- V -
La fuga
Una noche, en el consejo de guerra, exasperados por su forzada inacción, sublevábase contra las restricciones que el jefe imponía a su ardoroso coraje. Un nuevo insulto inferido en la persona de un cura anciano y venerable, había venido a colmar la medida de su cólera; los argentinos, en una de sus nocturnas invasiones lo arrebataron del templo mismo de su parroquia, a pocas leguas del ejército, mientras que rodeado de sus feligreses imploraba para todos los hombres, la paz y la concordia.
Tratábase de vengar este agravio; y el consejo en un voto unánime pedía esta satisfacción, agobiando a Braun con muestras de profundo descontento.
-¿Qué queréis? -decíales el antiguo veterano-, ¿puedo yo algo contra las decisiones inapelables del supremo poder? Hoy mismo, un correo de gabinete me ha traído órdenes apremiantes a este respecto. El protector quiere regularizar la guerra en la esperanza de un pronto arreglo que le permita reconcentrar todas sus fuerzas en el Perú, para hacer frente a la poderosa cruzada que en este momento se organiza en Chile. ¿Cómo realizar aquella idea si devolvemos al enemigo escándalo por escándalo? Convenid, pues, en que las represalias, en tales circunstancias, serían un hecho impolítico, absurdo. Además...
-¡Ah! general -exclamó un oficial interrumpiéndolo-, no era así como usted y el mismo cuya autoridad invoca, hacían la guerra allá, cuando la sangre de la juventud corría por sus venas. Por Dios, ¡cuánta paciencia dan los años!
-Ella es su único privilegio, comandante Castro -respondió Braun, sonriendo a ese juvenil arranque con su calma alemana-. ¡Oh! Si supieran aguardar los que atraviesan la florida edad de la vida, no tan sólo tendrían el mundo a sus pies; lo soliviarían en sus manos...
En ese momento la voz del centinela profirió un enérgico ¡atrás! y casi al mismo tiempo un hombre jadeante de cansancio, y cubierto de polvo, se precipitó en la tienda pasando sobre el arma que aquel cruzaba para detenerlo. Quien así infringía, a riesgo de su vida, la severa consigna de campaña, era un mensajero del corregidor de La Quiaca, pueblo situado a diez minutos de la línea divisoria de ambas repúblicas; traía el aviso de que una fuerza enemiga, introduciéndose dispersa, por diferentes puntos en el territorio boliviano, había asaltado la hacienda del gobernador de Moraya, saqueádola, entregádola a las llamas, y huido, llevándose prisioneros al propietario y su hija, la doncella más linda de la comarca.
-¡Lucía! -exclamó el comandante Castro, entre la explosión de gritos airados que estalló al oír esta nueva; y una veintena de adalides encabezados por él se arrojó en tumulto a la puerta de la tienda para correr hacia los potreros donde pastaban las caballadas del ejército.
Braun les cerró el paso.
-¡Deteneos! -gritó-. ¿Dónde vais? ¿Qué pretendéis hacer? ¿Correr tras esos bandoleros? ¡Qué locura! ¿Sabéis siquiera el camino que llevan en ese laberinto de quebradas donde en cada recodo encontraríais una emboscada en que pereceríais sin gloria, sin alcanzar vuestro objeto?
A estas palabras, los oficiales se detuvieron vacilantes. Castro palideció de indignación, y se adelantó solo hacia el viejo guerrero. -¡Paso! -exclamó con acento breve y resuelto- ¡paso! mi general, porque es forzoso que yo persiga a estos bandoleros, que los alcance y los extermine, vive Dios, o que deje en sus manos mi vida. ¿Sabe usted quiénes son los cautivos que a esta hora arrastran en pos suya, atados quizá a la cola de sus potros? Los seres que más amo en este mundo; mi padre adoptivo, su hija, mi desposada, la elegida de mi corazón. Cada minuto que pase es un crimen para mí; un peligro más para ellos... ¡Paso, general!
-Hola -gritó Braun, con severo acento volviéndose a la guardia-, detened a ese hombre; condúzcasele a su tienda y que se le guarde con centinela de vista.
En cuanto a ustedes, señores -continuó, dirigiéndose a los demás revoltosos- exíjoles la promesa de renunciar a esa locura, y reservar su valentía para las numerosas batallas que tendremos que dar hasta que hayamos dado cima a la grandiosa obra de la confederación perú-boliviana.
