- VII -
El canje
En el mismo instante, como evocados por las palabras de Juana, veinte jinetes bien montados y armados de pistolas y espadas, salieron de repente de la hondonada que señalaba Peralta, y antes que éste y su compañero (exactamente como aconteció a los extremeños) pudieran reconocerse, los envolvieron, los desarmaron, ligaron a la espalda sus manos, a pesar de su rabia, y los ataron inmóviles sobre sus propios caballos.
Juana se adelantó resueltamente hacia el jefe del misterioso escuadrón.
-¿Con qué derecho os atrevéis a poner la mano sobre hombres libres que llevan su camino?
-¿Contáis por nada el derecho de represalias? -respondió éste con una voz que hizo estremecer a Aurelia, sin que pudiera acordarse donde la había oído otra vez; y por una extraña coincidencia, allá en el fondo de la silla de manos, una fuerte emoción sacudió el cuerpo desfallecido de la enferma, y un débil grito se exhaló de su pecho, y sus párpados cerrados se agitaron.
-Yo deploro, señora -continuó el jefe-, deploro profundamente la necesidad que me obliga a usar de descortesía y aun de rigor con seres por quienes mi respeto es un verdadero culto.
-¡Cobardes! -exclamaron a la vez Peralta y su joven compañero, haciendo esfuerzos para romper sus ligaduras.
-Una mordaza a esos hombres -dijo el jefe volviéndose a los suyos-. Y en cuanto a las señoras, ruégolas que nos sigan sin intentar resistencia.
-¡Dios mío!, ¿y mi madre? -gritó Aurelia, arrojándose del caballo y corriendo a colocarse delante de la enferma.
El jefe se conmovió a pesar suyo. Echó pie a tierra y se acercó a la joven.
Entonces por primera vez ambos se miraron.
Dios solo conoce el misterio de esas simpatías repentinas, atracción invencible que arrebata el alma en un acento, en una mirada, y obligó a la joven y al desconocido a llevar la mano al corazón para interrogarlo.
-¡Comandante Castro! -gritó uno de aquellos hombres-, ¡un desfile en la altura! -y señaló el barranco que se alzaba a pico sobre el cauce del torrente.
En efecto, al borde del precipicio desfilaba un destacamento equipado de armas mixtas que brillaban a la luz de la luna. Al centro iba un hombre desarmado y cabizbajo, seguido de una mujer. Reconocíasele en un vestido blanco y la larga cabellera que descendía flotante de su cabeza desnuda.
-¡Son ellos! -exclamó el comandante-, he ahí Lucía; he ahí su padre. Compañeros, diez hombres para guardar a los prisioneros, y el resto conmigo, a escalar esta muralla.
-¡Quién vive! -gritó de lo alto una voz sonora, que arrancó a Aurelia un grito de alegría.
-Bolivia y su gente, en busca de los incendiarios -respondió el comandante Castro. A esa voz, la mujer vestida de blanco intentó arrojarse al precipicio; pero la detuvo el hombre que iba detrás.
-¡Fuego! -gritó la voz que había dado el ¡quién vive!
-Deteneos en nombre del cielo -exclamó Aurelia-. Estoy prisionera con mi madre y...
-Y la esposa del general Heredia -dijo Juana acabando la frase-. Querido Aguilar, no añada usted una onza de plomo a nuestra pesante malaventura.
Cuando Juana decía estas palabras, oyose un ruido semejante al derrumbe de un peñasco; y entre una nube de polvo, cayó más bien que apareció, un jinete con espada en mano, montado en un fogoso corcel, vestido con un traje pintoresco, bello, majestuoso, terrible, que mirando en torno con ojos centellantes, se arrojó al centro del grupo, erizado de espadas desnudas, que lo amenazaban, procurando llegar al sitio donde se hallaban las prisioneras.
Castro le salió al encuentro. -Nadie ose tocar a ese hombre -dijo volviéndose a sus compañeros-, es mío.
-¡Ah! ¿eres tú el jefe de esos raptores? -interrogó el uno.
-¡Ah! ¿eres tú el jefe de esos bandoleros? -repuso el otro; y las espadas se cruzaron.
Aurelia se arrojó entre ellos y los separó.
-¡Qué vais a hacer! -exclamó-. ¿Mataros? ¡Qué locura! La muerte de Aguilar, señor -continuó volviendo hacia Castro su dulce mirada-, sería la sentencia de aquellos que viene usted a salvar. En cuanto a la del jefe de la fuerza que nos tiene en su poder, no te diré que sería seguida de la tuya, Aguilar; tú no temes la muerte, pero ¿querríais dejarme sola en este mundo donde nos espera la dicha en ese nido de flores que tú sabes?
