- XI -
El lecho de muerte
Una sorda imprecación respondió a las palabras del sacerdote. Aurelia la escuchó, y la visión misteriosa de la caverna de Iruya se alzó en su mente. Espantada, tendió una furtiva mirada en torno, y sus ojos se encontraron con los del desconocido...
En ese momento sintiose en el salón inmediato un rumor confuso de voces y de armas; y al mismo tiempo, el coronel Peralta, lanzándose de repente en medio de la cámara, seguido de algunos soldados. -He ahí el agente de Braun -gritó, señalando al desconocido-, he ahí el jefe de la conspiración que debía estallar esta noche. ¡Prendedle!
Heredia y Aguilar desenvainaron sus espadas; pero el incógnito arrojando su embozo, empuñó la suya, y veloz como el pensamiento, blandiola en todos los sentidos, hirió a Peralta, abriose paso y se arrojó fuera.
Aguilar fijó en su esposa una mirada sombría y siguió al fugitivo.
A la vista del desconocido, cercado de enemigos y amenazado de muerte, Aurelia iba a arrojarse delante para defenderlo; pero una mirada que dirigió al lecho de su madre, la detuvo.
La moribunda incorporada, casi de pie, los ojos fijos en el incógnito y tendiendo hacia él sus brazos, hacía vanos esfuerzos para pronunciar una palabra que su lengua helada no podía articular; y cuando lo vio desaparecer entre las espadas flameantes que amenazaban su pecho, exhaló un hondo gemido y cayó desplomada en los brazos de su hija, a tiempo que Esquivel, el joven edecán de Heredia, entraba trayendo al general el aviso de que Fernando de Castro, agente de Braun y jefe de la conspiración que se acababa de sofocar había sido aprehendido.
En los ojos de Heredia brilló un rayo de gozo cruel, que al siguiente día tuvo una sangrienta traducción en numerosos y atroces suplicios.
Entre tanto, ordenó que se encadenase al prisionero y se le encerrase en uno de los calabozos del cuartel de San Bernardo, mientras se reunía el consejo de guerra que debía juzgarlo. Y sonriendo de un modo siniestro al dar esa orden, ofreció el brazo a su mujer, y se retiró.
Juana quiso quedarse con Aurelia; pero ésta le pidió la dejara sola con su madre. Abrazola tiernamente, la despidió, y vino a postrarse a la cabecera del lecho.
La moribunda estrechó la mano de su hija entre las suyas húmedas y heladas, y le pidió por señas recado de escribir. Había
perdido el habla. Aurelia bañada en lágrimas le obedeció.
La enferma atrajo a sí la cabeza de la joven, posó en su frente los labios yertos ya por la proximidad de la agonía, y le hizo señas de que se alejara e hiciera acercar al sacerdote.
Aurelia cedió su puesto, a pesar suyo, al ministro de Dios, y fue a encerrarse en su cuarto. Arrodillada ante el lecho nupcial, vacío y siniestro como un catafalco, la joven apoyó en él su frente coronada de flores, pero pálida y fría y se hundió en un desvarío doloroso.
El sonido de un timbre la arrancó bruscamente a aquel estado extraño, entre el delirio y la plegaria. Alzose anhelante, y corrió al cuarto de la enferma. Pero al pasar el umbral dio un grito y cayó de rodillas.
Sobre aquel lecho donde pocos momentos antes la había despedido con una caricia, su madre yacía inmóvil y el rostro oculto bajo los pliegues del sudario.
El sacerdote, de pie a la cabecera del lecho mortuorio, con una mano le mostró el cielo; con la otra le entregó una carta cerrada y sellada con las armas de su casa... Algunas horas después, a la luz de los cirios que ardían en una capilla ardiente, Aurelia, sentada a la cabecera del féretro de su madre, abría con mano trémula aquella carta, y ponía en ella sus ojos...
En la noche de ese día, Juana, la linda esposa del general Heredia, sola en su retrete, hallábase recostada en los cojines de un diván.
La negligencia de su actitud, contrastaba singularmente con la expresión de su rostro que revelaba una violenta lucha interior.
Una de sus manos jugaba distraída con los rizos de su cabellera, y la otra sostenía un libro cerrado, en el que apoyaba su linda cabeza, como si cansada de buscar algo en sus páginas, lo pidiera a su ardiente imaginación.