Forzado a ceder, Castro entregó su espada; pero murmurando con voz sorda:
-¡Tanto mejor!
Sus camaradas otorgaron también la promesa exigida y se retiraron cabizbajos; y al parecer resignados.
Cuando Braun hubo quedado solo con su secretario y el mensajero, volviose a aquel, riendo con una risa silenciosa.
-¿Qué dice usted de esto, señor diplómata? ¿No es cierto que el mismo Talleyrand me envidiaría este golpe de estrategia? ¿Y esos muchachos se quejarán todavía! A todos ellos los he puesto en el punto que deseaban; es decir en el disparadero; al uno bajo la fuerza que sabe romper; a los otros en el lazo que saben desatar. En cuanto a mí, móvil de esos complicados resortes, pero sujeto a las prescripciones de ajena voluntad, réstame un papel: el de espectador; sí; pero espectador de los resultados deseados de mi propia obra, ¡qué diablo! Venga usted, doctor. Y tú -añadió volviéndose al mensajero- ve a decir al corregidor, que mañana a esta hora el gobernador de Moraya y su bella hija estarán en nuestro campamento...
-¿Ves esa bolsa? -dijo, de pronto, Fernando de Castro, acercándose al centinela que lo guardaba con ocho hombres y un oficial, dormidos en ese momento a la puerta de la tienda-, ¿ves que está llena? Mira lo que contiene.
-¡Oro! -murmuró el centinela.
-Es tuyo, si me dejas salir de aquí... ¿Ves esto? -añadió mostrándole un puñal-. Es para atravesarte el corazón si das una voz, o haces el menor movimiento. Elige.
El soldado dejó caer su arma y quedó inmóvil.
-¡Bien! He aquí tu oro; guárdalo, y entrégame tus manos; porque tu resignación es como la mía de ahora ha poco, de todo punto falsa.
En un momento el joven agarrotó al centinela púsole una mordaza, y huyó por una abertura, que su puñal hizo en un lienzo de la tienda.
La noche era obscura; pero al dudoso resplandor de las estrellas Fernando divisó a espaldas de una tapia un grupo de hombres al parecer en acecho.
-Amigos o enemigos -se dijo-, vamos a ellos.
Eran sus compañeros, que lo recibieron murmurando en voz baja gozosas aclamaciones.
-Y ahora, Fernando -dijo uno de ellos-, ¿nos llamarás todavía tontos, cuando acabamos de interpretar tan maravillosamente el puñado de tierra con que has cegado al general?
-¡Oh!, ahora si que estás verdaderamente estúpido, Ávila. ¿Podía traducirse de otro modo mi conducta?... Pero ¡en qué fruslerías nos detenemos! Vamos a buscar nuestros caballos.
-Están prontos allá en el fondo de aquel barranco. Todos son nuestros caballos de estimación...
-¿Por dicha, cuéntase entre ellos mi volador?
¿No lo oyes?
Relinchaba en ese momento un caballo en lo hondo del barranco indicado.
-¡Oh!... ¡gracias, amigos! Esto se llama tener a más de talento corazón...
Pocos instantes después Braun oculto con su secretario a la vuelta de una roca, vio desfilar veinte jinetes que se internaron en los tortuosos senderos de una quebrada, corriendo como sombras, sin despertar rumor alguno. Fernando y sus compañeros habían envuelto en lienzos los cascos de sus caballos para apagar el ruido de sus pasos.

 

- V -
Die Flucht
Eines Nachts, erhoben sich im Kriegsrat, aus Verbitterung gegen das erzwungene Nichtstun, Stimmen gegen die Beschränkungen, die der Chef ihrem glühendem Mut auferlegte. Eine neue Beleidigung gegen die Person eines alten und ehrwürdigen Priesters, hatte das Fass zum überlaufen
gebracht. Die Argentinier hatten, in einer ihrer nächtlichen Einfälle den Pfarrer aus dem Tempel seiner Pfarrei gerissen, wenige Meilen vom Heer entfernt, während er umgeben von seinen Gemeindemitgliedern für alle Menschen um Frieden und Eintracht flehte.
Diese Beleidigung war zu rächen und der Rat beschloss einstimmig Vergeltung, wodurch Braun, der seiner Mißbilligung Ausdruck verlieh, nachgeben musste.
