- XIII -
Abnegación
-Pues bien, Rafa, necesito comenzar contra esa [mujer una] venganza tenaz, encarnizada, día por día, hora por hora; y devolverle el cáliz de dolor y humillación que me hace beber tanto tiempo.
-Mande mi ama -respondió con fervor-, ¿qué quiere de su esclava? He aquí mi puñal; diga una palabra y atravesaré el corazón a su enemiga.
-No, la muerte no me vengaría de ella. ¡Morir amada!... ¡una apoteosis! No, yo quiero que llore como yo he llorado; que pase como yo noches de desesperado insomnio; que la rabia seque su corazón y consuma su belleza como ha consumido la mía.
Hoy comienzo; y para ello ordénote que me traigas ese álbum en este momento; y que sacando a Tenebroso de las caballerizas de la santiagueña, lo coloques en algún sitio solitario, ensillado y pronto para recibir un jinete. Sobre todo, vuelve luego. La mulata se alzó de los pies de Juana y desapareció.
Aurelia se volvió en silencio hacia ésta y le mostró el reloj que señalaba las diez.
-Un instante, hermosa -la dijo Juana-, un instante y verás cumplida mi promesa... y yo... ¡principiada mi venganza! -añadió con voz sorda.
Rafa no tardó en volver, trayendo un libro que puso en las impacientes manos de Juana. Era uno de esos magníficos Keepsake en que el grabado inglés ostenta sus maravillas. Los dedos convulsos que lo abrieron recorrían con febril ansiedad las doradas páginas, estropeando impíamente los tesoros de arte y de talento que las enriquecían.
-¡Arcadia! -exclamó de repente Juana, ante una graciosa viñeta que representaba una escena pastoril en un lindo cotlage-. ¡Arcadia!, ¡nuestra hacienda! ¡Infame!, ¡osa poner mi casa, el hogar de la esposa, el solar hereditario del hijo, entre sus vergonzosos trofeos de cortesana!
-Hela ahí -continuó, mirando con saña el retrato de una mujer hermosísima-, hela ahí... La impudencia de su mirada y su cínica sonrisa están diciendo que es ella.
Al pie de ese retrato había versos magníficos de Ascasubi, llevando por epígrafe esta frase de Jorge Sand respecto de una mujer:
«Soberbia como la mar, brava como una borrasca.»
-¡Y sin embargo -continuó Juana, abarcando con una severa mirada la bella composición-, lo más sublime desde la tierra, después de virtud, el genio viene con gusto a prosternarse ante esos ídolos de cieno, sin temor de enlodar sus blancas alas!
Y dobló desdeñosamente la página.
La siguiente, contenía una firma en blanco que Juana leyó sin pestañear, muda e inmóvil y el labio contraído por una sonrisa convulsiva.
-¡Ahora lo veredes! -exclamó, sacudiendo la cabeza con amarga burla, la picaresca morena-. Yo te haré sentir el uso de esa firma en la que ponías tu honor, y hasta la vida de tu esposa a merced de una aventurera.
Y arrancando la página, sentose a un bufete, y escribió sobre ella dos líneas con la mano izquierda.
-He aquí la vida que me pides, Aura mía -dijo, tendiendo el papel a Aurelia que lo tomó presurosa-, hela ahí; pero a mi vez te impongo una condición.
-¿Cuál? ¡Habla pronto!
-¿La otorgas?
-Aunque me cueste la vida.
-Y bien, hela aquí.
Mientras así hablaba, Juana había tomado de su guardarropa un vestido de gasa blanca y trasparente, un velo y un bornuz del mismo color, y con ligereza asombrosa, despojaba a Aurelia de sus lúgubres ropas y la revestía con aquella magnífica gala.
-Juana, tú me impones una profanación... ¡Esta mundana librea para el duelo de mi alma!
-Yo te ruego, Aura mía... Además exijo de ti que al presentar esta orden al jefe de la guardia que custodia al prisionero, lleves el rostro así cubierto.
Y Juana bajó el velo sobre el rostro de su amiga...
-Comprendo -murmuraba Aurelia, marchando veloz a lo largo de las calles desiertas, a esa hora silenciosa.
¡Pobre Juana!, los celos han oscurecido tu alma noble y hermosa. Hoy quieres vengarte y mañana te arrepentirás amargamente de haberte vengado. No, no será así, no. ¡Yo lo echaré todo sobre mí y ahorraré el remordimiento a tu hermoso corazón, ya tan desgarrado!
