- III -
El punto de honor
Pocos días antes de aquel en que tuvieron lugar los sucesos mencionados arriba, al promediar una noche de primavera, tibia y resplandeciente de estrellas, dos jinetes vadeaban el río de Arias, raudal límpido, que se desliza encerrado entre dos floridas márgenes perfumadas con setos de rosas, y en cuyos remansos, las hermosas hijas de Salta, van a zambullirse y triscar como las ninfas de la fábula, abandonando a la honda sus largas cabelleras.
Profundo silencio reinaba ahora en estos parajes, y sólo se oía el zumbar de los insectos nocturnos, y el manso murmullo de la corriente rompiéndose entre los guijarros.
Ganada la opuesta orilla, los dos caminantes subieron el barranco, ocultaron sus cabalgaduras entre la fronda de un matorral, y se internaron en el tenebroso paisaje, siguiendo con precaución los senderos que conducían a la ciudad, que al frente, y a corta distancia, se destacaba en vagas siluetas al misterioso claroscuro de la noche.
Salta, la heroica, la ocupada momentáneamente por tropas realistas, y circuida, casi asediada, por los guerrilleros patriotas, yacía, sino dormida, tétrica y silenciosa. De su seno se elevaba de minuto en minuto, como los gemidos de una pesadilla, el alerta inquieto de los centinelas españoles, contestado a lo lejos por las amenazantes imprecaciones de los patriotas, cuyos fuegos brillaban en la falda de San Bernardo, y sobre las alturas de Castañares.
Llegados al frente de la quinta Isasmendi, uno de los dos viajeros detuvo por el brazo a su compañero.
-Hemos aquí -le dijo- a la entrada de la ciudad.
-En el corto plazo de dos horas, ambos tenemos que cumplir, en parajes diversos, tú una orden del comandante, yo un anhelo del corazón. Es la una. A las tres me encontrarás en este sitio. Separémonos.
-¡Cómo! ¿No vienes conmigo? Yo creía que habías pedido licencia para acompañarme en la difícil misión de decidir a ese avaro Salas a que suelte los cordones de su bolsa para equipar nuestra gente.
-No; otro motivo me trae; motivo inaceptable para el comandante, y quizá para ti mismo, querido Peralta; por eso te hice de ello un misterio.
-¡Anhelos del corazón! Algún amorcillo de la infancia. ¡Claro está! Dejaste Salta a los doce años; pasaste siete en los claustros de la universidad cordobesa; los dejaste para servir en el ejército y hoy vuelves por primera vez a la ciudad natal... ¡Ah! ¡Teodoro! ¡Tú me sacrificas a una muñeca de escuela! Yo contaba con tu elocuencia para destruir los horribles argumentos de aquel tacaño. ¿Qué puedo decir a ese maldito enterrador de tesoros, para determinarlo a exhumar uno de ellos? Me dará un no redondo; y yo no llevo eso al comandante.
-Nada más fácil que persuadir a Salas -recuérdale su hijo Alberto, que prisionero en Vilcapugio, yace cargado de cadenas en la Casamatas del Callao-. He ahí un poderoso estímulo para ablandar su avaricia.
-¡Tienes razón! Ni siquiera había pensado en ello. ¡Sea!... Pero... ¡Teodoro!... ¿Dónde vas?
-Al oírte, se diría que te interesa mucho saberlo.
-Inmensamente. Escucha. Bajo esas bóvedas que blanquean en las tinieblas, duermen o velan algunas docenas de bellos ojos que tienen cautiva mi alma.
Este exordio, ¿no te revela el recelo de tener un rival, y la necesidad de tranquilizar al amigo que te pregunta? ¿Dónde vas?
-A casa de mi padre -respondió el interrogado, sonriendo tristemente.
-¡A casa de tu padre, que te ha maldecido y cerrado sus puertas porque sigues la bandera de los libres!
