Tratado segundo
Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una de ellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me recibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más, sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía.

Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que, aunque de ello no me aprovechara, con la vista de ello me consolara.

Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave, en una cámara en lo alto de la casa. De éstas tenía yo de ración una para cada cuatro días, y, cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo:
-Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar.
Como si debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía conmigo del caldo, que de la carne ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara!

 

Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una, que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía, y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo:
-Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el papa.
«¡Tal te la dé Dios!» -decía yo paso entre mí.
A cabo de tres semanas que estuve con él vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto. Y, aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al que Dios perdone (si de aquella calabazada feneció), que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido, no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.

Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta, y, acabado el ofrecer, luego me quitaba la concha y la ponía sobre el altar.
No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví, o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana
Y por ocultar su gran mezquindad, decíame:
-Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.
Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador. Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces.

Y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.
Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo; y el que se moría, otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que allí estuve, que serían casi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque, viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida.

Mas de lo que al presente padecía, remedio no hallaba; que, si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana hambre, más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí, como para los otros deseaba algunas veces; mas no la veía, aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de éste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?».

Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines. Y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo. Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar.

«En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco, si me remediásedes» -dije paso, que no me oyó.
Mas, como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo, le dije:
-Tío, una llave de este arcaz he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.
Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones.
Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz, y, abierto, díjele:
-Yo no tengo dineros que daros por la llave; mas tomad de ahí el pago.
Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y, dándome mi llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.
Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y, aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.
Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo y en dos credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida.

Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso; mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha. Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: «¡San Juan y ciégale!»

Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:
-Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve quedan y un pedazo.
«¡Nuevas malas te dé Dios!» -dije yo entre mí.
Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa. Yo, por consolarme, abro el arca y, como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos mil besos, y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.

Mas, como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto, que otra cosa no hacía, en viéndome solo, sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trajo a mi memoria un pequeño remedio, que, considerando entre mí, dije: «Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre».

 

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban, y tomo uno y dejo otro, de manera que, en cada cual, de tres o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma gragea, lo comí y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

-¡Lázaro, mira, mira, qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!
Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.
-¿Qué ha de ser? -dijo él-. Ratones, que no dejan cosa a vida.
Pusímosnos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien: que me cupo más pan que la lacería que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:

-Cómete eso, que el ratón cosa limpia es. Y así, aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.
Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.
«¡Oh Señor mío -dije yo entonces-, a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi lacería, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura.

Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquélla carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos».
Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero, con muchos clavos y tablillas, dio fin a sus obras, diciendo:
-Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa mala medra tenéis. De que salió de su casa, voy a ver la obra, y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por donde le pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y de ellos todavía saqué alguna lacería, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgrimidor diestro. Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.

Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.

Levantéme muy quedito, y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y, por do había mirado tener menos defensa, le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno de él usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y consintió en su costado, por mi remedio, un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca, y, al tiento, del pan que hallé partido, hice según de yuso está escrito. Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y así sería, porque cierto, en aquel tiempo, no me debían de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.

 

Otro día fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos los ratones y decir:
-¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa, sino agora!  Y sin duda debía de decir verdad, porque, si casa había de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquélla de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas a atapárselos. Venida la noche y su reposo, luego yo era puesto en pie con mi aparejo y, cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche.

En tal manera fue y tal prisa nos dimos, que sin duda por esto se debió decir: «donde una puerta se cierra, otra se abre». Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues, cuanto él tejía de día rompía yo de noche. Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma que, quien quisiera propiamente de ella hablar, más corazas viejas de otro tiempo, que no arcaz, la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.

 

De que vio no aprovecharle nada su remedio, dijo:
-Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha: armaré por de dentro a estos ratones malditos.
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio, porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.
Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el ratón, y hallar caída la trampilla del gato.

Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:
-En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe de ser sin duda. Y lleva razón, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo, y, aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase a salir.

Cuadró a todos lo que aquél dijo y alteró mucho a mi amo, y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roía el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir. Íbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo; porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aún mordellas y hacerles peligrar.

Yo las más veces hacía del dormido, y en la mañana, decíame él:
-¿Esta noche, mozo, no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.
-¡Plega a Dios que no me muerda -decía yo-, que harto miedo le tengo!
De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra (o culebro por mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar, hacía mis saltos. Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave, que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca, porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbase el comer, porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.
Pues, así como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es diligencia. Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que, una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera y postura que el aire y resoplo, que yo durmiendo echaba, salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parecer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y, al tiento y sonido de la culebra, se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra. Y, como cerca se vio, pensó que allí en las pajas, do yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme. Mas, como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho. Y con mucha prisa fue a buscar lumbre y, llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego a proballa, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: «El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado».