Aguilar, subyugado por esas seductoras imágenes bajó su espada, y dijo con un acento tierno que contrastaba con su belicoso porte:
-Pues lo quieres, amada de mi corazón, sea. ¿Qué debo hacer?
Aurelia volvió hacia Castro una mirada suplicante. El joven ahogó un suspiro, bajó también ante ella su espada, y murmuró con una voz tan baja que sólo la oyó el corazón de Aurelia.
-Pues lo quieres, ángel del cielo, ¡cúmplase tu voluntad!
-Gracias, valientes caballeros -exclamó la joven, tendiéndoles las manos con una expresión tan afectuosa para ambos, que algo parecido a una sombra cruzó por las negras pupilas de Aguilar.
-¡Y bien! -continuó la joven-, las leyes de la guerra permiten a los prisioneros la esperanza de la libertad por medio del canje: cambiad, pues, los nuestros y separémonos amigos y felices.
Pocos momentos después los dos destacamentos se reunieron, y efectuando el canje, los unos subieron la cuesta de Oquia; los otros descendieron a lo largo del valle para tomar el hondo camino que conduce a Ornillos; no sin que los negros ojos del comandante Castro se volvieran con frecuencia para buscar unos ojos azules que le enviaban una sonrisa. Por eso, sin duda, los de la bella hija del gobernador de Moraya, se bajaron para no levantarse más...

 

- VII -
Der Austausch
Genau in diesem Moment, als ob sie von den Worten Juanas herbeigerufen worden wären, tauchten plötzlich zwanzig gut ausgerüstete und bewaffnet mit Pistolen und Schwerter in der von Peralta bezeichneten Vertiefung auf und noch bevor dieser oder sein Kumpane (ganz wie es einst den
Extremeños ergangen ist) noch Gelegenheit gefunden hätten sich zu orientieren, umzingelten sie sie, entwaffneten sie, banden ihre Hände, ungeachtet deren Wut, hinter dem Rücken zusammen und fesselten sie unbeweglich auf ihre Pferde.
Juana ging entschlossen dem Chef des mysteriösen Schwadrons entgegen.
- Mit welchem Recht erlaubt ihr euch, Hand anzulegen an freie Menschen, die ihres Weges gehen? -
- Zählt das Recht auf Represalien nichts? -, antwortete dieser mit einer Stimme, die Aurelia erzittern ließ, ohne dass sie sich hätte erinnern können, wo sie diese Stimme schon einmal gehört hatte und aufgrund eines merkwürdigen Zufalls, durchrüttelte, dort, in dem Tragestuhl, ein starker
Gefühlsaubruch den geschwächten Körper der Kranken und ein leiser Schrei löste sich aus ihrer Brust, ihr geschlossenen Augenlieder begannen zu  zucken.
- Ich bedauere -, fuhr der Chef fort, - bedaure zutiefst die Notwendigkeit, die mich zwingt, Wesen gegenüber, denen ich Respekt zolle, der einem Kult ähnelt, so unhöflich sein zu müssen.
- Feiglinge! - schrieen gleichzeitig Peralta und sein junger Kumpane, während sie versuchten, sich von ihren Fesseln zu befreien.
- Ein Knebel für diese Leute -, sagte der Chef, sich den seinen zuwendend. - Und was die Damen angeht, bitte ich sie, dass sie mir ohne Widerstand folgen.
- Mein Gott! Und meine Mutter? -, schrie Aurelia, sich vom Pferd stürzend und sich neben die Kranke stellend.
Der Chef ward, ganz gegen seinen Willen, gerührt. Er stieg ab und näherte sich der jungen Frau.
Da sahen sie sich zum ersten mal an.
Gott allein kennt das Mysterium dieser sofortigen Sympathien, dieser unbezwingbaren Anziehung, die die Seele durch eine Stimme, einen Blick mitreisst und die die junge Frau und den Unbekannten veranlasste, die Hand auf das Herz zu legen, um es zu befragen.
- Kommandant Castro ! - , rief einer der Männer, - ein Aufmarsch in der Höhe! -. Dabei zeigte er auf eine Schlucht die sich unmittelbar über dem Flussbett des Flusses erhob.
Tatsächlich marschierte am Rand des Abgrundes eine mit unterschiedlichsten Waffen, die im Mondlicht glänzten, ausgestattete Truppe. In der Mitte ging ein unbewaffneter Mann mit gesenktem Kopf, gefolgt von einer Frau. Man erkannte sie an ihrem weißen Kleid und an ihren langen Haaren
das von ihrem unbedeckten Kopf floss.
