- VI -
El éter de Dios
El general se quedó inmóvil, fijos los ojos en la sombría quebrada; y el secretario le oyó murmurar entre dos suspiros -¡Juventud! ¡juventud! ¡paraíso alumbrado por tres soles de mágica luz: el amor, la fe y la esperanza, que nunca abandonan tu cielo!... ¡ah! ¡porque eres tan corta!...
Estaba cerca de mediar la noche, que era obscura, aunque en la cima de las montañas comenzaba a blanquear la azulada claridad que precede a la salida de la luna.
De aquel lado y por senderos de atajo, un grupo de jinetes entre los que ondeaban los velos y las luengas faldas de dos amazonas, bajaban al fresco vallecito del Tilcara.
Eran seis y montaban magníficos caballos, cuyo brío refrenaban para igualar su paso al de cuatro hombres que llevaban al centro conduciendo una silla de manos.
El silencio profundo que reinaba en aquellos parajes, la sombra de los peñascos y el prestigio de la hora, impresionaban, al parecer, el ánimo de los viajeros, que caminaban en actitud meditabunda.
Las dos amazonas, asidas de las manos, callaban también; pero el mutismo de dos mujeres reunidas es un fenómeno de la naturaleza de los meteoros: no puede prolongarse un minuto.
-¡Aura! -dijo la una a media voz.
-¡Juana! -respondió la otra en el mismo tono.
-¿En qué piensas, alma mía? ¿De seguro en Aguilar?
-En él siempre; mas en este momento pensaba en la dicha de verte a mi lado, que de veras me parece un sueño.
-¿No es cierto? ¡Bah!, mi escapada tiene algo de novelesco.
-¡Y tanto!, te confieso francamente que mientras caminaba, hace un cuarto de hora, entre las sombras, custodiada sólo por mis dos pajes y llevando al lado a mi madre enferma, imaginábame una princesa errante; y la fantasía se llevaba tras sí mi pobre cuerpecillo, y ambas íbamos a parar allá a las edades pasadas; y nos plantábamos en una de esas encrucijadas, en la espera de un Amadís para demandarle un don. Pero he aquí que quien se aparece es una dama que vestida de negro y cabalgando en un corcel del mismo color, viene asistida de dos caballeros con espada al cinto y el yelmo cristino en la cabeza. Se acerca, llega, alza su velo, cae en mis brazos. ¡Es Juana! Juana la joven y bella esposa del general de un ejército en campaña, traspasando de incógnito su línea de fortificaciones para internarse en lugares que el enemigo va a ocupar de un momento a otro... ¡Ah! tu leyenda ha echado por tierra la mía. Un poeta haría de ella un bellísimo romance.
-¡Pues no!
-Y caería a tus pies si yo le dijera todo, si le dijera que desafiaste esos peligros sólo por ir en busca de una amiga, ¿adónde? a las agrestes soledades de Ituya.
-Eso y más te debe mi corazón. Aura querida. Pésame haberte encontrado de regreso. Habríame sido tan grato ocultarme contigo en esas misteriosas hondonadas... ¡porque ay! no es sólo tu amor el objeto de mi peregrinación; y tu poeta si había de completar mi drama, tendría que dar en él cabida al despecho.
-¡El despecho! No te comprendo.
-¡Y sin embargo sabes todos los secretos de mi corazón!
-¡Dios mío! ¿Te preocuparán todavía esas injustas sospechas?
-¡Oh!, pero ahora son profunda certidumbre.
-¡Visiones!, hermosa mía.
-Escucha y juzga. Cuando procuraba acallar en mi espíritu esas alarmas que te parecían quiméricas, pero que me llegaban en los rumores del pueblo, esa voz de la verdad, el mismo Alejandro vino a justificarlas de un modo irrecusable.
Anunció que iba a marchar al ejército, ordenó los preparativos, y acercándoseme a mí en extremo cariñoso diome el abrazo de despedida.
Aquella ternura inusitada hace tiempo, pareciome sospechosa; ¡pero el corazón de la mujer acoge tan confiado el bien!
-¡Quiero acompañarte! -exclamé, seducida por la halagüeña perspectiva de mostrarme en aquellos sitios vedados para las mujeres, al lado del hombre cuyo desamor me echaba en cara con insolencia.
Heredia acogió mi deseo con visible contrariedad, y le opuso toda suerte de obstáculos; pero vio, sin duda nublarse mi frente, y como culpado, hubo de ceder porque temió.
-¿Ves cómo antes que delinquiera lo estabas ya acriminando?
-Escucha todavía y verás.
Con gran frialdad me dio su consentimiento, no para acompañarlo, sino para que fuera a reunirme a él algunos días después... ¿Comprendes, Aura? Rehusaba mi compañía porque deseaba la de Fausia Belmonte, que desapareció de su casa, del paseo, del baño, de todos los lugares donde la liviana santiagueña arrastra sus escándalos.
Adivinándolo todo, y arrebatada de indignación, no esperé el día señalado por Alejandro para emprender mi marcha; y acompañada de una pequeña escolta, partí sobre este bello Tenebroso que acaba de prestarme el servicio más importante que caballo hizo a su dueño: me ha puesto en menos de veinte horas a vista del campamento.
La mirada con que acompañó su saludo un oficial que encontré de paso a Salta en comisión, me dio tanto en qué pensar, que dejando en Jujuí la escolta, y cubriéndome el rostro con un antifaz, seguí sola mi camino.
Ya de lo alto de una colina había divisado la línea de atrincheramientos, cuando al entrar en un camino hondo me encontré frente a frente con el coronel Peralta, y un oficial que lo acompañaba, nada menos que el nuevo edecán de Heredia, ese porteñito Esquivel que ves ahí.
Peralta que reconoció a Tenebroso, palideció de tan extraña manera que todo me lo reveló.
Valida del antifaz que llevaba, pasé ante ellos sin hablarlos, y poniendo a galope mi caballo, muy luego llegué a una altura que dominaba el campamento.
En la vasta llanura que se extendía a mis pies, Alejandro pasaba revista al ejército, que en ese momento ejecutaba vistosas evoluciones.
En la falda de la altura donde yo me hallaba oculta tras de un pedrusco, el general rodeado de su estado mayor tenía al lado una mujer vestida de una suntuosa amazona color de grana y bordada de oro... ¿Adivinas quién era?
-¡Ella!
-¡Ella!... ¡La infame que no sólo me roba el amor de mi marido, sino hasta los colores con que yo sola tengo derecho a engalanarme!... Tú que me llamas visionaria, ¿qué dices a estas visiones?
Aura inclinó la cabeza.
-Como tú, yo también doblé la frente avergonzada de mí misma; y llorando de rabia, eché adelante mi caballo y lo hice correr sin saber qué dirección tomaba. El instinto más que la voluntad me llevaba hacia ti.
Sin que de ello me apercibiera. Peralta y Esquivel me habían dado alcance, y me venían escoltando.
¡Ah!, qué enojosa es la presencia de testigos cuando llevamos en el rostro el rubor de un ultraje. Cada mirada, por benévola que sea, nos parece una sangrienta burla; y en la frase más afectuosa creemos sentir la punta acerada del desprecio.
Mientras la esposa de Heredia hablaba, su compañera con la frente entre las manos, la escuchaba meditabunda.
-¡Aura!, te he entristecido exponiendo a tus ojos la tempestuosa atmósfera conyugal, ¡que pronto va a ser la tuya!...
Háblame; tu voz disipará las nubes que obscurecen mi alma.
-¡Ah! -murmuró la joven, con profundo abatimiento-, yo creía que nada podría turbar la serenidad radiosa de dos seres unidos por Dios, en el amor infinito, en una sola existencia.
-Yo también acaricié esa deliciosa utopía, y creí eterno el amor de Alejandro. Pero un día entre él y yo se alzó como un muro de bronce, la influencia fatal de esa mujer; y la desconfianza, el odio y una perpetua alarma se deslizaron en mi corazón, y lo habitaban, y no han dejado en él un solo sentimiento sano...
-¡Mentira! ¿Y el que nos une?
Juana llevó a sus labios la mano de la joven.
-¡Ahora, querida!... Sí, en ese oasis fresco y apacible donde gusta refugiarse mi alma en las borrascas que la devastan. ¡Ah!, cuán grato me habría sido vagar contigo oculta en esos apartados valles, de los que se cuentan extrañas consejas. ¿Por qué fatalidad
te encuentro de regreso? ¿No fuiste en busca de aquel viejo empírico que debía restituir la salud a la madre?
La joven palideció.
-No es un empírico -dijo con voz profundamente conmovida- es un genio misterioso, que oculto en un cuerpo informe, conoce el pasado y lee en el porvenir. Vive en un antro, sobre el borde de un precipicio, acompañado sólo de una águila que tiene allí su nido.