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena, mas, de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos, y, espantado, dije:
-¿Qué es esto?
Respondióme el cruel sacerdote:
-A fe que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado.
Y miré por mí, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal.
A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos. Y comiénzanme a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y, como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:
-Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.
Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron demediar. Y así, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro (mas no sin hambre) y medio sano.

Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:

-Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.
Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta.
 

Zweite Abhandlung
Wie sich Lazarus bei einem Geistlichen niederließ und von den Dingen, die er mit ihm erlebte

Da es mir nicht mehr sicher schien, hier zu bleiben, ging ich anderntags weg, in eine andere Ortschaft, die man Maqueda nannte, wo mich meine Sünden mit einem Geistlichen zusammentreffen ließen, der mich fragte, als ich ihn um ein Almosen bat, ob ich wisse, wie man beim Lesen der Messe helfe. Ich sagte ja, da es wahr war, denn obwohl mich der sündige Blinde misshandelt hatte, so hatte er mir doch tausend gute Sachen gezeigt, und eine davon war diese. Schließlich nahm mich der Geistliche in seinen Dienst.
Ich entkam dem Donner und geriet unter den Blitz, denn im Vergleich zu diesem, war der Blinde ein Alexander der Große, obwohl er der Geiz selber war, wie ich erzählt habe. Ich sage nicht mehr, als dass alle Schäbigkeit der Welt in diesem enthalten war: Ich weiß nicht, ob das auf seinem Mist gewachsen war, oder ob er es sich mit dem priesterlichen Habit angeeignet hatte.
Er hatte eine alte und verschlossene Truhe, deren Schlüssel er am Gürtel des Umhangs befestigt hatte. Und wenn das Opferbrot der Kirche kam, steckte er es eigenhändig dort hinein und verschloss die Truhe wieder. Und im ganzen Haus gab es nichts zu essen, wo doch gewöhnlich in anderen ein Stück Speck im Rauchfang hängt, ein Stück Käse auf einer Platte liegt oder ein Körbchen mit ein paar Brotstücken, die vom Tisch übrig geblieben sind, im Schrank steht, und mir scheint, auch wenn ich daraus keinen Nutzen zöge, so könnte mich wenigstens deren Anblick trösten. Es gab nur einen Zwiebelzopf, und auch unter Verschluss, in einer Kammer oben im Haus. Von denen war meine Ration alle vier Tage eine, und wenn ich ihn um den Schlüssel bat, um sie holen zu gehen, wenn jemand dabei war, dann griff er in die Brusttasche und band ihn mit großem Getue los und gab ihn mir mit und sagte: “Nimm ihn und bring ihn nachher zurück, und ihr sollt nicht nur naschen.“