- Sie sind es! - rief der Kommandant, - das ist Lucía, das ist ihr Vater. Kumpane, zehn Männer für dei Bewachung der Gefangenen, der Rest mit mir, die Mauer hochklettern. -
- Wer ist da ! -, rief aus der Höhe eine volle Stimme, der Aurelía eine Freudenschrei entlockte.
- Bolivia und seine Leute, auf der Suche nach den Brandstiftern - antwortete der Kommandant Castro. Bei dieser Stimme, versuchte die weiß gekleidete Frau sich in den Abgrund zu stürzen, der Mann jedoch, der hinter ihr ging, hielt sie zurück.
- Feuer! - , schrie die Stimme, die vorher - wer da - gerufen hatte.
- Haltet ein, im Namen des Himmels -, rief Aurelia, - ich bin mit meiner Mutter gefangen und ....-
- Und die Frau des Generals Heredia -, schrie Juana, den Satz zu Ende führend -. Lieber Aguilar, fügen sie keine Unze Blei zu unserem schwerwiegenden Missgeschick hinzu.
Als Juana diese Worte sagte, hörte man einen Krach ähnlich dem eines umstürzenden Felsens und inmitten einer Staubwolke, fiel vielmehr als dass er erschien ein Reiter mit dem Schwert in der Hand auf einem feurigen Streitross, bekleidet mit einem pittoresken Anzug, schön, majestätisch, schrecklich,
der, mit seinen blitzenden Augen um sich schauend, sich gegen das Zentrum warf, das aus blanken, ihn bedrohenden Schwertern errichtet war, und der versuchte dahin zu gelangen, wo sich die Gefangenen befanden.
Castro ging ihm entgegen. - Niemand wage es, diesen Mann zu berühren -, sagte er zu seinen Kumpanen gewandt, - er gehört mir -.
- Ah! Du bist also der Chef dieser Entführer? -,  fragte der eine.
- Ah! Du bist also der Chef dieser Banditen? -, antwortete der andere und die Schwerter kreuzten sich.
Aurelia warf sich dazwischen und trennte sie.
- Was werdet ihr tun? -, rief sie, - euch töten ?  Welch ein Wahnsinn! Der Tod Aguilars -, fuhr sie an Castro gewendet fort, - wäre das Urteil für jene, welche ihr zu retten wünscht. Was den Chef der Macht angeht, die uns gefangen hält, werde ich dir nicht sagen, dass sie der deinen folgen wird,
Aguilar. Tu fürchtest den Tod nicht, doch willst du mich alleine lassen in dieser Welt, wo uns das Glück des Nestes aus Blumen erwartet, das du kennst? -
Aguilar, von diesen verführerischen Worten gerührt, senkte sein Schwert und sagte mit einer zärtlichen Stimme, die mit seinem kriegerischen Auftreten in Kontrast stammt:
- Was du willst, geliebte meines Herzens, soll geschehen. Was soll ich machen? -
Aurelia wandte sich mit einem bittenden Blick Castro zu. Der junge Mann unterdrückte einen Seufzer, senkte ebenfalls sein Schwert und murmelte mit einer so leisen Stimme, dass nur das Herz von Aurelia sie hören konnte.
- Alles was du willst, Engel des Himmels, dein Wille geschehe! -
- Danke, tapfere Ritter -, rief die junge Frau, ihnen die Hände mit einem für beide so herzlichen Ausdruck aussteckend, dass so etwas ähnliches wie ein Schatten  die Pupillen von Aguilar durchkreuzte.
- Also gut! - , fuhr die junge Frau fort, - die Gesetze des Krieges erlauben den Gefangenen die Hoffnung die Freiheit durch einen Austausch wiederzuerlangen: Tauscht also eure aus und wir trennen uns als Freunde und glücklich. -
Nur wenige Augenblicke später vereinigten sich die zwei Truppen und der Austausch wurde durchgeführt. Die einen stiegen den Hang von Oquia hinauf, die anderen stiegen das Tal hinunter, wobei die schwarzen Augen des Kommandante Castro oft zurückschauten um die blauen Auge zu suchen,  die ihm ein Lächeln sendeten,  um in den tiefen Weg, der nach Ornillos führt einzubiegen. Deswegen senkten sich die Augen der hübschen Tochter des Gouverneurs von Moraya für immer und erhoben sich nie wieder.