Un grupo de coposos molles oculta la entrada de ese retiro agreste, donde se llega costeando horribles despeñaderos.
Cuando, llevando apoyada en mis hombros a mi madre, entré en aquella caverna, la escena que se presentó a mis ojos me pareció el desvarío de un sueño; y me fue necesario pulsar los latidos de mi corazón para persuadirme de la realidad.
En el centro de la cueva y delante de una hoguera alimentada con yerbas secas que exhalaban acres y extraños aromas, hallábase posado el busto de un hombre cuyos miembros atléticos tenían el color y los dorados reflejos del bronce.
Una larga cabellera cana y una barba del mismo color, contrastaban con la negra y juvenil mirada de unos ojos profundos y huraños como los de una ave que anidaba a su lado.
Aquel torso de poderosa musculatura, truncado de repente, como al golpe de un martillo, parecía tallado en la peña rojiza que le daba asiento y semejaba a esos ídolos de las pagodas indias, esculpidas en el granito de sus altares. La llama de la hoguera prestaba tal verdad a esta fantasía, que el movimiento de aquellos párpados, y el alentar de aquel pecho parecían un prodigio inherente a los misterios del antro.
El ser extraño que contemplábamos, detenidas con medroso asombro a la entrada de la cueva, tenía delante de un montón de hojas de colores, formas y dimensiones diversas, y que pertenecían a todos los árboles de la creación, desde el ombú de la Pampa, hasta el tara de la sierra; desde el cocotero del Ecuador hasta el pino de las nieves. Pero esas hojas estaban frescas, recientemente arrancadas de sus ramas.
Tomábalas él en puñados cogidos al acaso; las extraía una a una de su mano cerrada, y las arrojaba al fuego, examinando con atención la flama que producían, y aspirando el perfume que exhalaban...
-¡Dios mío! -exclamó Juana, con esa mezcla de ligereza y sentimentalismo que la caracterizaban.
-¡Cuánto he perdido! ¡Una caverna!, ¡un monstruo!, ¡los ritos de un culto misterioso!... ¡qué motivos de distracción para mi pena!...
-La mirada, a la vez reposada y penetrante de esos ojos sombreados de espesas cejas blancas, alzó de repente y se fijó en nosotros.
En ese momento, de entre el puñado de yerbas que ocultaba su mano izquierda y que extraía la derecha, salió una hoja de ciprés.
Una expresión de bondad mezclada de dolor se pintó en aquel semblante; desarrugó su frente, vagó en sus ojos, y se detuvo en sus labios, convirtiéndose en una triste sonrisa. Arrojó la hoja al fuego, y nos llamó con una seña.
Hizo sentar a mi madre en un trozo de roca, y volviéndose a mí que doblaba ante él la rodilla poseída de una emoción pavorosa: -Sé lo que vienes a pedirme, bella niña -dijo con una voz armoniosa y grave como el tañido de una campana-; leo en tu corazón: confías y esperas. Mas sabe que la ciencia humana no alcanza a hacer un cabello blanco o negro, ni a devolver su savia al árbol herido por el rayo.
-¡Qué! -exclamé llorando-, ¡tú que has hecho tantas maravillas, no restituirás a mi madre la salud perdida? ¡Mírala: ningún mal la aqueja, si no es ese extraño aniquilamiento que acrece cada día, sin causa conocida!
-Tu madre no morirá de él, sino de otra dolencia, que le ha traído ésta, y que acabará por ahogarla. Esa dolencia reside en el alma, y se llama dolor maternal.
-¡Te engañas! -exclamé-. Yo la idolatro; hasta hoy la he consagrado mi vida, y ella está contenta de mí. ¿No es verdad, madre mía?
Pero al volverme hacia ella, vila palidecer y caer desmayada en mis brazos.
-¡Socorro! -exclamé-. En nombre del cielo, ¡tú que eres un sabio, dale la vida!... ¿No ves que se muere?
-Al contrario -repuso él extendiendo su mano cobriza y arrugada sobre la cabeza de mi madre, y posándola en la frente helada-, al contrario: ahora reposa. ¡Cuántas veces, en el insomnio de sus eternas noches ha invocado esos síncopes, que hunden el espíritu en los limbos del olvido! Créeme: déjala unos instantes aún, en ese letargo de que despertará para sufrir. El único bien que puedo darla, es la facultad de llamar y prolongar al grado de su voluntad ese anonadamiento que para ella es la felicidad.
Hablando así, tomó de su seno una redoma de plata cuidadosamente cerrada; la abrió y me mandó aspirar el perfume que encerraba.
Pero apenas tomé la redoma en mis manos, sentí un aroma a la vez suave y penetrante que se difundió en la atmósfera, invadió mi cerebro y dio un color azulado a todos los objetos que me rodeaban.
Vilos luego alejarse hasta los últimos límites del horizonte, y perderse en una bruma obscura que se extendió lentamente, llegó a mí, y me envolvió como un vapor tibio y enervante.
Un bienestar inefable se derramó en todo mi ser, que me pareció arrebatado de la tierra, meciéndose en las ondas vaporosas de un íter (sic) rosado y diáfano. ¿Dormía? ¿velaba? ¿desvariaba?
Un soplo que llegó a mi rostro, tenue y frío, disipó aquel arrobamiento; y me hallé de pie y en la misma actitud que tenía al recibir la redoma. Pero ésta se encontraba en manos de mi madre, a quien el viejo decía:
-A los males del alma, la muerte o el olvido.
Y señalaba la redoma que mi madre apretaba con su pecho con devoto fervor:
-En cuanto a ti, niña -añadió, suavizando con una expresión de piedad el fulgor de sus ojos-, no te diré: vete en paz, porque desde hoy la paz habrá huido de tu alma; pero sí te digo: aléjate y no vuelvas; porque la sombra que quieres iluminar, oculta abismos que te darán el vértigo del espanto.
Y el viejo indio, inmóvil como la roca que le daba asiento, nos siguió con una dolorosa mirada hasta que hubimos dejado la cueva.
El acento de la joven se había vuelto tan triste, que su compañera a pesar de su picante turbulencia, escuchaba esta fantástica historia en un profundo silencio.
-Al trasponer el grupo de molles que ocultaban la caverna -continuó la joven-, mi madre aspiró con ansia el aire puro de la montaña; suspiró como aliviada de un grande peso, y sus pies, antes débiles y tardos, marcharon con ligereza y seguridad sobre el borde escarpado de los precipicios. De vez en cuando deteníase para mirar la misteriosa redoma que llevaba escondida en su seno, y una sonrisa de esperanza vagaba en sus labios. En el corto espacio de una hora, aquel cuerpo desfallecido se había transfigurado.
Pero esta animación, ese alivio que yo había venido a buscar para ella, y que habría pagado a precio de mi vida, derramaban ahora en mi alma una dolorosa inquietud; porque comprendí que los producía la esperanza de substraerse por unas horas de anonadamiento a ese martirio desconocido de que había hablado el viejo de la caverna, y que yo buscaba en mi propia conciencia, sin encontrar más que amor y consagración.
-Yo lo sabré -dije abrumada por la más dolorosa de las dudas: la duda de sí mismo-, yo lo sabré; ¡y destrozaré mi corazón si hay en él algún sentimiento que pueda causarte pena, madre querida!
Anoche, cuando todo callaba en el profundo valle de Iruga levanteme de la cama donde me acosté vestida, y recatando mis pasos, fui a espiar el sueño de mi madre.
Encontrela reclinada en los cojines de un diván, inmóvil y al parecer en el más tranquilo reposo. En sus labios y en sus ojos entreabiertos vagaba una dulce sonrisa, y sobre sus mejillas se extendía el rosado tinte de la salud que hacía tiempo había huido de ellas.
Toqué su frente que estaba fresca, incliné mi oído sobre su pecho que se alzaba en suaves aspiraciones bajo sus manos cruzadas que estrechaban la redoma del viejo de la montaña.
Cuán feliz parecía en aquel sueño que semejaba al éxtasis. -Y sin embargo -decía yo con amargura-, he ahí tu rostro enflaquecido, tus manos transparentes, tus ojos cóncavos y rodeados de un círculo azulado. ¿Cuál es ese dolor maternal de que habló aquel viejo, y que pesa todo sobre la cabeza de tu hija única? ¡Oh!, yo lo sabré.
Y sola, y caminando a tientas entre las tinieblas, dirigí mis pasos a la montaña.
Atravesé el valle, subí la áspera falda y costeé el precipicio en cuyas paredes se abría el antro del misterioso viejo.
Al penetrar entre el grupo de molles, el ala poderosa de una ave rozó mi frente, y me arrancó un grito que repitió a lo lejos una voz cavernosa. Era el eco.