- Was wollt ihr? - sagte ihnen der alte Veteran, - kann ich etwas tun gegen die unwiderruflichen Entscheidungen der höchsten Macht? Gerade heute wurden mir durch einen Brief des Kabinetts eindeutige Anordnungen diesbezüglich übermittelt. Der Protector will diesen Konflikt regeln, in der Hoffnung, dass man bald zu einer Einigung komme, die es ihm erlaubt, all seine Kräfte in Peru zu konzentrieren, um dem mächtigen Kreuzzug, der im Moment in Chile organisiert wird, Paroli zu bieten. Wie soll man diese Idee realisieren, wenn wir auf jeden Provokation des Feindes mit einer Provokation reagieren? Seht ein, dass Represalien, unter diesen Umständen, ein politisch unvernünftiger, absurder Akt wären. Des weiteren...
- Ah ! General -, rief ihn unterbrechend ein Offizier-, war es nicht so, als ihr und der, auf dessen Autorität ihr euch beruft, Krieg führten, als noch das Blut der Jugend in seinen Adern floss. Mein Gott, wieviel Geduld geben die Jahre!
- Sie ist ihr einziges Privileg, Kommandant Castro -, antwortet Braun, dem jungen Heissporn mit seiner deutschen Ruhe zulächelnd. Oh! Wenn die, die sich in der Blüte ihrer Jahre befinden warten könnten, läge ihnen nicht nur die Welt zu Füßen. Sie würden sie auf ihren Händen tragen...
In diesem Moment stieß der Wächter eine energisches "zurück!" aus und fast gleichzeitig stürzte ein vor Erschöpfung japsender Mann, bedeckt von Staub in das Zelt, über die Waffe hinweg, die jener ausstreckte um ihn zurückzuhalten. Derjenige, der unter Lebensgefahr ins Innerste des Lagers
vorgedrungen war, war ein Bote des Verwalters von La Quiaca, ein Dorf, das sich zehn Minuten entfernt von der Trennlinie der beiden Republiken befand. Er brachte die Nachricht, dass Kräfte des Feindes, die verstreut, an unterschiedlichen Punkten in das bolivianische Territorium eingedrungen waren, die Farm der Gouverneurs von Moraya überfallen hatten, sie ausgeplündert hatten, sie dem Feuer übergeben hatten und auf der Flucht als Gefangene noch den Besitzer und seine Tochter, das schönste Mädchen der Gegend, mitgenommen hatten.
- Lucía! -, rief der Kommandant Castro, unter dem Ausbruch wütender Schreie, die diese Nachricht hervorief. Etwas zwanzig Anführer, von ihm geführt, stürzten ohne zu überlegen zur Tür des Zeltes in Richtung der Pferdekoppel, wo sich die Pferde des Heeres weideten.
Braun stellte sich ihnen in den Weg.
- Haltet an! - schrie er, - wo geht ihr hin ? Was wollt ihr machen? Diesen Banditen hinterrennen? Was für ein Wahnsinn! Wisst ihr vielleicht welchen Weg sie in diesem Labyrinth aus Schluchten, wo ihr hinter jeder Biegung einen Hinterhalt finden werdet, wo ihr ohne Ruhm, ohne euer Ziel zu erreichen
sterben werdet?
Bei diesen Worten hielten die Offiziere zweifelnd inne. Castro erbleichte vor Entrüstung und näherte sich alleine dem alten Kämpfer. - Weg! -, schrie er kurz angebunden und entschlossen, - weg ! Mein General, denn es ist nötig, dass ich diese Banditen verfolge, sie abfange und auslösche, Gott sei
gepriesen, oder mein Leben in ihren Händen lasse. Wissen Sie wer die Gefangenen sind, die sie jetzt hinter sich herschleppen, angebunden vielleicht an den Schwanz ihrer Pferde? Es sind die Wesen, die ich am meisten liebe auf dieser Welt. Mein Adoptivvater, seine Tochter, meine Verlobte, die
erwählte meines Herzens. Jede Minute die verstreicht, ist ein Verbrechen für mich, eine zusätzliche Gefahr für sie. Weg, General!</p>
<p>- Hallo -, schrie Braun, mit ernster Stimme sich an den Wächter richtend -, setzt diesen Mann fest, führt ihn zu seinem Zelt und lasst ihn unter den Augen eines Wächters.
