- X -
La conspiración
-Caballero de las aventuradas empresas -dijo un día Braun al comandante Castro-. ¡Vaya una misión de gusto del usted!
-Órdenes de ese género no los haga usted esperar, mi general -respondió Fernando con extraños latidos de corazón.
-Lea usted esa comunicación recibida hoy.
-Los descontentos nos llaman, ¡y en Salta se trama una conspiración! ¡Qué dicha! Mi general, ¿qué debo hacer?
-Marchar allá de incógnito, ponerse de acuerdo con los dos caudillos, y el día señalado, obrar de frente, encabezar el movimiento.
-Por Dios, general, ordéneme usted partir ahora mismo.
-¡Hum! ¡Comandante Castro! ¡Comandante Castro! O mucho me engaño, o los bellos ojos de aquellas prisioneras le están tocando llamada... En fin, es usted tan feliz que, en efecto, parece que es necesario que parta usted ahora mismo.
¡Partir! ¡Llegar! ¡Buscarla! ¡Hallarla! Corazón, ¿podrás resistir esa ola inmensa de felicidad?...
Volvamos una vez más a esa blanca ciudad que emboscada en perfumadas frondas se alza al pie del San Bernardo. Veinticuatro años han pasado y siempre es la misma; con sus casas magníficas pero vetustas, rodeada de jardines, sus atrios sombreados de vides cargadas de racimos y sus moriscas azoteas dibujándose en el azul del éter. La noche tiende sobre ella su velo salpicado de estrellas y le da un aspecto fantástico; pero a la apacible tranquilidad de su recinto han sucedido el fragor de las armas y el sonido marcial de los clarines.
Nuevos refuerzos de tropas enviadas por Rosas al ejército del Norte, habían entrado en Salta aquella tarde; y Heredia, trayendo consigo a Aguilar y a otros dos de los más valientes jefes, avisados por datos ciertos de una conspiración tramada en la ciudad en connivencia con Braun, y ramificada entre las tropas mismas que llegaban, había dejado el campamento para venir a recibirlos, con la esperanza de descubrirla y sofocarla a tiempo.
Deslizándose a favor de la sombra y del tumulto, un hombre que acaba de echar pie a tierra en una casa derruida donde era al parecer aguardado, el rostro oculto entre el embozo de la capa y el ala del sombrero, atravesó el puente del colegio, bajó la calle de Cebrián y se detuvo en la esquina de la plaza.
-Cuartel de la Merced -dijo, consultando un papel, que contenía, sin duda, señas de algunos puntos en una ciudad desconocida-. A las nueve los nuestros relevan la guardia. Cuartel de San Bernardo -prosiguió-. Nada hecho todavía en ese cuerpo que tiene a raya la severa vigilancia de Aguilar, su coronel...
El embozado ahogó un suspiro que era más bien una sorda imprecación, y continuó.
-Nuestro agente se compromete, sin embargo, a comprar sus clases, y ganarlo a las once de esta noche. Son las siete. Dos horas -añadió con una voz en que parecían vibrar las libras más íntimas del corazón-, dos horas para buscar los medios de verla y dar el alma en ese corto espacio, un mundo de felicidad. ¡Vamos!
Atravesó el frente meridional de la ciudad, siguió a lo largo aquella misma calle que en otro tiempo vino a buscar otro hombre, como él ahora, nocturno y furtivo.
Pero en vez de detenerse ante la puertecita oculta por la fronda, y que dio entrada al antiguo guerrillero, el incógnito dobló el ángulo de la calle, entró en otra, flanqueada de elevados edificios y se encontró ante la fachada de una casa de aspecto secular, pero ostentando por todas partes una bella arquitectura.
El embozado se detuvo ante el espectáculo extraño que se ofreció a sus ojos.
En el atrio de aquella casa dos hileras de hombres vestidos de ceremonia tenían en las manos cirios, y las puertas abiertas de los salones lujosamente iluminados dejaban oír de tiempo en tiempo, en el interior, el tañido de las campanillas del santuario.
Un sudor frío inundó las sienes del desconocido.
Abriose paso entre la multitud, y mezclándose a ella, penetró hasta las cámaras interiores de aquella suntuosa morada.
Un gemido de dolor y de rabia se escapó de su pecho.
¿Qué vio?