Una mano discreta llamó suavemente en los cristales forrados de tafetán rosado que formaban la puerta.
-¿Quién está ahí? -preguntó Juana, fingiendo una voz soñolienta y cerrados los ojos.
-Una mujer encubierta desea hablar a la señora -dijo un criado entreabriendo la puerta.
A la palabra encubierta, los hermosos ojos de Juana se abrieron en todo su magnífico grandor. Una ola inmensa de curiosidad ahogó en su mente las ideas que la preocupaban y sacudiendo su postración, alzose ligera, exclamando con la novelería de una niña: -¡Una mujer encubierta! ¡Hazla entrar al momento!
Y sin tener paciencia para esperar, corrió al encuentro de la desconocida.
Pero al pasar el dintel de la puerta, una mujer enlutada, y cubierta con un tupido velo se echó en sus brazos, la hizo retroceder, cerró tras sí la puerta y volviéndose a Juana, se descubrió.
-¡Aura! ¡Tú aquí!... cuando... cuando el cadáver de tu madre se halla tendido aún en la casa mortuoria!... Ángel mío, ¿qué nueva desgracia ha caído sobre ti?... ¡Habla!
Aurelia pálida, temblorosa, tendió en torno una mirada rápida y acercándose a la esposa de Heredia, estrechó convulsivamente su mano y la dijo con voz breve:
-Vengo a reclamar el cumplimiento de una promesa. ¡Juana! ¿Te acuerdas el día que me conociste?
-¡Ah! ¿podría acaso olvidarlo, ¡oh! mi ángel tutelar? Mi hijo se ahogaba en el profundo remanso de Montoya. Nadie se atrevía a socorrer al pobre niño; y yo mesando mis cabellos, lloraba desesperada debatiéndome entre los brazos de los que me impedían arrojarme en pos suya al terrible remolino.
Tú llegaste entonces; y saltando veloz de tu carruaje, vestida de gasa, coronada de flores, te arrojaste valerosamente al agua, y lo arrancaste de una muerte cierta.
Y yo me eché a tus pies, y te dije, abrazando tus rodillas: -Si tú o alguna persona que ames necesitáis mi vida, pídemela y te la daré con gozo.
-¡Y bien!, vida por vida; yo salvé a tu hijo; salva tú, en nombre suyo a Fernando de Castro.
-¡Al conspirador boliviano! -exclamó Juana fijando en la joven una mirada de reproche-. ¡Ignoras acaso que en el acta de la revolución que encabezaba se había jurado la muerte de mi esposo y la del tuyo?
-Lo sé; y no obstante, vengo a decirte: ¡cumple tu palabra!
En los ojos de Juana brilló un destello de picaresca ironía.
-¡Ah! -dijo-, yo lo adiviné aquella noche en la primera mirada que fijaste en ese hombre: ¡lo amas!
Aurelia miró de frente a su amiga y respondió con voz firme: -¡Sí, lo amo!
-¡Lo amas, y eres la esposa de Aguilar! ¡Desdichada!
-Lo amo -repitió la joven-, lo amo; pero mira mi frente levantada; ¿reparas en ella la sombra del rubor?
-No, que resplandece como la aureola de un arcángel -exclamó Juana, besando con efusión la frente pura de su amiga.
-Sí; fía en la naturaleza del sentimiento que me trae cerca de ti... Pero, en nombre del cielo, ¡no perdamos tiempo! Las horas pasan y el momento fatal se acerca. El consejo de guerra ha pronunciado la sentencia, Heredia la ha confirmado, y Aguilar está encargado de ejecutarla.
-¡El Consejo! ¡Heredia! ¡Aguilar! -exclamó Juana con desaliento-, ¡peñascos inaccesibles a los embates de mi seducción! ¡Dios mío!, ¿qué podré yo hacer contra sus decisiones?
-Lo ignoro. Sé únicamente que me hiciste una promesa y que debes cumplirla.
-La cumpliré aun a costa de mi vida, ángel salvador de mi hijo.
-Pues ten presente que espero. Y Aurelia cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó inmóvil y silenciosa.