Als ob darin alles Eingemachte von Valencia wäre, wo es doch in besagter Kammer, wie ich schon sagte, nichts anderes hatte als die Zwiebeln an einem Nagel aufgehängt. Diese hatte er genau abgezählt, so dass es mir, wenn ich gezwungenermaßen ungehorsam gewesen wäre und mehr als mir zustand genommen hätte, teuer zu stehen gekommen wäre. Kurz und gut, ich kam vor Hunger beinahe um. Nun, wenn er mir gegenüber auch wenig Wohltätigkeit aufbrachte, für sich selber setzte er sie umso mehr ein. Fleisch für fünf Blancas gab er  gewöhnlich für Mittag- und Abendessen aus. Zwar teilte er die Brühe mit mir, auf das Fleisch aber, richtete er sein Auge, höchstens ein bisschen Brot, und möge Gott es geben, davon wäre ich auch nur zur Hälfte satt geworden. Samstags isst man hierzulande Hammelkopf und er schickte mich nach einem, der drei Maravedís kostete. Den kochte er sich und aß die Augen und die Zunge und den Hinterkopf und Hirn und das Fleisch, das er  in den Kinnbacken hatte, mir gab er alle abgenagten Knochen und er gab sie mir auf den Teller und sagte: “Nimm, iss, frohlocke, denn für dich ist die Welt. Du hast ein besseres Leben als der Papst.“ “So soll Gott es dir geben!”, sagte ich im Stillen zu mir.
Am Ende der drei Wochen, die ich bei ihm war, war ich so schwach, dass ich mich vor lauter Hunger nicht mehr auf den Beinen halten konnte. Ich sah mich ganz klar ins Grab sinken, wenn Gott und mein Wissen das nicht verhindern würden. Um meine Tricks anzuwenden, hatte ich keine Ausrüstung, weil es nichts gab, was ich ihm hätte wegnehmen können. Und selbst wenn es etwas gehabt hätte, konnte ich ihn ja nicht blenden, wie ich es mit dem gemacht hatte, dem Gott verzeihen möge (falls er jenen Schlag auf den Kopf nicht überstanden haben sollte), dem immer noch, obwohl schlau, jener hoch geschätzte Sinn fehlte und der mich nicht wahrnehmen konnte; aber dieser andere hat einen scharfen Blick wie kein anderer.
Wenn wir beim Offertorium waren, fiel keine Blanca in die Schale, die nicht von ihm registriert wurde: Er hatte das eine Auge auf den Leuten und das andere auf meinen Händen. Die Augen tanzten ihm im Kopf, als ob sie aus Quecksilber wären. Wie viele Blancas sie auch spendeten, er zählte sie und wenn die Kollekte beendet war, nahm er mir die Schale weg und stellte sie auf den Altar. Ich konnte ihm keine Blanca wegnehmen, solange ich bei ihm lebte, oder besser gesagt, starb. Nie brachte ich ihm aus dem Gasthaus für eine Blanca Wein mit; aber jenes Wenige, das er vom Opfer in seine Truhe gesteckt hatte, teilte er derart auf, dass es für die ganze Woche reichte. Und um seine Knauserei zu verbergen, sagte er zu mir: “Schau, Junge, die Priester müssen im Essen und Trinken sehr mäßig sein und darum bin ich nicht so ungehorsam wie andere.“ Aber der Elende war verlogen und falsch, denn bei Laienbruderschaften und Leichenschmäusen, wo wir beteten, aß er auf Kosten anderer Leute wie ein Wolf und trank mehr als ein Gesundbeter. Und da ich von Leichenschmäusen sprach, Gott möge mir verzeihen, denn ich war nie ein Feind der menschlichen Wesen, außer damals.
Und dies war so, weil wir gut aßen und ich satt wurde. Ich wünschte mir und bat Gott, dass jeder Tag seinen Toten hätte. Und wenn wir den Kranken die Sakramente reichten, insbesondere die Letzte Ölung, forderte der Geistliche die Umstehenden auf, zu beten, und ich war bestimmt nicht der Letzte im Gebet, und ich bat den Herrn von ganzem Herzen und mit Zuneigung, nicht dass er den Teil, der am dienlichsten sei, wegwerfe, wie man zu sagen pflegt, sondern dass er ihn von dieser Welt nehme.