Encontré al viejo inmóvil en el mismo sitio, delante de la hoguera; pero ahora leía a la rojiza luz de la llama un libro inmenso cubierto de caracteres extraños.
-¿Qué me quieres? -exclamó, alzando los ojos del libro y fijándolos en mí con una mirada severa-. Aléjate, ve a correr sobre el sendero que se alza ante ti y no pretendas mirar los abismos que cubre.
-Aunque sepa morir -le respondí-, quiero saber.
El viejo me contempló con una expresión de piedad.
-¡Qué quieres saber? -me dijo, con la frente contraída por una penosa emoción.
Ignoras que ciencia y dolor son sinónimos en el libro de la vida. ¡Aléjate! Unos pocos días felices son mucho en el destino humano. ¿Por qué quieres abreviarlos?
-Tú mismo lo has dicho: la paz había huido hoy para siempre de mi alma. Y bien ¡sea! Descúbreme ese horizonte desconocido, donde rugen las tempestades que envolverán mi vida. Quiero contemplarlo.
-¡Sondar! ¡Inquirir! ¡Saber!... ¡Cumple, pues, ese anhelo funesto que perdió a tu raza! Mira.
Y alzando con una mano un enorme trozo de roca, hízome inclinar con la otra sobre el hueco que aquella dejaba, concavidad obscura en cuyo fondo brillaba a la luz de la hoguera un charco de agua negra y profunda.
-¿Qui vez? -articuló una voz que me pareció venir de las bóvedas sinuosas de la caverna. Y yo, palpitante, subyugada por un poder desconocido, respondí: -Nada, sino un resplandor rojizo que oscila entre las tinieblas.
-Es un lago de sangre que separa el pasado del presente -repuso la voz-. ¡Mira!
Oí el chillido de una águila, y sentí el viento de sus alas; pero la caverna estaba desierta: el viejo había desaparecido y sólo escuché la voz que decía: -¡Salud, reina del íter (sic)!, ¿qué me traes? ¡Ah! sí: he ahí las hojas que contienen la savia de todas las zonas, y cuya combinación tiene el poder de evocar el espectro del porvenir. Mira.
La caverna se iluminó con una luz compuesta de los colores del prisma; un humo denso, acre y penetrante llenó los ámbitos dividiéndose en grupos extraños, que alumbrados por la fantástica luz que se desprendía de la hoguera tomaron de repente la apariencia de un paisaje. En una lontananza sombría, alzábase una montaña cubierta de frondas. Blanqueaban a sus pies cúpulas de una ciudad; en su falda, a la vera de un manantial, un pozo negro y profundo.
-Niña -exclamó Juana interrumpiendo a su compañera-, ¿no se diría que estabas viendo la campiña de Salta? La ciudad, el cerro de San Bernardo, su verde falda, y el pozo del Yocci, de pavorosa fama, con el que las nodrizas nos hacen tanto miedo.
-Miraba yo todo esto -continuó la joven- como al través del vapor oscilante que se exhala de la boca de un horno.
De súbito vibró en el aire una voz desconocida, pero conmovió mi corazón como un acento familiar y querido. Hízola callar una horrible imprecación a que siguió un gemido; y allá en el fondo del pozo sobre el que una extraña fascinación me tenía inclinada, vi mi propia imagen, envuelta en el velo de las desposadas, pero pálida, yerta, y el pecho rasgado por una ancha herida...
El águila dio un chillido lúgubre; el viento de sus alas apagó la llama de la hoguera, y las tinieblas se extendieron sobre la caverna...
La sensación de un inmenso cansancio me despertó de repente. Encontreme recostada en mi cama, los cabellos húmedos de rocío, los pies magullados, los vestidos en girones y llevando enganchadas todavía las espinas de las zarzas. La cucarda federal habíase desprendido de mi cotilla y sus lazos rojos caían sobre mi falda blanca como dos hilos de sangre.
¿Qué había pasado en mí aquella noche? ¿Un desvarío? ¿Una realidad?
La voz de mi madre que me llamaba, cambió el curso a mi preocupación. ¿Cuál era ese dolor que aquejaba su alma, ese dolor cuya causa había yo ido a averiguar del anciano de la montaña, y cuya investigación, dejándome en las mismas tinieblas, había envuelto mi espíritu en un caos de dudas y de terrores?
Encontré a mi madre con el semblante animado, ligera, llena de vida. Sonriose con dulzura; pero cuando iba a preguntarla lo que significaban las misteriosas palabras del indio, selló mis labios con un beso, y me mandó que ordenara los preparativos para nuestro inmediato regreso, pues en la noche había llegado el aviso de la aproximación de una fuerza boliviana que venía llamada por los caudillos de una conjuración que se organizaba en Iruya.
Esta mañana, cuando dejábamos el valle, siguiendo un sendero extraviado divisé a lo lejos el despeñadero y el grupo de molles que oculta la boca del antro. Un bulto negro estaba inmóvil sobre la copa de aquellos árboles. Era el águila de la caverna, que ha poco tendió su vuelo sobre nuestras cabezas en inmensos círculos dando chillidos roncos que repetía el eco de las peñas.
-¡Esto sí es una leyenda, una leyenda maravillosa! -exclamó Juana-. ¡Dios mío! ¡cuánto he perdido!, ¿por qué vine tan tarde? Yo no habría ido a pedir a aquel sabio el secreto del porvenir, habríale demandado el poder de castigar: ¡un haz de rayos para mi mano!
-Querida mía, en vano pretendes chancear: tu mano está húmeda y helada.
-Es de cólera. ¡Oh, yo iré un día en busca de ese hombre, y si algo le pido que me devele, es como acaban las perfidias, las traiciones a la fe jurada al pie del altar!...
-¿No siente usted tentaciones de imitar ese cuchicheo mujeril? -dijo de pronto el coronel Peralta a su joven compañero.
-¡Sí, a fe, mi coronel, pero parecíame usted tan ensimismado!
-Recuerdos ligados a estos parajes que en otro tiempo recorrí tantas en pos del enemigo.
-Bien pronto habremos de hallarlos en las mismas condiciones.
-¡En las mismas condiciones! ¡oh! no: aquella era una guerra santa; esta es una guerra fratricida. ¿Qué hay de común entre la una y la otra?
-Es verdad, perdone usted, coronel: no ha sido mi intención comparar con nada aquella época gloriosa. La respeto, la venero y para no profanar con ligerezas su ínclita memoria, llevemos nuestra sigilosa plática a otro terreno... ¿Quién es, pues, esta joven tan gallarda? Su rostro, que la noche me oculta, debe ser divino, si corresponde a su talle encantador.
-Es una flor exótica, trasplantada a nuestro suelo por una de esas bellas fugitivas que la abandonaron en pos del pendón de los leones -respondió Peralta, cuyo tema favorito era la crónica de aquel tiempo-. El padre de esta muchacha, oficial superior en el ejército realista y muerto en Ayacucho era un noble, cuyo título tiene una historia interesante.
El rey Fernando VII, que era dado a los juegos de fuerza, sobresalía en el de la barra; y no se encontraba en todos sus reinos quien pudiera igualarlo.
Un día vinieron a decirle que en las cercanías de Pamplona había un pastor de tanta fuerza en aquel ejercicio, que había derrotado no sólo a los jugadores de la comarca, sino a todos los que de largas distancias, atraídos por su fama, venían a desafiarlo.
-¡Que me lo traigan! -exclamó Fernando; y en la misma hora partieron correos en busca del pastor, que fue traído a la corte y presentado al rey.
Era un joven de bello rostro, apuesto, fornido y de porte arrogante, que holló con desenfado el pavimento del alcázar, cual si fuera el umbral de su choza, y miró al príncipe con un aire de potencia a potencia.
Colocado en el real palenque, rió de las maneras académicas de su augusto rival; y comenzada la partida la barra del pastor dejó muy atrás la barra del monarca. Declarado su triunfo, el vencedor terció de nuevo el zurrón y empuñó su cayado; el vencido se lo arrancó de las manos.
-Te has medido con tu rey -le dijo- y no puedes ya ser un villano. Conde la Barra, eres noble y caballero. Primo -continuó, volviéndose al duque de Alba- cálzale la espuela de oro.
Pero el pastor supo realzar al Conde; y después de Enrique IV ningún Borbón dio tanta honra a su blasón y su espada.
Vino a América ocupando un alto puesto en el ejército español, y dio la corona de condesa a una hermosa hija de Salta y de un sarraceno testarudo, que arrastró a su familia tras las tropas de Pezuela, pasando sobre el cadáver de su propio hijo; porque en ese nido de godos floreció un héroe de patriotismo... Teodoro...
El joven interlocutor de Peralta aprovechó de la emoción que cortó la voz a éste, para decir:
-Pues yo declaro a la hija del pastor no sólo digna de las barras de su escudo, sino del trono de Isabel, por su gentil apostura y la regia destreza con que lleva ese brioso caballo.