-¡Diablo!, ¡diablo! -murmuró Juana, cambiando de tono y dejándose llevar de la genial viveza que ni en los momentos más críticos la abandonaba-, ¡diablo, que sin cesar me aconsejas los celos, el odio, los deseos de venganza, inspírame, pues, algo bueno!... por ejemplo, la manera de desempeñar el juramento que reclama esta linda chica, aplicado a tan tremendo asunto... La voluntad de Heredia es omnipotente; ¡pero ah!, ¡qué soy yo para Heredia!... ¡Si fuera Fausta!, ¡oh! ¡ya sería otra cosa!...
Y en los negros ojos de Juana brilló una centella de cólera.
-¡Ama mía! -dijo una voz de mujer al otro lado de la puerta.
-Rafa -gritó Juana, saliendo al encuentro de la que llegaba. Rafa entró.
Era una de esas bellas mulatas cordobesas de esbeltas formas, de lánguidos ojos azules, y entre cuyos dorados cabellos parecía sonreír eternamente el sol argentino.
-Cuánto has tardado hoy, Rafa. ¡Te espero con tanta impaciencia!... Y sin embargo el corazón se estremece a la idea de los nuevos golpes que cada día le traes... Hoy, por ejemplo leo en tus ojos un dolor más sobre los que destrozan mi alma hace tiempo. No obstante, ¡habla!, dilo todo y luego, ¡que me matas de impaciencia!

 

- XI -
Das Sterbebett
Ein dunkler Fluch antwortete auf die Worte des Priesters. Aurelia hörte sie und die mysteriöse Vision der Hölle von Iruya kam ihr in den Sinn. Entsetzt, warf sie einen flüchtigen Blick in ihre Umgebung und ihre Augen trafen die des Unbekannten...
In diesem Moment erhob sich im Salon ein konfuses Geräusch aus Stimmen und Waffen und gleichzeitig stürzte der Koronel Peralta mitten ins Zimmer, gefolgt von einigen Soldaten. - Das ist der Agent Brauns -, rief er, auf den Unbekannten zeigend, - das ist der Chef der Verschwörung, die heute nacht beginnen sollte. Nehmt ihn gefangen! -
Heredia und Aguilar zückten ihre Schwerter, doch der Unbekannte, seinen Umhang zurückwerfend, nahm das seine und geschwind wie der Gedanke, ließ er es in alle Richtungen schwirren, verletzte Peralta und machte sich den Weg nach draußen frei.
Aguilar  warf einen düsteren Blick auf seine Frau und folgte dem Flüchtling.
Beim Anblick des Unbekannten, umzingelt von Feinden und vom Tode bedroht, war Aurelia im Begriff, sich vor ihn zu werfen, um ihn zu verteidigen. Doch ein Blick auf das Bett ihrer Mutter hinderte sie daran.
Die Todkranke hatte sich aufgerichtet, fast auf die Füße, die Augen starr auf den Unbekannten gerichtet und ihre Arme nach ihm ausstreckend, machte einen vergeblichen Versuch, ein Wort auszusprechen, das ihre eiskalte Zunge nicht hervorbrachte. Als sie ihn zwischen den blitzenden Schwertern, die seine Brust bedrohten, verschwinden sah, stieß sie einen tiefen Schrei aus und fiel bewußtlos in die Arme ihrer Tochter. Gleichzeitig war Esquivel, der  Untergebene  Heredias, ins Zimmer getreten, um die Nachricht zu überbringen, dass Fernando de Castro, ein Agent von Braun und Chef der Verschwörung,  die man gerade unterdrückt hatte, festgenommen worden war.
In den Augen Heredias erglänzte ein Strahl grausamer Lust, die sich am nächsten Tag durch zahlreiche und schreckliche Urteile offenbaren sollte.
In der Zwischenzeit befahl er, dass man den Gefangenen in Ketten lege und ihn in einen der Kerker der Kaserne von San Bernardo werfen möge, bis der Kriegsrat zusammentritt, der ihn aburteilen wird. Während er diesen Befehl erteilte, lächelte er auf eine unheilverkündende Art, bot seiner Frau den
Arm an und zog sich zurück.
Juana wollte mit Aurelia zurückbleiben. Doch diese bat sie, sie mit ihrer Mutter alleine zu lassen. Sie umarmte sie zärtlich, verabschiedete sie und kniete vor dem Kopfteil des Bettes.
Die Todkranke nahm die Hand ihrer Tochter in ihre feuchten und eiskalten und bat sie durch ein Zeichen, ihr Schreibutensilien zu bringen. Sie hatte die Sprache verloren. Aurelia, in Tränen getränkt, gehorchte ihr.