Und wenn einer von ihnen entkam, Gott möge mir verzeihen, den wünschte ich tausendmal zum Teufel und der, der starb, der nahm ebenso viele Segenswünsche meiner Glückseligkeit mit. Denn in der ganzen Zeit, die ich dort verbrachte, das waren fast sechs Monate, verstarben nur zwanzig Personen, und diese, so glaube ich, brachte ich um, oder, um es besser auszudrücken, sie starben auf meine Bitte hin, weil der Herr mein heftig andauerndes Dahinsterben sah, denke ich, dass es ihm gefiel, sie sterben zu lassen, um mir das Leben zu schenken. Aber was ich jetzt erduldete, dafür fand ich keine Abhilfe, an dem Tag, an dem wir jemanden beerdigten, lebte ich zwar, an den Tagen, an denen es keine Toten gab, kehrte ich zu meinem alltäglichen Hunger zurück und weil ich vom Übermaß verwöhnt war, spürte ich ihn umso mehr. So dass ich in nichts Erleichterung fand, ausgenommen im Tod, den ich mir manchmal sowohl für mich als auch für die anderen wünschte, aber ich sah ihn nie, obwohl er immer in mir war. Ich dachte oft daran, von diesem geizigen Herrn wegzulaufen, ließ es aber aus zwei Gründen sein: Der erste war, dass ich es meinen Beinen nicht zutraute, aus Furcht vor der Schwäche, die mich vor lauter Hunger überkam; und der andere, dass ich überlegte und sagte: “Ich habe zwei Herren gehabt: Der erste brachte mich an den Rand des Todes, und als ich ihn verließ, traf ich mit diesem andern zusammen, der mich durch den Hunger beinahe ins Grab bringt, wenn ich nun von dem weglaufe und an einen noch schlimmeren gerate, was wird sein, wenn nicht sterben?“
Deswegen traute ich mich nicht weg, weil ich glaubte, dass alle Stufen schlimmer sein mussten. Und noch einen Punkt tiefer, und man würde Lazarus auf der Welt nicht mehr hören. Da ich nun in solcher Not war, die den Herrn nachgeben und jeden treuen Christen davon befreien lässt, und ich mir nicht zu raten wusste, weil es mir immer schlechter ging, da kam eines Tages, als der elende, miese Geizkragen von einem Herrn nach außerhalb gegangen war, zufällig ein Kesselflicker an meine Tür, der, so glaube ich, ein Engel sein musste, der mir durch die Hand Gottes in diesem Gewand geschickt worden war. Er fragte mich, ob es etwas herzurichten gebe.
“Bei mir hättet Ihr gut zu tun und würdet nicht wenig machen, wenn Ihr mir Abhilfe schüfet“, sagte ich nebenbei, so dass er mich nicht hörte. Da aber nicht die Zeit war, geistreiche Einfälle hervorzubringen, sagte ich, vom Heiligen Geist erleuchtet, zu ihm: “Mann, ich habe den Schlüssel zu dieser Truhe verloren und fürchte, mein Herr peitscht mich dafür aus. Um Euer Leben, schaut doch nach, ob bei diesen, die Ihr bei Euch tragt, nicht einer ist, der passt, ich werde ihn Euch bezahlen.“
Dieser engelhafte Kesselflicker begann, einen nach dem anderen aus einem großen Schlüsselbund, den er bei sich trug, auszuprobieren, und ich half ihm mit meinen schwachen Gebeten. Und eh ich mich versah, erblickte ich im Innern der Truhe das Antlitz Gottes in Brotgestalt, wie man sagt, und als sie offen war, sagte ich zu ihm: “Ich habe kein Geld, um es Euch für den Schlüssel zu geben, aber nehmt Euch den Lohn da heraus.“
Er nahm eines der Opferbrote, das ihm am besten erschien und, mir den Schlüssel überlassend, ging er zufrieden weiter und ließ mich noch zufriedener zurück.
Ich rührte aber für den Augenblick nichts an, damit das Fehlen nicht auffiel, und, auch weil  ich mich nun als Herr über so viel Gutes sah, schien es mir, als ob der Hunger sich nicht an mich heran wagen würde. Der Schuft von meinem Herrn kam zurück und Gott sei Dank bemerkte er nichts von der Opfergabe, die der Engel mitgenommen hatte.
Als er am andern Tag aus dem Haus ging, öffnete ich mein Paradies aus Brot und nahm eine Opfergabe zwischen meine Hände und Zähne und innerhalb zweier Credos ließ ich sie verschwinden und ich vergaß auch nicht, dass die Truhe noch offen war. Und ich begann mit großer Freude das Haus zu kehren und mir schien, mit dieser Abhilfe von jetzt an das traurige Leben abschaffen zu können.
Und so genoss ich damit diesen und den folgenden Tag, aber mein Glück wollte nicht, dass diese Erleichterung andauerte, denn später, am dritten Tag, ereilte mich das unmittelbare Tertianafieber. Und es war so, dass ich den, der mich vor Hunger umkommen ließ, zur Unzeit über unserer Truhe sehe, wie er die Brote hin und her dreht und immer und immer wieder zählt. Ich machte keinen Hehl daraus und in meinem stillen Gebet, andächtig und flehend sagte ich: “Heiliger Johannes, schlag ihn mit Blindheit!“
