ewige Verdammnis. Man sah sie zu hunderten, wie sie mit dem Rest ihrer Familie umherirrend herumzogen, der königlichen Armee auf ihren Märschen durch eisige Klimazonen folgten oder auf die iberische Halbinsel auswanderten, ihre Familien inmitten feindlich gesinnter Völker in Großperu zurücklassend. Nur wenige dieser traurigen Pilger sahen den herrlichen Boden ihrer Heimat wieder. Verstreut wie die Kinder Abrahams haben sie sich in allen Breitengraden niedergelassen. Oft findet ihr unter einem ergrauten Haar zwei schwarze Augen, die ihr Feuer der Sonne der Pampa entrissen haben und eine Stimme mit einem unvergesslichen Akzent ist eurem Geist ein Spiegel dieser von Gott geliebten Erde. Doch auch jene, die zurückkamen, durch die Zeit und Ereignisse gezwungen, kamen traurig und von Hass verzehrt. Sie dachten in ihren Häusern das Glück der Jugend zu finden, doch was sie fanden, war ein schmerzender Schatz an Erinnerungen. An einem lauen, von Düften durchzogenen Oktobertag, als die Sonne versank, schmeckte ein Kolonne, zusammengesetzt aus einem Schwadron und zwei Bataillonen die Schlucht von León, ein zauberhafter Abhang der sich von der Koppel Jujuys über eine Strecke von neun Meilen bis zu den verwitterten Felsen von El Volcán hinzog.
Es war die Nachhut jener kampferprobten Truppen, die, nachdem sie in Vilcapugio siegreich waren, nochmal in das Territorium von Argentinien eindrangen, um sich dann vor der eilig zusammengestellten Armee San Martíns, in geregelter Form doch unter Scham und Hohn, zurückzuziehen. Im hinteren Teil der Kolonne befand sich eine zahlreiche Karavane, die alle Pfade der Schlucht ausfüllte, zusammengesetzt aus Reitern, Gepäck und Bahren. Es waren die Königstreuen im Exil.
Wie die Goten waren sie, die voller Groll judica me Deus murmelten, während sie geblendet durch eine schuldhafte Blindheit  ihre Töchter, ein Chor aus schönen Jungfrauen, zu den non sancta Leuten schleiften, wo so viele von ihnen entweiht wurden.
Zahlreiche Posten patriotischer Kämpfer krönten die Höhen auf der einen und der anderen Seite der Schlucht, den Feind mit einem lebhaften und andauernden Feuer in die Flanken fallend.
Die Königstreuen unfähig auf diese tödliche Art, in der sie von ihren Feinden, die in den Wäldern, die unsere Berge bedecken, versteckt waren, verabschiedet wurden, zu anworten, stöhnten vor Wut, sie töteten aus der Sicherheit heraus, begleiteten den Abschuss mit fröhlichen und ausgedehnten Hurras.
Schlussendlich, dezimiert und über  die blutenden Leichname ihrer Kameraden steigend, erreichten die Spanier den Ausgang der Schlucht. Die Gipfel formten in dieser Gegend, den Abstand zueinander nach rechts und links vergrößernd, ein großes Amphitheater, das im Norden durch den Abra de Tumbaya, ein tiefer Spalt, der durch die glühende Welle des Vulkans, der ihm seinen Namen
gegeben hatte, durchbrochen wurde. Er formt ein großes Tor, das das liebliche Jujuy Tals schließt und den Weg freigibt in eine ausgedörrte und öde Landschaft, wahrhaftig eine Wüste, wo alle Vegetation endet. Gewaltige Felsengruppen aus Lava erheben sich in einer undurschaubaren Ordnung über engen Tälern, übersät mit Steinen und einem salpetrigen Moos. Nie erfreute der Gesang eines Vogels diese vom Nordwind und den eisigen Stürmen gefegte Öde und jede einzelne dieser grauen und rasierten Klippen scheint ein Buchstabe zu sein aus dem Gedicht Dantes, lasciate ogni speranza, lasst alle Hoffnung fahren. Die Kolonne der Königstreuen  durchschritt den Durchgang. Es folgte ihr der unüberschaubare Konvoi der Emigranten, die nochmal einen letzten, schmerzerfüllten Blick auf die herrliche Heimat warfen, die sie verließen, bevor sie ihn ebenfalls überquerten. Auch wir standen einst an einem Tag nie endender Trauer an diesem schicksalhaftem Tor und riefen, während wir die blühenden Täler, die wir verlassen mussten auf der einen Seite  und das Labyrinth aus düsteren Felsen, die auf uns warteten  auf der anderen Seite betrachteten, den Tod herbei... Und dann... dann kam die Freude und das Glück zurück. Da wir unseren Garten Eden verloren hatten, reichte uns der blaue Himmel. Wir fanden Poesie in diesen Felsen und liebten sie wie ein zweites Vaterland. In welchem Boden, so ausgetrocknet er auch sein möge, wirst du dich nicht festklammern menschliches Herz?
Krieger und Flüchtlinge, einmal den Abra durchritten, marschierten sie weiter auf den unwegsamen Pfaden und entfernte sich, verschwammen im Dunst der Abenddämmerung... um sich dann in diesem Hurakan aus Bleikugeln zu verlieren, der 15 Jahre lang, vom Norden bis zum Süden über Südamerika fegen wird.