Y en tanto que Juana recorría el cuarto con agitados pasos, sonriendo a la perspectiva de una venganza próxima que saboreaba de antemano con la amarga sensualidad del odio, la animosa joven marchaba con ademán severo a acometer su peligrosa empresa. Una grande luz había brillado en su alma y disipado las dudas que la atormentaban; y ahora caminaba segura llevando por guía la conciencia.
Así subió las calles que en suave pendiente conducen a San Bernardo, situado al pie de la montaña de este nombre.
El antiguo monasterio, convertido en cuartel, se alzaba al frente, imponente y silencioso, dibujando su negra mole en el azul del cielo. De tiempo en tiempo, elevábase de su recinto, como los chillidos de una ave nocturna, el agudo alerta de los centinelas colocados en las torres y bóvedas del vetusto edificio.
Aurelia llamó resueltamente a la puerta del cuartel y pidió hablar al jefe de la guardia.
El oficial que, en razón de su rigurosa consigna, velaba de pie y la mano en la espada al otro lado de la puerta, mandó abrir.
Sus ojos encontraron en el umbral, iluminada por los rayos de la luna, una mujer de gallarda figura vestida toda de blanco y el rostro oculto bajo los pliegues de su velo.
La encubierta dio hacia él un paso y le alargó un papel.
El oficial la examinó con una rápida ojeada, y cogió el papel, murmurando: -¡Ese excéntrico atavío! Esta mezcla de arrojo y de misterio... ¡Es ella! ¡Vendrá a rondar al general! ¡Cuéntanse tantas rarezas de esta hechicera!... Es ella...
Pero el curso de sus reflexiones cambió bruscamente al leer el papel que tenía en la mano. Restregose los ojos, y no fiando en la luz de la luna, se acercó para leerlo de nuevo a la luz del farol del cuerpo de guardia.
-¡No hay duda! -exclamó-. La orden es breve, terminante, como todas las del general Heredia... ¡Pero qué tremenda responsabilidad!...¿Y si el general se halla... así...? Él es dado a lo espirituoso; y más de una vez ha sucedido que... Señora, el coronel Aguilar, jefe de día se halla aquí (Aurelia tembló). Deseara conferenciar con él antes de entregar al prisionero.
-¡Imposible! La orden misma que acaba usted de leer lo prohíbe, vedando toda intervención.
-Es verdad.
Y el oficial desapareció entre las arcadas del claustro. A una seña que al acercarse hizo al cabo de guardia, éste había apagado el farol; y el cuartel yacía en profundas tinieblas. Aurelia palpitante de zozobra contaba los minutos por los latidos de su corazón; pero no aguardó largo rato. Entre la obscuridad vio luego venir dos hombres cogidos por el brazo. El uno era el oficial de guardia, el otro Fernando Castro.
El oficial puso la mano del prisionero en la de su libertadora, y los acompañó hasta la calle. Luego, inclinándose al oído de aquel, díjole con un acento que a pesar suyo revelaba honda envidia:
-Confiese usted, comandante, que es violenta a no poder más la transición... pardiez... de esa barra de platinas a esos bellísimos brazos que de tal manera hacen perder la chaveta al general.
Aquellas palabras dichas a la intención de la mujer encubierta, recordaron a Aurelia lo que la angustiosa espera de esa hora la hiciera olvidar: el rol que la venganza de Juana quería imponerla.
El rubor de la vergüenza ardió en su frente y acercándose al oficial que iba ya a cerrar la puerta, apartó el velo que la disfrazaba y le mostró su rostro. En seguida, cubriéndose de nuevo, arrastró consigo al prisionero, dejando yerto de asombro al oficial de guardia, que exclamó con terror: -¡La esposa del coronel!
El prisionero fijó una mirada en su libertadora y deteniéndose de repente: -En vano te ocultas, criatura celestial -la dijo-, el corazón te ha adivinado desde que tu mano tocó la mía.
-En nombre del cielo. -Fernando, alejémonos de estos sitios donde cada minuto es para ti la muerte, la muerte de cuyas garras he venido a arrebatarte a riesgo de mi vida, a riesgo de mi honra... porque ya sé, ¡oh!, tú a quien he amado desde la primera mirada, ya sé qué nombre dar a ese sentimiento invencible que me lleva a ti.
-Amor -exclamó el prisionero, que sin darse de ello cuenta, seguía el rápido paso de su guía, con el oído y el corazón pendientes de aquellas suaves palabras que llegaban como olas de fuego al fondo de su alma.
