- XIV -
El sacrificio
-He aquí todo propicio para la fuga -dijo Aurelia volviéndose a su compañero, que la estaba contemplando con una ardiente mirada-, la hora, el silencio, un buen caballo; ¿por qué tardas? ¡Huye!
-¡Huir! ¡Huir sin ti! Separarnos cuando nos une el amor.
-¡Desventurado! -exclamó Aurelia, retrocediendo espantada ante aquella revelación-. No pronuncies esa palabra; entre nosotros es un sacrilegio.
-¡Ah! -replicó él, asiendo con ademán impetuoso la mano de la joven-, ¿qué nombre das tú que sabes cómo se llama el sentimiento que te inspiro, qué nombre das al sublime arrojo con que llevada de ese sentimiento has desafiado tantos peligros para salvarme? ¿Qué nombre das a ese dulce que derrama en mi corazón un mar de delicias? Y esa tierna mirada que estás fijando en mis ojos, ¿qué se llama? ¡Llámase amor!
Y enlazó a Aurelia con sus brazos. La joven rechazó horrorizada aquel brazo. Una luz terrible iluminó su mente. En el inocente abandono de sentimiento puro, ella misma había dado la imagen de la verdad al funesto error que ofuscaba el alma del proscrito y lo sostenía en aquellos sitios donde lo amenazaba la muerte.
-¡Madre! -murmuró-, ¡perdón! Otros ojos que los míos van a leer el secreto de tu vida; pero yo sé que me apruebas desde el cielo, porque lo ves, madre mía; no hay otro medio de salvarlo.
Y acercándose a Fernando fijó en él una tierna y dolorosa mirada, y le dijo, alargándole un papel:
-¡Quieres conocer la naturaleza del sentimiento que nos une un lazo tan estrecho, y más dulce que el del amor? ¡Lee! y besa mi frente, caigamos de rodillas, oremos juntos, y ¡parte!
El joven tomó el papel con mano ansiosa y lo desdobló a la luz de la luna.
Pero a medida que leía, su frente se tornaba pálida, en sus ojos se pintó el espanto, y sus cabellos se erizaron.
-¡Era mi hermana! -exclamó en una explosión de dolor y de cólera-. ¡Oh! -continuó, arrojando lejos de sí aquel papel-, yo iré a buscarte más allá de este mundo, mujer cruel, que, esclava del orgullo humano, abandonaste impía al hijo de tu oprobio para ornar con la aureola de la virtud tu frente mancillada; que, alejando al hermano de la hermana, eres causa de que el amor santo que debió unirlos, se convirtiese en un sentimiento criminal, en una fuente de eterno dolor; yo iré a buscarte hasta el infierno mismo, para decirte: ¡Maldita seas!
Y el proscrito saltando sobre el veloz caballo desapareció.
Al escuchar esa horrible maldición, Aurelia exhaló un grito y se apoyó desfallecida en uno de los pilares del pozo.
Las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu estaban agotadas; una extraña obscuridad inundó su mente y la dejó en un estado que participaba del síncope y de la vigilia.
Una mano que se posó en su hombro la despertó de repente del enajenamiento en que yacía.
Aguilar pálido, sombrío, terrible estaba delante de ella.
-No has podido engañarme, pérfida -exclamó con su voz sorda, fijando en su esposa una siniestra mirada-; yo sabía que amabas al conspirador boliviano desde aquella noche que estuviste en poder suyo. ¡Y lo negabas! y tu frente se coloreaba con la indignación de la virtud, mientras hollando tu honor y el mío, te preparabas a substraerlo al castigo que le esperaba. ¿Qué has hecho de él? ¡Habla! No es tu esposo el que está delante de ti, es un juez que va a pronunciar tu sentencia y ejecutarla.
¿Qué has hecho del conspirador? ¡Habla!
-Lo he salvado -respondió Aurelia-, pero el sentimiento que me guiaba no era culpable, Aguilar; era un afecto puro, santo, yo te lo juro.
-¡Pruébalo! ¡Ah! ¡Yo daría mi alma por creerlo! -Y una lágrima surcó su pálida mejilla, y con una voz impregnada de dolor y de rabia, repetía-: ¡Pruébalo!
-Y si no me es dado probarlo sino con un juramento, ¿me creerás Aguilar?
-¡Ya ves que mentías!
De súbito, Aurelia dio un grito y se precipitó sobre un objeto que ocultó en su pecho.
Era el papel que arrojó Fernando y que yacía en tierra olvidado. Aguilar lo vio.
-¿Qué encierra ese papel? ¡Necesito verlo!
-¡Mi secreto!... ¡Jamás!
Aguilar fuera de sí se arrojó a su mujer y sujetando sus manos con una de las suyas:
-¿Me darás ese papel? -gritó.