Nachdem er längere Zeit mit Rechnen verbracht hatte, die Tage an den Fingern abzählend, sagte er: ”Wenn ich die Truhe nicht so wohl verwahrt hätte, würde ich sagen, dass man mir von den Broten herausgenommen hat, aber ab heute will ich, nur um dem Verdacht die Türe zu verschließen, genau Buch führen: Neun bleiben und ein angebrochenes Stück.“
“Gott schicke dir neue Plagen”, sagte ich zum mir.
Mir schien, bei dem, was er sagte, als bohre sich mir der Pfeil eines Jägers ins Herz und der Magen begann, sich vor Hunger zu verkrampfen, als er sich auf die vergangene Diät gesetzt sah. Er ging aus dem Haus. Ich, um mich zu trösten, öffnete die Truhe und wie ich das Brot sah, begann ich, es anzubeten, wagte aber nicht, es zu empfangen. Ich zählte sie, ob der Elende sich zufälligerweise geirrt haben könnte und musste aber feststellen, dass seine Rechnung genauer war, als ich wollte. Das Einzige, was ich machen konnte, war, ihnen tausend Küsse zu geben und so behutsam es ging, brach ich von dem angebrochenen Stück ein wenig ab, in der Richtung wie es gebrochen war und damit verbrachte ich den Tag, nicht so fröhlich wie den vergangenen. Aber der Hunger nahm zu, hauptsächlich, weil sich der Magen in den zwei oder drei Tagen, wie ich schon sagte, an mehr Brot gewöhnt hatte, hungerte ich erbärmlich, so sehr, dass ich nichts anderes tat, als die Truhe auf- und zuzuschließen, wenn ich allein war, und in jener das Antlitz Gottes zu betrachten, denn so sagen es ja die Kinder. Doch Gott selber, der den Bekümmerten beisteht, rief mir, als er mich in dieser Bedrängnis sah, eine kleine Abhilfe ins Gedächtnis, so dass ich, als ich nachgedacht hatte, zu mir sagte: “Diese Truhe ist alt und groß und an einigen Stellen kaputt, wenn sie auch nur ganz kleine Löcher hat. Man könnte denken, dass Mäuse eintreten und das Brot annagen. Ein ganzes Brot herauszunehmen, ist nicht angemessen, weil er das Fehlen bemerken wird, er, der mich so leben lässt. Das erduldet man gut.“ 
Und ich begann, das Brot über ein paar nicht sehr teuren Tüchern, die dort waren, zu zerkrümeln, und ich nahm eines und ließ das andere liegen, so, dass ich aus jedem dritten oder vierten das Bisschen, das drin war, herausklaubte. Und nachher aß ich es, wie einer der Marmelade isst, und das tröstete mich etwas. Aber er, als er essen wollte und die Truhe öffnete, sah die böse Bescherung und glaubte zweifelsfrei, dass es Mäuse waren, die den Schaden verursacht hatten, denn ihre Art zu nagen war sehr gut nachgeahmt. Er schaute sich die ganze Truhe von oben nach unten an und er entdeckte einige Löcher, durch die sie, vermutete er, hineingekommen waren. Er rief mich und sagte: “Lazarus, schau, schau mal, welches Verhängnis diese Nacht über unser Brot hereingefallen ist.“
Ich tat sehr verwundert und fragte ihn, was los sei.
“Was soll schon sein?”, sagte er. „Mäuse, die nichts am Leben lassen.“
Wir machten uns ans Essen und Gott wollte, dass es mir auch dabei gut erging: Mir fiel mehr Brot zu, als das Bisschen, das er mir zu geben pflegte, weil er mit einem Messer alles wegkratzte, was er für benagt hielt und sagte: “Iss dies, denn die Maus ist etwas Sauberes.“ Und so, nachdem ich die Ration meiner Hände Arbeit beigefügt hatte, oder besser gesagt, meiner Fingernägel, beendeten wir an jenem Tag die Mahlzeit, obwohl ich damit gar nicht begonnen hatte.
Und nachher durchfuhr mich ein neuer  Schrecken, als ich sah, wie er emsig Nägel aus den Wänden zog und Brettchen zusammensuchte, mit denen er alle Löcher der alten Truhe zunagelte und verschloss. “Oh mein Gott”, sagte ich nun, „wie viel Elend, Missgeschick und Unglück sind wir Menschen doch ausgesetzt und wie kurz dauern die Vergnügen unseres mühseligen Daseins an. Da bin ich nun, der ich dachte, mit diesem elenden und armseligen Mittel Abhilfe zu schaffen und aus meiner Dürftigkeit herauszukommen und war schon etwas heiter und guter Dinge.