-¿Dónde estamos? -dijo de pronto Aurelia deteniéndose falta de aliento.
-En la falda del cerro, al lado del pozo de Yocci -dijo la mulata, que los seguía a lo lejos. Aurelia se estremeció: la sombra de un recuerdo terrible cruzó su mente. Sin embargo dominando su terror tendió una mirada en torno.
En un recodo formado por una barranca y un grupo de algarrobos alzábase el brocal y los pilares en cal y canto de uno de esos pozos artesianos que tanto abundan en las cercanías de la ciudad. Un caballo magnífico, negro como el ébano estaba atado por la brida a uno de los pilares del pozo, y piafaba impaciente hollando la tierra cubierta en ese paraje de menuda yerba.
-Ahí está Tenebroso -añadió Rafa- ensillado y listo espera a su jinete que demasiado ha tardado ya.
Y la mulata se alejó.

 

- XIII -
Selbstlosigkeit
- Gut Rafa. Ich muss an dieser Frau kühne Rache üben, höhnisch, Tag für Tag, Stunde für Stunde, ihr den Kelch aus Schmerz und Erniedrigung zurückgeben, den sie mir seit so langer Zeit zu trinken gibt. -
- Befiehl meine Herrin -, antwortete jene mit Inbrunst, - was wünschen sie von ihrer Sklavin? Hier ist mein Dolch. Sagen Sie ein Wort und ich werde das Herz ihrer Freundin durchbohren.
- Nein, der Tod würde mich nicht rächen. Geliebt zu sterben! Eine Apotheose! Nein, ich will, dass sie weint, wie ich geweint habe, dass sie wie ich Nächte von verzweifelter Schlaflosigkeit verbringt, dass die Wut ihr Herz trocknet und ihre Schönheit hinwegrafft, wie sie meine hinweggerafft hat.
Heute beginne ich und deshalb befehle ich dir, mir sofort dieses Album zu bringen und dass du Tenebroso aus den Ställen der Frau von Salta weg- und gesattelt zu einem einsamen Ort hinführst, um dort einen Reiter zu erwarten. Komm dann wieder. - Die Mulattin erhob sich auf ihre Füßen und verschwand.
Aurelia wandte sich ihr schweigsam zu und zeigte auf die Uhr, die die zehnte Stunde anzeigte.
- Einen Moment, schöne Frau - , sagte Juana-, einen Moment und du wirst sehen, dass mein Versprechen erfüllt wird... und ich...gerächt werde!- fügte sie hinzu.
Rafa ließ nicht lange auf sich warten und legte das Buch in die ungeduldigen Hände von Juana. Es war einer jener herrlichen Poesialben, wo die englische Gravur ihre Kostbarkeiten ausbreitete. Die verkrampften Finger, die es öffneten durchliefen mit fiebriger Gier die vergoldeten Blätter,
zerstörten ruchlos die Schätze der Kunst und des Talentes, die es verzierten.
- Arcadia! -, rief Juana plötzlich, bei einer hübschen Zeichnung, die eine Hirtenszene in einem schönen Bild mit Wasserfarben darstellte. Arcadia! Unsere Farm! Ruchlose! Sie wagt es mein Haus, das Heim der Braut, das Erbgut des Sohnes unter die schändlichen Trophäen der Courtisane zu mischen! -
- Hier ist sie -, fuhr sie fort, zornig das Bilder einer wunderschönen Frau betrachtend -, hier ist sie..Die Schamlosigkeit ihres Blickes und ihr zynisches Lächeln sagen, dass sie es ist. -
Unterhalb dieses Bildes standen die herrlichen Verse von Ascasubi, als Inschrift des sich auf die Frau beziehenden  Satzes von George Sand:
"Hochmütig wie das Meer, wild wie ein  Sturm. "
- Und doch -, fuhr Juana die schöne Komposition mit einem ernsten Blick betrachtend fort, - verneigt sich das Genie, das Sublimste auf der Erde nach der Tugend vor diesen Idolen aus Lehm, ohne dass er fürchtet, seine weißen Flügel zu beschmutzen! -

Dann blätterte sie voller Verachtung weiter.
Die folgende Seite enthielt eine Unterschrift auf einem weißen Blatt. Juana las sie ohne mit der Wimper zu zucken, stumm und unbeweglich und die Lippen zusammengedrückt durch ein krampfhaftes Lächeln.