Aurelia hizo un supremo esfuerzo, se desasió de sus manos, y exclamó con energía:
-Aguilar, ¡mátame, pero no me pidas este papel!
Entonces hubo una lucha, corta, pero atroz, encarnizada, horrible, entre el ser fuerte y el ser débil, entre la fuerza física y la fuerza sublime de una voluntad enérgica. Aguilar hizo esfuerzos inútiles para arrancar aquel papel de entre los dedos crispados de Aurelia que lo retenían como una tenaza de hierro.
-Me darás ese papel -repitió Aguilar ciego de cólera.
-¡No!
-¿No?
-No, mil veces no...
La voz de Aurelia se perdió en un sordo gemido. El puñal de Aguilar se había hundido en su seno.
El asesino se hizo dueño de aquella carta precio de su crimen; y con la sangre fría de una celosa rabia satisfecha, desciñose la faja roja que contenía sus armas, ató con ella una piedra al cuello a su víctima y la arrojó al pozo.
Y luego desplegando el papel que apretaba su convulsa mano, lo expuso al rayo de la luna y leyó...
De repente la palidez de la cólera dio lugar a la palidez del espanto. Una nube sangrienta obscureció sus ojos; su corazón cesó de latir, y su lengua helada balbuceó con acento desesperado: -¡Era su hermano!
Tres días después, el general Heredia, paseando con algunas señoras en los bosquecillos floridos de San Bernardo, encontró sentado sobre una roca un hombre pálido y sombrío, con los vestidos en desorden, la cabeza descubierta y la mirada fija:
-Es un loco -dijeron las señoras, agrupándose medrosas detrás del general.
-No -dijo Heredia, reconociéndolo-, es el esposo ultrajado de la infame que abandonando hasta el cadáver insepulto de su madre, ha huido con el conspirador boliviano.
Aquellas palabras despertaron a Aguilar de la enajenación en que yacía. Las ideas vagas que en oleadas ardientes se entrechocaban en un cerebro, tomaron de pronto una fijeza terrible. Midió con un solo pensamiento la enormidad de su crimen y sus fatales consecuencias. No sólo había asesinado a su esposa, ocultando su delito, la había deshonrado. Un remordimiento profundo, un dolor sin nombre invadieron su alma; y corriendo hacia el general, sus labios se abrieron ya para acusarse y justificar a Aurelia; pero dirigiendo una segunda mirada al fondo de su conciencia, se vio tan horrible, que por la primera vez de su vida, tuvo miedo y calló.
Desde aquel día su valor se convirtió en ferocidad; su dolor en una rabia insaciable contra la humanidad entera.
En la batalla, en los combates de guerrilla, y en los frecuentes motines militares de aquella época, Aguilar jamás daba cuartel; mataba sin piedad; se bañaba con placer en la sangre de sus víctimas, y contemplaba con avidez sus agonías.
El desdichado quería olvidar, quería sepultar en un abismo de atrocidades el recuerdo de su crimen. ¡Vana esperanza! Sobre la sangre de los bolivianos y de los soldados rebeldes, veía aparecer otra sangre que clamaba contra él; y entre los gritos de los combatientes y los clamores de los moribundos, oía siempre elevarse un sordo gemido, siguiéndose luego el ruido de un cuerpo que cae en el agua.
Entonces, hundiendo las espuelas en los flancos de su caballo, huía de aquel sitio creyendo huir del implacable recuerdo; y atravesaba los llanos, los bosques y las montañas, corriendo, corriendo siempre hasta que su caballo sin fuerza, exánime, caía bajo de él. Y los pastores de aquellas comarcas que entre las tinieblas veían pasar al sombrío jinete, como una exhalación en la fantástica velocidad de su carrera, hacían, temerosos, la señal de la cruz y recitaban sus más devotas plegarias, creyendo que era el demonio de la noche.

 

- XIV -
Das Opfer
- Ich habe hier alles, war für die Flücht nötig ist -, sagte Aurelia, sich ihrem Begleiter zuwendend, der sie mit einem feurigen Blick betrachtete, - die richtige Zeit, die Stille, ein gutes Pferd. Warum flüchtest du nicht? Flüchte! -
- Flüchten! Flüchten ohne dich! Uns trennen wo uns die Liebe bindet.-
- Unglücklicher!-, rief Aurelia, bei dieser Offenbarung zurückweichend, - sprich dieses Wort nicht aus. In Bezug auf uns ist es eine Gotteslästerung.-
- Ah! -, erwiderte er, mit einer stürmischen Bewegung die Hand der jungen Frau ergreifend, - welchen Namen gibst du, die du weißt wie das Gefühl heißt, das du für mich empfindest, welchen Namen gibst du der Hingabe, diesem Gefühl das dich veranlasste so viele Gefahren einzugehen, um mich zu retten?  Welchen Namen gibst du diesem süßen "Du", das sich in meinem Herz ausbreitet wie ein Meer an Freude? Und dieser zärtliche Blick, den du auf meine Auge richtest, wie heißt der? Er heißt Liebe?