Die Kranke zog den Kopf der jungen Frau an sich, setzte ihre von der Nähe des Todeskampfes schon starren Lippen auf ihre Stirn und gab ihr ein Zeichen sich zu entfernen und den Priester kommen zu lassen.
Aurelia überließ widerwillig ihren Platz dem Diener Gottes und schloss sich in ihrem Zimmer ein. Vor dem Ehebett knieend, das leer und unheilkündend wie ein Sarg vor ihr lag, legte sie ihr blasses, kaltes und mit Blumen gekröntes Haupt darauf und versank in schmerzlichem Fieberwahn.
Der Ton einer Klingel riss sie plötzlich aus diesem merkwürdigen, zwischen Delirium und Gebet liegendem, Stadium. Sie erhob sich voller Sehnsucht und und lief in das Zimmer der Kranken. Doch als sie über die Schwelle trat, stieß sie einen Schrei aus und fiel auf die Knie.
Auf dem Bett, wo sie sich nur wenige Augenblicke vorher mit einem Kuss verabschiedet hatte, lag unbeweglich ihre Mutter, das Gesicht verborgen in den Falten des Leichentuches.
Der Priester, am Kopfende des Bettes stehend, zeigte mit einer Hand gen Himmel, mit der anderen überreichte er ihr eine verschlossene und mit dem Siegel ihres Hauses verschlossene Karte... Einige Stunden später, im Lichte der Altarkerzen, die in einer Kapelle leuchteten, öffnete Aurelia, am Kopfende des Sarges sitzend mit einer zitternden Hand jene Karte und versenkte ihre Augen darin.
In derselben Nacht war Juana, die schöne Frau des Generals Heredia, allein in ihrem Ankleideraum, saß zwischen den Kissen eines Sofas.
Die Nachlässigkeit ihrer Haltung stand in krassem Widerspruch mit dem Ausdruck ihres Gesichtes, das von einem heftigen inneren Kampf zeugte.
Eine ihrer Hände spielte gedankenverloren mit den Locken ihrer Haare und die andere hielt ein geschlossenes Buch, auf welchem sie ihren hübschen Kopf gelegt hatte, als ob sie es leid wäre, etwas in den Seiten zu suchen, was ihre feurige Phantasie erbat.
Eine behutsame Hand klopfte an die mit rotem Taft ausgeschlagenen Gläser der Tür.
- Wer ist da? -, fragte Juana, mit geschlossenen Augen und einer Stimme, die Müdigkeit vortäuschte.
- Eine verhüllte Frau wünscht sie zu sprechen -, antwortete ein Hausangestellter indem er die Tür halb öffnete.
Bei dem Wort "verhüllt", öffneten sich die schönen  Augen Juanas zu ihrer ganzen Größe. Eine gewaltige Welle der Neugier erstickte in ihrem Geist alle Ideen, die sie beschäftigten und ihre Niedergeschlagenheit abschüttelnd, erhob sie sich flink und rief mit der Schalkhaftigkeit eines Kindes: - Eine verhüllte Frau!  Bitte sie herein! -
Da sie nicht die Geduld hatte, zu warten, lief sie ihr entgegen.
Doch als sie über die Türschwelle trat, warf sich eine verhüllte Frau mit einem dichten Schleier in ihre Arme, so dass sie nach hinten wich, schloss hinter sich die Tür, wandte sich ihr zu und enthüllte sich.
- Aura! Du hier!...-, jetzt, wo sich der Leichnam deiner Mutter noch immer aufgebahrt in der Totenkammer befindet? Mein Engel, welches neue Unglück ist über dich hereingebrochen? ... Sprich ! -
Aurelia, blass, zitternd, warf einen kurzen Blick durchs Zimmer und näherte sich dann der Frau von Heredia, nahm ergriffen ihre Hand und sagt ihr mit klarer Stimme:
- Ich komme, um ein Versprechen einzufordern. Juana! Erinnerst du dich noch an den Tag, an dem du mich kennengelernt hattest? -
- Ah! Wie könnte ich es denn jemals vergessen. Oh! Mein gütiger Engel? Mein Sohn erstickte in den tiefen Gewässern des Montoya. Niemand wagte es, dem armen Jungen zur Hilfe zu eilen. Und ich stand da, riss mir die Haare aus, schrie verzweifelt, wehrte mich gegen die, die mich davon abhalten wollten mich ihm hinterher ebenfalls in den Wirbel zu stürzen.