¡Poco a poco, amigo mío!, no gaste usted su pólvora en salvas para celebrar el triunfo de otro.
-¿Y quién es ese dichoso mortal?
-Aguilar, el coronel a la moda, el favorito del general, el héroe de chiripá.
-Añada usted en justicia, mi coronel: el más valiente de los valientes hijos de Corrientes. Placiérame poder amar a esa joven para tener un rival como él.
En ese momento la luna asomando sobre la cima de las montañas iluminó el paisaje y la caravana.
-¡Ah! -exclamó el oficial- esta Aura gentil era la Estrella de Salta, esa bellísima Aurelia que nos deslumbró en el baile con que la generala festejó nuestro arribo trayendo la división de Tucumán. Yo la vi sólo un momento; pues a las doce de la noche partí para Jujuy en comisión. Justamente en ese momento bailaba con Aguilar, y los danzantes se detenían para contemplar aquella hermosa pareja: él con su traje oriental; ella vestida de gasas blancas y color de rosa, coronada de flores y su rubia cabellera rizada y ondulante como una nube dorada.
-Note usted ahora el contraste que esa belleza de cabellos blondos y de azules ojos, forma con la hermosura morena, ardiente y expresiva de la generala.
-Tiene unos ojos de llama y unos bucles negros que parecen ensortijados por el sol de África.
-¡Cuán viva es! y vueltas de su ligereza unos arranques de pasión que los envidiaría una pantera.
-Esta tarde, por ejemplo...
-¡Silencio!...
-¡Qué pálida está nuestra ama! -dijo uno de los pajes al otro, señalando con los ojos la silla de manos, cuyas cortinas entreabiertas por la brisa dejaban ver un rostro demacrado, cubierto de una palidez mortal pero cuyas facciones finas y de una corrección académica habían conservado los restos de una grande belleza.
La frente blanca y de ahuecadas sienes se reclinaba con abandono en la mullida pluma de un cojín, plegándose de vez en cuando como a la influencia de un ensueño doloroso.
Descansando en el cojín a la altura de la mejilla una mano blanca y transparente como la cera, apretaba entre sus dedos una redoma de plata.
-¡Ah! -continuó el criado con pesaroso acento- por más que uno quiere engañarse, en fuerza del cariño, ahí está la verdad que le salta a los ojos para romperla el corazón.
-Esto viene de muy lejos -repuso el otro, moviendo tristemente la cabeza-. Desde que vio matar a su hermano, el ama no ha tenido un día bueno, por más que la fortuna se empeñaba en darle todos los bienes. Rica y casada con un hombre de título y de caudal, que la amaba, recorrió las suntuosas comarcas del Perú, triste siempre; y atravesaba esas ciudades de los cuentos maravillosos: Chuquisaca, Potosí, Cuzco, Lima, como un alma en pena, mirando sin ver.
Apenas, si cuando nació la niña, un poco de alegría vino a visitarle; y aun entonces mismo, muchas veces, mientras le daba el pecho, la vi llorar apartando los ojos de la inocente criatura, como si le pesara alimentarla...
En ese momento, la caravana saliendo de una estrecha cañada que seguía hacía rato, se halló de repente en el valle de Tilcara.
-He ahí el sitio donde deshicimos a los extremeños -gritó de pronto Peralta, arrebatado de entusiasmo; y su mano señalaba el cauce seco y pedregoso de un torrente encerrado en un recodo del Valle-. En esa hondonada les dimos una carga tan violenta que ni uno solo escapó; y antes que pudieran reconocerse, nuestras lanzas los clavaban contra las peñas.
Un gemido doloroso respondió a estas palabras.
-¡Mi madre! -exclamó la joven rubia; y adelantando su caballo inclinose hacia la silla de manos.
-Duerme -dijo, cuando hubo tocado la frente de la enferma.
-Sin embargo, por profundo que sea su sueño, percibe cuanto se habla en torno suyo; y si es algo que puede causarle pena, llora y suspira como ahora.
-¡Malhaya el eterno hablador y sus historias rancias! -dijo la vivísima morena con un enojo cómico-. Que no permitiera Dios a esos pobres extremeños aparecer de improviso, armados de punta en blanco, a pedirle la cuenta de su agujereada piel.

 

- VI -
Der Äther Gottes
Der General verharrte regungslos, die Augen auf die düstere Schlucht gerichtet. Der Sekretär hörte wie er unter Seufzern murmelte  - Oh Jugend! Durch drei Sonnen erleuchtetes Paradies: Die Liebe, der Glaube und die Hoffnung, die immer strahlen am Himmel! ...
Ah! Warum bist du so kurz! -
Fast war der Höhepunt der Nacht erreicht. Eine dunkle Nacht, auch wenn auf den Gipfeln der Berge die blaue Klarheit, die dem Mond vorangeht, alles in ein fahles Licht tauchte.
Auf der anderen Seite, auf Schleichpfaden, stieg eine Gruppe von Reitern, unter denen die Schleier und Röcke zweier Amazonen wehten, das kleine Tal von Tilcara hinab.
Es waren sechs herrliche Pferde, deren Temperament sie zurückhielten, damit die Geschwindigkeit im Einklang steht mit  vier Männern, die in der Mitte einen Stuhl auf ihren Händen trugen.
Die tiefe Stille, die in dieser Gegend herrschte, der Schatten der Felsen und die Bedeutung der Stunde, beeindruckten scheinbar die Gemütsverfassung der Reisenden, die in Gedanken versunken voranschritten.
Die zwei Amazonen, sich an den Händen haltend, schwiegen ebenfalls. Doch zwei Frauen die gemeinsam in Schweigen gehüllt sind, ist ein Naturphänomen, das mit dem Einschlag eines Meteoriten verglichen werden kann: Länger als eine Minute kann es nicht dauern.
- Aura ! - sagte eine halblaute Stimme.
- Juana ! -  erwiderte die andere im gleichen Ton.
- An was denkst du, meine Seele?  Mit Sicherheit an Aguilar? -
- An ihn immer, doch jetzt im Moment dachte ich an das Glück, dich an meiner Seite zu haben, was mir wirklich wie ein Traum vorkommt.-
- Nicht wahr? Bah! Meine Flucht hat was von einer Novelle. -
- Ziemlich viel sogar! Ich gestehe dir offen, dass ich vor einer Viertelstunde, während ich zwischen den Schatten ging, nur bewacht von meinen zwei Pagen, meine Kranke Mutter an meiner Seite, ich mir eine umherirrende Prinzessin vorstellte und meine Phantasie zerrte meinen armen Körper hinter sich her. Beide waren wir verpflanzt in eine vergangene Epoche. Wir stellten uns, in Erwartung eines Amadís, an eine jener Kreuzungen um ihn um einen Gefallen zu bitten. Doch da geschah es, dass eine schwarzgekleidete Frau sich näherte, auf einem Streitroß gleicher Farbe reitend, begleitet von zwei Rittern, die ein Schwert trugen und den Helm der Christen auf dem Kopf hatten. Sie nähert sich, steht vor mir, hebt den Schleier, fällt in meine Arme. Es ist Juana! Die junge und schöne Frau des Generals einer Truppe im Feld, die unerkannt die befestigten Linien überschreitet um sich in eine Gegend zu begeben, die der Feind jeden Moment besetzen kann... Ah! Die Legende von dir, hat meine Legende niedergeworfen. Eines Tages wird ein Dichter daraus einen herrlichen Roman machen.
- Nicht doch! -
- Ich würde mich zu deinen Füßen werfen, wenn ich ihm alles sagte, wenn ich ihm sagte, dass du alle diese Gefahren eingegangen bist nur um deine Freundin zu suchen. Wohin ? Zu den rauhen Einsamkeiten von Ituya.
- Dies und noch viel mehr schuldet dir mein Herz, meine geliebte Aura. Es tut mir leid, dich auf dem Rückweg gefunden zu haben. So angenehm wärees für mich gewesen, mich mit dir in den geheimnisvollen Tiefen zu verstecken.... Denn nicht nur deine Liebe ist das Motiv meiner Reise und dein Dichter müsste auch der Verbitterung Raum geben, wenn er das Drama vollenden will.
- Die Verbitterung ! Ich verstehe dich nicht.
- Obwohl du alle Geheimnisse meiner Seele kennst!
- Mein Gott! Bedrücken dich etwa diese ungerechten Anschuldigungen immer noch!
- Oh!-, aber jetzt sind sie eine tiefe Wahrheit.
- Visionen!, meine Schöne.-
- Höre und urtele. Als ich versuchte in meinem Geist die Warnungen, die dir eingebildet erscheinen, zum Schweigen zu bringen, die mir jedoch durch die Gerüchte des Volkes, dieser Stimme der Wahrheit zugetragen wurde, war es Alejandro selbst, der sie auf eine Art bestätigte, die keinen Zweifel mehr offen ließ.