Aber mein Elend wollte es nicht, es weckte diesen Unglückseligen, meinen Herrn auf und auferlegte ihm mehr Fleiß, als er von sich aus schon hatte (nun, daran fehlt es ja dem größten Teil der Elenden nie); es sah vor, die Türe zu meinem Trost zu schließen und die zu meinen Anstrengungen zu öffnen, sobald die Löcher der Truhe einmal verschlossen waren. So jammerte ich, während mein eifriger Schreiner mit vielen Nägeln und Brettchen sein Werk beendete und sagte: “Jetzt, meine drolligen, treulosen Mäuse, müsst ihr den Plan ändern, denn in diesem Haus habt ihr schlechtes Gedeihen.“
Nachdem er das Haus verlassen hatte, ging ich mir das Werk anschauen und fand heraus, dass er in der armseligen und alten Truhe kein Loch gelassen hatte, wo auch nur eine Mücke hineingehen könnte. Ich öffnete sie mit meinem nützlichen Schlüssel, ohne Hoffnung, daraus einen Nutzen  zu ziehen, und sah die zwei oder drei angebrochenen Brote, die mein Herr für angenagt hielt, und, wie ein geschickter Fechter berührte ich sie ganz leicht und kratzte immerhin noch ein paar Krümel aus ihnen heraus. Da die Not nun eine so große Lehrerin ist und ich mich immer noch in solcher Not sah, dachte ich Tag und Nacht daran, wie ich mich ernähren könnte. Und ich denke,  dass der Hunger das Licht war, um diese dunklen Mittel ausfindig zu machen, sagt man doch, die Erfindungsgabe werde durch ihn hervorgerufen, und die  Übersättigung bewirke das Gegenteil, und so war es bei mir ganz sicher auch. Nun war ich eines Nachts wieder schlaflos und dachte darüber nach, überlegte, wie mir die Truhe doch etwas einbringen und ich meinen Nutzen daraus ziehen könnte. Ich hörte, dass mein Herr schlief, denn er zeigte es mit Schnarchen und mit einem starken Schnauben an, das er, wenn er schlief, immer von sich gab. Ich stand ganz leise auf und ging, da ich schon tagsüber bedacht hatte, was zu tun war und ein altes Messer dort gelassen hatte, wo ich es wieder finden würde, zur traurigen Truhe und setzte dort, wo ich den geringsten Widerstand finden würde, mit dem Messer an und benützte es wie einen Bohrer. Und wie ich die antiquierte Truhe, da sie so viele Jahre alt war, ohne Kraft und Herz vorfand, vielmehr weich und wurmstichig, gab sie mir später nach und ließ an ihrer Seite zu meiner Abhilfe ein beachtliches Loch zu. Als das gemacht war, öffnete ich die verletzte Truhe sehr vorsichtig, ertastete das Brot, das ich angeschnitten vorfand und tat wie oben beschrieben. Damit etwas getröstet, schloss ich wieder ab, kehrte zu meinem Strohlager zurück, auf dem ich mich ausruhte und ein wenig schlief, was mir aber schlecht gelang und ich dem Nicht-Essen zuschrieb. Und so war es sicher auch, denn zu jener Zeit dürften mir kaum die Sorgen des Königs von Frankreich den Schlaf geraubt haben.
Anderntags wurde der Schaden durch den Herrn, meinen Herrn entdeckt, so beim Brot wie beim Loch, das ich gemacht hatte und er begann, die Mäuse zum Teufel zu wünschen und sagte: “Was sagen wir dazu? Noch nie hat man in diesem Haus Mäuse bemerkt, erst jetzt!“ Und ohne Zweifel musste er die Wahrheit sagen, denn, wenn es im ganzen Königreich ein Haus gab, welches ihnen das Vorrecht der Abgabenfreiheit zusprach, dann war es mit Recht dieses, weil sie sich nicht dort aufhalten, wo es nichts zu fressen gibt. Wieder suchte er im Haus und an den Wänden nach Nägeln und Brettchen, um sie zu vernageln. War es Nacht und seine Ruhezeit gekommen, dann war ich mit meinem Gerät auf den Beinen, und so viel er tagsüber zustopfte, machte ich nachts wieder auf. So war es und wir beeilten uns derart, dass man deswegen zweifelsfrei sagen konnte: “Wo sich eine Tür schließt, öffnet sich eine andere.“ Kurz und gut, wir schienen das Gewebe der Penelope im Akkord zu haben, denn was er am Tag webte, zerriss ich in der Nacht. So behandelten wir die arme Speisetruhe in wenigen Tagen und Nächten auf eine Art, dass man eigentlich, wenn  man von ihr sprechen wollte, gemäß der Beschläge und  Nägel, die sie in sich hatte, eher von einem Kürass aus alten Zeiten als von einer Truhe sprechen musste.