Er umschlang Aurelia mit seinen Armen. Die junge Frau stieß entsetzt jenen Arm zurück. Ein schreckliches Licht blitzte in ihrem Geist auf. Sie selbst hatte das Bild der Wahrheit hingegeben für den tödlichen Fehler in der Seele des Ausgestoßenen, hatte ihn an Orten, wo ihn der Tod bedrohte, unterstützt.
- Mutter! -, murmelte er, - entschuldige! Andere Augen als die meinen werden das Geheimnis deines  Lebens lesen. Doch ich weiß, dass du mich vom Himmel niederschauend entschuldigen wirst, weil du es siehst. Es gibt keine andere Möglichkeit, ihn zu retten.
Sie näherte sich Fernando, schaute ihn an mit einem zärtlichen und schmerzerfüllten Blick. Ihm das Papier reichend sagte sie zu ihm:
- Willst du wissen, welcher Art das Gefühl ist, das uns so fest verbindet, fester verbindet als die Liebe? Lies und küss meine Stirn, lass uns auf die Knie fallen, lass uns beten und geh! -
Begierig griff der junge Mann nach dem Papier und entfaltete es beim Licht des Mondes.
Doch während er las, erblasste seine Stirn, zeichnete sich in seinen Augen das Entsetzen und seine Haare richteten sich auf.
- Sie war meine Schwester! -, rief er in einem Ausbruch von Schmerz und Wut. -Oh! -, fuhr er fort, das Papier weit von sich werfend, -ich werde dich noch jenseits dieser Welt verfolgen, grausame Frau, Sklavin des menschlichen Stolzes, gottlos hast du den Sohn deiner Schande verlassen, um mit der Aureole der Tugend deine befleckte Stirn zu krönen. Hast den Bruder von der Schwester getrennt, bist der Grund, dass die heilige Liebe, die uns einen sollte, sich in ein Verbrechen verwandelt hat, in eine Quelle ewigen Schmerzes. Ich werde dich noch in der Hölle finden, nur um dir zu sagen: Sei verflucht! -
Und der Ausgestoßene sprang auf sein Pferd und verschwand.
Als sie diesen schrecklichen Fluch hörte, stieß Aurelia einen Schrei aus und lehnte sich ohnmächtig auf einen der Pfeiler des Brunnens.
Die Kräfte ihres Körpers und ihres Geistes waren erschöpft. Eine merkwürdige Dunkelheit füllte ihren Geist und ließ ihn in einem Stadium zwischen Ohnmacht und wachen zurück.
Eine Hand legte sich auf ihre Schulter und weckte sie plötzlich aus der Entrücktheit, in der sie sich befand.
Bleich, düster, schrecklich stand Aguilar neben ihr.
- Du hast mich nicht täuschen können, Niederträchtige -, rief er mit einer dumpfen Stimme, einen unheilversprechenden Blick auf seine Frau richtend, - ich  wusste, dass du diesen Verschwörer liebst, seit du in seiner Gewalt warst. Und du hast es abgestritten ! Deine Stirn rötete sich mit der Entrüstung der
Tugend, während du deine und meine Ehre beflecktest. Du hast Vorbereitungen getroffen, ihn der Strafe zu entziehen, die ihn erwartete. Was hast du mit ihm gemacht? Sprich! Es ist nicht dein Mann, der vor dir steht, sondern der Richter, der dein Urteil sprechen und vollstrecken lässt.
Was hast du mit dem Verschwörer gemacht? Sprich!
- Ich habe ihn gerettet -, antwortete Aurelia, - doch das Gefühl, das mich an ihn band, war nicht schuldbeladen, Aguilar, es war eine reine, heilige Leidenschaft, das schwöre ich dir. -
- Beweis es! Ah! Ich würde mein Leben geben um es zu glauben! - Eine Träne durchfurchte seine blasse Wange und mit einer Stimme, die von Schmerz und Wut verzerrt war, wiederholte er: Beweis es! -
- Und wenn ich nicht in der Lage bin es anders als durch einen Schwur zu beweisen, wirst du mir glauben? -
- Jetzt siehst du, dass du gelogen hast ! -
Plötzlich stieß Aurelia einen Schrei aus und stürzte sich auf ein Objekt, dass sich in ihrer Brust befand.
Es war das Papier, das Fernando weggeworfen hatte und vergessen auf der Erde lag. Aguilar sah es.
- Was beinhaltet dieses Papier? Ich will es sehen! -
- Mein Geheimnis! Nie ! -
- Wirst du mir dieses Papier geben? - schrie er.