-Aunque injusta, me inclino ante esa cólera, y no pretendo desafiarla. Dios, en la equidad de sus juicios, acordará a cada uno de nosotros, la parte de indulgencia que merece: al uno como americano, al otro como español.
Pero hay en esa casa, vedada para mí, un ser querido, una hermana que deseo abrazar; hay un sitio vacío por la muerte, donde anhelo prosternarme y llorar antes que mi padre, decidido a emigrar a la Península, me haya arrebatado la una y enajenado el otro. Esta llave de una puerta excusada del jardín, que yo llevé conmigo, como un recuerdo, me abrirá paso a ese recinto sagrado, donde voy a introducirme como un ladrón, en busca de tesoro de recuerdos.
-¡Perdóname, querido Teodoro! Perdona a este incorregible calavera las ligerezas que viene a mezclar a los dolores de tu alma...
-Incansable charlada; ¿olvidas que el tiempo no vuelve?
-¡Tienes razón! ¿A las tres te encuentro aquí?
-Si así no fuere, ruégote que no me aguardes; vuelve solo al campamento.
Y aquellos dos hombres separáronse y tomando rumbo distinto, el uno siguió adelante y se internó en las revueltas callejuelas de la Banda, el otro torciendo a la derecha, se dirigió hacia la parte meridional de la ciudad, costeó el Tagarete durante algunos minutos; atravesolo por el arco derruido de un puente, y entró en una calle flanqueada por un lado de fachadas góticas, por el otro de altas tapias, sobre las cuales desbordaba la exuberante vegetación de esos románticos jardines, que tanta poesía derraman en las vetustas casas de Salta.
Recalando el rostro, la espada y el azul uniforme de los patriotas bajo el embozo de su capa de viaje, el joven se deslizaba a la sombra de los muros, con el rápido paso del que conoce su camino, deteniéndose tan sólo, para absorber en suspiros el ambiente perfumado de la noche.
La rama de un jazmín, que descolgaba sus blancas flores sobre la calle, rozó al paso el ala de su sombrero. A este contacto el joven patriota levantó la cabeza y paseó una triste mirada por los grupos de árboles que descollaban en obscuras masas al otro lado del muro.
-¡He ahí el vergel que plantaron tus manos, madre querida! -murmuró con doloroso acento-, he ahí las flores que tanto amabas. ¡Ah!, deja un momento la mansión celeste y mezclándote a su deliciosa esencia, ven a acariciar la frente de tu hijo proscrito y maldecido.
Calló; y apartando los enmarañados festones de lianas que lapizaban las paredes, buscó a tientas, y encontró una puerta que se dispuso a abrir, con la llave que había mostrado a su compañero.
Pero en el momento que la introducía en la cerradura, la puerta se abrió y en su vacío obscuro se dibujó una sombra.
Dos exclamaciones partieron a la vez.
¡Un hombre saliendo a esta hora de la casa donde Isabel habita!
¡Un hombre que pretende entrar a la morada de Isabel!
-¿Quién eres tú que osas cerrarme el paso?
Dijo furioso el uno.
-Soy su amante; ya ves que tengo derecho para impedirlo -respondió con aplomo el otro.
-¡Yo soy su hermano y tengo el derecho de matarte! -rugió el joven patriota, arrojándose sobre su contrario y haciéndolo retroceder hasta el interior del jardín.
-¡En guardia! infame profanador de mi honra -continuó, arrojando su embozo-, ¡defiéndete!, porque de aquí, no saldrás sino muerto o pasando sobre mi cadáver.
-Mátame -respondió el otro-, pero sabe que amo a tu hermana y que iba a ser su esposo, tan luego que la severa disciplina de campaña me permitiese demandar su mano.
Y desembarazándose de la capa que lo cubría presentole su pecho sobre el que se cruzaban los alamares de un rico uniforme color de grana.