Als er sah, dass seine Abhilfe nichts nützte, sagte er: ”Diese Truhe ist so misshandelt und sie ist aus so altem Holz, dass es keine Maus gibt, gegen die sie sich verteidigt. Das geht soweit, dass sie uns ohne Schutz lässt, wenn wir damit so weitermachen. Und das Schlimmste ist, dass sie uns, auch wenn sie wenig Schutz bietet, immer noch fehlen wird, und drei oder vier Reale wird es mich kosten. Die beste Abhilfe, die mir einfällt, denn die bis jetzt hat nichts genützt: Ich werde innen drin eine Falle gegen diese verdammten Mäuse aufstellen.“
Auf der Stelle lieh er sich eine Mausefalle aus und mit Käserinden, um die er die Nachbarn bat, wurde die Katze im Innern der Truhe dauerhaft bewaffnet. Was für mich eine einzigartige Hilfe war, weil ich mich immer noch, da ich ja zum Beispiel nicht viele Soßen zum Essen nötig hatte, über die Käserinden erfreuen konnte, die ich aus der Käsefalle herausnahm, und ohnedies ließ ich auch das Anknabbern der Opferbrote nicht sein Als er nun das Brot angenagt und den Käse gefressen vorfand, ohne eine Maus in der Falle, die es gefressen hatte, wünschte er sich zum Teufel, er fragte die Nachbarn, ob es sein könne, dass der Käse gefressen und aus der Mausefalle genommen und die Maus weder gefangen, noch drinnen geblieben und die Mausefalle zugeschnappt sei. Die Nachbarn stimmten mit ihm überein, das könne nicht die Maus sein, die diesen Schaden verursache, weil sie sicher einmal in die Falle gegangen wäre. Ein Nachbar sagte: ”Ich erinnere mich, dass in Eurem Haus immer eine Schlange herumkroch, und diese muss es ohne Zweifel sein. Und es ist doch klar, da sie so lang ist, kann sie den Köder fressen und auch wenn die Falle zuschnappt, geht sie wieder raus, da sie ja nicht ganz eingetreten ist.“
Es leuchtete allen ein, was jener sagte und mein Herr regte sich sehr auf, und von da an schlief er nicht mehr so tief, so dass er bei jedem nächtlichen Ertönen irgendeines Holzwurmes dachte, es sei die Schlange, die ihm die Truhe aufbiss. Sofort war er auf den Beinen und mit einem Knüppel, den er, seitdem sie ihm dies gesagt, am Kopfende des Bettes liegen hatte, schlug er heftig auf die Sünderin der Truhe ein und dachte, die Schlange damit zu vertreiben. Die Nachbarn weckte er mit dem Krach auf, den er machte, und mich ließ er nicht schlafen. Er kam zu meinem Strohlager und warf es samt mir um, er dachte, sie hätte sich in meinem Stroh oder meinem Kittel verkrochen, weil sie ihm gesagt hatten, des Nachts komme es vor, dass diese Tiere, die Wärme suchend, zu den Wiegen gingen, wo die kleinen Kinder lägen und sie sogar beißen und in Gefahr bringen würden.
Ich stellte mich meistens schlafend und am Morgen sagte er zu mir: “Heute Nacht, Bursche, hast du da nichts gemerkt? Ich war doch hinter der Schlange her und ich denke immer noch, dass sie zu dir ins Bett gekommen sein muss, sie sind sehr kalt und suchen die Wärme.“
“Füge Gott, dass sie mich nicht beißt”, sagte ich, “ich hab doch so Angst vor ihr.”
Auf diese Weise war er so aufgeregt und aus dem Schlaf gerissen, dass die Schleiche wahrhaftig, oder besser gesagt, der Schleicher, nachts weder an der Truhe zu nagen, noch aufzustehen wagte, aber tagsüber, währenddem der Herr in der Kirche oder im Ort war, machte ich meine Raubzüge. Wenn er dann den Schaden sah und wie wenig Abhilfe er schaffen konnte, ging er des Nachts, wie ich sage, als Poltergeist.
Ich hatte Angst, dass er mich bei jenen Maßnahmen mit dem Schlüssel entdecken könnte, den ich unter dem Stroh hatte und es schien mir sicherer, ihn nachts in den Mund zu stecken; schon seitdem ich mit dem Blinden lebte, hatte ich ihn als Tasche benützt und darin zwölf oder fünfzehn Maravedís aufbewahrt, alles in halben Blancas, ohne dass mich das beim Essen gehindert hätte, denn andernfalls wäre ich nicht Herr einer Blanca gewesen, auf die der verfluchte Blinde nicht gestoßen wäre, er ließ weder Naht noch Flicken aus, wenn er mich regelmäßig durchsuchte.