- Jetzt wirst du sehen! -, rief die zu Scherzen aufgelegte Brünette und schüttelt mit bitterem Spott den Kopf. - Ich werde dich lehren von dieser Unterschrift,für die du deine Ehre, selbst das Leben deiner Gattin, für ein Abenteuer verkauft hast, Gebrauch zu machen. -
Sie riss die Seite heraus, setzte sich an einen Tisch und schrieb auf das Blatt zwei Linien mit der linken Hand.
- Hier ist das Leben, um das du mich bittest, meine Aura -, sagte sie und reichte das Blatt Aurelia, die es vorsichtig in Empfang nahm, - hier ist es.  Doch im Gegenzug lege ich dir eine Verpflichtung auf. -
- Welche? Sprich! -
. Wirst du sie halten? -
- Auch wenn sie mich das Leben kosten sollte. -
- Nun gut, hier ist sie.
Während sie so sprach, hatte Juana aus ihrem Kleiderschrank ein Kleid aus weißem und durchsichtigem Gaze genommen, einen Schleier und einen Mantel in derselben Farbe, hatte Aurelia  ihrer düsteren Kleider entledigt und sie mit diesem herrlichem Kostüm neu engekleidet.
- Juana, du legst mir auf, etwas zu entweihen... Mit diesem Aufzug versündige ich mich an den Schmerzen meiner Seele! -
- Ich bitte dich, meine Aura... Des weiteren bitte ich dich, dass du das Gedicht so bedeckt hälst,  wenn du diesen Befehl dem Chef der Wachmannschaft übergibst, der den Gefangenen bewacht.
Juana zog den Schleier über das Gesicht ihrer Freundin...
- Ich verstehe -, sagte Aurelia, schnellen Schrittes durch die leeren Straßen  wandern, zu dieser ruhigen Stunde.
Arme Juana! Die Eifersucht hat deine noble und schöne Seele verdunkelt. Heute willst du dich rächen und morgen wirst du bereuen, dich gerächt zu haben. Nein, so wird es nicht sein, nein. Ich werde alles auf mich nehmen und dir das Bedauern deines schönen, jetzt so zerrissenen Herzen ersparen.
Und während Juana mit eiligen Schritten das Zimmer durchmaß, lächelnd bei der Vorstellung der nahenden Rache, die sie schon im voraus mit der bitteren Sinnlichkeit des Hasses genoss, ging die mutige Frau mit ernsten Gebärden daran, ihr gefährliches Werk in Angriff zu nehmen.
Eine großes Licht strahlte in ihrer Seele und alle Zweifel, die sie beunruhigt hatten, waren zerstreut. Sicher schritt sie jetzt dahin, als Führer diente ihr ihr Gewissen.
So stieg sie die Straßen hinauf, die in leichtem Anstieg zur Kaserne von San Bernardo führte, die sich am Fuße des gleichnamigen Berges befand.

Das alte Kloster, heute in eine Kaserne umgewandelt, erhob sich gegenüber, beeindruckend und in Schweigen gehüllt, mit seiner schwarzen Masse, die sich gegen den blauen Himmel abhob. Von Zeit zu Zeit hörte man aus seinem Innern, wie Schreie nächtlicher Vögel, den spitzen Schrei der Wächter,
die sich in den Türmen des altehrwürdigen Baues befanden.
Aurelia rief energisch an der Tür der Kasern und bat den Chef der Wachmannschaft zu sprechen.
Der Offizier, der aufgrund ihres rigorosen Auftretens, in Habacht Stellung und die Hand am Schwert auf der anderen Seite der Tür wartete, befahl, zu öffnen.
Seine Augen fanden auf der Türschwelle, von den Strahlen des Mondes erleuchtet, eine Frau von prächtiger Gestalt, ganz in weiß gekleidet und das Gesicht unter den Falten ihres Schleiers verborgen.
Die Verhüllte ging einen Schritt auf ihn zu und reichte ihm das Papier.
Der Offizier untersuchte es einen Moment mit einem kurzen Blick, nahm das Papier und murmelte: - Dieser exzentrische Schmuck! Diese Mischung aus Verwegenheit und Mysterium... Sie ist es! Sie wird wohl gekommen sein, um den General zu bezirzen! Man erzählt sich soviele seltsame Geschichten über diese Zauberin! ... Sie ist es...
Doch die Richtung seiner Gedanken änderte sich schlagartig, als er das Papier las, das er in der Hand hielt. Er rieb sich die Augen, traute dem Licht des Mondes nicht, näherte sich, um besser lesen zu können der Leuchte der Wache.