-¡Ah! -exclamó el patriota, paseando sobre su contrario una mirada de odio-, ¡eres un godo! ¡Bendito sea Dios, que me trae a tiempo de evitar, matándote, tu alianza, más vergonzosa que la misma deshonra! Y los aceros se cruzaron.
La espalda del patriota atacaba con furia; la del realista ceñíase a una estricta defensa.
-¡Quién vive! -gritó de repente una voz de acento español; y al mismo tiempo, las culatas de muchos fusiles descansaron con fracaso en el umbral de la puerta. Era una patrulla.
-¡Hermano de Isabel! No huyo; te salvo -dijo en voz baja el realista, ganando la puerta que cerró tras sí.
El joven patriota exhaló un rugido, y se arrojó sobre la puerta, procurando abrirla. Esfuerzos vanos: el español había dado dos vueltas de llave.
Desesperado, mirando en torno con ojos chispeantes de ira, apercibió las ramas trepadoras del jazmín y se abalanzó a ellas.
Pero en el momento que dejaba el suelo, dos brazos rodearon sus rodillas con fuerza convulsiva.
Volviose colérico, y vio a sus pies una figura blanca, pálida y desmelenada, que le tendía las manos en angustioso silencio.
-¿Qué me quieres tú, ser desgraciado? -exclamó el joven-, vil capricho de un godo, ¡suelta! yo no te conozco, si no es para maldecirte. Y rechazándola con desprecio, asiose al ramaje, escaló el muro y saltó a la calle. Pero ésta hallábase desierta: su enemigo había desaparecido. Una lágrima de rabia surcó la mejilla del joven patriota.
-Infame sarraceno -exclamó-, ¡yo te sabré encontrar para arrancarte la vida, aunque te ocultes en las entrañas del infierno!
Y sombrío, silencioso, sin dar siquiera una mirada a esa casa donde venía en busca de tiernas emociones, alejose a largos pasos y se perdió en la noche. Poco después, en la quebrada de León, teniendo por testigos un millar de héroes, el joven patriota cumplió su voto: buscó y mató a su adversario entre las filas mismas de los suyos, y a los ojos de aquella cuya deshonra iba a vengar. Cercado de enemigos, vendioles caro su vida; pero cayó, en fin, atravesado por las balas realistas al lado de las víctimas que acababa de sacrificar.
Peralta recogió su cuerpo y lo sepultó en el cementerio de Santa Bárbara, recinto fúnebre situado a la vera del río Chico, entre los perfumados jardines de Jujuy. Un grupo de adelfas cubre su tumba, embalsamándola con la deliciosa esencia de sus rosadas flores. Quien escribe estas líneas, sentose a su sombra un día de dolorosa memoria.

 

- III -
Eine Frage der Ehre
Wenige Tage bevor die oben geschilderten Ereignisse stattfanden, wateten in einer lauen Nacht im Frühling mit strahlendem  Sternenhimmel zwei Reiter durch den Fluss Arias, ein sauberer Strom, der sich zwischen zwei blühenden Ufern aus Hecken und Rosen entlangschlängelte und in dessen Vertiefungen die schönen Töchter von Salta tauchen und umhertollen, die Haare den Wellen überlassend wie die Nymphen aus den Fabeln. Tiefes Schweigen herrschte an diesen Orten, einzig das Brummen der Insekten war zu hören und das sanfte Murmeln des Flusses, der über die Kiesel gleitete. Auf der anderen Seite des Flusses angekommen, stiegen die zwei Wanderer die Schlucht hinauf, versteckten ihre Pferde im Laub des Gebüsches und drangen in die dunkle Landschaft, vorsichtig den Wegen folgend, die zur Stadt führten, die sich vorne und in nur geringer Entfernung im mysteriösen Helldunkel der Nacht in verschwommenen Silhouetten abzeichnete. Das heroische Salta, das zu diesem Zeitpunkt von königstreuen Truppen besetzt war und von den national gesinnten