- XV -
La derrota
Un día, a la cabeza de su regimiento, Aguilar se encontró haciendo parte de un ejército formado en batalla sobre el llano que se extiende a la falda del Montenegro. Al frente en el extremo opuesto de la llanura, extendíase la línea del ejército boliviano.
Siempre sediento de sangre, Aguilar entretenía su impaciencia señalando con la vista el número de sus víctimas, en tanto que sonara la deseada señal del combate, que no se hizo esperar mucho tiempo.
Entonces, los antiguos hermanos de armas bajo el lábaro azul de la libertad, separados por el odio fratricida de partido, enarbolando los unos el negro estandarte de la confederación argentina, los otros el tricolor de la confederación perú-boliviana, enseñas de degeneración e ignominia, se arrojaron unos sobre otros como tigres hambrientos, haciendo luego de aquel campo un lago de sangre sembrado de cadáveres.
En lo más encarnizado del combate, Aguilar divisó un hombre que con la espada desnuda y destilando sangre, atravesaba como el rayo los batallones argentinos, dejando en pos la muerte y el espanto.
En el aspecto de aquel hombre había algo de fantástico propio a aumentar el terror que inspiraba su arrojo. Montaba un caballo negro como la noche, y su ancha capa del mismo color flotaba a su espalda al agrado del viento, como las alas de la fatalidad.
Aguilar vio cejar a los suyos ante aquel formidable guerrero; y arrojándose a él, alcanzole al momento en que retiraba la espada humeante del pecho de un enemigo, y lo atravesó con la suya.
El incógnito volvió sobre él como un tigre; pero las fuerzas le faltaron de repente; el acero se escapó de su mano, extendió los brazos y su cuerpo inanimado se deslizó del caballo, que siguió su rápido curso y desapareció.
Aguilar, fiel a su bárbara costumbre, se inclinó sobre el arzón para contemplar su víctima. Pero al fijarse en el rostro del cadáver, sus ojos se dilataron de horror y sus cabellos se erizaron.
-¡¡Fernando de Castro!! -exclamó inmóvil en medio a los torbellinos de humo que lo envolvían-. ¡Fernando de Castro! -repetía. Y una voz lúgubre se elevó desde el fondo de su alma, gritándole: -¡Asesino de la hermana! ¡Matador del hermano! ¡Maldito seas! ¡Maldito! ¡Maldito!
De súbito, una inmensa oleada de fugitivos chocó contra él y lo arrastró lejos del campo de batalla. En vano Aguilar ciego de rabia y deseando matar y morir, cerraba el paso a sus soldados y los hería sin misericordia; a pesar de sus esfuerzos unidos a los otros jefes, el ejército entero se desbandó, y los argentinos, por vez primera huyeron ante sus enemigos.

 

- XV -
Die Niederlage
Eines Tages befand sich Aguilar, Bestandteil einer Arme, die auf der Fläche vor dem Abhang des Berges Montenegro Schlachtposition bezogen hatte, an der Spitze seines Regiments. Auf der anderen Seite der Fläche, war die Linie der bolivianischen Armee ausgebreitet.
Wie immer durstig nach Blut, vertrieb sich Aguilar die Zeit damit, mit dem Blick die Anzahl seiner Opfer zu zählen, bis das ersehnte Signal des Kampfes,das nicht lange auf sich warten ließ, ertönte.
Daraufhin fielen  die früher unter dem blauen Banner der Freiheit geeinten Brüder, die jetzt der Bruderhass trennte, die einen die schwarze Standarde der argentinischen Konföderation hissend, die andere die Trikolore der bolivianisch-peruanischen Konföderation, Zeichen der Degenerierung und der Schande, übereinander her wie hungrige Tiger, machten aus dem Feld einen See aus Blut übersät mit Leichnamen.
Auf dem Höhepunkt der Schlacht konnte Aguilar einen Mann erkennen, der mit offenem Schwert und Blut zapfend, wie ein Strahl die Bataillone der Argentinier durchpflückte, der hinter sich nichts als Tod und Schrecken ließ.
Der Anblick dieses Mannes hatte etwas Phantastisches, das geeignet war, den Schrecken, den seine Verwegenheit erzeugte, noch zu unterstützen. Er ritt auf einem Pferd schwarz wie die Nacht und sein weiter Umhang in der gleichen Farbe flatterte in seinem Rücken nach der Laune des Windes, wie die
Flügel des Schicksals.
Aguilar sah, wie die seinen vor diesem gewaltigen Krieger zurückwichen, stürmte ihm entgegen und erreichte ihn just in dem Moment, in dem er das dampfende Schwert aus der Brust eines Feindes zog und durchstieß seine Brust mit seinem.
Der Unbekannte wandte sich ihm zu wie ein Tiger, doch die Kraft fehlte ihm plötzlich, der Stahl entglitt seiner Hand, er breitete die Arme aus und sein Körper glitt vom Pferd, das seiner Bahn folgte und verschwand.
Aguilar, getreu seinem barbarischen Brauch, neigte sich über seine Sattelspitze um sein Opfer zu betrachten. Doch als er das Gesicht des Leichnams  betrachtete, weiteten sich seine Augen vor Entsetzen und seine Haare richteten sich auf.
- Fernando de Castro ! - , schrie er, unbeweglich  inmitten des Rauches, der ihn umgab. - Fernando de Castro ! - wiederholte er und eine dumpfe Stimme erhob sich aus der Tiefe seiner Seele: - Mörder der Schwester ! Mörder des Bruders ! Verdammt seist du ! Verdammt ! Verdammt! -
Plötzlich krachte eine gewaltige Welle an Flüchtlingen gegen ihn und schleifte ihn weit weg vom Schlachtfeld. Vergeblich versuchte Aguilar, blind vor  Wut und voll Begierde zu töten und zu sterben, seinen Soldaten den Weg zu versperren, schlug ohne Erbarmen auf sie ein. Trotz seiner und der Anstrengungen der anderen Kommandierenden, löste sich das ganze Heer auf und die Argentinier flüchteten zum ersten Mal vor ihren Feinden.