Er kündigte an, sich zur Armee aufzumachen, befahl, Vorbereitungen zu treffen und näherte sich mir mit selterner Zärtlichkeit, umarmte mich zum Abschied.-
Diese seit langem nicht mehr gekannte Zärtlichkeit erschien mir verdächtig, doch das Herz einer Frau empfängt mit soviel Vertrauen das Gute.
- Ich will dich begleiten ! - rief ich ihm zu, verführt von der schmeichelhaften Perspektive mich in jenen Gegenden zu zeigen, die für Frauen verboten sind, an der Seite eines Mannes, der mir frech seine Abneigung ins Gesicht sagte.
Heredia nahm mein Anliegen mit ersichtlicher Abneigung auf und führte alle möglichen Hinderungsgründe an. Doch er sah, ohne Zweifel, wie sich meine Stirn verdunkelte und da er angeklagt war, musste er aus Angst weichen.
- Siehst du, bevor er noch das Verbrechen begangen hatte, klagst du ihn schon an.-
- Höre und du wirst sehen.-
Mit großer Kälte willigte er ein, allerdings nicht, dass ich ihn begleite, sondern dass ich mich einige Tage später mit ihm vereine... Verstehst du, Aura? Er vermied meine Begleitung, weil er die von Fausia Belmonte wünschte, die aus ihrem Haus, aus dem Flur, dem Bad und allen Orten, wohin die leichtlebige Frau aus Santiago ihre Skandale hinschleppt, verschwunden war.
Das alles erahnend und außer mir vor Entrüstung wartete ich nicht auf den Tag, den Alejandro für den Beginn meines Marsches bestimmt hatte. Und begleitet von einer kleinen Eskorte von zwanzig Leuten, machte ich mich auf diesem schönen Tenebroso, der mir den wichtigsten Dienst erwies, den
ein Pferd seinem Herrn machen kann, der mich in weniger als zwanzig Stunden in die Nähe des Lagers brachte, auf den Weg.
Der Blick, mit dem ein Offizier, der sich gerade zur Durchführung eines Auftragen in Salto befand, seinen Gruß begleitete, gab mir soviel zu denken, dass ich die Eskorte in Jujuí zurück ließ, mir das Gesicht mit einem Schleier bedeckte und meinen  Weg alleine fortsetzte.
Schon von der Höhe des Hügels aus hatte ich die Schützengräben gesehen, als ich auf einem tiefdurchfurchten Weg auf den Koronel Paralta und einen anderen Offizier, der ihn begleitete, niemand geringeres als der neue Handlanger von Heredia, diesen kleinen Esquivel aus Buenos Aires, den du da siehst,  stieß.
Peralta, der Tenebroso wiedererkannte, erblasste auf eine so eigenartige Weise, dass mir alles klar wurde.
Auf den Schleier vertrauend, den ich trug, ritt ich an ihnen vorüber ohne sie anzusprechen, gab meinem Pferd die Sporen und erreichte um einiges danach eine Anhöhe, von der aus man das Lager überschauen konnte.
In dem weiten Feld, das vor mir ausgebreitet lag, ließ Alejandro eine Parade abhalten und in diesem Moment war die Armee im Begriff, beeindruckende Bewegungen zu vollführen.
Am Hang der Anhöhe, auf der ich mich hinter einem Fels versteckt hielt, stand der General mit seinem Stab, neben ihm eine Frau in einem prächtigen, roten Reitkleid, mit Gold bestickt... Rate wer es war?
- Sie ! -
- Sie !... Die Niederträchtige, die mir nicht nur die Liebe meines Mannes raubte, sondern auch die Farben mit denen allein ich berechtigt bin mich zu schmücken!...Du du behauptest ich hätte Wahnvorstellungen ? Was sagst du zu diesen Wahnvorstellungen ?
Aura senkte den Kopf.
- Wie jetzt du, so senkte auch ich beschämt den Kopf und heulend vor Wut trieb ich mein Pferd vorwärts, ließ es laufen, ohne zu wissen in welche Richtung es lief. Der Instinkt mehr als der Wille brachte mich zu dir.
Ohne dass ich es bemerkt hätte, hatten Peralta und Esquivel mich eingeholt und eskortierten mich.
Ah! Wie ärgerlich ist die Gegenwart von Zeugen, wenn wir die Schamesröte einer Beleidigung im Gesicht tragen. Jeder Blick, so wohlwollend er auch sein möge,erscheint uns wie blutiger Hohn und noch im zärtlichsten Satz fühlen wir die Stahlspitze der Verachtung.
Während die Gattin von Heredia sprach, hörte ihr ihre Begleiterin, die Stirn in den Händen, gedankenverloren zu.
- Aura! Ich habe dich betrübt, indem ich vor deinen Augen die stürmische Atmosphäre des Ehelebens ausbreitete, das auch bald das deinige sein wird!
Sprich. Deine Stimme wird die Wolken zerstreuen, die meine Seele verdunkeln.
- Ah! -, murmelte die junge Frau in tiefer Niedergeschlagenheit, - ich glaubte, das nichts die strahlende Gelassenheit zweier durch Gott in unendlicher Liebe, in einer einzigen Existenz verbunden, stören könnte.
- Auch ich glaubte zärtlich an diese köstliche Utopie, glaubte an die ewige Liebe Alejandros. Doch eines Tages erhob sich zwischen ihm und mir eine Wand aus Bronze, der fatale Einfluss dieser Frau. Das Misstrauen, der Hass und Unsicherheit machten sich in meinem Herz breit, bewohnten es und ließen keinen einzigen gesunden Gedanken dort zurück.
- Lüge ! Was ist mit dem, der uns vereint?
Juana führte die ihre Hand an die Lippen der jungen Frau.
- Oh meine Liebe! Ja. Dies war eine unberührte und friedliche Oase, in die man sich meine Seele gerne zurückzieht vor den Stürmen, die über sie hinwegtoben. Ah! Wie angenehm wäre es gewesen mit dir durch diese abgelegenen Täler streifen, über die so merkwürdige Geschichten erzählt werden. Bedingt durch welchen dummen Zufall treffe ich dich auf der Rückreise an? Warst du nicht auf der Suche nach jenem alten Heiler, der deiner Mutter die Gesundheit wiedergeben sollte?
Die junge Frau erblasste.
- Das ist kein Heiler -,  sagte sie mit tief gerührter Stimme, - es ist ein mysteriöses Genie, das versteckt in einem unförmigen Körper die Vergangenheit und die Zukunft kennt. Er wohnt in einer Höhle, am Rande eines Abgrundes, begleitet nur von einem Adler, der dort sein Nest hat.
Ein Gruppe von dichtbelaubten Mollen (Schinus latifolius) verdeckt den Eingang dieses rauhen Versteckes, wohin man nur gelangt, wenn man schreckliche Felswände hochklettert.
Als ich, meine Mutter mit den Schultern stützend, diese Höhle betrat, erschien mir die Szenerie die sich vor meinen Augen ausbreitete, die Laune eines Traumes und ich musste die Schläge meines Herzens messen um mich davon zu überzeugen, dass dies die Wahrheit ist.
In der Mitte der Höhle und vor einem Feuer, das von trockenen Gräsern, die scharfe und eigenartige Aromen versprühten, genährt wurde, war die Büste eines Mannes, dessen athletische Glieder die Farbe und den goldenen Glanz von Bronze hatten.
Eine lange graue Mähne und ein Bart von derselben Farbe standen im Kontrast zu dem schwarzen und jugendlichen Blick menschenscheuer und tiefen Augen, ganz wie die eines der Vögel, die neben ihm nisteten.
Jener muskulöse Torso, scharf wie durch den Schnitt eines Messers abgetrennt, schien in den roten Fels, auf dem er saß,  hineingemeißelt zu sein und ähnelte den Idolen der indianischen Pagoden, die in dem Granit ihrer Altare gefertigt sind. Die Flamme des Feuers stattete diese Fantasie mit einer solchen Wahrheit aus, das die Bewegung jener Lieder und das Atmen jener Brust ein den Mysterien der Höhle innewohnendes Wunder schienen.
Das merkwürdige Wesen, das wir vor Augen hatten, in ängstlichem Staunen am Eingang der Höhle stehend, hatte einen Berg von Blättern in unterschiedlichen Farben, Formen und Größen vor sich, die zu allen Arten von Bäumen der Schöpfung gehörten, vom Ombú der Pampa, bis zur Tara des Flachlandes, vom Cocotero aus Ecuador bis zu den Tannenbäumen aus den Schneeregionen. Doch diese Blätter waren frisch, waren erst vor kurzem von den Zweigen gepflückt worden.