Kämpfern umringt, fast belagert, wurde, lag danieder, oder besser, schlief, unheimlich und schweigsam. Aus seiner Brust erhob sich von Minute zu Minute, wie die Schreie eines Alptraums, der unruhige Alarmruf der spanischen Wachleute, der in der Ferne von den  bedrohlichen Verfluchungen der Patrioten, deren Feuer an den Abhängen des San Bernardo und auf den Höhen von Castañare leuchteten, erwidert wurde. Vor dem Besitz der Isasmendi angekommen umfasste einer der Reisenden den Arm seines Kumpanen. -Hier ist-, sagte er, - der Eingang zur Stadt. - - Innerhalb von zwei Stunden haben wir beide an unterschiedlichen Orten eine Pflicht zu erfüllen, du einen Befehl des Kommandanten und ich einen Wunsch des Herzens. Es ist ein Uhr. Um drei wirst du mich hier wiederfinden. Jetzt werden wir uns trennen. - Wie! Du kommst nicht mit mir? Ich dachte du hättest um die Erlaubnis gebeten mich bei der schwierigen Mission diesen geizigen Salas zu überreden, damit er endlich die Stricke seiner Börse löst um unsere Leute auszurüsten, zu begleiten. - Nein. Ein anderes Motiv brachte mich hierher. Ein Motiv, das der Kommandant nicht akzeptieren kann und das vielleicht auch du nicht akzeptieren kannst mein lieber Peralta. Deshalb hielt ich es vor dir verborgen. - Sehnsüchte des Herzens! Ein Liebschaft aus der Kindheit. Das ist doch klar. Du hast Salta verlassen, als du 12 Jahre alt warst. Du hast sieben Jahre in den Kreuzgängen der Universität von Córdoba verbracht. Du hast sie verlassen, um in der Armee zu dienen und kommst heute zum ersten Mal in deine Heimaststadt zurück... Oh Teodoro! Du opferst mich einer Puppe aus der Schule! Ich rechnete mit deiner Beredsamkeit um die schrecklichen Argumente dieses Geizhalses zu zerstören. Was kann ich diesem verfluchten Bestatter von Schätzen sagen, um ihn davon zu überzeugen, einen dieser Schätze zu exhumieren? Er wird mir ein klares nein entgegenschleudern und das kann ich dem Kommandanten nicht überbringen. - Nichts einfacher als Salas zu überzeugen, erinnere ihn an seinen Sohn Alberto, der in Vicapugio gefangen sitzt, liegt in Ketten in Casamatas del Callao. Das ist ein mächtiges Argument um seinen Geiz zu erweichen. - Da hast du Recht! Daran habe ich gar nicht gedacht. So sei es denn! ... Aber.... Teodoro!.... Wo gehst du hin? - Wenn man dich so hört, könnte man glauben, dass es dich tatsächlich interessiert. - Gewaltig. Hör. Unter diesen Wölbungen, die in der Finsternis weiß erscheinen, schlafen oder wachen Dutzende von Augen, die meine Seele gefangen halten. Hat dir diese Einleitung nicht das Mißtrauen eines Rivalen offenbart und die Notwendigkeit einen Freund zu beruhigen, der dich fragt? Wo gehst du hin ? - - Zum Haus meines Vaters - antwortete der Angesprochene mit einem traurigen Lächeln. - Zum Haus deines Vaters, der dich verflucht hat und dir die Türen verriegelt hat, weil du der Fahne der Freien folgst? - Auch wenn sie ungerecht ist, verneige ich mich vor dieser Wut und habe nicht vor, sie herauszufordern. Gott in seinem ausgewogenen Urteil, wird jeden von uns an den Teil an Milde erinnern, den er verdient: Den einen als Amerikaner, den anderen als Spanier. Aber es gibt in diesem Haus, das mir verschlossen ist, ein geliebtes Wesen, eine Schwester die ich umarmen will. Es gibt, bedingt durch den Tod einen leeren Platz, wo ich mich niederwerfen möchte und weinen will bevor mein Vater, der vorhat nach Spanien auszuwandern, mir das eine entrissen und das andere entfremdet hat. Dieser Schlüssel zu einer Hintertür des Gartens, den ich als Erinnerung mitgenommen habe, wird mir den Weg öffnen zu diesem geheiligten Ort, in den ich wie ein Dieb eindringen werde, auf der Suche  nach den Schätzen der Erinnerung. - Entschuldige, lieber Teodoro! Verzeih diesem unverbesserlichen Kindskopf die Kindereien, die er mit den Schmerzen deiner Seele vermengt hat.... - Unermüdliches Gerede. Vergisst du, dass die Zeit nicht zurückkehrt?