Was Sie angeht meine Herren -, fuhr er fort, sich den anderen zuwendend, - verlange ich von Ihnen das Versprechen, auf diesen Wahnsinn zu verzichten und ihre Tapferkeit für die zahlreichen Kämpfe aufzubewahren, die noch zu bestehen sein werden, bis wir den Gipfel des Werkes der Könföderation
Peru - Bolivien erreicht haben.
Gezwungen zu weichen, übergab Castro sein Schwert, murmelte jedoch mit dumpfer Stimme:
- Um so besser -
Seine Kameraden leisteten das geforderte Versprechen und zogen sich mit hängenden Köpfen, augenscheinlich resignierend, zurück.
Als Braun mit dem Sekretär und dem Boten allein war, wandte er sich mit einem Lächeln diesem zu und sagte lächelnd.
- Was sagen Sie darüber Herr Diplomat? Ist es nicht so, dass selbst Talleyrand mich für diesen strategischen Coup beneiden würde? Und diese Jungs beschweren sich noch! Sie alle habe ich dahin gebracht, wo sie sein wollten, anders gesagt, in die Startrampe. Den einen unter einer Kraft, die er wird überwinden können, die anderen in eine Schlinge, die sie werden losbinden können. Was mich angeht, der Antrieb dieser komplizierten Federn, doch unterworfen dem entfernten Willen, mir verbleibt nur eine Rolle: Die des Zuschauers. Zuschauer jedoch der erwünschten Ergebnisse meine eigenen Werkes. Teufel! Kommen Sie Doktor. Und du - fügte er an den Boten gerichtet hinzu - geh und sag dem Verwalter, dass morgen um diese Zeit der Gouverneur Moraya und seine hübsche Tochter in unserem Lager sein werden...
- Siehst du diese Tüte? -, sagte plötzlich Fernando de Castro sich dem Wächter nähernd, der ihn, mit weiteren acht Männern, die in diesem Moment in der
Tür des Zeltes schliefen,  und einem Offizier überwachte. - Siehst du, dass sie voll ist? Schau was drin ist. -
- Gold! - murmelte der Wächter.
- Es gehört dir, wenn du mich hier rauslässt... Siehst du es? - fügte er hinzu, ihm einen Dolch zeigte. - Der ist um ihn dir ins Herz zu stoßen, wenn du einen Ton von dir gibst oder die die allerkleinste Bewegung machst. Wähle.
Der Soldat ließ seine Waffe fallen und blieb unbeweglich.
- Gut! Hier hast du das Gold. Behalt es und gibt mir deine Hände. Denn deine Resignation, ist wie die meinige, nur vorgetäuscht.
Kurz darauf hatte ihn der junge Mann den Wächter gefesselt und geknebelt. Dann flüchtete er durch eine Öffnung, die sein Dolch in das Tuch des Zeltes geschnitten hatte.
Die Nacht war dunkel, doch im zwielichtigen Glanz der Sterne sah Fernando verschwommen mit dem Rücken an eine Gartenmauer gelehnt eine Gruppe von Männern in Lauerstellung.
- Freund oder Feind - sagt er zu sich selbst, -sehen wir mal.
Es waren seine Freunde, die ihn mit leiser Stimme freudig murmelnd empfingend.
- Und jetzt Fernando - sagte einer von ihnen, - nennt du uns immer noch Dummköpfe, jetzt, wo wir so schnell den Sinn der Handvoll Lehm erfassten, mit der du den General geblendet hast? -
- Oh! Jetzt bist du wirklich dämlich, Àvila. Hätte man mein Verhalten auch anders interpretieren können?... Aber mit welchem Firlefanz halten wir uns aus! Lasst uns die Pferde holen.
- Sie sind bereit, da, am Ende der Schlucht. Alles Pferde, die wir schätzen...-
- Ist da auch zufällig mein Flieger dabei?-
- Hörst du ihn nicht ?-
In diesem Moment wieherte ein Pferd in den Tiefen der bezeichneten Schlucht. - Oh ! ... Danke, Freunde! Das nennt man mehr als nur Herzensgüte haben...
Wenige Augenblicke später sah Braun, zusammen mit seinem Sekretär versteckt hinter einem Felsen, zwanzig Reiter vorbeiziehen, die die verschlungenen Wegen einer Schlucht betraten, wie Schatten rennend, ohne das geringste Geräusch zu machen. Fernando und seine Kumpane hatten mit Tüchern
das Geschirr ihrer Pferde umwickelt, um so den Lärm ihrer Schritte zu unterdrücken.