Willkürlich griff er sich mit seinen Fäusten welche heraus, zog sie dann einzeln aus seiner geschlossenen Hand und warf sie ins Feuer, beobachtete aufmerksam die Flame, die sie hervorriefen und atmete das Aroma ein, das sie verströmten...
- Mein Gott ! -, sagte Juana, mit dieser Mischung aus Leichtigkeit und Sentimentalität, die für sie typisch war...
- Was hab ich da verpasst ! Eine Höhle ! Ein Monster ! Die Schreie eines mysteriösen Kultes! Welche Motive, um mich von meinen Leiden abzulenken! ...-
- Der Blick, gleichzeitig zurückhaltend und durchdringend, dieser von weißen Augenbrauen verdunkelten Augen erhob sich plötzlich und ward auf uns gerichtet.
In diesem Moment, tauchte zwischen der Faust seiner linken Hand, die die Kräuter umfasste und die die rechte herausriss das Blatt einer Zypresse auf.
Ein Ausdruck von Güte vermischt mit Schmerzen zeichnete sich in seinem Gesicht ab, ließ seine Stirn glatt werden, weilte in seinen Augen und wanderte zu den Lippen, wo er sich zu einem traurigen Lächeln formte. Er warf das Blatt ins Feuer und rief uns mit einem Zeichen zu sich.
Er ließ meine Mutter auf einem Stück Felsen Platz nehmen und wandte sich dann mir zu, die, beherrscht von einem Gefühl der Angst, das Knie vor ihm beugte:
- Ich weiß, was du von mir erbittest, schönes Mädchen -, sagte er mit harmonischer und tiefer, wie das Läuten einer Glocke klingenden Stimme. Ich lese in deinem Herzen: Du vertraust und hoffst. Doch wisse, das keine menschliche Wissenschaft ein schwarzes Pferd in ein weißes verwandeln
wird, und auch keinem durch Blitzeinschlag verwundeten Baum seinen Saft zurückgeben wird.
- Was! -, rief ich schluchzend -, - du, der du soviele Wunder vollbracht hast, wird meiner Mutter nicht die verlorene Gesundheit zurückgeben? Schau sie dir an, kein Krankheit beschwert sie, außer dieser merkwürdigen Schwächung, die jeden Tag wächst, ohne erkennbaren Grund! -
- Daran wird deine Mutter nicht sterben. Sterben werden sie aufgrund eines anderes Leidens, das dieses erst hervorgerufen hat und das sie schließlich ersticken wird. Dieser Schmerz wohnt in der Seele und nennt sich Sorge der Mutter. -
- Du irrst dich! - , rief ich aus, - Ich vergöttere sie, habe bis heute mein ganzes Leben ihr gewidmet und sie ist mit mir zufrieden. Ist es nicht so, meine Mutter ? -
- Im Gegenteil -, antwortete er und streckte seine kupferfarbene und faltige Hand über dem Kopf meiner Mutter aus. Er legte sie auf ihre eiskalte  Stirn und sagte, - ganz im Gegenteil: Jetzt ruht sie sich aus. Wie oft hat sie sich in den Nächten, in denen sie keinen Schlaf finden sich diese
kurzen Zustände der Bewußtlosigkeit herbeigewünscht, die den Geist in den Limbus des Vergessens schicken! Glaub mir: Lass sie noch einige Minuten in dieser Lethargie, aus der sie erwachen wird, um zu leiden. Das einzige, was ich ihr geben kann ist die Fähigkeit,  diesen Dämmerzustand, der für
sie Glückseligkeit bedeutet, nach ihrem Wunsch herbeizurufen und zu verlängern. -
Während er so sprach, nahme er aus seiner Brust eine gut verschlossene Phiole aus Silber, öffnete sie und ließ mich das Aroma einatmen, das sie enthielt.
Doch kaum hatte ich die Phiole in meinen Händen, ward ich betört von einem Geruch, der sowohl sanft wie auch durchdringend war und der sich in der  Atmosphäre ausbreitete, mein Gehirn durchdrang und allen Objekten, die mich umgaben eine blaue Farbe gab.
Dann sah ich, wie sie am weitest entfernten Horizont verschwanden und sich in einem dunklen Dunst verloren, der sich langsam ausbreitete, bis er mich schließlich wie ein lauer und aufregender Dampf erreichte.
Ein unaussprechliches Wohlergehen durchströmte mein ganzes Wesen, das mich wie losgelöst von der Erde, wie wenn es sich in den aus Dampf bestehenden Wellen eines rötlichen und durchsichtigen Äthers wiegen würde, erschien. Schlief ich? Wachte ich? Halluzinierte ich?
Ein Hauch der mein Gesicht traf, schwach und kalt, zerstreute jenen Zustand der Extase. Auf einmal stand ich wieder aufrecht auf meinen Füßen, in der gleichen Haltung, die ich innehatte, als ich die Phiole erhielt. Diese jedoch befand sich nun in den Händen meiner Mutter, an die der Alte
folgende Worte richtete.
- Den Schmerzen der Seele, der Tod oder das Vergessen. -
Er zeigte dabei auf die Phiole, die meine Mutter an die Brust gedrückt hielt mit einer hingebungsvollen Inbrunst:
- Was dich angeht, Kind -, fügte er hinzu, den Glanz seiner Augen gemildert durch ein Ausdruck von Barmherzigkeit, - werde ich dir nichts weiteres mehr sagen: Geh in Frieden, denn ab heute wird der Frieden aus deiner Seele gewichen sein. Doch eines sage ich noch: Entferne dich und komme nie wieder. Der Schatten, denn du erleuchten willst, birgt Abgründe, die dich schwindeln ließen vor Schrecken.-
Dann folgte uns der Indio, unbeweglich wie der Fels, der ihm als Sitz diente, mit einem schmerzerfüllten Blick bis wir die Höhle verlassen hatten.
Die Stimme der jungen Frau war so traurig geworden, dass ihre Freundin, ungeachtet ihrer stechenden Erregung, sich diese Geschichte in tiefem Schweigen angehört hatte.
- Als wir die Gruppe der Mollen durchschritten, die den Eingang zur Höhle versteckten -, fuhr die junge Frau fort, - atmete meine Mutter gierig die frische Luft der Berge ein. Atmetet, als ob ein großes Gewicht von ihr genommen worden wäre und ihre Beine, die vorher so schwach und unbeweglich
waren, trugen sie jetzt mit Leichtigkeit und Sicherheit über den steilen Rand der Abgründe. Von Zeit zu Zeit hielt sie inne, um die mysteriöse Phiole zu betrachten, die sie versteckt in ihrem Busen trug und ein Lächeln der Hoffnung umspielte ihre Lippen. Innerhalb einer Stunde hatte sich dieser Körper
vollkommen gewandelt.
Doch diese Belebung, diese Erleichterung, die ich mir für sie gewünscht hatte und für die ich bereit gewesen wäre mit meinem eigenen Leben zu bezahlen, verströmte jetzt in meiner Seele eine schmerzliche Unruhe, denn ich verstand, dass allein die Hoffnung auf einige Stunden der Bewußtlosigkeit,  in denen sie dieses unbekannte Martyrium, von dem der Alte in der Höhle gesprochen hatte und nach dem ich in meiner eigenen Seele forscht ohne etwas anderes als Liebe und Hingebung zu finden,  nicht spürte, der einzige Grund dieser Hoffnung war.

- Ich werde es herausfinden - , sagte ich niedergeschlagen durch die schmerzlichsten aller Zweifel: Den Zweifel an sich selbst, - ich werde es herausfinden. Ich werde mein Herz zerstören wenn sich dort ein Gefühl findet, dass dir Leid verursachen könnte, meine liebe Mutter! -
Nachts, als das Tal von Iruga im tiefen Schweigen lag, erhob ich mich vom Bett, wo ich mich in allen Kleidern niedergelegt hatte. Auf meine Schritte acht gebend, ging ich um den Schlaf meiner Mutter zu belauschen. -
Ich fand sie gelehnt an die Kissen eine Sofas, unbeweglich und, so schien es, im tiefsten Schlummer. Auf ihren Lippen und in ihren halboffenen Augen sah man ein süßes Lächeln und auf ihren Wangen breitete sich der rosarote Teint der Gesundheit aus, der schon seit so langer Zeit
aus diesen geflüchtet war.
Ich berührte ihre Stirn, die frisch war, neigte mein Ohr über ihre Brust, die sich sanft unter den gekreuzte Händen, die die Phiole des Alten aus den Bergen umfassten,   hob, wenn sie atmete.