Also steckte ich mir, so wie ich sage, jede Nacht den Schlüssel in den Mund und schlief ohne Misstrauen, dass der Hexer von einem Herrn auf ihn stoßen könnte, aber wenn das Unglück es will, nützt alle Vorsicht nichts. Mein Los wollte, oder besser gesagt meine Sünden, dass sich mir der Schlüssel eines Nachts, als ich schlief, im Mund, den ich offen haben musste, drehte und so zu liegen kam, dass mein Atem durch die Öffnung des Schlüssels, der wie ein Rohr war, schnaubte und pfiff, so wie mein Unglück es wollte, sehr laut, und zwar so, dass mein Schreckhafter von einem Herrn es hörte und ohne Zweifel glaubte, das sei das Zischen der Schlange und so musste es sich ja gewiss anhören. Er stand ganz vorsichtig mit seinem Knüppel in der Hand auf und tastete sich auf das Zischen der Schlange zu, kam so ganz leise bis zu mir, damit ihn die Schlange ja nicht hörte. Und wie er sich ganz nahe sah, dachte er, dass sie sich dort im Stroh, wo ich lag, in meine Wärme begeben haben musste. Er holte mit dem Knüppel aus, glaubte sie direkt unter sich und wollte ihr einen Schlag versetzen, um sie zu töten, und mit all seiner Kraft landete der wuchtige Schlag auf meinem Kopf, dass ich bewusstlos wurde und er mich mit aufgeschlagenem Kopf zurückließ. Als er merkte, dass er mich geschlagen hatte, denn ich muss unter dem bestialischen Schlag laut aufgeschrien haben, erzählte er, er sei zu mir gekommen, habe laut geschrien, mich gerufen und versucht, mich aufzuwecken. Als er mich aber mit den Händen berührt habe, habe er das viele Blut, das ich verloren hätte, gespürt und bemerkt, was er mir angetan hatte. Er habe schnell Licht gesucht und als er mit ihm bei mir angekommen sei, habe er mich stöhnend und immer noch mit dem Schlüssel im Mund, den ich niemals losließ, zur Hälfte draußen, vorgefunden, wahrscheinlich genau so, wie er in dem Augenblick gelegen haben muss, als ich auf ihm pfiff. Erstaunt darüber, was dieser Schlüssel  wohl sein konnte, sah ihn sich der Schlangentöter näher an und zog ihn mir aus dem Mund und sah, was es war, denn der Bart unterschied sich in nichts von seinem. Er probierte ihn sofort aus und bewies mit ihm den Schaden. Der brutale Jäger muss noch gesagt haben: “Die Maus und die Schlange, die mir den Krieg erklärten und mir Hab und Gut wegfraßen, habe ich entdeckt.“
Was in jenen drei folgenden Tagen geschah, darüber kann ich nichts Glaubhaftes sagen, denn ich verbrachte sie im Bauch des Wals, aber das, was ich gerade erzählt habe, hörte ich meinen Herrn sagen, nachdem ich wieder zu mir gekommen war, der es allen des Langen und Breiten erzählte, die vorbeikamen.
Nach drei Tagen kehrten meine Sinne zurück und ich sah mich auf dem Stroh liegen, den Kopf verbunden und mit Öl und Salben voll und ich sagte erstaunt: “Was ist das?“
Der unmenschliche Priester antwortete mir: ”Die Mäuse und Schlangen, die mich zerstörten, die habe ich nun erlegt.“ Und ich kümmerte mich um mich, und ich fand mich so misshandelt vor, dass ich mein Übel sofort ahnte. Jetzt kam eine Alte herein, die gesundbetete und mit ihr die Nachbarn. Sie begannen, mir die Lappen vom Kopf zu nehmen und die Platzwunde zu versorgen. Und wie sie mich wieder bei Bewusstsein fanden, freuten sie sich sehr und sagten: “Nun, er ist wieder bei sich, es wird nach Gottes Wille nichts gewesen sein.“

Dann redeten sie wieder über meinen Kummer und lachten und ich Sünder, begann zu weinen und darüber hinaus gaben sie mir zu essen, denn ich war vor Hunger erschöpft, und sie konnten mich kaum zur Hälfte satt bekommen. Und so, nach und nach, nach fünfzehn Tagen stand ich auf und war außer Gefahr (aber nicht ohne Hunger) und halbwegs gesund. Gleich am nächsten Tag, als ich aufgestanden war, nahm mich mein Herr bei der Hand und führte mich zur Türe hinaus und, draußen auf der Straße, sagte er zu mir: “Lazarus, von heute an gehörst du dir und nicht mir. Such dir einen anderen Herrn und geh mit Gott, denn ich will keinen so eifrigen Diener bei mir haben. Es ist nicht nur möglich, sondern du musst der Bursche eines Blinden gewesen sein.“ Und er schlug ein Kreuz gegen mich, so als ob ich vom Teufel besessen wäre, kehrte ins Haus zurück und schloss die Türe.