- - Du hast Recht! Um drei bist du hier?- - Wenn nicht, bitte ich dich, nicht zu warten. Geh dann allein ins Lager zurück.- Die zwei Männer trennten sich und gingen in verschiedene Richtungen weiter. Der eine folgte dem Weg und drang in die verschlungenen Gassen von Banda ein, der andere bog nach rechts ab in Richtung des südlichen Teils der Stadt, folgte eine zeitlang dem Targarete,  überquerte ihn da, wo noch der Bogen einer zerstörten Brücke stand und betrat eine Straße, die auf der einen Seite von gotischen Fassaden und auf der anderen Seite von hohen Gartenmauern gesäumt war, über die die üppige Vegetation jener romantischen Gärten  quoll, die die Straßen von Salta mit soviel Poesie überschütten. Das Gesicht bedeckt, das Schwert und die blaue Uniform der Patrioten unsichtbar unter dem Reisemantel, schlüpfte der junge Mann im Schatten  der Mauern weiter, mit dem sicheren Schritt dessen, der seinen Weg kennt und er hielt nur inne um die von Duft geschwängerte Atmosphäre der Nacht einzuatmen. Der Zweig eines Jasmins, der seine weißen Blüten auf die Straße hängen ließ, streifte beim Vorübergehen den Flügel seines Hutes. Bei dieser Berührung hob der junge Patriot seinen Kopf und warf einen traurigen Blick auf die Baumgruppe, die aus den dunklen Massen auf der anderen Seite der Mauer hervorstachen. - Das ist der Ziergarten, den deine Hände pflanzten, meine geliebte Mutter! - murmelte er mit schwermütiger Stimme, - das sind die Blumen die du liebtest. Ah! Verlass für einen Augenblick das himmlische Gemach und begib dich hinein in dieses köstliche Aroma, komm und streichle die Stirn deines verbannten und verfluchten Sohnes. Er verstummte. Dann schob er die verwobenen Girlanden der Lianen weg, die die Mauern bedeckten, suchte tastend und fand eine Tür, machte sich daran diese mit dem Schlüssel, dem er seinem Kumpan gezeigt hatte, zu öffnen. Aber in dem Moment, in dem er ihn in das Schlüsseloch einführte, öffnete sich die Tür und er sah in der Dunkelheit einen Schatten sich abzeichnen. Gleichzeitig ließen sich zwei Stimmen vernehmen. Um diese Zeit kommt ein Mann aus dem Haus, wo Isabel wohnt! Ein Mann verlangt Einlass in die Wohnung von Isabel! - Wer bist du, dass du es wagst mir den Zutritt zu verwehren? Sagte der eine wütend. - Ich bin ihr Liebhaber. Nun siehst du, dass ich das Recht habe den Zutritt zu verweigern -, antwortete der andere selbstbewusst. - Ich bin ihr Bruder und habe das Recht, dich zu töten! - schrie der junge Patriot, stürzte sich auf seinen Gegner und drängte ihn zurück ins Innere des Gartens. - Gib acht! gemeiner Schänder meiner Ehre - fuhr er fort, seinen Mantel wegwerfend, - verteidige dich!, denn diesen Ort verlässt du nur tot oder indem du über meine Leiche steigst. - Töte micht-, erwiderte der andere, - doch du sollst wissen, dass ich deine Schwester liebe und dass ich ihr Mann hätte werden sollen sobald die strenge Diszipling der Kampagne es erlaubt hätte, um ihr Hand anzuhalten. Und indem er den Umhang, der ihn einhüllte zurückwarf zeigte er ihm seine Brust, auf dem sich die Kordeln einer reich verzierten, roten Galauniform kreuzten.