Al pie de un lecho donde yacía una mujer moribunda se hallaban arrodillados el general Heredia y su esposa, teniendo entre ellos y en la misma actitud al coronel Aguilar, y a aquella bellísima Aurelia que el entusiasta oficialito porteño llamó la estrella de Salta.
Sus azules ojos estaban bañados de lágrimas, y vestida de blanco y el largo velo prendido entre los rizos de su cabellera blonda, parecía una visión celestial.
A la cabecera del lecho, en un altar cubierto de flores, un sacerdote preparaba el óleo santo, para ungir a la enferma que con la mirada fija en la joven parecía absorta en un hondo pensamiento.
En el fondo de la cámara, los criados de la casa prosternados, oraban llorando.
-¡Ah! -decía uno de éstos, al que estaba a su lado- ¡qué hora para bendecir un matrimonio!
-El ama lo había retardado hasta ahora sin duda por la invencible repugnancia que le inspiró siempre este coronel Aguilar a quien la niña idolatra; pero el temor de dejarla sola ha podido más que la aversión.
-Por mí, nuestra ama tenía razón. Ese hombre, que de cierto es buen mozo, tiene a mis ojos un no sé qué en el semblante... Y sobre todo, jefe cruel con el soldado, malo debe ser. ¡Estas niñas que todo lo ven color de gloria!...
Concluida la lúgubre ceremonia de la extremaunción, el sacerdote cogió sobre el ara una corona de azucenas, púsola en la blonda cabeza de la novia, y juntó su mano a la de Aguilar, hizo las solemnes demandas y los unió para siempre.

 

- X -
Die Verschwörung
- Ritter der abenteuerlichen Unternehmungen -, sagte eines Tages Braun zum Kommandanten Castro , - hier ist eine Mission ganz nach Ihrem Geschmack!-
- Lasst Anweisungen dieser Art nicht warten, mein General -, antwortete Fernando mit einem merkwürdigen Herzklopfen.
- Lest diese Mitteilung von heute. -
- Die Unzufriedenen rufen uns und in Salta braut sich eine Verschwörung zusammen! Welch ein Glück, mein General, was muss ich tun? -
- Incognito dahin gehen, sich mit den zwei Kämpfern einig werden und an dem vorher bestimmten Tag an die Spitze gelangen, die Bewegung anführen.
- Mein Gott, General, befehlen Sie mir, gleich loszuziehen. -
- Hm! Kommandant Castro! Kommandant Castro! Entweder irre ich mich sehr, oder die hübschen Augen jener Gefangenen rufen sie zum Appell... Egal, Sie sind so glücklich, dass es nötig scheint, dass sie sofort losziehen. -
- Aufbrechen ! Ankommen ! Sie suchen ! Sie finden ! Herz, wirst du dieser gewaltigen Welle des Glück widerstehen können? -
Gehen wir nochmal zu jener weißen Stadt zurück, die eingezwängt in die aromatischen Laubbäume sich am Fuße des San Bernardo erhebt. Vierundzwanzig Jahre sind vergangen und sie ist immer noch diesselbe. Mit ihren großartigen aber verfallenen Häusern, von großartigen Gärten umrahmt,
ihren schattigen Innenhöfen, beladen mit Reben und seinen Balkonen in maurischem Stil, die sich gegen den Äther abzeichnen. Die Nacht breitet  ihren mit Sternen gespickten Schleier über
sie aus und gibt ihr ein phantastisches Aussehen. Doch der friedlichen Stille des Ortes folgte der Lärm der Waffen und der kriegerische Ton der Hörner.


Neuer Nachschub an Truppen, geschickt von Rosas an das Heer des Nordens, waren in Salta eingetroffen und Heredia, in Begleitung von Aguilar und zwei anderen der mutigsten Chefs, hatten, durch gesicherte Informationen über eine Verschwörung, die in der Stadt mit Wissen von Braun geplant wurde,  informiert,  in der Hoffnung sie rechtzeitig zu entdecken und zu ersticken, das Lager verlassen um sie zu empfangen.
Im Schutze des Schattens und des Tumultes herbeischleichend wurde ein Mann, der gerade erst den Fuß in einem heruntergekommenen Haus, wo er offensichtlich erwartet wurde, gesetzt hatte, erwartet. Er überquerte, das Gesicht im Aufschlag seines Umhang und seinem Hut versteckt,  die Brücke der Schule, ging die Straße Cebrián hinunter und hielt an der Ecke des Platzes.