Aguilar, außer sich, stürzte sich auf seine Frau, fasste mit einer der seinen ihre Hände:
- Wirst du mir dieses Papier geben? - schrie er.
Aurelia bot alle ihre Kräfte auf, befreite sich aus seinem Griff und rief mit Energie:
- Aguilar, töte mich, aber bitte mich nicht um dieses Papier! -
Es begann ein Kampf, kurz, aber schrecklich, verbissen, grauenhaft, zwischen dem Starken und dem Schwachen, zwischen der physischen Kraft und der sublimen Kraft eines energischen Willens. Aguiler strengte sich vergeblich an, dieses Papier den verkrampften Händen Aurelias, die es wie im Griff einer Zange aus Eisen festhielten, zu entreißen.
- Wirst du mir dieses Papier geben -, wiederholte Aguilar, blind vor Wut.
- Nein -
- Nein? -
- Nein, tausend Mal nein...-
Die Stimme Aurelias verlor sich in einem dumpfen Schrei. Der Dolch Aguilars hatte sich in ihrer Brust versenkt.
Der Mörder bemächtigte sich des Lohnes für sein Verbrechen und mit dem kalten Blut einer gestillten, wahnwitzigen Wut, nahm er  die rote Schärpe, worin sich seine Waffen befanden, ab, band damit einen Stein an den Hals des Opfers und warf sie in den Brunnen.
Dann entfaltete er das Papier, das er in seiner verkrampften Hand gehalten hatte, strich es im Mondschein glatt und las....
Und plötzlich wich die Blässe der Wut der Blässe des Entsetzens. Eine blutige Wolke verdunkelte seine Augen. Sein Herz hörte auf zu schlagen und seine eiskalte Zunge stammelte: - Er war ihr Bruder! -

Drei Tage später traf der General Heredia, als er in Begleitung dreier Damen in den kleinen, blühenden Wäldern von San Bernardo spazieren ging, einen bleichen und düsteren Mann, die Kleider durcheinander, das Haupt entblößt und den Blick starr:

- Es ist ein Verrrückter -, sagten die drei Frauen, sich ängstlich um den General gruppierend.
- Nein -, sagte Heredia, der ihn erkannte, - es ist der gehörnte Ehemann, der Ruchlosen, die vom Sterbebett ihrer Mutter weg, mit dem bolivianischen Verschwörer geflüchtet ist.
Diese Worte erweckten Aguilar aus der Entrücktheit, in der er sich befand. Die vagen Ideen, die in feurigen Wellen in seinem Kopf zusammenstießen, bekamen plötzlich eine schreckliche Konkretheit. Er maß mit einem einzigen Gedanken die Größe seines Verbrechens und seine fatalen Konsequenzen. Er hatte nicht nur seine Frau getötet und die Spuren seines Verbrechens verwischt, er hatte sie auch entehrt. Fürchterliche Gewissensqualen, ein Schmerz ohne Namen drang in seine Seele. Er lief zu dem General, seine Lippen öffneten sich, um Aurelia zu rechtfertigen. Doch nachdem er ein zweites Mal  in die Tiefe seines Bewußtsein geschaut hatte, fühlte er sich so schrecklich schuldig, dass er zum ersten Mal in seinem Leben Angst empfand und  verstummte.
Von diesem Tag an wurde aus seinem Mut Jähzorn. Sein Schmerz wandelte sich in eine rasende Wut gegen die ganze Menschheit.
In der Schlacht, in den Guerillakämpfen und in den in jenen Tagen häufig vorkommenden Meutereien der Militärs, ließ Aguilar nie Schonung walten, tötete ohne Erbarmen, badete sich mit Wonne im Blut seiner Opfer, betrachtete begierig ihren Todeskampf.
Der Unglückliche wollte vergessen, wollte in einem Abgrund an Grausamkeiten die Erinnerung an sein Verbrechen versenken. Vergebliche Hoffnung! Über dem Blut der Bolivianer und der rebellischen Soldaten, erschien immer wieder jenes andere Blut, das ihn anklagte. Zwischen den Schreien der Kämpfer und dem Röcheln der Sterbenden, hörte er immer einen dumpfen Schrei, gefolgt von einem Geräusch wie von einem Körper, der ins Wasser fällt.
Dann, die Sporen in die Seite seines Pferdes rammend, floh er in dem Glauben, der unbarmherzigen Erinnerungen entfliehen zu können, von diesem Ort. Durchquerte die Prärien, die Wälder, die Berge, im Galopp, immer im Galopp, bis sein Pferd, ermattet, unter ihm zusammenbrach. Die Hirten
jener Gegenden, die den düsteren Reiter, der einem Schweif glich in der irren Geschwindigkeit seines Laufs, in der Dunkelheit vorüberhuschen sahen, bekreuzigten sich  und rezitierten, in dem Glauben er sei der Teufel der Nacht,  die frommsten Gebete.