- Ah! - rief der Patriot, indem er auf seinen Gegner einen hasserfüllten Blick warf, - du bist ein Gote! Gott sei gepriesen, dass ich zur rechten Zeit kam, um, indem ich dich töte, deine Verlobung, die noch schändlicher  wäre als die Schande selbst, zu verhindern! Und die Schwerter kreuzten sich. Das Schwert des Patrioten griff wutentbrannt an. Das des Königstreuen beschränkte sich auf die Verteidigung. - Wer lebt! - schrie auf einmal eine Stimme mit spanischem Akzent im gleichen Moment in dem auch die Gewehrkolben vieler Gewehre mit einem lauten Krach auf die Türschwelle aufgesetzt wurden. Es war eine Patrouille. - Bruder der Isabel! Ich flüchte nicht, ich rette dich -, sagte mit leiser Stimme der Königstreue, indem er auf die Tür zuging, die er hinter sich schloss. Der junge Patriot stieß einen Schrei aus und warf sich gegen die Tür, versuchte sie zu öffnen. Eine unnütze Anstrengung. Der Spanier hatte den Schlüssel zweimal herumgedreht. Verzweifelt schaute er um sich, seine Augen funkelten vor Wut. Er erblickte die die Wand hochkletternden Zweigen des Jasmins, stürzte sich auf sie. Doch in dem Moment, in dem er den Boden verließ, umfassten zwei Arme seine Knie mit einer konvulsiven Kraft. Wieder übermannte ihn der Zorn und er sah zu seinen Füßen eine weiße Figur blass, mit zerzaustem Haar, die ihm die Hand reichte. - Was willst du von mir, Unglückliche? -, rief der Junge, - schändlicher Spaß eines Goten, lass los ! Ich kenne dich nur, um dich zu verfluchen.- Und sie mit Verachtung zurückstoßend, ergriff er das Laubwerk, kletterte die Mauer hinauf und sprang auf die Straße. Doch diese war leer. Sein Feind war verschwunden. Eine Träne der Wut durchfurchte die Wange des jungen Patrioten. - Verfluchter Sarazene -, rief er, - ich werde dich finden um dir das Leben zu nehmen, auch wenn du dich in den Eingeweiden der Hölle versteckst! - Und düster gestimmt, schweigsam, ohne auch nur einen Blick auf das Haus zu werfen, in dem er zärtliche Gefühle erfahren wollte, entfernte er sich mit weiten Schritten und verlor sich in der Nacht. Wenig später, in der Schlucht von León, im Beisein tausender Helden, erfüllte der junge Patriot sein Gelübde: Suchte und tötete seinen Gegner zwischen den Reihen  der seinen und unter den Augen seiner Schande, die er rächen wollte. Umzingelt von Feinden, verkaufte er sein Leben teuer, bis er schließlich fiel, von königlichen Kugeln durchbohrt, an der Seite der Opfer, die er geopfert hatte. Peralta nahm seinen Körper und begrub ihn auf dem Friedhof Santa Bárbara, ein dürsterer Ort am Ufer des Flusses Chico, zwischen den aromareichen Gärten des Jujuy. Ein Oleandergruppe bedeckt sein Grab, hüllte es ein in den köstlichen Duft seiner rosigen Blumen. Wer diese Zeilen schreibt, wird sich eines Tages in traurigen Erinnerungen versunken in seinen Schatten setzen.