- Kaserne de la Merced -, sagte er, ein Papier lesend, das, zweifellos, Beschreibungen einige Punkte einer ihm unbekannten Stadt enthielt.  Um neun wecken die unsrigen die Wache. Kaserne von San Bernardo -, fuhr er fort. Noch nichts war getan in diesem Körper, der unter der strengen Bewachung
von Aguilar stand, seines Koronels...-
Der Verhüllte unterdrückte einen Seufzer, der mehr einem stummen Fluch glich und ging weiter.
- Unser Agent verpflichtet sich, ohne Zweifel, ihre Klassen zu kaufen und ihn um 11 Uhr nachts zu treffen. Jetzt ist es sieben - , fügte er hinzu, mit einer Stimme, in der die intimsten Saiten seines Herzes zu klingen schienen. Zwei Stunden um nach Möglichkeiten zu suchen, sie zu sehen
und ihr in diesem kurzen Zeitraum die Seele auszuschütten. Gehen wir!
Er durchquerte die südliche Front der Stadt, ging auf derselben langen Straße weiter, die früher ein anderer Mann schon gegangen war, so wie  jetzt er, des Nachts und im Verborgenen.
Doch anstatt an der durch das Laub bedeckten Tür, die dem früheren Kämpfer Eintritt gewährte, anzuhalten, bog der Unbekannte an der Straßenecke ab und betrat eine andere, die von hohen Gebäuden umsäumt war, bis er sich vor der Fassade eines  Wohnhauses befand, das in jeder Beziehung architektonisch reizvoll war.
Der Vermummte hielt inne beim Anblick des Schauspiels, dass sich seinen Augen bot.
Im Innenhof jenes Hauses standen zwei Reihen von Männern, in zeremonieller Kleidung, die Altarkerzen in den Händen hielten und die offenen Türen der luxuriös ausgeleuchteten Räume ließen von Zeit zu Zeit den Klang von Kirchenglocken hören.
Ein kalter Schweiß überströmte die Schläfen des Unbekannten.
Er machte sich den Weg durch die Menge frei, vermengte sich mit ihr und gelangte bis in die inneren Zimmer dieser prächtigen Behausung.
Ein Schrei von Schmerz und Wut entfloh seiner Brust.
Was hast du gesehen ?
Am Fuße eines Bettes, wo eine Frau im Sterben lag, knieten der General Heredia und seine Frau, dazwischen, in derselben Haltung, der Koronel Aguilar und jene schöne Aurelia, die der begeisterte kleine Offizier aus Buenos Aires den Stern von Salta nannte.
Mit ihre blauen Augen, getränkt von Tränen, ihrem weißen Kleid und mit dem langen Schleier in ihren blonden Haaren schien sie eine himmlische Vision zu sein.
Am Kopfe des Bettes, auf einem mit Blumen bedeckten Altar, bereitete ein Priester die letzte Ölung der Kranken vor, die ihren Blick wie in tiefen Gedanken versunken fest auf die junge Frau gerichtet hielt.
Im hinteren Teil des Zimmers, beteten auf den Knien die Hausangestellten.
- Ah! -, sagte einer von diesen zu dem, der neben ihm war, - welche Stunde um eine Hochzeit zu segnen! -
- Der Herr hat diese bis zum letzten Moment hinausgezögert, weil, daran besteht kein Zweifel, dieser Koronel Aguilar, den das Mädchen vergöttert, ihm Ekel einflößt. Doch die Angst, sie alleine zurückzulassen, war stärker als die Abneigung. -
- Was mich angeht, ich glaube unser Herr hatte Recht. Dieser Mann, der sicherlich ein guter Kerl ist, hat irgendwas "ich weiß nicht was" in seinem Gebaren...Und vor allem, jemand der sich als Armeechef seinen Untergegebenen gegenüber so übel auführt, muss ein schlechter Mensch sein. Ach diese Mädchen,  die ihn ganz vom Ruhm umrankt sehen!...-
Nachdem die düstere Zeremonie der letzten Ölung abgeschlossen war, nahm der Priester eine Krone aus Veilchen vom Altar, setzte sie auf das blonde  Haupt der Braut, legte ihre Hand in die von Aguilar, fragte die berühmte Frage und vereinigte sie für immer.