Wie glücklich schien sie in diesem Traum, der einer Extase glich. Und doch, sagte ich mir betrübt, ist dein Gesicht so abgemagert, deine Hände so durchsichtig, deine Augen so nach innen gewandt und von einem blauen Kreis umringt. Was ist dieser mütterliche Schmerz, von dem der Alte
sprach und der über dem Kopf deiner einzigen Tochter lastet? Oh! Wenn ich es doch nur wüsste.
Alleine, mich in der Dunkelheit vorantastend, lenkte ich meine Schritte in Richtung der Berge.
Als ich in die Gruppe der Molle eindrang, streifte der mächtige Flügel eines Vogels mein Gesicht, entriss mir einen Schrei, der in der Ferne von einer dumpfen Stimme wiederholt wurde. Es war das Echo.
Ich fand den Alten unbeweglich am selben Platz, vor dem Feuer. Doch jetzt las er beim rötlichen Schein des Feuers ein riesiges Buch, das mit merkwürdigen Zeichen bedeckt schien.
- Was willst du von mir? - , rief er aus, während er den Blick vom Buch hob und mich mit einem strengen Blick betrachtete.Verschwinde, mach dich auf den Weg zu gehen, der vor dir liegt und verlange nicht die Abgründe zu sehen, die er birgt.
- Und wenn ich sterben müsste -, antwortete ich ihm, ich will wissen.
Der Alte schaute mich an mit einem Ausdruck von Barmherzigkeit.
- Was willst du wissen? -, fragte er mich, mit gefurchter, wie von einem Schmerz durchdrungener, Stirn.
Du verkennst, das Wissenschaft und Schmerzen Synonyme sind im Buch des Lebens. Verschwinde! Ein paar glückliche Tage sind  viel im Schicksal der Menschen. Warum willst du sie verkürzen?
- Du selbst hast es gesagt: Der Frieden ist ab heute immer aus meinem Herzen gewichen. Nun gut. So sei es denn! Enthülle mir diesen unbekannte Horizont, wo die Unwetter brüllen, die mein Leben durchziehen werden. Ich will sie sehen.
- Vorausschauen ! Nachforschen ! Wissen !... Dann erfülle diese unheilbringende Sehnsucht, die dein Rasse ins Verderben gestürzt hat! Schau.
Mit der einen Hand hob er einen gewaltigen Fels, mit der anderen Hand wies er mich an, mich über dem Loch, eine dunkle Öffnung, in deren Grund im Licht des Feuers eine Pfütze aus schwarzem und tiefem Wasser glänzte,  das der Fels hinterlassen hatte, zu bücken.
- Was siehst du ? -, fragte eine Stimme, die mir aus dem kurvigen Gewölbe der Höhle zu kommen schien. Ich antwortete, zögernd, von einer unbekannten Macht in Besitz genommen: Nichts, außer einem rötlichen Schein, der in der Finsternis flackert.
- Dies ist ein großer See aus Blut, der die Vergangenheit von der Gegenwart trennt - , antwortete er. -Schau!-
Ich hörte den Schrei eines Adlers, spürte den Wind seiner Flügel, aber die Höhle war leer: Der Alte war verschwunden  und ich hörte nur eine Stimme, welche sagte. - Sei gegrüsst, Königin des Äthers!. Was bringst du? Ah! Ja: Hier habe ich die Blätter, die den Saft aller Regionen haben und die durch Kombination die Macht haben, das Gespenst der Zukunft zu enthüllen. Schau.
Die Höhle wurde erleuchtet von einem Licht, das sich aus den Strahlen des Prismas zusammensetzte. Ein dichter, scharfer und durchdringender Rauch erfüllte den Raum, teilte sich auf in merkwürdige Gruppen, die, angestrahlt von diesem eigenartigen Licht, das von dem Feuer herstrahlte, plötzlich
die Form einer Landschaft annahmen. In einer düsteren Weite erhob sich ein mit Laub bedeckter Berg. Zu ihren Füßen glänzten in weißlichem Licht die Dächer einer Stadt, an seinem Abhang, am Rand einer Quelle, war ein schwarzer und tiefer Brunnen.
- Kind - , rief Juana, indem sie ihre Freundin unterbrach, - könnte man nicht sagen, dass du den Glockenturm von Salta gesehen hast? Die Stadt, den Gipfel von San Bernardo, seinen grünen Hang, den Brunnen von Yocci, der einen so furchteinflößenden Ruf hat, mit dem die Ammen uns soviel
Furcht einflößen.-
- Ich betrachtete all dies -, fuhr die junge Frau fort, - wie durch den flatternden Dampf, der auch aus dem Mund eines Schornsteins quillt. Plötzlich  vibrierte in der Luft eine unbekannte Stimme, doch diese berührte mein Herz wie die Stimme eines mir nahe stehenden und geliebten Menschen.
Ein schrecklicher Fluch, auf den ein Schrei folgte, ließ sie verstummen. Ich sah in der Tiefe des Brunnen, über den ich mich in einer merkwürdigen Faszination gebeugt hatte, mein eigenes Gesicht, eingerahmt von Schleier der Witwen, doch blass, starr und die Brust aufgeschlitzt von einer breiten
Wunde.
Der Adler stieß einen düsteren Schrei aus. Der Wind löschte die Flamme des Feuers und die Dunkelheit breitete sich in der Höhle aus. ...
Unter dem Eindruck einer großen Müdigkeit erwachte ich plötzlich. Befand mich in meinem Bett, die Haare feucht vom Tau, die Füße zerquetscht, die Kleider, in die noch die Dornen der Büsche  verhakt waren, in Fetzen. Das Emblem der Föderation hatte sich aus der Bruststickerei gelöst und seine roten Bänder hingen über meinem weißen Rock wie Blutfäden.
Was war mir zugestoßen in jener Nacht? Eine Halluzination? Oder ist es wirklich passiert?
Die Stimme meiner Mutter, die nach mir rief, änderte den Gang meiner Gedanken. Was war der Schmerz, der ihre Seele bedrückte, dessen Grund ich  beim Alten der Berge zu erfahren suchte, der Grund, bei dem ich mich, in meinem Bemühen, darüber etwas in Erfahrung zu bringen, mich noch
tiefer in der Finsterniss verstrickte, meinen Geist in ein Chaos aus Zweifel und Terror stürzte?
Ich fand meine Mutter in aufgeräumten Stimmung, leicht, voller Leben. Sie lachte anmutig. Doch als ich sie fragte, was die mysteriösen Worte des Indios zu bedeuten hätten, versiegelte sie meine Lippen mit einem Kuss und trug mir auf, dass ich alles Nötige für unsere Rückreise veranlasse, denn
des Nachts hatte uns die Nachricht erreicht, dass eine bolivianische Truppe, von den Haudegen einer Verschwörung die man in Iruya organisierte, gerufen,
sich näherte.
Diesen Morgen, als wir das Tal auf einem abseitigen Pfad verließen, sah ich in der Ferne die Felswand und die Gruppe von Mollen, hinter der sich die Öffnung zu der Höhle verbirgt. Ein schwarzes Knäuel stand regungslos über der Spitze jener Bäume. Es war der Adler der Höhle, der seit kurzem  in großen Kreisen über unseren Köpfen und dabei rauhe Schreie ausstieß, die das Echo der Felsen zurückwarf.
- Das ist eine Legende, eine herrliche Legende! -, rief Juana. - Mein Gott! Was ich da verpasst habe! Warum bin ich so spät gekommen? Ich hätte den Weisen nicht nach der Zukunft gefragt, ich hätte ihn um die Macht gebeten zu bestrafen: Eine Axt, deren Strahlen vernichten in meiner Hand! -
- Meine treue Freundin, vergeblich versuchst du zu scherzen: Dein Hand ist feucht und eiskalt. -
- Das ist aus Wut. Oh! Ich werde eines Tages zu diesem Mann gehen, werde ihn darum bitten, mir zu offenbaren, wie die Niedertracht, der Verrat an die zu Füßen des Altars abgeleisteten Gelübde enden! -
- Fühlen Sie sich nicht versucht, dieses Gewisper der Frauen zu imitieren? - , fragte plötzlich der Koronel Peralta seinen jungen Kumpanen.
- Ja, tatsächlich mein Koronel, aber sie schienen so in sich gekehrt ! -
- Erinnerungen, die mit dieser Gegend verbunden sind, die ich früher der Nachhut des Feindes folgend durchstreifte. -
- Bald werden wir sie wieder in derselben Situation finden. -
- In derselben Situation! Oh! Nein: Das war ein heiliger Krieg. Dies ist ein Bruderkrieg. Was hat der eine mit dem anderen gemeinsam? -
- Das ist wahr, entschuldigen Sie Koronel: Es war nicht meine Absicht diese ruhmreiche Epoche mit irgendetwas zu vergleichen. Ich respektiere sie, verehre sie und um nicht weiter durch Geschwafel ihr ruhmreiches Gedenken zu beflecken, lasst uns unserem Gespräch eine andere Richtung geben... Wer ist also diese junge, schöne Frau? Ihr Gesicht, das die Nacht mir verdeckt, muss göttlich sein, wenn es ihren zauberhaften Umrissen
entspricht.