- Es gibt keinen Zweifel! -, rief er, - Der Befehl ist kurz, bündig, wie alle des Generals Heredia... Doch welche Verantwortung lastet auf mir! Und wenn der General sich .... befindet .... so? Er hat seine Kaprizen und mehr als einmal ist es passiert... Verehrte Frau, der Koronel Aguilar, Chef des Tages ist hier (Aurelia zitterte). Ich würde gerne vorher mit ihm reden, bevor ich den Gefangenen ausliefere.
- Unmöglich! Der Befehl, den sie soeben gelesen haben, verbietet das, verbietet jede Intervention. -
- Das ist richtig. -
Der Offizier verschwand zwischen den Spitzbögen des Klosters. Durch ein Zeichen, welches er dem Chef der Wachmannschaft gegeben hatte, als er sich näherte, hatte dieser die Lampe ausgemacht. Die Kaserne lag in Dunkelheit. Aurelia, zitternd vor Unruhe, zählte die Minuten mit den
Schlägen ihres Herzens, musste jedoch nicht lange warten. In der Dunkelheit sah sie zwei Männer kommen, an den Armen untergefasst.  Einer war der Offizier der Wache, der andere Fernando Castro.
Der Offizier legte die Hand des Gefangenen in die seiner Befreierin und begleitete sie auf die Straße. Dann, sich zum Ohr des ersteren hinwendend, mit einer Stimme, die ganz gegen seinen Willen von tiefem Neid zeugte, sagte er zu ihm.
- Glauben Sie mir Kommandante, der Übergang könnte kaum gewaltsamer sein... sapperlott... von diesen Gitterstäben aus Stahl zu diesen wunderschönen Armen, so schön, dass sie den General um den Verstand bringen. -
Diese Worte, die eigentlich an die verhüllte Frau gerichtet waren, erinnerten Aurelia an da, was das ängstliche Wachen zu dieser Nachtzeit sie hatte vergessen lassen: Die Rolle, die die Rache der Juana ihr zugedacht hatte.
Die Röte der Scham brannte auf ihrer Stirn und  sich dem Offizier nähernd, der im Begriff war, die Tür zu schließen, nahm sie den Schleier, der ihr Gesicht verhüllte weg und zeigte ihm ihr Gesicht. Dann, sich erneut bedeckend, zog sie den Gefangenen hinter sich her, den Offizier starr vor Überaschung zurücklassend:
- Die Frau des Koronels! -
Der Gefangene richtete einen Blick auf seine Befreierin und hielt plötzlich inne: - Vergeblich verbirgst du dich, Geschöpf des Himmels -, sagte er zu ihr, -mein Herz hat dich erkannt, seit deine Hand die meine berührte.
- Im Namen des Himmels, Fernando, machen wir das wir von hier, wo jede Minute der Tod für dich ist, der Tod, aus dessen Klauen ich gekommen bin dich unter Gefahr meines Lebens, meiner Ehre zu entreißen, wegkommen... denn ich weiß, oh! Du, den ich geliebt habe vom ersten Blick an, ich weiß
welchen Namen man dem Gefühl gibt, das mich zu dir trägt.
- Meine Liebe -, rief der Gefangene, der ohne es zu bemerken dem raschen Schritt seiner Führerin gefolgt war, mit den Ohren und dem Herzen ganz an diesen sanften Worten hängend, die wie Wellen aus Feuer zu den Tiefen seiner Seele drangen.
- Wo sind wir? - , fragte plötzlich Aurelia, außer Atem innehaltend.
- Am Hang des Hügels, auf der Seite des Brunnens von Yocci -, sagte die Mulattin, die ihnen aus der Entfernung gefolgt war. Aurelia erzitterte: Der Schatten einer schrecklichen Erinnerung schoss ihr durch den Kopf. Dennoch wagte sie, von Angst beherrscht, sich umzuschauen.
An einer Wegbiegung, die durch eine Schlucht und eine Gruppe von Johannisbeerbäumen gebildet wurde, erhob sich der Brunnenrand und die  Pfeiler aus Kalk und Felsgestein, einer jener künstlichen Brunnen, die man so oft in der Nähe der Stadt findet. Ein herrliches Pferd, schwarz wie Ebenholz, war mit den Zügeln an einem der Pfeiler des Brunnens festgebunden, tänzelte ungeduldig, roch die nach Stroh frischgemähten Grases riechende Erde.
- Da ist Tenebroso -, fügte Rafa hinzu -, gesattelt und bereit, wartet er auf seinen Reiter, der nun schon so lange hat auf sich warten lassen. Dann entfernte sich die Mulattin.