Dann kamst du, sprangst von deiner Kutsche, ganz in Gaze gekleidet, von Blumen gekrönt und sprangst mutig ins Wasser, rettetest ihn vor dem sicheren Tod.
Ich warf mich zu deinen Füßen und sagte dir, dein Knie umfassend: - Wenn du oder jemand den du liebst, mein Leben brauchst, dann bitte mich darum und  ich werde es dir mit Freude geben. -
- Nun gut! Leben für Leben. Ich rettete deinen Sohn. Rette du jetzt, in seinem Namen, Fernando de Castro. -
- Den bolivianischen Verschwörer! - rief Juana einen vorwurfsvollen Blick auf die junge Frau richtend. - Weißt du etwa nicht, dass in dem Beschluss des Revolutionskommittes, dem er vorstand, man den Tod deines und meines Mannes beschlossen hatte? -
- Ich weiß. Und dennoch komme ich um dir zu sagen: Erfülle dein Versprechen ! -
In den Augen von Juana glänzte ein Funken spitzbübischer Ironie.
- Ah! - sagte sie, ich ahnte es schon in jener Nacht als du den Blick auf jenen Mann richtetest: Du liebst ihn!
Du liebst ihn und bist doch die Braut von Aguilar! Unglückliche. -
- Ich liebe ihn -, wiederholte die Junge, - ich liebe ihn. Doch schau auf meine erhobene Stirn. Siehst du dort Anzeichen der Schamesröte? -
- Nein, sie strahlt wie die Aureole des Erzengels -, rief Juana, überschwenglich die reine Stirn ihrer Freundin küssend.
- Vertraue auf die Art des Gefühls, das mich zu dir gebracht hat... Doch im Namen des Herrn, lass uns keine Zeit verlieren ! Die Stunden verinnen und der fatale Moment nähert sich. Der Kriegsrat hat das Urteil gefällt, Heredia hat es bestätigt und Aguilar ist beauftragt worden,  es zu vollstrecken. -
- Der Kriegsrat ! Heredia ! Aguilar ! - rief Juana verzweifelt , - unerreichbare Felsen für meine Verführungskünste ! Mein Gott ! Was kann ich tun  gegen ihre Entscheidung? -
- Ich weiß es nicht. Ich weiß nur, dass du mir ein Versprechen gegeben hast, das du einhalten musst. -
- Ich werde mein Versprechen halten, auch wenn es mich mein Leben kostet, Rettungsengel meines Sohnes. -
- Du weißt, dass ich warte -, sagte Aurelia, kreuzte die Arme über der Brust und verharrte unbeweglich und schweigend.
- Teufel ! Teufel ! - , murmelte Juana in einem anderen Tonfall, mitgerissen von der ihr eigenen Lebhaftigkeit, die sie auch in den kritischsten Momenten nicht verließ, - Teufel, der du mich ohne Unterlass meine Eifersucht spüren lässt, den Hass, den Wunsch,  mich zu rächen, gib mir jetzt einen guten Rat! ... zum Beispiel, wie man dem Schwur Folge leisten kann, auf dessen Erfüllung dieses
hübsche Mädchen besteht, ihn auf eine solch ernste Angelegenheit anwendet... Der Wunsch Heredias ist übermächtig. Doch, ah! Was bin ich für Heredia! Wenn ich Fausta wäre ! Dann, ja dann, wäre es etwas anderes! -
In den Augen von Juana glänzte ein Funken Wut.
- Meine Herrin - , sagte eine Stimme auf der anderen Seite der Tür.
- Rafa -, rief Juana, der Eintretenden entgegen gehend. Rafa kam herein.
Sie war eine jener schönen Mulattinen mit grazilen Formen, schmachtenden Augen, in deren goldenem Haar ewig die Sonne Argentiniens zu scheinen schien.
- Du hast dir heute reichlich Zeit gelassen, Rafa. Ich habe dich schon ungeduldig erwartet!... Und das Herz erzittert bei der Vorstellung der neuen  Schläge, die du jeden Tag bringst... Heute zum Beispiel lese ich in deinen Augen noch einen von jenen Schmerzen, die schon seit langem meine Seele zerreißen. Trotzdem, sprich ! Sag mir alles. Ich sterbe vor Ungeduld.