- Es ist eine exotische Blume, die durch eine jener schönen Fluchtversuche zurückgelassen wurde, die sie am Ende des Banners mit zwei Löwen zurückließen - antwortete Peralta, dessen Lieblingsthema die Chronik jener Zeiten war. Der Vater dieses Mädchens, ein höherer Offizier im königlichen Heer, der in Ayacucho starb war ein Adeliger, dessen Titel eine interessante Geschichte hat.
Der König Ferdinand VII, dessen Leidenschaft die Kraftspiele waren, tat sich besonders im Speerwurf hervor und im ganzen Königreich gab es niemanden, der ihm überlegen war.
Eines Tages sagte man ihm, dass es in der Nähe von Pamplona einen Hirten von solcher Kraft in dieser Übung gäbe, dass er nicht nur alle Spieler der Gegend bezwungen hatte, sondern auch alle, die von weit her gekommen waren, um ihn herauszufordern.
- Man möge ihn hierher bringen! -, rief Fernando und noch in derselben Stunde machten sie Boten auf, den Hirten zu suchen, der an den Hof gebracht und dem König vorgestellt wurde.
Es war ein junger Mann von schönem Antlitz, vollendeter Gestalt, kräftig und mit einer arroganten Attitüde. Sein Blick auf den König zeigte, dass sich  hier zwei Mächte gegenüberstanden.
Inmitten des königlichen Hofes machte er sich über das akademische Gehabe seines königlichen Rivalen lustig und der Speer des Hirten ließ, nachdem das Match begonnen hatte, den des Königs weit hinter sich. Nachdem sein Sieg feststand, gürtete der Sieger erneut seine Hirtentasche
und nahm seine Hirtenstab in die Hand. Der Besiegte riss ihn ihm aus den Händen.
- Du hast dich mit deinem König gemessen -, sagt er ihm, - und kannst nun nicht wieder ein gewöhnlicher Untertan sein. Graf von la Barra (Speer), du bist geadelt und ein Ritter. Cousin -, fuhr er an den Graf de Alba gerichtet fort, - gürte ihm das Schwert aus Gold um. -
Doch der Hirte schaffte es bis zum Grafen und nach Heinrich IV machte kein Bourbone mehr seinem Schild und Schwert soviel Ehre.
Er kam nach Amerika um dort einen hohen Posten im spanischen Heer einzunehmen und überreichte die Krone der Gräfin  einer schönen Tochter aus Salta und einem sturen Sarazenen, der seine Familie hinter dem Herr von Pezuela herschleifte und über den Leichnam seines eigenen Sohne schritt. Denn in diesem Gotennest blühte ein Held des Patriotismus...Teodoro.
Der junge Gesprächspartner von Peralta nützte die Gefühlsaufwallung, die jenen übermannte um zu sagen:
- Ich behaupte, dass die Tochter des Hirten nicht nur dem Schild der Barra würdig ist, sondern, wegen ihrer würdigen Haltung und der königlichen Geschicklichkeit, mit der sie dieses temperamentvolle Pferd führt, auch des Thrones der Isabel. -
- Stück für Stück, mein Freund! Verschieße dein Pulver nicht um denTriumph eines anderen zu feiern. -
- Und wer soll dieser glückliche Sterbliche sein ? -
- Aguilar, der heute bedeutendste Koronel: Der Mutigste der mutigen Kinder von Corrientes. Es würde mir gefallen, diese junge Frau zu lieben, um einen Rivalen wie ihn zu haben. -
In diesem Moment erschien der Mond auf den Gipfeln der Berge und beschien die Landschaft und die Karavane.
- Ah! -, entfuhr es dem Ofizier, - diese vornehme Aura war der Stern von Salta, diese wunderschöne Aurelia, die uns bei der Feier, die anläßlich unserer Ankunft mit der Armee von Tucumán veranstaltet wurde, mit ihrem Tanz blendete. Ich sah sie nur einen Moment, denn um 12 Uhr nachts hab ich
mich auf den Weg nach Jujuy gemacht um einen Auftrag zu erfüllen. Genau in diesem Moment tanzte sie mit Aguilar und alle tanzenden hielten inne um dieses schöne Paar zu betrachten. Er in seiner orientalischen Tracht, sie in ihrem roten Kleid mit weißem Gase, gekrönt von Blumen und ihrem blonden, gelockten Haar, das wie eine Wolke aus Gold dahinfloss. - Achten Sie auf den Unterschied zwischen dieser Schönheit mit blondem Haar und blauen Augen und der dunklen, brennenden und ausdrucksstarken Schönheit der Generalität. - - Sie hat Augen wie Flammen und schwarze Locken, die von der Sonne Afrikas gekräuselt scheinen. -
- Wie lebendig sie ist! Und die Leichtigkeit ihrer Bewegungen lassen eine Leidenschaftlichkeit vermuten, die noch einen Panther  vor Neid würde erblassen lassen.  - Diesen Nachmittag zum Beispiel...-
- Ruhe ! -
- Wie blass unsere Herrin ist! -, sagte einer der Pagen zum anderen, mit den Augen auf den Tragestuhl weisend, dessen durch die Luft halbgeöffnete Gardinen ein abgemagertes Gesicht zeigten, bedeckt mit einer tödlichen Blässe, deren feine Gesichtszüge und ein geradezu akademischer Schnitt
noch von der ehemals großen Schönheit kündeten. -
Die weiße Stirn und die eingedrückten Schläfen lagen kraftlos auf den aufgelockerten Federn eines Kissens, rührten sich nur von Zeit zu Zeit, wie durch den Enfluss eines schmerzlichen Traumes.
Auf der Höhe der Wange auf dem  Kopfkissen ruhend, umfasste eine weiße und wie von Wachs durchsichtige Hand eine Phiole aus Silber.
- Ah ! -, fuhr der Untergebene mit einem betrübten Tonfall fort, - so sehr man sich auch durch die Kraft der Liebe getrieben, betrügen will, die Wahrheit springt in die Augen, um ihr das Herz zu brechen.
- Dies ist in einem weit entfernten Ereignis begründet -, erwiderte der andere, traurig mit dem Kopf schüttelnd.  - Seit die Herrschaft gesehen hat, wie ihr Bruder getötet wurde, hat sie keinen guten Tag mehr, so sehr auch das Glück sich bemühte, ihr alle Güter zur Verfügung zu stellen. Reich und verheiratet mit einem Mann mit Titel und begütert, der sie liebte, durchstreifte sie die prächtigen Gegenden von Perú, immer betrübt.  Durchstreifte die Städte, die Gegenstand zauberhafter Legenden sind: Chuquisaca, Potosí, Cuzco, Lima, mit einem Herz voll von Trauer, schauend ohne zu sehen.
Als das Mädchen geboren wurde, kam ein bisschen Fröhlichkeit zu Besuch zu ihr zurück. Und auch dann noch, weinte sie nochmal, den Blick von der unschuldigen Kreatur abwendend, als ob es ihr schwerfiele sie zu ernähren...
In diesem Moment betrat die Karavane, die sich bislang in einem Engpass befunden hatte, plötzlich das Tal von Tilcara.
- Das ist der Ort, wo wir die Extremeños verhackstückten -, schrie Peralta auf einmal, entzückt vor Begeisterung. Seine Hände zeigte auf ein trockenes und steiniges Flussbett eines Flusses, das in einem Winkel des Tales eingeschlossen war. In dieser Vertiefung haben wir ihnen eine so starke Ladung  verpasst, dass nicht ein einziger davongekommen ist und noch bevor sie sich orientieren konnten, hatten unsere Lanzen sie schon an die Felsen genagelt.
Ein schmerzerfüllter Schrei antwortete auf diese Worte.
- Meine Mutter! - rief die junge, blonde Frau und trieb ihr Pferd vorwärts, beugte sich über den Tragestuhl.
- Schlaf -, sagte sie, als sie die Stirn der Kranken berührte.
- Ohne Zweifel, wie tief ihr Schlaf auch sei, sie nimmt wahr, was in ihrer Umgebung gesprochen wird und wenn es etwas ist, was ihr Schmerzen bereiten kann, seufzt und schluchzt sie, wie gerade eben.
- Verflucht sei der ewige Schwätzer und seine ranzigen Geschichten! -, sagte die lebhafte Brünette mit einem komischen Verdruss, - schade, dass es Gott diesen armen Extremeños nicht erlaubt, plötzlich zu erscheinen, vollständig bewaffnet um von ihm die Rechnung für ihre durchlöcherte
Haut zu fordern.